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Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 29

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  4. Capítulo 29 - 29 Dia 2 Mes 4 N
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29: Dia 2 Mes 4 N 29: Dia 2 Mes 4 N Ayer después del veredicto de la marquesa, al llegar a casa conseguí escaquearme de Antón de alguna manera, y guardar las placas solares flogísticas sin que las viera.

Me parece genial que me quiera espiar todo el día y la noche si quiere, pero no quiero que conozca todas las cosas que ya hemos creado.

Realmente estoy cansado, del puto banquete y de las bonitas “costumbres” de los nobles.

Y esto sin tener en cuenta lo que nos pasó el otro día en la cena.

Y todo el trabajo de los trajes… Al menos tengo algo de privacidad durante la noche con Dalia, al parecer la muy hija de su madre me oculto que es una persona muy importante en la universidad, (¿y luego me riñe a mí por guardar secretos, sabes?).

Hoy al irnos a dormir hablamos durante horas de las costumbres y como es este mundo.

Como ya nos dijo Dalia los años duran 400 días, de 16 meses y 25 días, que se reparten en 4 semanas de 8 días y un día extra al mes de descanso y adoración al supuesto dios Tolmas.

De los cuales ella trabaja o va a la universidad, las primeras 3 semanas del mes y la otra se queda en casa.

Nosotros llegamos la última semana del mes y el cumpleaños del Amisair fue el 1º del segundo mes de primavera.

Por cierto, los meses no tienen nombre, pero si los categorizan, es decir son 4 meses de primavera, 4 de verano….

Supongo que se entiende de alguna manera, a mí personalmente me gusta más que cada mes tenga su nombre, pero claro ellos tienen 4 meses más que nosotros, tendría que pensar en 4 nombres de mes.

(¿Pero entonces cuando es mi cumple?

Debería de mantener la fecha.

Pero claro Hunt cumple un 26 y ellos no tienen día 26 mmm… ¿qué podemos hacer?) ― Dalia ― Sigues despierto.

― ●― Si, lo siento estaba mirando una cosa.

― me acerque aún más a su oído.

― Subdimensión.

― Me gire y le abrace con fuerza.

― Dalia ― Vale, pero ya es tarde, deberías dormir que mañana tenemos que ir a trabajar.

― ●― Tienes razón, lo siento.

― … Por la mañana al despertar me encontré con Antón esperando en la puerta de la habitación.

Parecía cansado, pero se mantenía de pie firme, inmovible.

Al final el despacho de Dalia se convertirá en su habitación.

●― ¿Desde cuando llevas ahí?

― ― Antón ― Desde las (6:00) ― ●― Pero si son las (7:22), llevas más de una hora esperando en la puerta, eso es enfermizo.

― ― Antón ― Es mi misión.

― ●― Te aviso que no me voy a despertar antes de las (7:00), organízate como quieras.

― Lo tomé debajo del brazo y pese a su intento de oponerse lo conseguí arrastrar al comedor para desayunar.

Donde Durman estaba desayunando y Astrid estaba de acá para allá preparando sus cosas para ir a la universidad.

― Durman ― Buenos días zagales, preparados para ir al gremio.

― ― Antón ― Señor Disculpe, pero él no puede ir al gremio como su discípulo, recuerde las condiciones de la marquesa.

― (☝️🤓 ) No se lo tomo muy bien, el pobre Durman, que ya se estaba muy cómodo con mi presencia por el gremio.

Se quejaba al grito de “quien animara el fuego con maná si yo no estoy…” Gracias al rescate de Hunt conseguimos escapar del yugó de Durman y tomar rumbo a la empresa o compañía de Orlan.

Después de los papeleos y más cosas que solo Hunt saben para que sirven me tome la libertad de reunir a los artesanos, tanto a los 5 herreros como a los 5 carpinteros.

Herreros: Varo Forgevin, Dome Negronai, Hannes Soudacier, Paco Mettelmano, Val Fiermastr.

Carpinteros: Mateo Woodrix, Jean Corteviga, Fabian Tablier , Sandro Lecopert , Grzegorz Lemnaru.

Los reuní y les conté el plan de crear una imprenta, las dudas surgieron y las intenté contestar de la mejor manera que pude.

Pero no tener un plano para que los carpintero siguieran y no tener todas las letras dibujadas para que los herreros me crearan los patrones era un problema.

Asique mande a llamar a Pudiente gracias a que Sora (Servicios generares) estaba cerca.

●― Pudiente necesito que me consigas papel, algo con que escribir y mandes a todos estos hombres a trabajar mientras yo acabo unas cosas.― Como es natural Pudiente se puso manos a la obra mando a Sora a por papel mientas mandaba a los hombres a recoger el taller y prepararse para cualquier cosa que yo les mandase.

Mientras los artesanos comenzaban con las tareas que Pudiente les dio, yo me puse a pasar los planos a papel.

Entonces comencé a dibujar la bancada, la base firme donde todo se apoyaría.

Marqué los extremos con líneas rectas, gruesas, precisas, y añadí las uniones con espigas y colas de milano, tal como se harían con las herramientas que tenían aquí.

Con cuidado, esbocé los soportes verticales, los marcos, la platina móvil.

Sobre la bancada coloqué el tornillo central, la pieza clave, y lo descompuse en vistas paralelas el husillo, la tuerca fija y los topes.

Luego dibujé el balancín y la manivela, el sistema de presión, el mecanismo que haría que todo funcione con un simple giro de muñeca.

Lo delineé despacio, mostrando los puntos de contacto, las fuerzas.

En otro ángulo, añadí la forma en que los tipos móviles se alinearían, aunque aún no los tenía hechos.

Y en el papel siguiente, comencé a trazar el alfabeto de este mundo cuarenta letras únicas, treinta y tres consonantes, siete vocales, cada una diferente y todas con medidas exactas, pensadas para ser talladas y repetidas.

Me perdí en el dibujo, pasadas las dos horas los muchachos ya no sabían que más hacer y tuvieron que llamar a Pudiente para tener algo que hacer.

No me querían molestar, pero tampoco querían quedarse de brazos cruzados.

El polvo del carboncillo ensuciaba mis dedos, el papel crujía bajo mi mano, y la máquina que solo existía en mi cabeza comenzaba a estar lista.

●― Bueno esto ya está.

― grite fuerte para que se me escuchara.

― Podéis venir todos.

― Uno de los carpinteros (Jean) me escucho y fue a por los demás.

Que llegaron cansados.

Dispuse los planos sobre una de las mesas de los carpinteros que son más grandes y nos reunimos en coro.

●― Estos son los planos que os avía prometido.

― Tome aire.

― Lo explico otra vez o empezamos con la ronda de preguntas.

― ― Val ― Si se me permite hablar.

― ●― Por supuesto ― Recorrí a todos con la mirada.

― No me tratéis de señor que solo tengo 28 años, además de los que estamos aquí soy el que menos sabe de herrería o carpintería asique los maestros sois vosotros no yo, entendido.

― ― Val ― Yo no entiendo para que sirve el artefacto este.

Me lo puedes volver a explicar.

― ― Jean ― Val no lo tutees, eso es falta de respeto.

― Dijo después de darle una colleja.

●― Jean, no lo vuelvas a pegar, no me importa si me tuteas, de hecho, lo prefiero.

― Les volví a explicar cómo se supone que se usaría la imprenta y para que la queremos usar, es decir, copiar libros de matemáticas y aprendizaje de lectura.

― Sandro ― Hay algo que no entiendo, porque libros de matemáticas y aprendizaje de lectura, no sería más importante libros para los nobles.

Con historias de amor esas cosas que leen ellos.

― ●― Buenísima pregunta, me encanta, Sandro cuantos nobles puede haber en esta ciudad, no… cuantas personas se pueden permitir un libro.

― ― Fabian ― Ahora ya no muchos la verdad y la mayoría de las personas no saben leer.

Entonces no les interesa siquiera.

― ●― Ahí le has dado Fabian, ¿Qué pasaría si todas o casi todas las personas de la ciudad supieran leer?

Y si es así ¿Qué pasaría si los libros fueran muy baratos, tanto que una familia normal pudiera comprar 5 libros al mes?

O más si eso.― Las caras de los muchachos eran un cuadro perfecto para tomar una foto, le envié una foto a Hunt por el chat.

(#●― Míralos que majos.

― #) (#■― Majos, ya saben de nuestro plan de alfabetizar a la población.

― #) (#●― Se lo acabo de contar.

― #) ― Paco ― Pero señor, eso quiere decir que, hasta nosotros, simples trabajadores, podríamos leer novelas como los nobles o mayores burgueses.

― ●― Claro, tu solo imagínate que tu hijo o tu hija pequeña fueran aun una especie de edificio, como la universidad, donde aprenden a leer desde pequeños, donde aprenden matemáticas, historia, conocimiento general, donde aprendan ha hacer las tareas domésticas, donde están con otros niños, lugar donde tendrían miles de libros para leer y aprender.

― ― Paco ― ¿Cómo sabes que tengo un hijo y una hija?

― ●― Hunt y Pudiente me contaron un poco de cada uno de vosotros.

― (En verdad tome su ficha de la subdimensión que hizo Hunt.) ― Grzegorz ― Entonces quieres crear un futuro extraño donde todos saben leer y escribir.

― ●― Si ― ― Antón ― Tu entiendes la gravedad de tus palabras, verdad.

― Dijo de manera desinteresada mientras se levantaba de la silla que le proporciono Elena (Servicio general) ●― Antón, estás en contra de que los hijos de estos hombres puedan disfrutar de una educación digna.

― Le dije mientras me giraba hacia él.

Se puso en pose defensiva.

― Antón ― Para que lo sepa la marquesa será informada inmediatamente sobre esto.

― Los artesanos se alteraron, pero me gire y les guiñe el ojo.

●― Esa era mi intención que tomase medida y que haga su trabajo… ― ― Antón ― Quien te crees que eres par decir que hacer a la marques.

― Se acerco a mi preparándose para luchar.

●― Quieres que te humille como Hunt humillo a Alistar.

― Me acerque a él.

― Antón ― Eso lo quiero ver yo ahora, ven , ven a ver si tienes tantos cojones.

― De su espalda apareció un espada por encima de él, era Levi que dejo caer su espada sobre la cabeza de Antón como castigo, para ser sincero, vi como Hunt y Levi entraron más o menos cuando Antón se ponía gallito.

No pude no reír, ver como Levi lo reñía me pareció muy gracioso, Hunt y Levi tomaron control de la situación y Hunt acabo riñéndome, por provocar al chico.

(Si que me lo tenía merecido.

) Después me puse a investigar como defino el metro, litro, gramo, segundo, amperio, Kelvin, candela, y si me sobraba tiempo los radiantes.

Sobre las (12:00) Hunt, Levi y Pudiente me “secuestraron” para preparar la comida de hoy.

Antes de irnos deje los planos sobre la mesa y los deje trabajar como ellos quisieran, los carpinteros se pusieron manos a la obra con la bancada, con las piezas principales y los pilares, mientras que los herreros comenzaban a preparar las bisagras y los patrones.

Cargamos un carro de cajas vacías y una lista mental que yo ya había repasado al menos tres veces antes de salir.

Hunt caminaba a mi lado, tranquilo como siempre.

Los demás iban detrás, hablando entre ellos, pero lo que más me sorprendió fue ver a Bruno tirando del carro él solo.

De pequeño yo también arrastré carretillas en la granja de mi padre, pero este monstruo tenía más de cinco metros de largo.

Y cargado iba a pesar como una mula de guerra.

No estaba seguro de que ese pobre hombre pudiera con todo… aunque por su mirada, parecía que ni se lo cuestionaba.

Primero nos dirigimos al gremio de cazadores.

Un edificio largo, de piedra sucia, con olor a sangre seca.

Apenas cruzamos el umbral, una voz grave y ronca nos detuvo.

― Justo —¡Muchachos!

— gritó.

— ¿Dónde demonios se habían metido, con todo lo que pasó ayer?

― Nos abrazó como si fuéramos sus propios hijos.

Hunt y yo respetábamos a Justo.

Era tan duro como su nombre, pero también justo, en el sentido más raro y necesario de la palabra.

Nos preguntó qué hacíamos allí, y cuando le contamos el plan de alimentar a los trabajadores, se quedó en silencio un momento, rascándose la barba con gesto pensativo.

Lo interrumpí como pude.

●—Necesito medio conejo gigante, Justo —le solté, sin rodeos.

Negoció con nosotros como el viejo zorro que era, pero al final salimos ganando.

Nos entregó la mitad de un conejo gigante, ya limpio y cortado, además de los huesos para hacer fondo.

Pero lo difícil vino después las verduras.

En este mundo, la carne es para los pobres.

Es abundante, cazada, dura pero nutritiva.

En cambio, las verduras… las verduras son casi de lujo.

Pero sabía exactamente lo que necesitaba para lo que tenía en mente.

Compramos: Algo más de 150 kilos de patatas.

(Mejor que sobre a que falte) 20 kilos de cebolla dulce.

15 kilos de pimientos rojos y verdes (los pocos que había a buen precio) 10 kilos de zanahorias.

Ajo, por suerte bastante accesible, lo vendían en racimos secos.

Laurel, tomillo y orégano silvestres, secos, en paquetitos de tela.

Unos cuantos litros de vino oscuro, fuerte, áspero, pero que me recordaba al tinto de las bodegas de mi pueblo.

Un puñado de sal gruesa, muy cara, pero necesaria.

Y finalmente, aceite.

Y para mi sorpresa, logré conseguir un poco de aceite de oliva, que al parecer sólo usan los sacerdotes de los templos.

Bruno se llevó la peor parte, claro.

Cargando todo, sudando en silencio, tirando del carro como si fuese una extensión más de su cuerpo.

No dijo ni una palabra, pero le ofrecí ayuda empujando desde atrás y Hunt se unió.

Me hizo gracia como se sorprendió al sentir que le estábamos ayudando.

Pudiente se cuestionaba todo lo que estábamos haciendo, pero no dijo ni una sola palabra.

Nunca había cocinado para tanta gente, cuando vivía en el piso cerca de la universidad solía cocinar, pero solo para mí no para 150 personas.

Apenas llegamos a la empresa, me di cuenta de que teníamos un problema.

La pequeña cocina que teníamos no nos iba a servir.

El fogón y la olla oxidada apenas daban para alimentar a una docena, y hoy éramos muchos.

Me giré hacia Pudiente, que esperaba cerca del portón, observando cómo se descargaban las cajas.

●—¿Tu padre no vendía calderos grandes?

— Él asintió con una sonrisa orgullosa.

― Pudiente — Claro.

Aún hay unos cuantos guardados en el almacén.

Te traigo uno.― No tardó mucho.

Al poco, teníamos frente a nosotros un caldero negro, de hierro fundido, completamente nuevo.

Brillaba con ese tono oscuro del metal recién tratado.

Su padre los fabricaba en esta misma empresa antes de que nosotros tomáramos el timón.

Ahora él los vendía, y no a cualquiera, de echo eran de calidad, gruesos, resistentes, hechos para aguantar generaciones, con capacidad para al menos treinta litros.

●— Sólido como un yunque.

Justo lo que necesitaba.

— Al ver el tamaño del grupo y el fuego disponible, me di cuenta de que un solo caldero no bastaría.

Lo sabía desde que descargamos las verduras, pero me negaba a aceptar que tuviera que multiplicar la atención por tres.

Y, aun así, no me quedo de otra.

Pudiente apareció al poco, sonriente, con otros dos calderos de hierro fundido.

Salí al patio con Sora, Anaïs, Claudia, Elena y Roxana.

Todas venían con ropa de trabajo, delantales y dispuestas a ayudar.

Las chicas empezaron a lavar verduras y trocear carne.

Yo pelaba patatas con un cuchillo afilado, mientras me rodeaban con miradas escépticas.

― Anaïs —¿Vas a echar eso?

—preguntó, con una mueca de desagrado.

― Roxana — Las patatas no se comen, ni los más pobres y desesperados por comer algo de verduras las quieren.

Se dice que saben a tierra húmeda.

Chasqué una patata contra la mesa de madera y seguí pelando.

●— Confíen en mí.

— respondí sin dejar de trabajar.

Y entonces llegó Hunt, con la mejor intención del mundo y cero habilidades.

■—¿Pelo patatas?

—preguntó, sonriente, ya con la tabla en la mano.

Lo dejé.

No me duró ni dos minutos.

■— ¡Mierda!

— Grito, se cortó el dedo.

Nada grave, pero suficiente para que lo mandara al rincón como a un niño travieso.

●— Ve a sentarte, anda.

Tú estudiaste para ser un gran señor, no para cocinar.― Él refunfuñó, pero se fue.

Pudiente soltó una risa y le dio un trapo para limpiarse.

Colocamos los tres fuegos separados en el patio, con ayuda de unos cuantos ladrillos, leña y muchas ganas.

Las chicas Sora, Anaïs, Claudia, Elena y Roxana se repartieron conmigo para ayudar.

Cada una tomó posición frente a un caldero y cuchillo en mano.

Yo me quedé al centro, dirigiendo como si aquello fuera una coreografía de cuchillos, madera y humo.

Primero los huesos del conejo gigante, que sellé en una sartén con un buen chorro de aceite de oliva raro y caro.

Luego los repartimos en los tres calderos.

Añadimos unos 15 a 18 litros de agua por caldero, suficiente para cubrir los huesos.

Dejamos que el hervor empezara.

La carne vino después, al menos 10 kilos de conejo troceado por caldero, con algo de grasa para darle alma al caldo.

Las patatas fueron el mayor reto.

Había unos 75 kilos en total, y aunque las chicas ayudaban con resignación, el volumen era monstruoso.

Chascamos, unos 25 kilos por olla.

Luego vinieron las cebollas dulces 6 a 7 kilos por caldero, en rodajas gruesas.

Después los pimientos rojos y verdes, troceados en tiras.

Ajo picado, una cabeza por olla.

Zanahorias en rodajas, unos 3 kilos cada una.

Cuando el caldo ya hervía con fuerza, agregamos vino oscuro.

Denso, fuerte, de esos que raspan al pasar por la nariz.

Un litro por caldero bastó para teñirlo todo y darle cuerpo.

Por último, la sal gruesa (medida a ojo) Todo parecía estar bajo control…

hasta que no lo fue.

Tener tres calderos a la vez no es cocinar es jugar a ser ingeniero después de aprender a resolver ecuaciones de segundo grado.

Uno siempre está más caliente.

Otro no burbujea lo suficiente.

Uno empieza a pegarse al fondo mientras otro parece sopa clara.

El humo se me metía en los ojos.

Corría de uno a otro como si pudiera partirme en tres.

Las chicas trataban de ayudar, pero sin mi vista encima, todo se desequilibraba.

Cuando todo había reducido bien, hice lo que hacía mi madre, pillé unas cuantas patatas de cada caldero, ya bien cocidas, y las aplasté con una cuchara de madera, mezclándolas de nuevo en el caldo.

El líquido se volvió más denso, más cremoso.

La textura que quería.

Al acabar pude ver como Hunt había limpiado todos los platos y demás piezas de bajilla, que usamos mientras cocinábamos.

… Después de la comida volví al taller con los chicos para comprobar cómo iban.

Los herreros usaban la forja y sus martillos para crear los moldes de las letras, apenas comenzaban a dar forma a varios prismas.

Mientras los dejaba trabajar tranquilos, Tome el mando del grupo de carpinteros, (les daba ordenes por que intentar hacer yo cualquier cosa era inútil ellos me superan por millones de años).

Mientras yo preparaba la comida ellos seleccionaron los mejores tablones para hacer la bancada y con un carboncillo dibujaron sobre la madera las cotas de los planos.

Entre preguntas y otras dudas, me sorprendió lo fácil que les resultaba entender la normativa del sistema europeo de dibujo técnico.

A la hora o si todas sus dudas sobre mis dibujos quedaron resueltas y entre ellos el más experimentado tomo el mando para ordenar a los demás que tareas o con que piezas tenían que empezar.

Mi presencia fue omitida por completo y al girarse y verme.

― Mateo Woodrix ― Disculpe señor, no quería.

― ●― ¿Qué pasa?

― ― Mateo ― Es la costumbre, con Orlan yo era el que daba las órdenes a los demás.

― Suspiro y mientras miraba hacia abajo me hablo.

●― ¿Y el problema?

― Le puse una mano en el hombro.

― Que yo sea dueño en parte ahora, no quiere decir que sepa más que tú de carpintería, tú tienes un oficio con décadas de practica y aprendizaje yo apenas tengo un par de nociones de cómo debería de hacerse las cosas y ni siquiera las he hecho una vez en mi vida.

― ― Mateo ― No le ha molestado que tomase el mando.

― Dijo después de levantar la mirada.

●― No para nada, de echo dime como puedo ayudar.

Pero ten en cuenta que tengo menos maña que un joven aprendiz.

― ― Mateo ― Eso no será problema.

― Seguí trabajando con mateo codo con codo casi toda la tarde, preparamos los pilares, que hacer agujeros en la madera en la edad media es más difícil de lo que yo pensaba, ellos usaban literalmente un cincel para hacer los agujeros y poco a poco daban forma a los agujeros cuadrados de los pilares, quitando la precariedad de su forma de trabajar, me sorprendió que daba igual en que proceso o que tenían que hacer siempre aumentaban su fuerza con el uso del maná.

Pero el colmo fue cuando vi que Jean levantó uno de los pesados pilares del suelo, el solo, para ponerlo vertical.

No pude no preguntar cómo era posible que pudiese levantar tanto peso, aunque extrañado me explico que al enviar maná a los brazos se siente caliente, pero tienes más fuerza.

No pude, no probarlo, pero me di cuenta de que solo mejoraba a las prestaciones musculares y no óseas, sobre todos al sentir un dolor en la columna.

Fue en se entonces cuando me di cuenta de que todos ellos llevaban cinturones anchos para la espalda.

No tuve que pensarme lo mucho para mandarle un mensaje a Hunt y avisarle que prohibiera esta práctica.

Al poco apareció Pudiente con un papel firmado por el y por Hunt que acabe firmando yo también.

Donde prohibíamos el uso de mana para levantar grandes pesos.

Los carpinteros y los hereros se sorprendieron ya que pare ellos era lo normal, otros hombres de los otros grupos de la empresa también se quejaron, pero al explicarles que es por su bien y poco a poco se calmaron.

Hunt me aviso que estábamos llegando al final de la jornada de hoy, sobre las 27:20 (16:30) les dije que se podían ir no sin antes ver todo lo que habíamos avanzado.

― Dome ― ¿Como?, como que quieres lo dejemos por hoy, como así, no se puede, hoy casi no hemos hecho nada.

― ●― ¿Cuántas horas llevas aquí?

― ― Jean ― Contando con la hora de la comida, no se unas 10 horas o así ― ●― No de echo llevas, bueno lleváis 11 horas, creo que es más que suficiente por hoy.

― ― Mateo ― Pero señor si no hemos acabado ninguna pieza.

― ●― No pasa nada, mañana más y mejor, tirar pa’ casa que seguro que vuestras familias lo agradecen.

― ― Sandro ― Señor está seguro de esto verdad.

― ●― No, de hecho, no 11 horas me parecen demasiadas, creo que lo cambiaremos a (8) de alguna manera, y por cierto no me llaméis señor, llamarme Neo y punto.

No se hable más, recoger vuestras cosas y para casa, no me hagáis tener que echaros.― Fue a ver que estaba haciendo los hereros y creo o me dio la impresión de que me escucharon discutir con los carpinteros sobre echarlos… Se asustaron nada más entre por la puerta de su taller.

Pero la decepción no pudo ser mayor no tenían ni 4 pieza echas, Varo apenas tenía la mitad de una vocal echa.

●― Cuantas pieza lleváis echas.

― ― Varo ― Esta es la primera señor.

― ― Dome ― Con esta que estoy haciendo ahora hoy hemos hecho 4 prismas como usted los llama.

― ●― No me vuelva a trata de usted.

Llamarme Neo y punto.

― Dije medio suspirando.

― Entonces solo 4.

― ― Hannes ― ¿Son pocas?

― ●― Si.

― ― Hannes ― Señor Neo nos podemos quedar todos a trabajar hasta completar el abecedario como nos has dicho.

― ●― heee, NO.

― Como no me di cuenta antes, el idioma de este mundo tiene 40 letras, divididas en 32 consonantes y 8 vocales.

Donde entre el 42% y el 45% de las letras son vocales.

Si tomamos como ejemplo el libro de Dalia de runas, una página típica tiene unas 40 filas, y cada fila, contando los espacios, contiene entre 70 y 80 caracteres.

En este idioma no existen mayúsculas ni signos de acentuación, por lo que el conteo es bastante sencillo.

Esto nos da entre 450 y 500 palabras por página, lo que equivale a unas 2500 o 3000 letras contando espacios.

De estas letras, el 45% son vocales y el 55% consonantes.

La distribución de los patrones no es uniforme.

Las vocales, al ser solo ocho, se reparten casi equitativamente, necesitando unas 170 copias de cada una para cubrir toda la página.

Las otras 32 consonantes se reparten el resto, lo que se traduce en unas 52 copias por cada una.

Sumando todo, el total de tipos móviles necesarios para componer una página ronda las 3000 piezas, aunque hay que aumentar esta cantidad para incluir espacios y signos de puntuación, llegando así a unas 3500 piezas por página.

Este cálculo es crucial para entender la magnitud del trabajo que supone imprimir en este idioma y ayuda a planificar la cantidad de moldes y tipos que deben fabricarse para la imprenta.

●― Dejar lo que estáis haciendo y mejor iros a casa vosotros también.

― ― Varo ― Nos vas a echar a nosotros también, que paso con el contrato y eso de dar comida a nuestra familia.

Nos das un trabajo imposible y si no podemos nos echa.

― ●― he he he, te me calmas.

― Hanner sujeto a Varo para que no intentase nada.

― Quien a dicho que te voy a echar.

― ― Hanner ― Acabas de echar a los carpinteros no.

― ●― Nooo, pero que historias te montas solo.

― ― Varo ― A mí no me engañas se lo que he escuchado.

― ― Antón ― Si se me permite hablar.

― Dijo interrumpiendo a todos.

●― Por favor.

― ― Antón ― Pese a mis diferencias con el Señor Neo.

Considero que es uno de los mejore Amos que se puede tener, asique tranquilízate y deja le explicarse.

― Después de una breve explicación de que ha pasado con los carpinteros y calmarlos a ellos también.

Los mande irse sin recoger que ya me encargaba yo.

― Varo ― Seguro que no quieres que te ayudemos en nada.

― ●― No tranquilo yo me ocupo, ve a descansar.

Y recuerda mañana más y mejor.

― Hasta que vino Hunt a me la pesa limpiando y cuando tuve el fuego apagado, nos fuimos dejando a los guardias y a Pudiente que tenía que hacer no sé qué pedido… ●― No sé qué hacer tenemos que hacer muchos patrones para las letras.

― ■― Unos 3000 o algo si no.

― ●― Si, y si los hacemos a mano vamos a tardar mucho en hacerlos de madera no va a funcionar.

Como yo quiero.

― ■― Y creas un molde de arena y los fundes.

― ●― Eres un purísimo genio.

― ― Levi Antón ― ¿Arena?

― Poco después me fui a casa, donde nada más entrar por la puerta me recibió Dalia con un gran abrazo.

La cena estaba lista.

Me duche rápidamente, cene y me fui directito a la cama con Dalia.

Todas mis preocupaciones desaparecieron cuando se tumbó encima mía, el peso de su cuerpo, la suavidad de su piel y la manera que se coloca encima de mí me relajan y me tranquilizan.

Algunos lo llaman ruido, pero para mí el sonido de los demás miembros de la casa andando o hablando por la casa me reconforta y me deja en claro que todo está bien.

Me conto todo su día, como el “espectáculo” de ayer dejo marca, y pese a que yo no era el culpable de nada.

Me conto como las chicas que la atosigaban dejaron de hacerlo, de echo me conto que la evitaban y que no querían ni acercarse a ella.

Me conto como más de la mitad de los alumnos no fueron a sus clases, para enterar a sus padres… Que hoy ha sido un día tranquilo para ella y que fue el primer día que estuvo tranquila en la universidad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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