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Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 22

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  4. Capítulo 22 - 22 Mala hierba nunca muere
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22: Mala hierba nunca muere 22: Mala hierba nunca muere ― Selene ― ¡Menos mal, Hunt!

― Dijo abrazándome con fuerza, casi aplastándome las costillas.

●― Mira que eres un cabrón.

― Dijo antes de desplomarse.

■― ¡Eh, Neo!

― Exclamé.

Neo se callo de espaldas.

Chocando con una maceta.

― ¿Está bien?

― Pregunté con la voz aún débil mientras miraba a Neo desmayado en el suelo.

― Astrid ― Sí, tranquilo.

Solo se ha quedado dormido.

― Respondió arrodillándose a su lado.

■― ¿Dormido…?

― Murmuré, sin terminar de creerlo.

― Astrid ― El maná tiene sus reglas, Hunt, y no siempre son obvias.

― Dijo mientras revisaba los signos vitales de Neo con calma.

― Cuando dos personas duermen juntas, comparten maná de forma inconsciente.

Cada uno aporta lo que tiene para ayudar al otro a recuperar sus reservas.

― ■― ¿Eso pasa de manera inconsciente?

― Pregunté, frunciendo el ceño.

― Astrid ― Exacto.

Además, durante ese intercambio se genera calor corporal.

Por eso, en invierno, las parejas suelen dormir muy pegadas.

― Explicó, poniéndose de pie.

― En verano se separan un poco más, cada uno en su lado de la cama.

Aunque…

― Hizo una pausa, mirando por la puerta hacia la ciudad.

― Aquí en Anita, las noches de verano son frías, así que muchos seguimos durmiendo juntos de todas formas.

― Asentí, aunque sentía que aún me faltaban piezas del rompecabezas.

Me llevé una mano al pecho, donde la herida ya no dolía, pero el frío seguía colándose en los huesos.

■― ¿Y eso…?

¿Por qué Neo se ha congelado?

― Intenté ponerme de pie.

― Astrid ― Eso es por la transferencia directa de maná.

― Dijo mientras señalaba la batería de maná de nuestra casa, que ya estaba vacía.

― Cuando se transfiere mucho desde un cristal de Magiston, el cuerpo humano se enfría.

Es una reacción normal, pero desagradable.

― Miré a Neo, que dormía tranquilo, ajeno a todo.

Me apoyé contra Durman que me ayudó a mantenerme de pie, cerrando los ojos, un momento, suspiré por el dolor.

■― Gracias, Solomon.

― Tome una buena bocanada de aire, sintiendo el pulmón por completo.

Y comencé a caminar hacia la casa, pero me tuvieron que ayudar a sentarme en el sofá.

El dolor seguía punzando en el costado, pero por lo menos ya no me sentía como si me estuviera asfixian.

― Durman ― ¿Así mejor?

― Dijo acomodando las almohadas a mi alrededor para que me sintiera más cómodo.

■― Más o menos.

― Respondí, mirando mi costado, donde sentía una presión extraña.

Mientras tanto, Solomon y Heny llevaban a Neo a su cama.

Parecía que ya estaba más tranquilo, pero aún no se movía.

La casa de la subdimensión no era muy grande, y no había muchas sillas.

Dentro, estábamos todos: Selene, Astrid, Durman, Dalia, Solomon, Peter, Heny, Joan y Eliza.

Todos nos apretujamos en la pequeña sala, esperando algo más que explicaciones.

Antes de que pudiera decir algo, Solomon se acercó.

Su rostro serio no me dio muchos ánimos, pero al menos su voz era calmada.

― Solomon ― Hunt, solo pude curar los tejidos internos dañados.

― Dijo con tono directo, sin rodeos.

― El corte que tienes en el costado se curará con el tiempo, pero aún te va a doler.

Lo cosí lo mejor que pude, con hilos de Tarasmus.

.― ■― ¿Hilos de Tarasmus?

― Pregunté, frunciendo el ceño.

No conocía mucho sobre eso, pero el nombre sonaba importante.

― Solomon ― Son resistentes y capaces de unir tejidos sin dejar cicatrices vistosas.

― Explicó con una leve sonrisa, como si no fuera gran cosa.

― Solo tendrás que cuidarlo bien.

No hagas movimientos bruscos, ¿entendido?

― ■― Entendido.

― Respondí, aunque no pude evitar sentirme algo preocupado.

No quería perder tiempo con la curación, pero también sabía que, si no lo hacía bien, las consecuencias podían ser peores.

Selene me miró, preocupada, pero no dijo nada.

En su lugar, Dalia se acercó con la mantita del otro sofá.

― Dalia ― Te importa, si llevo esta manta a Neo.

― Dijo mientras se iba a su habitación sin esperar respuesta.

― y tu descansa un poco, no es el momento de preocuparse más por esto.

Asentí, agradecido, mientras me recostaba un poco más en el sofá, los dolores parecían más soportables, pero mi mente aún estaba llena de preguntas.

― Durman ― Antes de nada, creo que nos tienes que dar una explicación.

.― Dijo, mirándome con seriedad.

Selene comenzó a contar todo lo que había sucedido ese día, desde la emboscada hasta cómo me he quedado tan malherido.

Durman, por su parte, explicó sobre la espada del hijo del marqués y nuestras espadas.

― Durman ― Esta noche va a ser larga, lo sé.

.― Añadió con un tono más grave, como si cada palabra estuviera pensada para hacer calmar las aguas.

No me quedó de otra, así que comencé a explicar, una vez más, desde el principio: de dónde veníamos, de la Tierra, cómo Tolmas nos había traído a este mundo como sus enviados.

Dalia, Solomon y los criados de la casa Peter, Heny, Joan y Eliza nos miraban con una mezcla de incredulidad y desconcierto.

Todos ellos, especialmente Dalia, parecía estar absorbiendo lo que decíamos como si no pudieran procesarlo completamente.

― Dalia ― ¿En serio… sois enviados de Tolmas?

― Preguntó, con la incredulidad pintada en el rostro, como si no terminara de creerse lo que estábamos diciendo.

■― Si, pero no somos dioses ni nada parecido.― Respondí, algo exasperado.

― De hecho, nos molesta que nos vean de esa manera.

No somos nada especial.

Somos dos tipos normales que, por alguna razón, Tolmas eligió para venir aquí.

― Peter y Heny intercambiaron una mirada nerviosa.

― Peter ― ¿Y por eso… por eso nos…?

― Preguntó, sin poder terminar la frase, como si aún no pudiera aceptar lo que significaba lo que estábamos diciendo.

― Heny ― ¿Entonces todos nos estábamos equivocando al trataros como si fuerais normales?

― visiblemente apenado, se frotó la frente.

― Joan ― Nosotros… perdón, no sabíamos cómo… ― murmuró, sin mirar directamente, y Eliza asintió, rezando en voz baja.

Dalia parecía molesta, más por no haber estado al tanto de todo que por el hecho de que se tratara de un dios o no.

Me pregunté si Neo le había explicado algo sobre nosotros.

― Dalia ― Neo no me dijo nada… ¿Por qué nunca me lo dijiste?

― La mirada que le lanzó a Neo estaba llena de confusión y frustración.

Neo, seguía durmiendo aún débil en su cama.

Solomon, quien hasta ahora había permanecido en silencio, rompió su quietud y se acercó con cautela.

― Solomon ― Perdón… por haber tocado tu cuerpo, Hunt.

Mis manos… no eran dignas.

― Dijo, mirando al suelo.

― No debí hacerlo.

― Parecía que se sentía avergonzado.

■― No te preocupes, Solomon.

― Respondí, levantando la mano en un gesto de calma.

― No es para tanto.

Sin ti, probablemente estaría muerto.

― Agarré una de las almohadas y la presioné contra mi pecho, buscando algo de consuelo.

― Pero, por favor, no me trates como si fuera algo divino, ¿vale?

― Solomon, al escuchar mis palabras, levantó ligeramente la cabeza.

Aunque no dijo nada, pude ver cómo sus ojos brillaron con una mezcla de alivio y satisfacción.

Un leve sonrojo apareció en sus mejillas, y sus manos, que habían estado tensas, se relajaron de inmediato.

Su postura, que antes había estado encorvada por la incomodidad, ahora se erguía ligeramente, como si un peso se hubiera levantado de sus hombros.

Aunque no pronunció palabra alguna, su leve sonrisa y el brillo en su mirada fueron suficientes para entender lo que sentía.

Durman se acercó, poniéndose serio.

― Durman ― Lo que le pasó a Neo es algo que ya temía.

― Dijo, mirando a todos con esa calma que le caracterizaba.

― El trabajo en el taller, volar por la ciudad y el drenaje de maná que sufrió hoy, sin hablar del arduo proceso con las espadas, que ya fue demasiado.

Si seguimos ignorando sus límites, terminará colapsando por completo.

― Explicó, dirigiéndose más a Astrid que a mí.

El silencio volvió a llenar la habitación, mientras todos procesaban lo que acababa de decir Durman.

Dalia aún miraba a Neo, preocupada y confundida.

Yo no podía dejar de pensar en lo que acababan de decir los criados y cómo, al final, nada de esto era su culpa, pero igualmente nos trataban con una reverencia que ni siquiera queríamos.

Tras aclarar un poco la situación y calmar a todos, especialmente a los sirvientes, conseguí crear un ambiente relajado nuevamente.

Todos entendieron que el respeto hacia nosotros no debía basarse en un título que nos fue otorgado, sino en quienes realmente éramos.

Sin embargo, fue Joan, la sirvienta mayor, quien dijo algo que se me quedó grabado.

― Joan ― No soy digna de estar en tu presencia, Enviado de Tolmas Hunt.

No quiero faltarte al respeto, yo no debería de estar ante usted.

― Dijo, bajando la cabeza, su voz temblando ligeramente de respeto y una profunda reverencia.

■― Pero ¿qué dices, Joan?

.― Respondí, frunciendo el ceño, algo molesto.

― No quiero que me trates como a un dios.

No me gusta que me vean de esa forma.

¡Trátame como siempre lo has hecho!

No hace falta esa reverencia, no me gusta para nada.

― Mi voz sonó un poco más firme de lo que esperaba, pero no podía soportar la idea de que me miraran con tanto respeto.

■― No he conocido a los otros 7 enviados de Tolmas, ni sé nada de ellos o de vuestra religión, pero… quiero pediros solo una cosa.

― La miré fijamente, buscando que comprendiera mi deseo.

― Tratarnos como hasta ahora.

Y, por favor, no le digas a nadie lo que sabéis, ni lo que vais a ver, ni lo que habéis visto hoy.

― Mis palabras salieron más fuertes de lo que quería, pero era lo único que podía pedir en ese momento.

Joan asintió lentamente, comprendiendo el peso de mis palabras.

Parecía dispuesta a seguir mi petición, aunque una parte de ella aún no podía despejar todo el respeto que sentía por nosotros.

Después de esa conversación y de aclarar los malentendidos sobre los rangos y la manera en que debíamos interactuar entre nosotros, no me quedó más opción que enseñarles toda la subdimensión.

La situación era tensa, pero era necesario darles una comprensión más completa de lo que estábamos enfrentando.

Comencé mostrándoles el interior de la cabaña y al pasar por la habitación de Neo, Dalia se adelantó y me detuvo por un momento.

― Dalia ― ¿Te importa si me quedo con Neo?

¿Puedo venir con él cuando quiera aquí, ¿no?

― Con su voz cargada de preocupación.

■― Como quieras.

Si Neo no despierta y te quieres quedar a dormir, solo dime a qué temperatura quieres que esté la atmósfera.

― Respondí, tratando de sonar lo más tranquilo posible.

Dalia sonrió ligeramente y se dirigió hacia la habitación de Neo, mirando hacia atrás solo por un instante antes de entrar.

La pregunta no tardó en surgir, y antes de que pudiera responder, empezaron a abalanzarse sobre mí, como si no pudieran esperar a entender todo lo que les estaba mostrando.

Comencé explicando el panel de comandos de la subdimensión, mostrándoles cómo podíamos cambiar la hora dentro, la temperatura, las estaciones e incluso el color de las paredes.

De hecho, dejé la subdimensión con la luz del mediodía, para que todo fuera más cómodo.

Cuando llegamos al baño, vi que las reacciones no se hicieron esperar.

Todos se sorprendieron bastante, pero lo que más les impactó fue ver el retrete, hecho completamente de piedra.

No lo podían entender, parecía algo extraño, y ni siquiera Astrid, quien era bastante curiosa, pudo evitar hacer una mueca.

― Durman ― ¿Entonces es ahí donde haces tus necesidades?

― Dijo, señalando el retrete, sin poder evitar el asombro en su voz.

■― No te preocupes, Durman.

― Respondí, mostrando cómo se usaba.

― Es un sistema que permite mover el agua hacia abajo y mantener todo limpio.

Es mucho más eficiente de lo que parece.

― Vi cómo la sorpresa se transformaba en admiración.

Durman y Astrid intercambiaron miradas, claramente impresionados, aunque no completamente convencidos por el hecho de que algo tan “asqueroso” pudiera ser tan ingenioso.

Cuando les expliqué el funcionamiento de la ducha, Durman mencionó algo sobre un cristal tallado que Neo había usado esa misma noche, probablemente refiriéndose al primer prototipo que creamos.

Al ver el mecanismo, todos parecieron fascinados.

Pasamos luego a la cocina, donde les expliqué el frigorífico de manera básica, sin entrar en detalles sobre el ciclo frigorífico de absorción, ya que no quería complicarles demasiado las cosas.

― Astrid ― ¿Cómo… cómo es posible que el agua se mantenga fría todo el tiempo?

― Preguntó, claramente intrigada.

En ese momento, le expliqué brevemente cómo el frigorífico mantenía la temperatura, y continué con la explicación sobre cómo funcionaban los fogones.

Astrid llamó a Dalia para que viniera, y vi en su rostro la misma fascinación que me solía ver en Neo cuando estaba en clase de electrónica de potencia.

Su curiosidad no podía ocultarse.

Luego pasé al fregadero, contándoles que funcionaba igual que el del baño, solo que con una forma diferente.

Fue en ese momento cuando los sirvientes me dijeron que querían uno para la casa de Durman, ya que les parecía muy útil.

■― ¿Un fregadero como este?

― Pregunté, levantando las cejas, algo sorprendido por lo rápido que se interesaron.

Les sonreí y les dije que tenía algo aún mejor.

Mostré el lavavajillas vacío y observé cómo se quedaron extrañados.

― Joan ― ¿Qué… qué es esto?

― Exclamó Joan, con los ojos muy abiertos.

■― Esto es un lavavajillas, un aparato que lava los platos y demás utensilios de cocina sin necesidad de que nadie haga el trabajo.

― Respondí, disfrutando al ver su asombro.

Astrid y Dalia no fueron las únicas sorprendidas; Joan y Peter también se acercaron, midiéndome con la mirada, como si estuvieran evaluando la posibilidad de comprar uno.

― Peter ― Te pagaría todos mis ahorros por eso.

― Dijo, sin poder ocultar el asombro.

Incluso Solomon se acercó con interés, pidiendo uno para él.

Al escuchar las peticiones, Selene se puso en frente y, con una sonrisa, dijo.

― Selene ― No se preocupen, yo me encargaré de las cuentas.

― Respondió, con una mirada decidida.

Pero antes de que pudiera decir algo más, la interrumpí.

■― ¡Para!

― Dije, levantando la mano.

― La familia no paga.

― Miré a todos con seriedad, queriendo que entendieran que lo hacía de corazón.

Solomon, que había estado en silencio, se acercó, mirando el aparato con deseo.

― Solomon ― Yo también quiero uno de estos.

― Dijo, con un tono algo triste, como si no quisiera pedirlo, pero lo deseaba.

Le sonreí y le ofrecí un precio justo, aunque Selene me interrumpió, sugiriendo que podía pagar mucho más.

■― No es mi objetivo que me paguen más.

― Expliqué a todos.

― Lo que quiero es que algún día todo el mundo pueda disfrutar de estos artefactos, y que sean electrodomésticos cotidianos para todos, sin importar quién seas o de dónde vengas.

― ― Astrid ― ¿Electrodoméstico?

― Preguntó, curiosa.

■― Un electrodoméstico es un aparato que utiliza electricidad para facilitarnos las tareas cotidianas, como cocinar, limpiar o iluminar.

― Respondí, viendo cómo sus ojos se iluminaban al entender el concepto.

Finalmente, les mostré la lavadora, y otra lluvia de pedidos empezó a caer.

Todos estaban maravillados con el funcionamiento, y no paraban de hacer preguntas, como si cada cosa nueva que veía fuera un milagro en sí misma.

También les expliqué la bombilla y cómo encendíamos la luz con los interruptores.

El asombro y la curiosidad no cesaban, y mientras me seguían, su admiración por estos “artefactos” solo crecía.

Por fin, la idea de que mi objetivo era hacer que todos pudieran tener acceso a estas maravillas tecnológicas comenzaba a tomar forma en sus mentes.

Después de mostrarles todo lo de dentro, salimos al patio para seguir con el tour.

Mientras caminábamos, vi cómo se detenían a admirar la jardinería de Neo.

Había algo en cómo miraban las plantas que me hizo sonreír; Neo se esmeró con cada flor y cada piedra del sendero.

― Astrid ― Es precioso… nunca había visto una distribución así.

Parece que todo crece exactamente dónde debe.

― ― Durman ― Tiene equilibrio… como si alguien conociera el alma de las plantas.

― ■― Eso fue cosa de Neo.

Tiene una sensibilidad especial para esto.

― Dije con una sonrisa, recordando las veces que lo vi pensando durante horas frente a una simple maceta.

Abrí la puerta de la cabañita del superordenador.

Era una estructura un poco más industrial comparada con el resto, con una mezcla de cables, pantallas, y paneles que no desentonaban… pero que claramente estaban a años de distancia de su tecnología.

■― Bueno, esto de aquí es… digamos, el cerebro digital del lugar.

― Intenté explicarlo lo mejor que pude.

― Sirve para crear imágenes, documentos, revisar planos, hacer diseños… Hice una pausa y continué, señalando el equipo.

― Nuestros ojos funcionan como cámaras, nuestras orejas como micrófonos, y nuestras bocas como altavoces cuando usamos ciertos programas.

― Durman miraba las pantallas como si fueran portales mágicos.

― Durman ― ¿Y todo eso… lo hace esta caja?

Parece cosa de dioses… ― ■― ¡Nada de dioses!

― Le corté antes de que la palabra se repitiera.

― Solo tecnología… aunque sí, muy avanzada para lo que hay aquí.

― Me toco explicar detalladamente que son las cámaras, los micrófonos y los altavoces.

(Si esque explicar conceptos como funciono el superordenador a personas que nunca han visto un ordenador es difícil.) Pasamos al taller.

El cambio de ambiente fue notable: el olor a metal y aceite flotaba en el aire.

Las máquinas descansaban en orden, esperando ser usadas.

Durman y, para mi sorpresa, Dalia también, se acercaron con los ojos llenos de curiosidad.

(Pero tu chiquilla no te ibas a quedar con Neo) ■― Aquí tenemos placas de análisis, torno, fresadora, lijadora, herramientas eléctricas, neumáticas… y un montón de cosas que probablemente no tengan nombres aquí.

― No paraban de hacer preguntas.

― Durman ― ¿Y esto?

¿Qué hace esta aguja que gira?

¿Cómo afila así sin romper?

― ― Dalia ― ¿Y este brazo de metal?

¿Puede moverse solo?

¿Qué es esa luz tan fuerte?

― Respondía como podía, mientras veía por el rabillo del ojo cómo Selene y Eliza empezaban a cabecear de sueño, sentadas en un rincón del taller.

■― Vale, vale… última parada.

― Dije, riendo suavemente mientras guiaba al grupo hasta el pequeño cuarto del telar.

■― Este telar lo hizo Neo.

Lo usamos para crear telas con hilos de arañas gigantes.

No es muy avanzado, pero sí suficiente como para reemplazar el telar de peine que se usa aquí.

― ― Astrid ― ¿Arañas gigantes?

¿Y no es peligroso trabajar con esos hilos?

― ■― No si sabes tratarlos.

Neo tiene su método.

Aunque… yo no soy muy bueno con esto, la verdad.

― Me agaché y traté de hacer unas pasadas con el telar, siguiendo el patrón que había dejado Neo.

Enredé un poco los hilos, y uno se soltó del peine.

Me apresuré a devolverlo como si nada hubiera pasado, esperando que nadie notara el desastre.

■― Me va a matar… ― Las sirvientas empezaron a reírse por lo bajo, pero se detuvieron de golpe, como si reírse de mí fuera pecado o algo así.

Pero al ver sus caras fascinadas, supe que incluso con mis errores, estaban viendo cosas que jamás imaginaron.

― Astrid ― Hunt… esto… esto es un avance enorme.

― Dijo, acercándose con los ojos muy abiertos, casi sin parpadear.

― No he visto un artefacto así jamás.

Ni siquiera en los talleres de los gremios del Reino.

¿Funciona con pedales y marcos móviles…?

¿Quién ha ideado esto?

― ■― Neo lo diseñó hace unos años, partiendo de ideas de nuestro mundo.

Allí este tipo de telar se llama “telar de pie”.

― Me incorporé un poco y le sonreí.

― Es más cómodo, más rápido, y permite crear patrones más complejos con menos esfuerzo.

― Astrid ― Es como… una revolución en el tejido.

― Murmuró, tocando con cuidado uno de los marcos.

― Si esto se comparte con los artesanos… el mundo entero cambiaría su forma de trabajar el textil.

La miré en silencio un momento.

No sabía si era emoción o miedo lo que veía en sus ojos… o tal vez ambas cosas.

Luego pasamos a los baños del taller.

Ya no parecían tan sorprendidos como al principio, aunque aún lanzaban alguna que otra mirada curiosa a los grifos y al retrete de piedra que tanto había impactado a Durman.

Astrid no paraba de hacer preguntas técnicas, como si su cabeza estuviera ya imaginando una forma de replicarlo en casa.

Por último, los llevé a la sala de control.

Antes de abrir la puerta, me detuve un segundo.

No quería que vieran nuestros análisis ni los sistemas más delicados.

■― Esta sala… bueno, es desde donde controlamos todo el inventario.

― Dije, empujando la puerta con cuidado.

― Y otras cosas… pero eso no importa por ahora.

― Entraron en silencio, mirando los paneles con luces, las pantallas, los teclados.

Se notaba que no entendían nada, pero aún así los respetaban como si fueran objetos sagrados.

Durman caminó hasta uno de los monitores y lo observó como si esperara que le hablara.

― Durman ― ¿Y desde aquí puedes ver todo lo que hay en la subdimensión?

¿Hasta cuántos platos hay en la cocina?

― ■― Exactamente.

― Respondí, cruzándome de brazos con una sonrisa.

― Hasta cuántas toallas limpias quedan en los baños.

Selene se apoyó en la puerta, sonriendo también.

― Selene ― No entiendo nada de lo que estoy viendo… pero me parece increíble.

― Después, cometí el error de llevarlos al almacén.

En cuanto vieron la cantidad de materiales, pieles, cristales y la enorme pila de hierro que teníamos organizada por tipo y peso… todo se fue al demonio.

Se lanzaron como niños en una tienda de dulces, desordenando todo lo que había clasificado con tanto cuidado.

■― ¡Eh!

¡Eso estaba ordenado por densidad!

― Protesté, viendo cómo Peter sacaba un bloque de cuero endurecido de su sitio y lo apilaba encima de las fibras blandas.

No me dio tiempo a decir nada más.

Durman me agarró del cuello de la camisa desde atrás y me arrastró directamente hacia la pila de hierro, sin decir ni una palabra.

― Durman ― ¿Las espadas “gemelas” están hechas de esto?

― Me preguntó, señalando el montón de lingotes con el ceño fruncido.

■― Naturalmente.

Es el único hierro que tenemos.

― Respondí, cruzándome de brazos.

Frunció aún más el ceño al ver un bloque rojo oscuro y rugoso tirado sin cuidado a un lado.

― Durman ― ¡¿Tienes Feroxignis así tirado como si fuera chatarra?!

¡¿Estás loco?!

― ■― A ver… es hierro.

― Contesté encogiéndome de hombros.

― Que arda si se calienta de manera rara no lo hace del todo especial.

Solo… complicado.

Durman me miró como si acabara de insultar a su madre.

Después de que logré calmar a Durman con mucho esfuerzo y un par de explicaciones técnicas más emocionales que técnicas, si soy sincero, las preguntas no paraban.

Pero había una que se repetía una y otra vez, con ligeras variaciones: ― Astrid ― ¿Cómo es posible que hayan hecho tanto en solo seis años?

― ― Selene ― Vuestros artefactos…

son demasiado avanzados.

¿Cómo los han diseñado?

― ― Dalia ― Todo esto parece el trabajo de una civilización entera.

No de dos personas…

― Sus miradas eran una mezcla de asombro, incredulidad y un poquito de miedo.

No me quedó otra.

Con un gesto abrí el panel flotante del sistema y desplegué cientos de pantallas delante de ellos.

Diagramas, ecuaciones, modelos 3D, textos técnicos, experimentos fallidos, hojas de cálculo, notas mentales, líneas de código…

Millones de documentos que Neo y yo habíamos escrito a lo largo de estos años.

Usábamos pensamiento lateral todo el tiempo.

(Esta habilidad es como simular nuestras conciencias en el super ordenador.

Pero solo dura un par de horas.) Habíamos reescrito ,desde cero, casi todos los libros que usamos en la universidad.

No eran copias literales, claro, pero sí con nuestras palabras, con nuestras explicaciones, ejemplos, y muchas demostraciones prácticas.

― Selene ― ¿Puedo… leerlos?

¿Todos?

― Preguntó con una mezcla de emoción y respeto que me desarmó por completo.

― Astrid ― Yo también… ¿Podrías enseñarme más?

― ■― Claro que sí.

Están todos aquí, aunque… están escritos en nuestro idioma natal.

― Eso no las detuvo.

― Selene ― Entonces enséñame ese idioma.

No voy a dejar que unas palabras me detengan.

― Astrid asintió con fuerza al lado de ella.

Detrás, Durman ya había abierto un archivo enorme de ingeniería de materiales.

Sus ojos brillaban como si acabara de descubrir un tesoro.

― Durman ― ¡Esto…

esto es lo del diagrama del hierro y el carbono, ¿no?!

Pero… hay más.

¡Aquí hay más divisiones!

¿Y estas fórmulas?

Ah, claro, esto era… las formas atómicas que me dijo Neo hoy.

¡Y este dibujo!

Este dibujo es el mismo, pero con más detalles, ¡más capas!

Hunt, Hunt… ¿qué es esto?

¡Explícamelo, por favor!

― ― Dalia ― No sé por dónde empezar… pero quiero saberlo todo.

― Y entonces, Solomon, que hasta ahora solo miraba de reojo, se detuvo frente a una de las pantallas.

Era un compendio de anatomía, medicina clínica, cirugía básica , y modelos 3D del cuerpo humano.

Se quedó quieto, sin parpadear, como si acabara de descubrir un universo entero.

― Solomon ― ¿Esto… esto es medicina?

¿Todo esto lo usáis para sanar?

Hay cosas aquí que… ni los sanadores mayores conocen.

― ■― Bueno, no somos médicos, pero hicimos lo mejor que pudimos con lo que aprendimos.

― Se quedó inmóvil, observando cada dibujo con los ojos bien abiertos.

■― ¿Te interesa los dibujos?

― ― Solomon ― Me gustaría que mis hijos vean todo esto.

― Detrás de ellos, Joan, Peter, Heny y Eliza me miraban con una mezcla de emoción y anhelo.

― Joan ― Hunt… nosotros también queremos aprender.

Nunca habíamos visto tantos libros… ni creímos que existieran tantas ideas escritas.

¿Nos enseñarías ese idioma?

― Me quedé callado por un momento.

Todo era maravilloso, Neo y yo nunca nos imaginamos esto.

Nuestro mundo, nuestras ideas, nuestras pasiones… empezaban a brotar en otros corazones.

■― Claro.

Si queréis aprender… os enseñaremos.

A todos.

― Un pinchazo me hizo caer al suelo.

― Solomon ― El maná ya se ha agotado, Hunt.

Deberías descansar también.

― Salimos todos de la subdimensión y, como era natural, cada uno, excepto Dalia, se dirigió a sus habitaciones o casas.

Yo, por supuesto, me fui con Selene, pero no sin antes responder a la pregunta de Solomon sobre los cristales de nuestra nuca.

■― Los cristales…

son para volar.

― Astrid, que había estado escuchando, hizo una mueca.

― Astrid ― No sabéis nada al respecto.

¡Eso es hacer las cosas a lo bruto!

― ■― No necesito que me ayudes con eso.

― Respondí rápidamente, sin darle mucha importancia al comentario.

― Tengo que conseguir algo de oro y recuperar los papeles de la empresa de Orlan.

― ― Astrid ― ¿Orlan?

Pero él siempre dijo que sería el primer y último dueño de la empresa… ― Dijo cruzándose de brazos.

Fue en ese momento exacto, cuando mencioné el oro, que Selene me dio una colleja que resonó con fuerza, seguida de su regañina.

― Selene ― ¡No seas tonto, Hunt!

No te metas con ese ahora.

― Antes de irnos, le entregué a Dalia una llave.

■― Toma.

Esta llave es para la puerta de Neo.

Así podrás entrar y salir cuando quieras, siempre y cuando la puerta esté puesta.

―

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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