Divorcio por error: Reconquistando a mi exmujer - Capítulo 206
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Capítulo 206: CAPÍTULO 206 La Súplica de mi Madre
Ethan
—¿Hay alguna razón por la que me has estado siguiendo? —bramo, lanzando las fotos sobre la mesa, delante de Natasha.
Sospeché que me estaban acosando hace unas semanas. Al principio no lo tomé en serio, simplemente porque se detuvo de forma abrupta.
Pero la semana pasada fue constante, todos los días. Se lo conté a Dean y me dijo que podíamos pedirle ayuda a Arthur.
Y para mi sorpresa, cuando llegaron las fotos, vi que era Natasha. Fotos tomadas en Ferns, en el restaurante donde tenía mis reuniones, en mi empresa… vamos, literalmente en todas partes.
Y eso que, la última vez que me mandó un mensaje, había asegurado que estaba fuera del país, y yo ni me molesté en responderle.
No tenía por qué hacerlo. Lo nuestro era una especie de relación sin compromisos y creo que ya es hora de ponerle fin.
No debería haber dejado que esto se alargara tanto. Nunca me había follado a una chica dos veces, pero con Natasha crucé esa línea; me recordaba demasiado a una noche que ha estado metida en mi cabeza durante cuatro largos años.
En aquel entonces, pensé que era diferente a las demás chicas que, literalmente, se me tiraban encima, pero me equivoqué.
Día tras día, fue mostrando su verdadera cara. Quería más, igual que todas las demás chicas a las que había descartado.
Y ahora, ha llegado al extremo de acosarme. Eso es pasarse de la raya y es inaceptable. Tengo claro lo que debo hacer.
Parpadea, con los ojos como platos mientras mira las fotos. —Es… esto no es lo que crees —tartamudea, removiéndose incómoda en el asiento.
La fulminé con la mirada, sintiendo cómo la ira hervía bajo la superficie. —¿Y bien? ¿Te importa decirme qué es esto? —espeté, alzando ligeramente la voz.
Le tiembla la voz y se le humedecen los ojos. —No te estaba acosando, esto… esto podría ser una coincidencia, te lo juro.
Se me escapó una risa seca. —¿Una coincidencia? —Enarqué las cejas. Ella asintió—. Es la verdad, Ethan. No tengo ninguna razón para mentirte.
—O eres estúpida o te crees que lo soy yo —espeto, observándola desde el otro lado de la habitación con los ojos encendidos de ira.
Como no dice nada, cojo la carpeta que tengo al lado y la abro. —Teníamos reglas claras: satisfacer mis necesidades sexuales y, a cambio, un cheque con una buena suma. Sin ningún tipo de ataduras y con la prohibición de interferir en mi vida personal. Además, puedo dejarlo cuando quiera —le lanzo la carpeta.
Su mirada se desvía hacia la carpeta y, adivinando mis intenciones, dice con voz ahogada: —No, no, no puedes. Lo siento, ha estado mal por mi parte, es que no estaba pensando. Te juro que no volveré a hacerlo.
—Ahí está el problema, que no habrá una próxima vez, Natasha —digo con firmeza y el rostro tenso—. Esto, sea lo que sea, se acaba aquí. Fue una estupidez por mi parte dejar que llegara tan lejos.
Una lágrima le resbala por la mejilla. —No quiero eso. Siento haberme dejado llevar. Haré lo que quieras, pero no rompas conmigo.
Ya estoy al límite, y alzo la voz más de lo que pretendía. —¡Lo único que quiero es que te vayas de mi casa y…! —dejo la frase a medias, cojo la carpeta, la hago trizas y la encaro con una furia ardiente, mi voz volviéndose letal—. Como me entere de que andas merodeando cerca de mí o de cualquier cosa que me incumba, te juro que te arrepentirás.
Justo en ese momento, se le cayó la careta y soltó una carcajada demencial. Pero, cuando está a punto de decir algo, suena el timbre. Desvío la mirada bruscamente hacia la puerta y luego de nuevo hacia ella. —Lárgate —troné, yendo a abrir.
Abro la puerta y mis ojos se abren de par en par al ver a mi Mamá allí de pie, de la mano de… Aria.
—Hola a ti también, Ethan —percibo el sarcasmo en su tono mientras pasa por mi lado con Aria, que sonríe de oreja a oreja.
Cierro la puerta y las sigo, pero mi madre se detiene en seco en cuanto ve a Natasha, que tiene la mirada fija en Aria.
—Espero que no hayamos interrumpido nada —dice Mamá en tono acusador, enarcando las cejas.
—Eh… no, en absoluto —esbozo una sonrisa nerviosa. ¡Cómo podía Madre preguntar eso, si hay una niña presente, joder!—. De hecho, ya se iba —digo, fulminando a Natasha con la mirada mientras lucho por mantener un tono neutro. No puedo permitirme perder los estribos delante de una niña.
Su mirada va de Aria a mí y veo cómo se le tensa el rostro, pero no dice nada. En vez de eso, se da la vuelta y se marcha.
Rápidamente, me muevo para juntar las fotos y recoger los trozos del contrato esparcidos por el suelo. Al levantar la vista, le sonrío a Aria, que me devuelve la sonrisa. —Ven —le hago una seña para que se siente, y lo hace. Le acaricio las mejillas con suavidad durante un segundo antes de volverme hacia mi madre.
Pasándome una mano por el pelo, me acerco a Mamá y le digo: —¿Podemos hablar?
Me lanza una mirada y se vuelve hacia Aria. —Un segundo, cielo —su sonrisa aparece y se desvanece tan pronto como vuelve a encararme.
Una vez que estamos lo bastante lejos para que no nos oiga, me vuelvo hacia Mamá. —¿Cómo es que estás con la hija de Ivy? —pregunto, enarcando las cejas.
Me estudia con la mirada. —¿En serio? —Su rostro se contrae en una mueca—. Me haces una pregunta mientras evitas lo más evidente. ¿Quién era esa mujer y cuándo vas a parar? —Su voz es tranquila, pero noto que está que trina.
—No es nadie, Mamá. No tiene importancia y ya hemos tenido esta conversación un millón de veces.
—Ethan Fernandez, pronto cumplirás los treinta. No vas a ser joven para siempre. Tienes que sentar la cabeza. ¿Cómo piensas darme nietos si no? —dice entre dientes.
No digo nada, sobre todo porque no tengo absolutamente nada que decirle.
—Mira a Aria —continúa con su sermón. Mis ojos se posan en Aria; está jugando con su muñeca. Devuelvo la mirada a mi madre y prosigue—: Podrías tener un hijo de su edad si dejaras de ser tan promiscuo y tuvieras una relación decente.
Casi puedo sentir la frustración en su voz. —Quiero coger en brazos a mis nietos ahora que todavía puedo. Quiero verlos corretear por la casa mientras los cuido, ¿es mucho pedir, hijo? —No me quita los ojos de encima—. Tengo que invitar a la hija de otra persona solo para tener esa sensación de que hay un niño en casa, algo que he deseado más que nada.
Sinceramente, no me gusta esto. No me gusta que se ponga tan sentimental.
Me paso una mano por el pelo y me aclaro la garganta. —Como tú misma has dicho, Mamá, ya soy mayorcito para decidir cuándo sentar la cabeza y con quién —suelto—. Y… estoy seguro de que encontraré a alguien pronto —añado, con la esperanza de zanjar la conversación.
¿De qué otra forma tengo que explicárselo para que lo entienda?
Se le escapa una risa seca. —¿Y cómo vas a hacerlo si te has acostado, literalmente, con la mitad de las chicas de esta ciudad?
Vale, a este ritmo Mamá no va a parar nunca. Siempre deja el tema cuando se lo pido, ¿por qué está hoy tan sentimental y crítica? ¿Será por Aria?
Trago saliva y digo lo primero que se me pasa por la cabeza sin pararme a pensar: —¿Y si te digo que ya hay una mujer a la que amo profundamente?
Si había algo que pudiera hacer callar a mi Mamá, era eso.
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