Donde el corazón no sobrevive. (Cruzaste el mundo por mi). - Capítulo 48
- Inicio
- Donde el corazón no sobrevive. (Cruzaste el mundo por mi).
- Capítulo 48 - Capítulo 48: Lo que decides cuando nadie te obliga
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 48: Lo que decides cuando nadie te obliga
La reja de la mansión Takamura se abrió con la precisión silenciosa de siempre, como si nada en ese lugar pudiera permitirse el desorden de lo humano. El vehículo avanzó por el camino de grava sin sobresaltos, y Pedro observó por la ventana sin fijarse realmente en los detalles.
No era el jardín.
Era la sensación.
La de estar entrando en un lugar que funcionaba perfectamente… antes de él.
Cuando el auto se detuvo, el aire se le quedó un segundo atrapado en el pecho. Bajó con cuidado, midiendo el movimiento más de lo que habría querido admitir. El dolor seguía ahí. No intenso, pero constante. Como algo que no lo dejaba olvidar.
Akane apareció a su lado sin decir nada. Sus manos se encontraron, y esta vez fue ella quien apretó apenas. No para ayudarlo.
Para comprobar que estaba ahí.
Caminaron juntos hacia la entrada.
Lento.
Sin prisa.
La puerta se abrió antes de que llegaran. El interior los recibió con ese orden impecable que no dejaba espacio para lo imprevisto. Todo estaba en su lugar.
Incluso ellos.
—Veo que sigues en pie —dijo la voz de Kenji Takamura.
Pedro levantó la mirada.
—A ratos.
No intentó sonar fuerte.
Kenji lo observó en silencio.
Un segundo más de lo normal.
—Suficiente —respondió.
Luego, como si fuera un detalle menor:
—Aunque eso no significa que puedan empezar a dormir juntos como si nada hubiera pasado.
El comentario cayó sin aviso.
Akane bajó la mirada de inmediato. El rubor le subió rápido, inevitable. Sus labios se tensaron apenas, conteniendo una sonrisa que no sabía si estaba permitida.
Pedro soltó una risa corta, incómoda.
—Sí… no… claro.
No supo qué más decir.
Kenji no reaccionó.
Ni sonrisa, ni reproche.
—Descansa —añadió—. Mañana será un día largo.
Y se fue.
La habitación era amplia.
Demasiado.
Pedro se quedó de pie en la entrada un momento más largo de lo necesario. Miró alrededor sin tocar nada. Todo parecía puesto con una intención que no incluía errores.
Era… perfecto.
Y él no.
Cerró la puerta con cuidado. El sonido fue limpio, contenido. Caminó hasta la cama y se sentó despacio, dejando que el cuerpo encontrara un punto donde el dolor no molestara tanto.
Se quedó ahí.
En silencio.
Hasta que llevó la mano al bolsillo.
El anillo apareció entre sus dedos.
Lo observó sin moverse demasiado. No brillaba de forma exagerada. No imponía.
Pero tampoco se sentía ligero.
Pedro apoyó los codos sobre sus piernas, inclinándose un poco hacia adelante. Su otra mano fue al pecho sin pensarlo. Sus dedos se detuvieron justo sobre las cicatrices, como si todavía no supiera cuánto podía tocarlas sin que doliera.
Bajó la mirada al anillo otra vez.
No pensó en irse.
Nunca estuvo en eso.
Lo que sí apareció… fue otra cosa.
Más incómoda.
Más difícil de responder.
¿Cómo se queda alguien como él… en un mundo así?
La mansión.
El apellido.
Todo funcionando sin grietas visibles.
Y en medio de eso… Akane.
Pedro dejó escapar el aire lentamente, como si tuviera que hacerlo con cuidado.
“Tienes mi bendición.”
La frase no volvió como recuerdo.
Volvió como peso.
No alivio.
Responsabilidad.
Apretó el anillo entre los dedos, más de lo necesario.
—No sé qué viste… —murmuró en voz baja, sin darse cuenta—.
El silencio no respondió.
Giró el anillo una vez más.
No tenía una respuesta clara.
Pero algo igual se acomodó dentro de él.
No desde la seguridad.
Desde la decisión.
No necesitaba encajar perfecto en ese mundo.
Le bastaba con no romperlo.
Con aprender a moverse… sin perder lo poco que sí tenía claro.
Cerró la mano.
Y guardó el anillo.
No como duda.
Como algo que ya había empezado a avanzar.
A la mañana siguiente, la clínica los recibió con la misma neutralidad de siempre.
Pedro lo notó… pero no le dio demasiada importancia.
Entró.
Akane caminaba a su lado. Sus dedos buscaron los de él con naturalidad. Pedro respondió de inmediato, entrelazándolos con más firmeza esta vez.
—¿Estás nervioso? —preguntó ella en voz baja, mirándolo de reojo.
Pedro tardó medio segundo.
—No.
Akane lo miró.
—Un poco.
Pedro exhaló por la nariz.
—Un poco.
Ella sonrió apenas.
No dijo nada más.
Cuando los llamaron, se levantaron juntos.
La sala era pequeña. Blanca.
Demasiado tranquila.
Akane se recostó con cuidado. Pedro se quedó a su lado, sin soltar su mano. Sus dedos se tensaron un poco más de lo normal.
El médico comenzó a hablar. Explicaciones. Indicaciones.
Pedro escuchó algunas cosas.
Otras no.
El sonido llegó.
Primero débil.
Luego… constante.
Un latido.
Pedro parpadeó.
Una vez.
Dos.
Y entonces… dejó de mirar la pantalla.
Cerró los ojos un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente.
Su respiración se desordenó apenas, como si ese sonido hubiera llegado a un lugar que no estaba preparado para recibirlo.
—¿Ese…? —dijo, sin terminar la frase.
—Sí —respondió el médico con calma—. Es el corazón.
Pedro asintió, pero no volvió a hablar de inmediato. Sus dedos se cerraron más sobre la mano de Akane, casi sin darse cuenta.
—Está… rápido —murmuró, con la voz más baja de lo que esperaba.
Akane dejó escapar una pequeña risa que se quebró apenas al final.
—Como tú cuando no dices lo que te pasa.
Pedro giró la cabeza hacia ella.
Quiso responder.
No pudo de inmediato.
Se quedó mirándola un segundo más de lo necesario.
—No estoy… —empezó—.
Se detuvo.
Exhaló.
—Sí… puede ser.
El médico intervino entonces.
—Aún es pronto para saberlo con certeza… pero existe una posibilidad de que sea niño.
El silencio volvió a caer.
Pedro bajó la mirada.
No sonrió.
No de inmediato.
Por un instante, su mente no fue hacia el futuro… sino hacia algo más simple, más crudo.
Un niño.
Dependiendo de él.
Su mano se tensó apenas.
—¿Te gustaría? —preguntó Akane, muy suave.
Pedro tardó en responder.
—No sé… —dijo finalmente—. O sea…
Se detuvo.
Buscó las palabras.
No las encontró perfectas.
—Solo… que esté bien.
Akane asintió.
—Sí… eso también.
Hubo una pausa.
—Pero igual… siento que es niño.
Pedro la miró, un poco confundido.
—¿Por qué?
Akane sonrió levemente.
—Porque no se rindió.
Pedro sostuvo esa mirada.
Y algo en su expresión cambió.
Muy poco.
Pero suficiente.
—Entonces va a ser difícil… —murmuró.
—¿Por?
—Porque va a salir terco.
Akane dejó escapar una risa baja.
Y esa vez… sus ojos sí se llenaron.
Pedro volvió a mirar la pantalla.
Pero ahora ya no estaba observando.
Estaba… asumiendo.
Cuando salieron, el mundo seguía igual.
Demasiado igual.
Caminaron unos pasos sin hablar.
Pedro respiraba más lento ahora. Más consciente.
Akane se detuvo.
Él tardó un segundo en notarlo.
—¿Pasa algo?
Ella bajó la mirada. Sus dedos se deslizaron un poco dentro de los de él.
—Quiero ir a un lugar.
Pedro esperó.
—Al cementerio.
Silencio.
—Quiero que la conozca.
Pedro no respondió de inmediato.
No por duda.
Por peso.
Apretó su mano suavemente.
—Vamos.
Akane dio un paso hacia él y apoyó la frente contra su pecho, con cuidado.
Pedro cerró los ojos.
Su mano se quedó un segundo suspendida en el aire…
antes de apoyarse en la espalda de ella.
No la apretó.
No la sostuvo con fuerza.
Pero no la soltó.
Y en ese gesto mínimo…
sin promesas grandes,
sin palabras que intentaran ordenar lo que no se puede,
Pedro entendió algo con una claridad incómoda y definitiva:
Nunca iba a encajar perfecto ahí.
Nunca iba a sentirse completamente parte de ese mundo.
Pero eso ya no importaba.
Porque no estaba ahí para encajar.
Estaba ahí para quedarse.
Y esta vez…
no iba a moverse.
———————————————————————————————————
A veces, las historias no terminan…
solo cambian de forma.
Mientras Pedro y Akane luchaban por sostener lo que habían construido, en algún lugar —muy lejos de ellos— otra historia comenzaba a escribirse en silencio.
Una historia distinta.
Más frágil… quizás más cruel.
Dos almas que alguna vez se encontraron…
y que el destino decidió separar.
No todo amor tiene una segunda oportunidad.
Pero algunos…
nunca dejan de buscarse.
Próximamente: Siempre fuiste tú
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com