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Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 19

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  4. Capítulo 19 - 19 Espadas de Gemelas
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19: Espadas de Gemelas 19: Espadas de Gemelas Corrí para alcanzar a Durman, Ruki y Emordis.

Fuimos a comer a una taberna cercana al gremio.

La falta de verduras en la mesa era evidente la carne era el centro de la comida.

Durman y Ruki pidieron filetes con pan recién hecho, mientras Emordis y yo comimos cocido de legumbres con carne.

Durante toda la comida hablamos de cómo mejorar la distribución del gremio.

Durman y Ruki mencionaron los problemas de reabastecimiento de hierro y lo difícil que era conseguir carbón de calidad.

Planteé la idea de usar carbón vegetal, pero según me contaron, es muy caro porque requiere mucho espacio para producirlo, y el único lugar viable está fuera de la ciudad.

El problema es el de siempre: nadie quiere estar fuera de las murallas… Emordis cambió de tema y preguntó a Durman por la prisa que tenía en forjar la espada para el marqués.

Nos contó sobre el “castigo” que le impuso por faltar a la reunión.

― Durman ― A todo esto ―me miró fijamente, aún con escepticismo― supongo que no puedo hacer nada.

― ― Ruki ― ¿Qué pasa?

― ― Durman ― Tendré que mandar una carta al marqués indicando que al cumpleaños de su hijo asistirán Neo y Hunt.

― ― Ruki ― ¿Pero está bien avisar con tan poca antelación?

― ― Durman ― No, pero este zagal conquistó a mi hija hace un par de días, así que no puedo hacer más.

A todo esto, ¿tú irás con Miranda, ¿no?

― ― Ruki ― Bueno… no sé… bueno, je… ¿ella ha dicho algo?

Aún no se lo he pedido… sabes… je.

― ― Emordis ― Demuestra que eres un hombre, Ruki.

Empareja te dé una vez con mi nieta, no seas cobarde.

― ― Durman ― Ruki, él tiene razón.

Atrévete y ve a por ella.

¿Qué es lo peor que puede pasar?

― ●― Ruki, el no ya lo tienes.

Ahora solo queda la victoria… o la humillación.

― ― Ruki ― Muchas gracias, pero no creo que estos ánimos me ayuden… ― De camino al gremio, pasamos por la casa de Miranda.

Vivía en el segundo piso de un edificio de cuatro plantas, con una pequeña terraza llena de macetas y flores.

Ruki se detuvo frente a la puerta del edificio, respiró hondo varias veces y se peinó nerviosamente con la mano.

Lo vimos subir los escalones con paso firme, aunque todos sabíamos que estaba temblando por dentro.

Durante unos minutos, lo esperamos en silencio, atentos al menor sonido que pudiera darnos una pista.

Desde la calle, Emordis murmuró algo como “Si no sale con un tortazo en la cara, es buena señal”.

Yo reí, aunque también estaba algo tenso.

Finalmente, Ruki apareció en el umbral con una sonrisa tonta en el rostro y el puño en alto como si acabara de ganar una batalla.

No dijo nada, pero su expresión lo decía todo: lo había conseguido.

La invitación estaba hecha, y Miranda había aceptado.

Una vez en el taller de Durman, Ruki no podía ocultar su entusiasmo por su nueva fortuna amorosa.

― Emordis ― Neo, ¿tú y tu amigo tienen espadas?

No pueden ir al banquete del marqués sin espadas.

― ●― Bueno, tenemos estas.

― Con un giro sutil de muñeca, como si atrapara algo invisible en el aire, dos espadas aparecieron en mis manos, materializándose con un destello suave pero imponente.

Eran idénticas, tan simples como elegantes, sin adornos ni filigranas.

Solo un detalle las distinguía: en el mango de una, una “H” tallada con precisión; en la otra, una “N”.

Los tres se quedaron en silencio, observando las hojas como si acabaran de presenciar un acto de inigualable.

El aire pareció volverse más denso, como si incluso la realidad se sorprendiera ante la escena.

― Ruki ― ¡¿QUÉ?!

¡¿Tienes un bolsillo alternativo?!

― exclamó con los ojos como platos, dando un paso atrás como si acabara de ver a un dragón salir de una tetera.

― ¡Eso es de nivel !

¿Cómo… cuándo… por qué?!

Durman, por su parte, no compartía el asombro.

Me echó una mirada tan intensa, tan colérica, que sentí como si me hubieran arrojado a un río helado en pleno invierno.

Sus cejas temblaban, y su mandíbula se tensó como si contuviera una maldición a punto de explotar.

●― Sí, pero no es nada del otro mundo.

Solo puedo guardar estas dos espadas y un poco de agua y comida.

― Durante los siguientes treinta minutos, los tres se entregaron con total concentración al análisis minucioso de las espadas, utilizando una serie de herramientas que no había visto nunca.

Primero, Ruki sacó un pequeño cuchillo de filo negro como la obsidiana y trató de arañar la superficie de una de las hojas.

El filo del cuchillo se resbaló sin dejar ni una marca.

Durman frunció el ceño, tomó el cuchillo con sus propias manos e hizo lo mismo, con más fuerza, pero el resultado fue idéntico, nada.

La hoja permanecía impecable.

Luego, Emordis sacó un cristal de Magiston del tamaño de un puño.

Al infundirle maná, una luz azulada comenzó a pulsar desde el núcleo del cristal y se extendió hacia las espadas cuando las tocó.

Ambas respondieron con un resplandor azul profundo, como si hubieran cobrado vida.

Ruki dio un salto hacia atrás, impresionado, y murmuró algo sobre ” están vacías ” y “reacción armónica”.

Durman no dijo nada, pero su rostro reflejaba una mezcla de admiración y perplejidad.

Acto seguido, trajeron dos mazas, reforzadas con maná, y comenzaron a golpear con fuerza contra las hojas.

Cada impacto resonaba por todo el taller, y a pesar de los golpes, las espadas ni siquiera vibraban.

La tensión me hizo dar un paso adelante, alarmado, pero Emordis extendió una mano, firme, deteniéndome.

― Emordis ― No, no puedes.

Déjales.

― Sus ojos estaban clavados en las espadas, como si pudiera ver más allá del acero, como si las hojas le susurraran secretos antiguos que sólo él comprendía.

La forma en que las observaba, con esa mezcla de respeto y asombro, hizo que incluso Ruki y Durman guardaran silencio por un momento.

Era como si reconociera en ellas algo más que simple metal forjado, como si supiera no, como si sintiera que aquellas armas habían sido creadas con un propósito mayor.

●― Pero ¿qué pasa?

― Emordis me habló, su voz fue tan grave y solemne que me hizo retroceder un paso sin darme cuenta.

Su tono no era de advertencia, sino de reconocimiento.

Era como si me estuviera diciendo sin palabras: “Lo que tienes en tus manos no es común, y tú lo sabes”.

Me quedé quieto, sin atreverme a intervenir, y observé en silencio cómo las pruebas seguían desarrollándose con una intensidad casi ceremonial.

Las pruebas continuaron.

Metieron las espadas en un fuego alimentado por maná, tanto Durman como Ruki canalizaron su maná y lo desplegaron hasta conseguir más de 200 litros.

El aire vibró ligeramente cuando el maná se fusionó con el fuego, y este cambió de color, tornándose a un púrpura intenso, como si ardiera con voluntad propia.

― Ruki ― ¿Me puedes decir cómo has hecho estas espadas?

― ― Durman ― ¿Y cómo conseguiste Feroxignis?

― ― Emordis ― ¿Qué?

¿Feroxignis?

― susurro sorprendido.

A partir de ahí, comenzaron a bombardearme con preguntas sobre dónde y cómo conseguir Feroxignis.

No podía casi respirar entre una interrogante y otra; la emoción que mostraban era tan intensa que parecía que estuvieran interrogando a un criminal.

Tuve que levantar las manos para que se calmaran un poco, y fue entonces cuando decidí que la verdad no podía ser revelada.

Mire a Durman preocupado.

Y les mentí.

Les dije que las espadas las habíamos forjado entre Hunt, mi tío y yo, y que habíamos conseguido el material en una vieja mina cercana a mi casa.

Les conté que, en nuestro pueblo, siempre habíamos usado ese tipo de hierro para fabricar nuestras herramientas y armas.

Que era una tradición milenaria, transmitida de generación en generación.

Añadí detalles como que los ancianos custodiaban los secretos del fuego y del temple, y que el hierro sólo podía extraerse con un método muy laborioso.

Cuanto más hablaba, más fascinados estaban.

Sus ojos brillaban como si estuvieran descubriendo una reliquia perdida.

Un silencio los paralizó.

Luego, volvieron con más preguntas: cómo lo calentábamos, cómo lo moldeábamos… y cómo era posible encontrar una mina activa de Feroxignis.

Tras otro aluvión de preguntas, les pregunté qué tenía de especial ese hierro.

Según ellos, el Feroxignis permite forjar un acero tan duro que no se rompe ni con una espada sagrada hecha de acero mágico o acero imbuido en maná.

Pasamos el resto de la jornada laboral hablando sobre las propiedades del Feroxignis, mientras trabajábamos en la carcasa de la espada del hijo del marqués.

Las horas se deslizaban entre nosotros, como si el tiempo mismo se viera detenido por la fascinación que nos causaba ese metal.

Emordis seguía compartiendo sus conocimientos sobre los metales raros, mientras Durman y Ruki intercambiaban teorías sobre cómo el Feroxignis podría cambiar el futuro de la herrería, de las guerras y, quizás, de todo el reino si tan solo fuera más fácil de conseguir.

Cada palabra de Emordis nos sumergía más en la historia oculta del Feroxignis, hablando de su rareza, su poder y las leyendas que hablaban de su origen: algunos decían que provenía de las estrellas, otros aseguraban que eran materiales fabricados por los mismísimos enviados de Tolmas.

El sol ya se estaba poniendo cuando terminamos la carcasa de la espada y el frío de la noche comenzaba a filtrarse por las ventanas del taller.

Mientras descansábamos, Ruki tomó mi espada en sus manos y la observó con una mezcla de asombro y reverencia, como si hubiera adquirido no solo un arma, sino un fragmento del futuro mismo.

Durman, por su parte, parecía más pensativo, sumido en sus cálculos y teorías sobre el material, sin dejar de acariciar la superficie de la hoja.

“Este hierro”, murmuró, “podría cambiar todo…”.

Y de alguna manera, sentí que tenía razón.

― Ruki ― Que pasara si las dos espadas chocan.

― ― Durman ― Solo hay una forma de averiguarlo.― ― Emordis ― Si las leyendas son ciertas se tiene que atravesar como si fueran aire.

― Ruki tomo la espada de Hunt y Durman tomo mi espada, empezaron revistiendo las espadas en su propio maná.

Y colocados en una postura segura, Durman lanzo un golpe lento a la espada de Hunt, en ese mismo instante mi espada atravesó la espada de Hunt saliendo por el otro lado.

Ninguna de las dos espadas parecía estar dañadas.

Seguían igual de solidas como antes.

Luego probamos con espadas normales imbuidas en maná el corte que se de mi espada en una espada normal era perfecto.

Creo que si tuviera un microscopio metalográfico sería capaz de ver una superficie perfectamente recta.

(creo) ― Durman ― Creo que están de acuerdo conmigo, esta espadas son extraordinarios, pero presentarlas al público serian una insensatez.

― ― Emordis ― Tienes razón, estas espadas son dignas de cualquier enviado de Tolmas ― Emordis me miró fijamente.

(Sentí un escalofrió, creo que Emordis sospecha algo.) Ruki no dijo nada, estaba asombrado por la espadas.

― Ruki ― No cualquiera diría eso, esta espadas son tan simples y sin decoraciones que parecen espadas de cazadores o aventureros o incluso peor, parecen echas para los caballeros que van a morir a la guerra ― ●― Disculpe usted gran diseñador de espadas, yo creo que están muy bien para ser las primeras que hago en mi vida ― ― Ruki ― No me entiendas mal, están tan bien echas que no parecen especiales.

― ― Durman ― Estas espadas, son casi iguales, ¿Se te a ocurrido algún buen nombre para ellas?

― Dijo mirando la rectitud de la espada de Hunt.

●― La verdad es que no, son espadas de tipo medievales europeas, pero no tienen nombre.

― ― Emordis ― Que nombre más curioso para un tipo de espada.

― dijo a la vez que Ruki.

― Ruki ― Estas espadas necesitan un nombre, todas las espadas de este nivel tiene uno.― ― Durman ― Si, tiene un nombre raro, pero qué opinas de llamarlas, espadas gemelas y ya.

― Dijo mirándome a los ojos como si su nombre era incambiable.

Como ya era de noche, Durman me dijo que recogiera mientras él iba a hablar con los encargados de cerrar el gremio.

De vuelta a casa, me cayó una reprimenda enorme por haber sacado las espadas de la nada delante de Ruki y Emordis.

Me dijo que fue un acto imprudente, que no debía haberlo hecho y que seguramente hizo sospechar a Emordis de algo.

Que no podía ser tan irresponsable.

Además, me preguntó cómo conseguí el metal tan especial, que esa historia de la mina del pueblo era falsa y que le tenía que contar la verdad… En casa, Dalia y Astrid nos esperaban con la mesa puesta.

Nada más entrar por la puerta, Astrid no nos dejó ni asomarnos al comedor y nos mandó a bañarnos.

Fui con Durman a una estancia de la casa, en la planta baja, donde el suelo era de piedra.

En el centro había un barreño con agua caliente.

― Durman ― ¿Qué pasa?

¿Te da vergüenza estar desnudo delante de otro hombre o qué?

― ●― Eso me da igual.

Lo que ya no soporto es bañarme en un barreño.

― ― Durman ― ¿Y cómo pretendes bañarte?

No voy a llenar la bañera para que la princesita se bañe.

― ●― Atento.

― Abrí un portal a la subdimensión, saqué una de las piedras del baño del taller y la introduje en el barreño de agua caliente.

― Durman ― ¿Qué es esto y para qué sirve?

―dijo, mirando el cristal tallado dentro del barreño.

De paso, le tiré una barra de jabón con perfume a flores.

●― Prepárate.

― El agua del barreño empezó a salir formando una columna, soltándola como si fuera una lluvia (como en las duchas normales).

― Durman ― ¡Eh, para!

¿No ves que nos estamos mojando?

●― Bañarse implica mojarse.

― ― Durman ― .… ― Chasqueo la lengua sin decir nada más, Frotó la barra de jabón que le di en las manos y un aroma floral llenó la estancia.― Qué bien huele esto, pero esto es para mujeres, no para hombres.

●― Cállate y límpiate bien.

Oler bonito es para todos, hombre o mujer.

― Tras la ducha, devolví el cristal a la subdimensión y saqué el secador.

Lo coloqué encima del barreño, dado la vuelta.

●― No te asustes, este cristal suelta un aire calentito que nos va a secar rápido.

― Durman se quedó de pie disfrutando del aire caliente, y mientras yo me vestía con la muda de cambio, entró Astrid.

―Astrid― ¿Por qué estáis tardando tanto…?

― El airecito caliente del cristal impulsó el olor floral hacia Astrid.

Parecía hipnotizada.

Fue hacia Durman, ignorándome por completo.― Pero cariño, ven rápido que la comida ya está lista ―dijo, abrazándolo por detrás.

Durman se giró y me hizo el gesto de pulgar arriba.

(ಠ⁠_⁠ಠ 👍) Salí sin hacer ruido para no molestar, solo para chocarme con Dalia en la puerta.

― Dalia ― Pero qué bien hueles ― dijo, oliéndome descaradamente.

― Joan ― Disculpen las molestias, pero la comida se pondrá mala si esperan más.

― Los cuatro nos incorporamos rápidamente y fuimos al comedor casi sin decir palabra.

En el comedor, la mesa lucía increíble.

Teníamos para cenar un intento de puré de patatas, con filetes en un punto intermedio, y una ensalada de tomates, cebolla, lechuga y zanahoria rallada.

Durante la comida, hablamos de cómo se hace el puré.

El que intentaron hacer estaba bueno, pero no consiguen hacerlo igual que el que Hunt y yo hicimos el otro día.

El suyo más bien era patatas aplastadas con agua y sal.

Después de comer, me fui a la habitación con Dalia.

Mientras nos acomodábamos, surgió la preguntita.

― Dalia ― Tú y yo, ¿qué somos?

Es decir, ¿estamos emparejados o…?

― ●― Yo tampoco lo sé, pero a mí me gustaría formar una familia contigo.

― ― Dalia ― Vale… ­― Se quedo mirando por la ventano un segundo.

― ¿Y a ti te importaría si nos quedamos a vivir en casa de mis padres?

― ●― Yo he vivido tanto tiempo con mis padres como sin ellos.

Al final, no importa tanto el lugar, sino con quién estés.

Pero, si tú quieres…

no estaría mal tener algo solo para nosotros, ¿no?

― ― Dalia ― No quiero dejarlos.

Es raro.

Podríamos irnos nosotros por nuestra cuenta.

― ●― Bueno, si quieres probar, a mí me da igual.

No veo mal venir de yerno a tu casa.

― Empecé a frotarle la espalda después de que se tumbara encima de mí.

― De hecho, fue mi madre la que se fue a vivir a nuestra casa, o, mejor dicho, a la casa de mis abuelos paternos.

Mi padre era el mayor y se quedó en la casa de sus padres.

Mi tía se fue a vivir con su marido y mi tío con su esposa.

Así que, en mi familia, eso de ‘irse a la casa de’ no es un tema raro.

Claro, también están los hermanos de mi madre, que se independizaron todos, menos mi tía.

Pero qué más da.

― Dalia ― ¿Y si te digo que me quiero ir de la ciudad e ir a la capital?

― ●― Dalia… no lo sé.

De momento, tu tío me acogió de aprendiz y me gustaría aprender de él todo lo que pueda.

― ― Dalia ― Es que quiero volver a la capital.

Quiero verla, quiero ver el mar… ¿sabes?

― ●― Bueno, si es solo por ir a ver, podemos ir.

Seguramente Hunt y yo ganemos mucho dinero dentro de poco, y nos aseguraremos de que no os falte nada.

Eso te lo puedo prometer.

― ― Dalia ― ………………… ― Mientras Dalia hablaba Hunt me mando unos mensaje por el chat.

(#■― Bro, ¿’tas ocupao?#) REFLEXIONES DE LOS CREADORES Miret_2O Neo: No sé si esto está quedando bien escrito.

No importa.

Tenía que dejarlo.

Aunque sea mal.

Aunque no se entienda.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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