Dominio Absoluto de Bestias - Capítulo 103
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103: Algo no está bien 103: Algo no está bien Capítulo 103: Algo no anda bien
Sexto día de la prueba.
—Thalor—
Ahora, a diferencia de los primeros días, los instructores estaban totalmente desbordados.
Los cadáveres de las bestias no dejaban de materializarse en los distintos compartimentos y ya nadie se atrevía a quejarse por llegar temprano.
Un solo momento de retraso significaba que sus cuotas se acumulaban con incontables cuerpos, lo que los hacía sufrir en silencio mientras se apresuraban para no quedarse atrás.
Los profesores, sin embargo, se limitaban a actuar como supervisores.
Los dos magos espaciales se turnaban sentados dentro de la intrincada esfera mágica que flotaba sobre ellos, y un leve zumbido llenaba el aire cada vez que las placas metálicas destellaban y transportaban otro cadáver hacia arriba.
—Mira, la puntuación del supernovato no se ha movido desde que se disparó el primer día —murmuró un instructor mientras se dejaba caer sobre un cajón, frotándose los hombros adoloridos.
Ambos se giraron hacia el tablero.
KEo311 – 305600
—Mmm, ¿quizás se hirió y está descansando?
Fíjate en la cifra de muertos: casi el veinte por ciento ya ha caído.
Igual que en las otras regiones —exhaló su compañero, negando con la cabeza—.
De todos modos, que aumente o no ya no importa, ¿no?
Su primer puesto ya está asegurado.
El otro asintió y su conversación derivó en una charla banal.
—Quiero decir, el del segundo puesto está subiendo…
Aunque sea a paso de tortuga, está subiendo.
Y ambos ya han superado la puntuación del primer puesto del año pasado, y solo estamos en el sexto día.
Me pregunto cómo se verá al final.
—Incluso mientras hablaba, los números parpadearon.
GHi001 – 20560 → 20610
Le siguió un cambio cuando el tercer puesto también se alteró.
KEo312 – 7090 → 7110
—El primero y el tercero son del mismo lugar, ¿verdad?
De las afueras.
¿Qué clase de pueblo produce genios como estos?
—Sí, ¿no te has enterado?
Hay otro de otra región.
Dicen que alcanzó casi los cien mil puntos.
El instructor parpadeó.
—¿En serio?
¿Otro más?
¿Qué se supone que les vamos a enseñar cuando se unan a nuestras clases?
Solo el del primer puesto ya parece más fuerte que yo…
—Su voz se quebró en una risa nerviosa.
Su compañero chasqueó la lengua con fastidio.
—No seas estúpido.
Los profesores se los llevarán al instante: los convertirán en sus discípulos, los mimarán.
Ni siquiera les veremos la sombra.
Se inclinó hacia adelante y bajó la voz.
—¿Y de verdad crees que alguien de menos de treinta años puede conseguir esa puntuación tan alta por sí solo?
Lo más probable es que siguiera a una bestia de alto rango mientras usaba algún artefacto de ocultación de primera.
Viste los cadáveres, ¿verdad?
La mitad estaban destrozados, como si un luchador de tipo físico y peso pesado hubiera pasado arrasando.
Si era un bruto de poca inteligencia, nunca detectaría un artefacto de ocultación.
De esa forma, él solo recoge los puntos de la prueba cada vez que la bestia deja cadáveres atrás.
Sonaba casi orgulloso al recitar el rumor que se había extendido como la pólvora.
—Aun así…, eso requeriría valor y habilidad, ¿no?
—Habilidad, mis cojones.
Valor, claro, pero ahora que su puntuación ha dejado de subir, debe de estar escondido por ahí, pensando que ya lo tiene hecho.
—El instructor sonrió con aire de suficiencia y dio un golpecito con el pie.
—Precisamente para gente como él tenemos una segunda ronda.
A ver cuánto tardan en cortarle las alas.
—Pero ¿cómo es que encontró algo así en las afueras?
—¿Eres tonto?
Las afueras son en gran parte un tesoro por descubrir.
La única razón por la que los pueblos sobreviven allí es porque la densidad de bestias es menor, no porque los tesoros escaseen.
Seguramente se topó con algo raro.
—Ahhh…, conque por eso las grandes familias envían allí a sus ramas.
—Exacto.
Es un ecosistema.
Las afueras prosperan por la afluencia de bienes y gente de las ciudades del interior y del centro, y esas ciudades florecen porque allí se siguen encontrando nuevos tesoros.
—
Vigésimo día de la prueba.
—Algo…
anda terriblemente mal —susurró un instructor, con el rostro ceniciento, los ojos clavados en la vasta extensión de compartimentos donde, para entonces, los cadáveres de bestias deberían haber estado apareciendo en un torrente incesante.
En su lugar, los compartimentos parecían abandonados.
Y la visión más espantosa no era el vacío, sino los símbolos numéricos descoloridos que flotaban sobre ellos.
Más del setenta por ciento.
Grises.
Sin vida.
—O-Oye…, ¿qué crees que ha pasado?
Debe de ser un fallo de funcionamiento, ¿verdad?
Algún problema con las placas mágicas…
¡tiene que ser!
—tartamudeó un profesor de mediana edad con una corta y poblada barba rubia.
Su rostro se había vuelto del color de un pergamino viejo.
—¡Han pasado más de cuatro días!
¡¿Por qué nadie lo ha arreglado aún?!
El pánico se apoderó de él y agarró por el hombro al instructor que tenía al lado, zarandeándolo con fuerza.
—¡Di algo!
¡¿Por qué todos los números están grises?!
¿Acaso…
acaso han muerto todos de verdad?
—Sus rodillas flaquearon y se desplomó en el suelo con un golpe sordo.
—M-Mi hijo…
Él estaba en una de las regiones de la prueba, se suponía que iba a pasar por una…
—Tenía los ojos desorbitados y vidriosos, y sus pupilas temblaban mientras el pavor lo engullía por completo.
No era el único.
A su alrededor, instructores y ayudantes lucían la misma expresión desencajada.
Al principio, se le restó importancia a la tasa de mortalidad, a pesar de que era mucho más alta que la del año anterior.
Había diez veces más participantes este año, se repetían para tranquilizarse.
Por supuesto, las muertes serían más altas.
Era de esperar.
Pero para el décimo día, esas excusas se agotaron.
Día 8 – 23 % de muertos
Día 9 – 27 % de muertos
Día 10 – 33 % de muertos
Día 11 – 39 % de muertos
Día 12 – 46 % de muertos
Día 13 – 50 % de muertos
La mitad de los candidatos —más de cien mil— habían muerto para el decimotercer día.
Para el vigésimo día, la cifra había superado el setenta por ciento.
Los instructores intuyeron mucho antes que algo iba terriblemente mal.
Pero como los profesores permanecían impasibles, sin decir nada, actuando como si no ocurriera nada fuera de lo normal, se obligaron a guardar silencio y a esperar.
Durante esos días, varios instructores notaron cambios sutiles en los profesores: mandíbulas tensas, miradas frías, una presión desconocida en su aura.
Observaban serios y sombríos cada fluctuación de las cifras.
Pero, aun así, ninguno movió un dedo.
Se limitaron a observar cómo ascendía la tasa de mortalidad, con sus miradas inquietantemente serenas…, como si todo aquello se hubiera decidido mucho tiempo atrás.
No fue hasta que un instructor se vino abajo por completo —al ver cómo el número de su hija se volvía gris ante sus ojos— que por fin pasó algo.
Brant descendió desde el cielo, donde flotaba la esfera espacial.
Había estado apostado allí todo el tiempo, supervisando los traslados.
Su expresión permanecía en calma, como si las muertes no significaran nada.
Y, a decir verdad, para muchos profesores e instructores, e incluso, qué demonios, para la gente común, la muerte en sí no era el problema.
Doscientas mil muertes eran insignificantes a la escala del imperio.
Pero esta era la primera prueba que incluía a otros talentos.
Muchos familiares de los propios instructores se habían inscrito —hijos, hijas, sobrinos—, y ahora las cifras de sus muertes les devolvían la mirada.
Aquello no sentaba bien.
Aun así, los obligaron a quedarse.
Los profesores les habían prohibido a todos marcharse, con la excusa de que se necesitaba a cada instructor en el lugar debido a un ataque inminente.
Por primera vez, hasta quienes confiaban en el sistema sintieron un escalofrío recorrerles la espalda.
Algo mucho más grande estaba ocurriendo detrás de aquellas crecientes cifras grises.
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