Divorcio por error: Reconquistando a mi exmujer - Capítulo 183
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Capítulo 183: CAPÍTULO 183: En mi quietud
Rihanna
Mi teléfono suena justo cuando salgo del baño y, al cogerlo, veo que es mi madre la que llama. Me quedo mirándolo y, por primera vez desde que me fui de casa, me quedo paralizada.
Sin embargo, no contesto la llamada. Ya estoy de los nervios, y añadir los cambios de humor de mi queridísima madre sería un extra inoportuno que prefiero evitar.
La cuestión es que casi nunca estamos de acuerdo en nada. Ella…, ella es una maniática del control que ha dictado toda mi vida desde que nací hasta que cumplí los dieciocho.
Quería encontrarme a mí misma, vivir la vida bajo mis propios términos para variar. Ser una modelo de éxito siempre ha sido mi sueño desde el instituto, pero para Elena Rodríguez, dirigir una empresa de éxito subida a unos tacones de aguja es más ideal. Siempre ha sido a su manera o nada.
Todo se fue al traste cuando solté mis planes de perseguir mis sueños en una cena familiar.
Por supuesto, intentó interponerse en mi camino, convencerme de lo contrario, hizo de todo para detenerme. Peor aún, congeló todas mis cuentas, pensando que eso sofocaría mi interés y haría que volviera a centrarme.
Lamentablemente, no funcionó.
Suspirando, lanzo el teléfono a la cama y desvío la mirada hacia mi precioso vestido rojo, lista para arreglarme para una fiesta a la que preferiría no asistir.
Pero es un trabajo que me han asignado, uno que acepté yo misma, así que al menos tengo que intentarlo. Después de maquillarme, me pongo el vestido, que se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel,
acentuando mis bonitas curvas y revelando una pequeña parte de mi escote. Me peino y me calzo
un par de tacones hermosos y cómodos.
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en mi rostro mientras me doy un último vistazo en el espejo antes de coger mi bolso de mano y salir de mi habitación.
Pedí un taxi y le envié un mensaje a Amanda mientras esperaba a que llegaran a por mí.
Tras un trayecto de menos de treinta minutos, el coche se detiene frente a una enorme mansión y, en cuanto bajo, me quedo asombrada por la belleza de la mansión y sus extensos jardines.
Suelto un profundo suspiro, ordeno mis pensamientos y esbozo la sonrisa más segura que puedo reunir.
Cinco minutos después, puedo sentir literalmente un montón de ojos sobre mí. La mayoría de los hombres y la mitad de las mujeres me miran, con asombro o no.
De todos modos, atraer a la gente como un imán y acaparar la atención me sale de forma natural. Así que mantengo la sonrisa, ignorando las miradas y los susurros mientras me ocupo del asunto que me da de comer.
Hablando de eso, distingo a Calvin al otro extremo de la sala, inmerso en una conversación con algunos invitados. Se ve tan encantador con ese traje de tres piezas gris… Siempre se ve así, incluso con su terrible y omnipresente ceño fruncido.
Suspirando, reprimo esa parte de mí que lo estaba analizando. No debería, él no es trigo limpio.
Pero necesitaba llegar hasta él, para trabajar, así que me mezclé con la multitud, tableta en mano, mientras caminaba con seguridad hacia donde estaba mi jefe.
—Buenos días, señor —digo secamente con una sonrisa radiante en cuanto el último invitado por fin lo deja solo.
Sus ojos se posan en mí un segundo, su mirada es un poco intensa, pero no se detiene. Aparta la vista y no dice nada. Sí, muy típico de él.
No tengo ni idea de lo que le he hecho, pero su aversión es evidente.
—Los Blake tienen una propuesta de negocio, asegúrate de contactarlos y programar una cita antes de que acabe la semana —es todo lo que dice antes de alejarse de mí.
Y apenas da unos pasos, una hermosa mujer de pelo castaño se pone a su lado, enroscando sus dedos de manicura perfecta alrededor de su brazo. —Aquí estás, te he estado buscando por todas partes —le sonríe dulcemente, no sin antes lanzarme una mirada asesina.
Deja que lo acompañe. Mi jefe, ese imbécil gruñón que evitaba a todo el mundo como a la peste, deja que esta hermosa mujer de pelo castaño se acurruque junto a él sin esfuerzo.
Avergonzándome por dentro, aparto la vista de ellos y obligo a mis piernas a moverse. Encuentro una mesa vacía, no muy lejos de donde Calvin está con la mujer de pelo castaño y un hombre calvo de mediana edad, que supongo que es su padre.
Su advertencia en forma de correo electrónico resuena en mi cabeza: «Habla solo cuando te hablen, intenta no involucrarte en nada que no sea trabajo y mantente al margen de mis asuntos familiares».
Entendí todo, pero lo último me carcome. ¿Mantenerme al margen de sus asuntos familiares? ¡Pues claro, señor, solo pienso trabajar!
—Hola, hermosa. ¿Te apetece algo de beber? —oigo una voz extraña a mi lado y me giro para ver a un adonis alto y rubio sentándose en mi mesa, con una amplia sonrisa dibujada en la comisura de sus labios.
Trago el nudo que se me ha formado en la garganta y niego con la cabeza. —No, gracias —respondo secamente, esperando que me deje en paz, pero no lo hace.
—¿Por qué? Es una fiesta por algo —dice, sin apartar sus ojos de mí, lo que de repente hace que el calor me suba a las mejillas.
Fuerzo una sonrisa tensa. —No puedo, el motivo es el trabajo. No puedo ponerme contentilla mientras estoy en ello —le digo, girando la tableta para enseñársela.
—La asistente de Calvin, ya veo —dice, apenas reprimiendo una risita.
Enarco las cejas. —¿Cómo lo sabes?
—Porque es el único que trae a su asistente a una reunión familiar —dice, con la diversión brillando en sus facciones.
—Ah —es todo lo que digo.
—Anthony Richardson —dice, extendiendo la mano, con una cálida sonrisa danzando en sus labios—. Es un placer conocer a…?
—Rihanna… Rihanna Rodríguez —respondo, tomando su mano y devolviéndole la sonrisa.
Todo lo demás se desvanece en la nada mientras charlo con este desconocido que no lo parece.
Supe que estaba disfrutando de su compañía demasiado cuando me olvidé por completo de vigilar a mi jefe, para saber cuándo me necesitaría.
Pero entonces la oí… una voz furiosa resopló detrás de nosotros, atrayendo mi atención hacia él. —¿No te pagan por ligar, o sí? —escupe, casi furioso.
Mis ojos se abren como platos al oír sus palabras, mi sonrisa se desvanece al instante y casi me atraganto con el aire.
Puedo ver literalmente el vapor saliendo de las orejas de Calvin mientras nos fulmina con la mirada a Anthony y a mí.
Pero antes de que pudiera decir una palabra, Anthony se me adelanta, con una sonrisa socarrona formándose en sus labios. —Hola, hermano. Qué bueno verte después de tanto, tanto tiempo.
Parpadeo.
¿Perdona? ¿Es el hermano de Calvin?
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