Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 23
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23: Nuevos dueños 23: Nuevos dueños ― Sena ― ¿¡Pero ¿¡cómo que habéis vuelto tan tarde!?
― Mientras Selene empezaba a explicar todo lo que sucedió durante la noche, yo me escabullí a la cocina a prepararme algo para picar.
No llevaba ni cinco minutos cuando escuché pasos pesados por el pasillo.
― Hemer ― ¿¡Quién anda ahí!?
Si estás intentando robar, que sepas que tengo una daga y ¡Puedo usar el rayo!
― ■― ¡Espera, espera!
¡Soy yo!
― ― Hemer ― ¿Señor Hunt?
Oh… ¿qué tal la cita con Selene?
― Solté un suspiro y le conté lo que nos había pasado en el bar, desde el inicio hasta el final.
Justo cuando terminé, aparecieron Selene y Sena por la puerta.
― Sena ― No sé si se podrá… pero yo también quiero ver eso.
― ― Selene ― No creo que se pueda.
La puerta está en la casa de Astrid.
― ■― No, de hecho, yo también puedo abrir una.
Mira esto.
― Me acerque a una de las paredes del comedor y llame contra la pared a la puerta.
Con el último golpe apareció una puerta de madera blanca simple.
Agarré el pomo y abrí la puerta lentamente.
― Hemer ― ¿¡Pero ¡¡¿qué es eso!?
― gritó con los ojos abiertos como platos, haciendo más ruido del que debía.
― Lisa ― ¿Por qué estás gritando en medio de la noche?
― preguntó con calma, dotándose los ojos, aunque al ver la puerta, cambió de tono— ¡¿Pero ¡¿qué es esa puerta?!
― Dijo gritando también.
■― ¿Están listos?
― Los invité a pasar.
Dentro aún era medio día.
Al cruzar, nos encontramos, a Neo y Dalia.
Estaban en el sofá charlando tranquilamente; Dalia estaba tumbada en el sofá, con las piernas encima del regazo de Neo.
●― Qué vida llevas, desgraciado.
¿Cómo estás?
― ■― ¿Ya te ha contado Dalia todo, ¿no?
― ●― Sí, ya lo hemos hablado.
Y creo que has hecho bien en enseñarles todo esto… explicarles.
― ■― Pues ahora me toca explicárselo a estos tres también.
― dije señalando a Sena, Hemer y Lisa, que aún no cerraban la boca.
●― Estoy congelado.
Me voy a la cama.
Te encargas tú de todo, ¿no?
Por cierto, ya me dirás qué estabas haciendo con tanto oro.
Ah, y prepárate… dentro de unos días tenemos que ir al cumpleaños del hijo del marqués.
Al parecer aceptaron nuestra invitación.
Durman la mandó esta mañana y nos respondieron hoy, justo antes de tu accidente.
― ■― Menos mal que hiciste los trajes… ― No dijo nada, simplemente me saludo con una mano en alto, mientras se dirigía a la puerta.
Supongo que yendo a la habitación de Dalia en la casa de Durman.
Pasé la siguiente hora explicándole todo a Sena, Hemer y Lisa, otra vez, aunque esta vez sin tanto detalle.
Solo lo esencial.
(🙄 ¿Cuántas veces tengo que explicar nuestra historia y decir que no quiero que nos traten como dioses o cosas así?) Les di una vuelta rápida por la casa, el taller y el inventario, asegurándome de no entrar en demasiados detalles esta vez.
Aún me dolía un poco la cabeza, y la verdad, no quería otra avalancha de preguntas.
Cuando terminamos, mandé un mensaje corto a Neo: (#■― Esta noche cenamos todos en la casa de Selene y Sena.
Prepárate.
Sin objeciones, que hay que ver qué hacemos.
―#) Después de eso, lo único que quería era dormir.
Selene y yo nos fuimos juntos a la cama, como ya se estaba volviendo costumbre.
Aunque esa noche, entre el cansancio y los mil pensamientos que arrastraba, no pude evitar soltarlo en voz baja.
■― Selene… ¿te importa si hoy duermes de este otro lado?
Es que… me estás haciendo daño.
― ― Selene ― ¿Eh?
¡Ay, perdón!
Estas tan tranquilo que ni me di cuenta.
Lo siento, cariño.
― Al despertar, la luz suave del amanecer se colaba por la ventana, y lo primero que vi fue a Hemer, parado en el pasillo con cara de duda.
Aún parecía algo incómodo a la hora de hablarme.
Me acerqué con calma.
■― No te preocupes, de verdad.
Soy un tipo normal.
Vale, soy ingeniero… pero normal.
― ― Hemer ― ¿De verdad me enseñaría a usar esa cosa que llama “lavadora”?
Es que… me parece alucinante.
― Me reí mientras nos dirigíamos a la cocina.
Decidí improvisar con el desayuno, así que preparé unas tortillas de trigo con carne dentro.
Algo así como unas flautas mexicanas, aunque sin salsas ni extras, porque no tenía mucho más a mano.
Cuando Selene y Sena aparecieron, arrastrando los pies todavía medio dormidas, se sentaron frente al plato con curiosidad.
― Sena ― ¿Qué es esto?
Tiene una pinta deliciosa… ― ― Selene ― Y huele aún mejor.
― Probaban y hablaban con la boca llena, y yo apenas podía contener la risa.
Al segundo bocado, ya estaban pidiéndome que les enseñara a prepararlas.
― Sena ― ¡Tienes que decirme cómo se hacen!
Esto es una maravilla.
― ― Selene ― Te pago lo que quieras por la receta.
― ■― (Suspirando) No hace falta pagar por todo, ¿sabéis?
A veces se puede compartir algo sin hacer una transacción.
― (Aunque con lo cabezotas que son con ese tema, igual hasta me terminan dejando monedas en la almohada cuando no mire.) Después del desayuno, nos dirigimos al gremio.
Íbamos tranquilos, charlando sobre tonterías, cuando nos cruzamos con Orlan.
Se detuvo en seco al verme, con cara de susto al principio… y luego bajó la mirada, nervioso.
― Orlan ― Señor Hunt, yo… Quiero pedirle disculpas por todo.
Por mis palabras, mis acciones… mi ignorancia.
No sabía… ― Lo interrumpí antes de que siguiera humillándose.
■― Tranquilo.
No pasa nada.
Pero… deberías tener cuidado de la gente que ya conoces.
― Lo que más le sorprendió no fue mi respuesta, sino que pudiera caminar con tanta naturalidad, como si nada hubiera pasado.
Lo saludamos y lo dejé allí, rascándose la cabeza, mientras Selene me lanzó una mirada de medio orgullo, medio “te estás acostumbrando demasiado a ser el centro de atención”.
Retomando nuestro camino hacia el gremio, Orlan nos volvió a detener, visiblemente alterado.
Su expresión era mezcla de rabia, culpa… y algo de miedo.
― Orlan ― Hunt, lo siento mucho.
Ese hombre… ese desgraciado ya no verá la luz del día.
Si quieres, podemos ir ahora mismo al cuartel de la guardia a pedir su ejecución.
― ■― No hace falta.
― ― Orlan ― Tengo a mi hombre, a Nerut, guardando todo tu oro.
No he tocado nada, te lo juro.
Además, ya he ido a pagar por la sanación… ― Lo interrumpí antes de que continuara con su red de disculpas y promesas vacías.
■— No quiero tu oro, tampoco me guía la sed de venganza.
Orlan, recuerda esto: quien alimenta el odio, muere por dentro.
Pero quien sabe perdonar, también sabe avanzar.
— ― Orlan ― Entonces… ― ■― Estamos camino del gremio de comerciantes.
Y mira por dónde… aquí tengo a Selene y a Sena.
¿Qué tal si nos encontramos allí dentro de una hora y hablamos del futuro de tu empresa?
― Más tarde, ya en el gremio, tras hablar con algunos miembros sobre organizar clases de matemáticas para los aprendices, apareció Neo, con cara de recién levantado.
Y poco después llegó Orlan, bajándose de un carro tirado por ese bicho que usan como caballo: un lagarto de cuatro patas enorme.
Con él venía un chico joven según el análisis, su hijo, llamado Pudiente y Nerut, su mano derecha, que cargaba una caja de madera bien sellada.
Afuera, cinco hombres fuertes esperaban en silencio, claramente seguridad.
Una de las chicas del gremio nos guio a una sala privada.
Cuando todos estuvimos sentados, Orlan tomó la palabra.
― Orlan ― Me llamo Orlan, estoy acompañado por mi único hijo, Pudiente, y este hombre es Nerut, mi mano derecha.
― ■― Me llamo Hunt, y este de aquí es como un hermano para mí: Neo, mi mejor amigo.
― ― Orlan ― Bien, ahora que todos nos hemos presentado, estos son los pape… — En ese momento se abrió la puerta, y Selene y Sena entraron a la sala.
Al instante, todos los hombres se levantaron de golpe.
― Nerut, Pudiente, Orlan ― Buenos días, señora Sena.
Señorita Selene.
― ― Neo ― Holi.
― Dijo levantando la mano, en modo de saludo.
― Sena ― Qué sorpresa, tú aquí, ¿no, Neo?
¿Cómo estás?
― ― Neo ― Usar tanto maná me ha cansado más de lo que pensé… Además, en una sola noche todavía no lo he recuperado del todo.
― ― Selene ― Es normal.
― ― Pudiente ― Disculpen, señoras, pero estamos ocupados.
Si desean hablar de sus quehaceres, mejor nos retiramos ya.
― Orlan no tardó ni medio segundo en soltarle una colleja.
― Orlan ― ¡No interrumpas a la administradora del gremio, idiota!
― Pudiente se ruborizó y bajó la cabeza, murmurando una disculpa.
― Orlan ― Como dije, estos son los papeles de propiedad de mi compañía.
Lo prometido es deuda.
Aquí están mi hijo y Nerut como testigos.
También están presentes las dos reinas del comercio de Anita.
Creo que no necesitamos más.
Hunt, te entrego la Compañía Mercantil Mastor.
― Firmamos los papeles, uno por uno, junto con todas las actas de propiedad necesarias.
Se pagaron los impuestos correspondientes, y Sena y Selene revisaron cada documento con la mirada afilada de quien ya ha visto demasiados fraudes.
Cuando todo estuvo sellado, Orlan pidió algo más.
― Orlan ― ¿Podrían salir todos un momento?
Quiero hablar con Hunt… y con Neo.
A solas.
― ― Orlan ― Señor Hunt, señor Neo — Tomo un sorbo de té, antes de empezar.
— Quiero contarles una historia.
Dos muchachos llegaron a esta ciudad hace apenas unos días.
No es común que un comerciante intercambie grandes cantidades de oro con desconocidos, pero esos dos lo hicieron.
Nadie sabe cómo, pero después de su visita al templo…
la estatua de nuestro gran señor Tolmas se convirtió en oro.
— Tragué saliva, disimuladamente.
Neo cruzó los brazos, como si aquello le diera curiosidad.
― Orlan ― Para serles sincero —siguió Orlan, apoyándose en el respaldo de su silla—, interrogué personalmente a las chicas de Dores, la posada donde durmieron su primera noche.
Todas estaban encantadas.
Que si su amabilidad, su generosidad… incluso mencionaron algo curioso: “esos chicos huelen muy bien”.
Y no solo eso.
Tengo entre mis manos una copia del examen para ser comerciante de uno de estos chicos.
Uno de ustedes resolvió cada ejercicio como si fueran cuentas de un niño.
Y el otro… el primer discípulo del gran Durman.
El futuro yerno del mismísimo maestro.
― Se quedó mirándonos, ladeando la cabeza con media sonrisa.
―Tal vez solo sean suposiciones de un viejo de sesenta años, pero si uno junta todas estas casualidades… puede que esos chicos sean… ― ■— No sé qué teorías se monta en su cabeza, pero a mí no me suena esa historia — le corté, mirándolo serio.
Luego giré hacia Neo.
— Neo… ¿a ti te suena esa historia?
— El no dijo nada, pero su mirada… sí, la mirada lo delató.
Y me sentí como un idiota al instante.
― Orlan ― Supongo que tienes razón.
— añadió riendo con suavidad.
— No creo que ustedes serían tan… descuidados.
Entonces, ¿tenemos un trato?
A partir de hoy, la empresa es suya.
Por fin podré retirarme y vivir tranquilo en la capital.
— ■—Oye, y si te propongo otro trato.
— intervine, apoyando los codos en la mesa.
― ¿No te gustaría ser parte de esa historia que acabas de inventarte?
Ser uno de los comerciantes que ayudó a cambiar el mundo.
― Orlan suspiró, mirando por la ventana como si buscara en el aire una respuesta.
― Orlan ― Yo ya estoy viejo para esas cosas — dijo finalmente.
— Pero mi hijo mayor, Pudiente, podría serles útil.
— Y así, sin saberlo, ganamos algo más que una apuesta.
Ganamos un aliado con visión, ambición y sin miedo a arriesgar.
En el futuro, la gente lo conocería como el hombre con la tienda más grande del mundo.
Cuando terminó la reunión, Nerut preguntó qué haríamos con el oro.
Orlan tomó un solo lingote y se lo metió al cinto.
Los demás, dijo, eran para la empresa.
― Pudiente ― Padre, ¿por qué no te quedas con todo?
— ― Orlan ― El dinero no se guarda, hijo.
Se usa.
Guardado es basura.
No te lo puedes comer, ni vestir con él.
Pero bien usado…
puede comer todas las maravillas del mundo y vestirte con la mejores galas.
― ― Pudiente ― Pero padre… mereces una mejor recompensa.
― ― Orlan ― No la necesito.
Estos chicos van a cambiar el mundo, estoy seguro.
Tú solo escúchalos, ayúdalos, enséñales lo que no saben… y ellos harán lo mismo contigo.
― ― Pudiente ― Llevo oyendo esas promesas desde que era crío… ― ― Orlan ― Y no podrás creer en ellos, hasta que veas con tus propios ojos lo que harán ― Se giró hacia nosotros, con una sonrisa cálida.
—Hunt, Neo… me despido.
Les dejo la compañía.
Y a mi hijo, como ayudante.
― ■—No digas eso.
—lo corregí— Pudiente, desde hoy tú serás la cara visible de la empresa.
El rostro que verá el público, el que hablará con los empleados.
Neo y yo seremos los verdaderos dueños… pero en secreto.
¿Qué te parece?
Tú te llevas la gloria, y una parte del oro.
Nosotros, el resto.— ― Pudiente ― No me parece mal trato.
― Orlan se fue con Nerut.
Nos quedamos los tres en la sala.
Neo sacó un papel de la subdimensión y Pudiente ni parpadeó.
■—¿No te sorprende que Neo tenga ese poder?
— le pregunté.
― Pudiente ― No, yo también puedo, mira.― Sacó una espada larga de la nada.
Así, entre papeles, pasamos las horas siguientes organizando el nacimiento de nuestra nueva revolución: la imprenta.
Pudiente resultó ser un genio para los trámites.
Nos explicó cómo pedir permisos al gremio de carpinteros, cómo crear una solicitud formal en los dos gremios, e incluso nos dio nombres de los mejores comerciantes de tinta y papel.
Antes del mediodía, ya teníamos un plan sólido.
Sabíamos por dónde empezar.
Y entonces… Neo, siendo Neo, soltó: ●—¿Y si de paso hacemos una linotipia?
― Yo lo miré como quien mira a un loco.
■— Neo… eso es mil veces más complejo que una imprenta con cien caracteres por letra.
― (#■— Sin usar nada de la subdimensión, que nos conocemos…—#) (#●— Joeee, para que me pasado años haciendo torno tras torno, para nada.
— #) (#■— Los has hecho una vez ¿No?
pues otra vez que yo veo capaz.
—#) Pero insistió.
Y al final, como no me dejaba en paz, le hice un trato: si conseguía hacer cien imprentas… le dejaría fabricar todas las linotipias que quisiera.
Y lo peor de todo… es que seguro lo consigue.
Claro que, si íbamos a cambiar el mundo, no podíamos detenernos ahí.
La imprenta sería solo el comienzo.
Sobre la mesa también estaban los planos de bicicletas de madera y hierro, cepillos de dientes con cerdas naturales, pinzas de ropa con muelle de acero, peines moldeados con precisión, jabón de grasa animal con aroma floral, tarros de cristal con tapa metálica y un sistema métrico unificado que ya empezábamos a imponer en nuestros planos y diseños.
A todo eso le sumamos los primeros prototipos de termostatos simples para controlar hornos y forjas, herramientas mágicas recargables para trabajar la madera, carromatos con ruedas sin aire al estilo de los robots de exploración, y farolas públicas con musgo brillante cultivado en esferas de cristal.
Incluso estábamos desarrollando una alternativa funcional a la leche tradicional: una bebida blanca y espesa hecha a base de almendras, perfecta para cocinar y beber.
¿Juguetes?
Claro.
Definimos el ajedrez y el domino.
Hablaos de las peonzas y el yoyo como juguetes para los niños.
Yo apenas podía seguirle el ritmo.
Él soñaba con una ciudad nueva, más limpia, más eficiente, más digna.
Y por primera vez, era yo el que tenia que limitar su imaginación.
Si seguía así seguro que se le ocurriría la manera de crear un cohete para ir a la luna.
Pero fue pudiente el que detuvo a Neo, revisaba todos los papeles que Neo dejaba sobre la mesa.
— Pudiente — ¿Pero estáis locos?
¡Eso es demasiado!
No podremos hacer bicicletas, ni imprentas, ni leche de almendras…
¡ni la mitad de todo eso!
— ●— Espera y verás.
Te vas a quedar sin palabras una y otra vez.
— ■—Y eso no es ni el principio.
Vamos a construir una ciudad donde nadie se acueste con hambre, donde hasta el más pobre pueda tener trabajo, aprender algo nuevo… y sentirse parte de algo más grande.
— Neo se quedó en silencio.
Por primera vez, ni él tenía algo que añadir.
Pudiente nos miró… y por primera vez no vio un abismo, sino un futuro.
— Pudiente — Está bien.
Si de verdad vamos a hacer todo eso… entonces quiero estar ahí.
No detrás.
Al frente.
Si esto sale bien… no solo me vais a cambiar la vida a mí.
Vamos a cambiarla a todos.
— Y en ese momento, lo supimos los tres: el nuevo mundo acababa de empezar, pasito a pasito, estaba sobre papel, ahora solo tenemos que hacerlo realidad.
Por la tarde, Neo se fue al gremio de herreros a seguir con sus quehaceres como discípulo de Durman.
Sabía que su tiempo allí no duraría mucho, pues su destino estaba en otro campo, el de las invenciones.
Mientras tanto, yo me fui con Pudiente.
Cuando llegamos al edificio de la compañía, me sorprendió el barrio.
Aunque estábamos en la franja media de la ciudad, cerca de las murallas, eso nos colocaba en una zona algo peligrosa.
Supongo que así es este mundo.
Al menos teníamos un terreno en construcción justo al lado del edificio, lo que daba una sensación de “progreso”, aunque no fuera el lugar más seguro.
Al llegar, Nerut nos acompañó al centro del patio, donde todos los hombres y mujeres de la compañía estaban reunidos.
Pudiente, que conocía a todos, parecía un poco incómodo.
No le gustaba que otro tomara las riendas, pero por lealtad a su padre, no dijo nada.
― Pudiente ― Desde hoy soy el dueño de esta compañía, con el Señor Hunt y Neo como colaboradores.
Es decir, Neo, Hunt y yo somos los que damos las órdenes.
A partir de este momento, pero antes de seguir trabajando el señor Hunt me ha pedido un favor, así que el Señor Hunt y yo os vamos a hacer un examen a todos.
― Un chico joven levantó la voz con algo de desafío.
― Joven ― ¿Y tú desde cuando tienes voz aquí?
¿Dónde está El señor Orlan?
― ― Nerut ― Marcos, cállate y deja hablar al señor Pudiente.
― El chico se quedó atónito al escuchar su nombre, parecía sorprendido como si eso fuera imposible.
Me costó no sonreír ante la actitud de Pudiente, que había sido siempre el hijo del comerciante, pero ahora se veía obligado a darles las órdenes.
Por otro lado, me sorprendió que los trabajadores aún dudaran de su autoridad.
Pero eso cambiaría.
■― Como decía Pudiente, desde hoy soy colaborador.
Pudiente y yo os vamos a hacer algunas preguntas, y quiero respuestas sinceras.
Este es un primer contacto para conocernos mejor.
― Separamos a los hombres de las mujeres y los entrevistamos uno por uno.
Las preguntas eran sencillas: ¿Sabes leer y escribir?
¿Has robado alguna vez algo de la compañía?
Si otra compañía te ofrece un mejor sueldo, ¿te irías?
¿Tienes familia y cuántos miembros hay?
¿Cuál es tu puesto actual?
Y, finalmente, la pregunta más difícil: Si te mando a matar, ¿matarías?
Las respuestas fueron las mismas de siempre: “No, nunca he robado”, “No, no iría a otra empresa”, “Sí, tengo familia”.
Pero fue la última pregunta la que me sorprendió, pues uno me dijo que sí, que, si fuera necesario, matarían por mí.
En privado, Pudiente y yo analizamos a cada uno de los trabajadores, le pedí a pudiente que actuara como el defensor de los trabajadores, mientras que yo los intentaba echar.
Los defendió a cada uno de ellos explicando cuáles son sus cualidades desde su punto de vista.
Luego cambiamos los roles.
Al final hablamos los dos de cada uno de ellos y nuestra conclusión era la misma.
Salimos al patio donde todos los hombres nos esperaban, ansiosos por saber qué decisión tomaría.
■― Onar, estás despedido.
Si eres capaz de matar por dinero y cambiarte de empresa por un sueldo mejor, vete ya.
No te necesitamos aquí.
― ― Onar ― Pero, señor, no tengo a dónde ir.
Ya sabe que tengo familia… ― ■― Si tienes familia, ¿cómo puedes decir que estás dispuesto a matar?
Eres el único que me ha dicho que eres capaz de matar por mis órdenes.
¿Te gustaría que yo matara a tu familia?
Imagínate que te mando a matar a tus hijos.
¿Lo harías?
A que no.
Si quieres mantener tu puesto, no vuelvas a decir que eres capaz de matar si no eres capaz de cumplir con esa orden.
― Miré a los demás, y su silencio me dio una sensación de que finalmente entendían mi mensaje.
■― Y no me creo que ninguno de vosotros me diga que nunca habéis robado algo de la empresa.
Yo mismo he trabajado, y alguna vez he tomado algo por accidente, como un lápiz.
Pero siempre lo devuelvo.
Porque robarme a mí es robar al futuro.
Al vuestro y al de vuestros hijos.
Así que, a partir de ahora, no quiero más mentiras.
― Los trabajadores, que al principio parecían nerviosos, comenzaron a tomarme más en serio.
Aunque algunos no entendían del todo mis intenciones, podían ver que yo no solo estaba allí para ordenar, sino para cambiar algo en este mundo.
■― Desde hoy, si alguno de vosotros necesita algo, que me lo diga.
Y si está en mi poder, se os dará o se os prestará.
Pero no se os ocurra robarme.
― Luego hice lo mismo con las mujeres.
Les planteé las mismas preguntas que a los hombres, y el resultado fue similar.
Todas respondieron con una mezcla de nervios y resignación.
Algunas incluso afirmaron que estarían dispuestas a prostituirse si fuera necesario.
Aquello me dejó con mal sabor de boca… no porque mintieran, sino porque eso me decía mucho sobre lo que habían vivido y lo poco que esperaban de sus empleadores.
Una vez terminado el interrogatorio, tuve una pequeña charla con Pudiente de cómo funciona los sueldos… le expliqué otro método en el cual el trabajador recibe más y trabaja menos, intentando mejorar la situación la boral de la empresa.
Finalizada la reunión los llame a todos en el patio y les di otra charla, esta vez con algo más de estructura.
■― Ahora os quiero organizados por funciones.
Quiero ver exactamente con quién cuento y en qué se especializa cada uno.
― Se fueron formando los grupos, uno por uno, bajo la mirada atenta de Pudiente, que parecía inquieto.
Tal vez pensaba que estaba reorganizando demasiado rápido, pero no dijo nada.
Algunos trabajadores lo miraban de reojo, como pensando “al menos está él, para pararle los pies si se pasa”.
Pero Pudiente no dijo nada.
El reparto quedó así: Seguridad: 5 hombres.
Servicio general: 10 personas, 5 mujeres y 5 hombres.
Todos ellos multifunción, capaces de hacer desde limpieza hasta tareas de venta ambulante o transporte ligero.
Comerciantes viajeros: 20 en total, 3 mujeres y 10 hombres.
Viajan entre ciudades negociando y vendiendo.
Ausentes por viajes a otras ciudades 7.
Dependientas de tienda: 3 mujeres, todas trabajando en el local del centro de la ciudad.
Artesanos: 10 en total, 5 herreros y 5 carpinteros.
Gestión y finanzas: 3 hombres encargados del control de los gastos y la planificación económica de la compañía.
Secretarias: 2 mujeres.
Llevan la contabilidad y los documentos más importantes.
Transporte y logística: 2 hombres encargados de traer materiales y reabastecer tanto los talleres como las tiendas.
Un total de 55 trabajadores, contando hombres y mujeres.
Miré a todos, luego a Pudiente, y finalmente respiré hondo.
■― A partir de hoy, esta compañía funcionara de una manera un tanto peculiar.
Quiero saber en qué sois buenos, en qué no, y qué os hace falta para rendir mejor.
Nadie está aquí solo para recibir órdenes.
Estamos aquí para construir algo más grande que nosotros.
― Les prometí que, desde hoy, todos tendrían un plato caliente de comida al mediodía, tanto ellos como sus familias.
Muchos se alegraron, otros me miraron raro, y alguno preguntó si eso significaba que les iba a bajar el sueldo.
Otros, directamente, dijeron que no necesitaban eso.
■― No es una opción.
Aunque solo uno de vosotros quiera comer aquí, yo me encargaré de que tenga su comida.
Y no hablo de sobras.
Hablo de una comida digna: pan, verduras, carne, y algo caliente que alimente de verdad.
La familia también comerá.
Todos los días.
― Poco a poco los murmullos fueron cambiando.
De duda, a sorpresa… y luego a sonrisas.
Sobre todo entre los que tenían hijos.
Durante las entrevistas, revisando los registros con Pudiente entre un candidato y otro, descubrí algo que me molestó bastante.
Los sueldos actuales eran ridículos.
Gente que trabajaba de sol a sol, sin casi días libres, cobrando lo justo para no morirse.
Los guardias cobraban 5 monedas de plata al mes.
Las mujeres de servicio, lo mismo que los transportistas o dependientas: 2 monedas de plata.
Los artesanos ganaban entre 2 y 4 monedas, dependiendo de su producción.
Los encargados de finanzas cobraban 6 monedas, Las secretarias 4,Y los encargados de logística y almacén, también 2 monedas.
Teniendo en cuenta que una familia necesita como mínimo 4 monedas de plata para sobrevivir, eso no era un salario, era caridad disfrazada.
Así que lo dejé claro: ■― Os voy a doblar el sueldo.
A todos.
Pero no será este mes.
A partir del mes siguiente, firmaremos nuevos contratos.
Eso sí, con condiciones nuevas.
― ( Como nos explicó Dalia los meses son de 25 días y hoy es 24 del primer mes, de la primavera.
Por lo que mañana es el último día del mes y día de descanso, por lo que no se trabaja ) Hubo un silencio.
Después, vinieron las reacciones: ― Segurata ― Pero señor…
doblarnos el sueldo es mucho.
― ― Dependienta ― Eso es demasiado, no podemos aceptar eso… ― Asentí.
Lo entendía todo.
Era normal pensar así, si toda tu vida te han tratado como si fueras intercambiable.
■― No se trata solo de dinero.
Se trata de respeto.
De que os sintáis parte de algo que vale la pena.
Vais a trabajar entre 13 y 17 horas al día (entre 8 y 10 de las nuestras).
Vosotros elegís cómo organizaros, mientras no descuidéis vuestro trabajo.
― Artesano ― Con 17 horas no acabo los pedidos grandes.
Yo suelo trabajar hasta acabar… ― ■― Y los guardias, eso sí debéis organizaros para que el edificio nunca esté sin vigilancia.
― La mayoría me miraban.
Pero algunos, sin decirlo, miraban también a Pudiente, como preguntándose: ¿Pero Pudiente está de acuerdo con todo esto?
Lo estaba no le quedaba otra esta empresa ya no era solo suya y neo me ha dado su voto en todo mientras él no está.
Aunque no dijo ni una palabra, su forma de quedarse firme a mi lado, de no fruncir el ceño, ni negar con la cabeza, fue suficiente.
Para los que lo conocían desde siempre, eso decía más que mil discursos.
Él no era de muchos gestos, pero su silencio valía como un sí rotundo.
Y con eso bastó.
Al finalizar el día, más o menos tenía listo el nuevo contrato, nuevas funciones para la empresa y una nueva forma de gestión.
Además, inicié el proceso de compra de los terrenos adyacentes al edificio de la compañía.
Pudiente me ayudó a escribirlo todo, aunque no le gustaba del todo esto.
Aun así, lo hizo.
Y no se quejó.
■― Antes de irme, solo una cosa pasado mañana no puedo venir a trabajar, tengo que asistir al banquete del hijo del marque.
― ― Pudiente ― ¿Cómo?, De que conoce Usted al Amisair.
― ■― De nada, me han dicho que tengo que ir a acompañar a Selene, y por cierto, no me trates de usted.
― ― Pudiente ― Esperara un momento has conquistado el corazón helado de Selene Gaveil, la administradora del gremio de comerciante.
― ■― Si.
― Seguimos hablando de como muchos intentaron conquistar a Selene y no lo consiguieron.
Pero como ya era un poco tarde, nos despedimos.
Justo al llegar a casa, me estaban esperando los planos detallados de la imprenta que le había pedido a Neo.
Pero lo peor de todo no fue eso… También venía con un boceto, un borrador de algo que, sinceramente, me dejó sin palabras: una máquina de escribir.
(#■― Pero tú estás loco, ¿o qué?
―#) (#●― Bueno, hay que crearla igual, ¿no?
Y por cierto… ya estamos todos en casa de Selene.
¿Y tú?
¿Pa’ cuándo?
―#) No me lo pensé.
Fui lo más rápido que pude sin llegar a correr aún me dolía la herida, pero no podía hacer otra cosa.
EL cabrón estaba esperando a que le abriese la puerta de la subdimensión.
La colleja que le di después fue memorizable.
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