Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 34
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34: Dia 5 Mes 4 34: Dia 5 Mes 4 De camino a la compañía me encontré con Neo, y como ya era costumbre, (Vuelta a la vida de rutinas), saliendo de las residencias de los maestros de gremio y pasando por la plaza central, nos encontramos con Varo y sus Hijos.
Damos, el que es “super” mayor y su hija Sodia.
En el camino hablamos sobre como la esposa de Varo desaprobada la educación de sus hijos, con el típico argumento.
“Para que sierve eso de estudiar si no tiene trabajo.” (La busqué en los análisis de la subdimensión y tenía toda la ficha, completa, el desgraciado de Neo no deja pasar a nadie.) Supongo que, tanto en la tierra como en este mundo, cuando se está en edad de trabajar o estudiar, los padres quieren que trabajes, para ganarte tu propio dinero.
(Está bien para comprar de vez en cuando un kebab o algo así.) Durante los cuatro años de universidad, tanto a Neo como a mí, nos costó verdaderos dolores de cabeza encontrar un lugar de trabajo, no pedíamos mucho, el típico trabajo de operario o cualquier cosa precaria.
Claro como somos dos jóvenes, sin deudas, sin hipotecas, sin hijos, que no dependen financieramente de ese trabajo.
No nos querían contratar en ningún lado, Neo no quiere ser camarero porque le da cosa atender al público.
Y a mí ni fu ni fa.
Buscamos trabajo como operarios en fábricas, para cubrir vacaciones, pero ni, aun así, ni en la obra, ni en el campo no nos querían.
Es increíble como ser joven esta más castigado que ser un criminal, a ellos por lo menos les ayudan a incorporarse al mundo laboral.
Y no hablar de cuando entregamos nuestros cv, con la anotación que estábamos estudiando, que parece que era una carta de amenazas, que acabáramos de matar a todo el planeta, “los mayores violadores o asesinos del mundo”.
Madre mía, contratar a alguien que es capaz de realizar una tarea repetitiva de mierda y pensar un poco más, arreglar fallas y pensar antes de actuar, y ni hablar de las empresas de trabajo temporal.
― Varo ― Señor Hunt, Señor Hunt.
― ― Disculpa me he perdido en mis pensamiento, que decías.
― ― Varo ― Le estaba preguntando sobre que le enseñarás a nuestros hijos en su escuela.
― ■― Hoy nada más empezar Marte, comenzara a enseñar a leer y escribir.
― Vi de reojo como Sodia apretón los puños, como de felicidad.
― Luego ir yo a dar matemáticas y algo de física.
¿Empezamos con química o no?
― Le di un golpe a Neo.
●― Creo que ya se cómo hacer los moldes para los tarros.
― ■― ¿Pero yo que te he preguntado?
― ●― ¿Me estabas hablando?
― ■― No se pedazo de… no digo nada que hay niños.
― Le di un puñetazo suabe en la cabeza.
― Di comenzamos con la química o no.
― ●― Buaaa… bro no sé, creó que mejor no, no valla a ser que exista otra partícula como el Manatron o algo sí que le de otras propiedades a los átomos.
― ■― Pero que dices, tu sí que estas Manatron, pero la tabla periódica y sus elementos.
― ●― Son niños no, déjales ser niños, enséñales, lo típico física y mates.
Con la química y hablaremos con la marquesa este finde no.
Que para algo nos tenemos que reunir con ella todas las semanas, ¿no?
― ― Levi ― Se suponía que eso era secreto.
― ●― aaagaagg.
― Dijo mientras hacia un gesto, para quitarle la importancia.
― Antón ― Pero tu entiendes el problema que es revelar secretos delante de gentuza como esta.
― No sé quién le miramos, peor si Neo, Levi o yo.
No hablo el resto del día.
Ω ― Ω ― Ω En la compañía, nuestros empleados, nos estaban esperando en la puerta con sus hijos, mayores de 12 años, no pude no ver como el demente de Neo, escaneo a todos los niños, sus ojos se movían de acá para allá parecía estar loco.
Pero lo hizo tan rápido que creo que no se dio cuenta nadie.
Tal y como le dije a Varo, Marte comenzó las dos primeras horas a dar clases de “Lengua” donde los niños comenzarían a aprender a leer y escribir.
Durante estas dos horas tuve la oportunidad de hablar con Pudiente.
Llevamos varios días vendiendo a precios casi regalados toda la mercancía que almacenaba su padre.
Echo que a los comerciantes no les agradaba.
Hay que recordar que ellos se llevan una parte de la venta.
Asique casi todos menos dos, el único matrimonio decidió presentarse esta mañana, el resto se marchó de la empresa.
Según me conto Pudiente, bastante enfadado, las decisiones que estábamos tomando eran demasiado apresuradas, que nuestra forma de ver el mundo es demasiado arriesgada… que, de las dos horas, aunque tenía para atender la gestión de la compañía casi una hora entera Pudiente me estuvo reprochando mis decisiones.
Llego Marte, a las dos horas, se le veía cansada y harta de los niños.
Los dejo con Roxana que los mantuvo en silencio hasta que llegué yo.
Me presenté ante el grupo de niños y niñas con una pizarra detrás de mí, tizas en la mano y un nudo en el estómago.
Había algunos con los ojos bien abiertos, como si yo fuese un bicho raro que había caído del cielo.
(En cierto modo, lo soy.) Empecé con lo más elemental los números.
En su mundo, el sistema es distinto.
Cuentan así uno, dos, tres, cuatro…
y luego “cuatro y uno” para decir cinco, “cuatro y dos” para el seis, y así siguen.
Es una forma lógica, pero limitada.
Les dije que íbamos a hacer algo nuevo, algo más simple y poderoso el sistema decimal.
Desde ahora, “cuatro y uno” se llama cinco, y tiene su propio símbolo.
Lo dibujé en la pizarra: 5.
Al principio me miraron como si estuviera inventando palabras.
― Una niña — ¿Eso es un dibujo de un número?
— Me preguntó, señalando el símbolo.
■— Sí.
— Les dije mientras dibujaba los números de 1 al 10.
— Estos son los símbolos de los números.
En mi pueblo los usamos desde pequeños.
Los veréis mucho de ahora en adelante.
Algunos lo copiaron en sus pizarras pequeñas, les di unas tablillas con tiza, ya que aquí no hay cuadernos ni bolígrafos.
Iban repitiendo en voz alta: “cinco… seis… siete”.
Un progreso lento, pero palpable.
Uno de los chicos frunció el ceño y dijo en voz baja, creyendo que no lo oía: ― Un niño — ¿Por qué hay niñas aquí?
Ellas tienen que estar cosiendo y esas cosas de mujeres.
― Dijo a otro niño sentado a su lado.
Que claramente no tenían ningún numero dibujado en la tablilla.
Como si la clase no fuera para él también.
Me detuve un segundo.
Respiré hondo.
Me volví hacia él sin levantar la voz, pero con la firmeza sabiendo que no puedo permitir que ese pensamiento crezca.
■— Aquí todos habéis venido a estudiar.
Niñas y niños.
Si no te gusta, puedes marcharte.
Pero en esta clase nadie vale más que nadie.
― Se hizo un silencio tenso.
Una de las niñas, tímida, me miró con una mezcla de asombro y gratitud.
También vi al hijo de varo que estaba sentado al lado de la hija de Emiliano, que parecía estarle copiando, o chinchándola más bien.
Después de enseñarles los símbolos del uno al diez (en nuestro estilo europeo), pasé a explicar el concepto de unidad, decena y centena.
Hice dibujos en la pizarra agrupé rayas, conté piedritas, usé ejemplos con monedas para que entendieran cómo contar más allá de diez.
■— Una unidad es esto.
— Dije levantando una piedrita.
— Diez de estas hacen una decena.
Y diez decenas hacen una centena.
Como cuando juntas diez racimos de uvas.
A algunos les costó horrores.
Otros lo entendieron al vuelo.
Un chaval al fondo empezó a sumar con los dedos antes de que yo terminara de hablar.
― Un niño — ¡Diez más diez es veinte!
— Gritó emocionado, como si acabara de descubrir el fuego.
Terminamos la mañana practicando sumas y restas simples con las pizarras.
Algunos trazaban los números torcidos, otros los dibujaban como podían.
Pero todos lo intentaban y eso era importante.
Fue el primer día de sus vidas aprendiendo.
Y también el mío, enseñando así.
No salió perfecto.
Pero sí salió bien.
En cuanto a Neo y sus artesanos, acabaron con los moldes suficientes para comenzar a imprimir el libro o libretilla de matemáticas.
Ω ― Ω ― Ω Para comer hoy hicimos unas lentejas, con un tipo de salchichón, pero nada se le puede comparar al chorizo.
Después de comer y sin los niños.
Fui directo con Neo y Emiliano a sacar los primeros botes.
La teoría era fácil.
Emiliano preparaba cristal y lo ponía dentro del molde, que Neo y yo cerrábamos, para luego usar magia de fluidos, introducir aire y darle forma al cristal.
El problema que tuvimos era que el cristal se acumulaba demasiado en la parte baja, por lo que Emiliano siendo un genio decidió subir el molde a una mesa y mientras nosotros “soplábamos” el giraba del bote, pero no nos convenció.
Por lo que decidimos probar con diferentes cantidades de cristal.
Hasta sacar un buen bote de cristal, el tiempo se nos fue a las nubes, ya que todos menos Pudiente y los guardias ya se habían ido a sus casas y nos habíamos pasado de la cuenta.
Pero toda la tarde que estuvimos nosotros con el cristal, los carpinteros y los herreros se pusieron a imprimir cualquier cosa para probar como funcionaba y buscar fallos.
Con Pudiente al mando y con Rafa y Luciano (Los de administración.) Lograron sacar varias hojas con los nombres de todos los miembros de la compañía, luego probaron los números, (Nuestros números.), les explique el cambio de base a Rafa y Luciano el primer día y les pareció ingenioso, por lo que siguieron con ello.
Sacaron tarjetitas, con el nombre, apellido, edad, profesión.
De cada uno de ellos, como unas diez de cada uno.
Luego probaron con todo tipo de configuraciones, si dos espacios seguidos, si todo letras… Además, emocionados se turnaban para poder practicar con la imprenta, a todos les gustaba el invento y como funcionaba.
Cambiaban los patrones por cambiar, usaron tanta tinta y papel que luego tuve que reñir a Pudiente y mandarlo a comprar mucha más.
Al final del día, cada uno se llevó a casa, un poema que se sabia uno de los carpinteros, para sus esposas.
Que de alguna manera me agencie con un papelito yo también para llevárselo a Selene.
Oh mi dama, alma de mi sol, mil veces cruzaría el yermo tenebroso, donde las bestias ululan sin razón ni reposo, sólo por ver tu faz una vez más al resplandor.
¿Quién dice que salir es morir?
¡Mentecato el que teme sin amar!
Por ti, quebrantaría todo conjuro vil, y en mi pecho ardería la furia del mar.
Congelárame mil inviernos, sin capa ni fuego, si así pudiera darte mi maná entero, pues prefiero abrasarme, gota a gota consumido, que verte exánime, vacía, sin mi abrigo.
Comería yo mil raíces amargas del suelo, si así tú pudieras saborear un bocado bello; prefiero verte harta de verduras del mundo, a probar yo siquiera un solo fruto inmundo.
Podría el cuerpo hallar calor en otro lecho, más el tuyo arde con tan fiero despecho, que el propio sol, al verte, se esconde avergonzado, pues tu abrazo quema más que su rayo dorado.
Ω ― Ω ― Ω Después de cenar, nos reunimos en la subdimensión como ya empezaba a ser costumbre.
Selene y Dalia estaban súper entusiasmadas por aprender más matemáticas y entender mejor cómo funciona nuestro sistema de ordenadores.
Mientras les explicaba, Neo se escapó al taller.
Se había llevado los moldes de los tarros de cristal sin que nadie lo notara, ni siquiera los guardias.
Pasó casi toda la noche puliendo y limando imperfecciones.
El taller acabó cubierto por una nube de polvo negro, como si hubiera explotado algo.
Con las chicas empecé por lo básico el orden de los “nuevos” números, los conjuntos, las operaciones fundamentales… También les enseñé el método de inducción para demostrar propiedades de los números naturales.
Intenté introducir el concepto de infinito, y cómo no todos los infinitos son iguales.
Les di el clásico ejemplo del infinito de los números naturales comparado con el de los racionales entre 1 y 2.
Después pasamos a trigonometría, que les encantó.
Dibujé el típico círculo con radio 1 y les mostré qué era el coseno (la coordenada x de un punto en el perímetro) y el seno.
Aunque al principio se sorprendieron, lo entendieron bastante bien.
El problema, como siempre, fue hacer los cálculos.
Les hablé de π y de τ, pero hacer las operaciones a mano es un lío.
Les prometí que intentaría hacer algo al respecto.
Todavía no puedo crear una calculadora (ni siquiera tengo cable de cobre, mucho menos transistores), pero aquí tenemos algo que en nuestro mundo no.
Las tarjetas identificadoras que nos dieron al llegar a la ciudad.
Si logramos descifrar cómo funcionan, tal vez podamos convertirlas en algún tipo de teléfono o miniordenador, como un smartphone, con calculadora, editor de texto, etc.
(Necesito acceder a los artefactos que se usan para escribir sobre estas tarjetas.
Si pudiera analizar uno, tal vez encontraría una forma de reutilizarlas como una especie de tableta.) Mientras ayudaba a Neo a limpiar el desastre del taller, las chicas prepararon algo para cenar otra vez.
Justo cuando empezamos a comer, entraron Durman y Astrid.
(Aunque… la puerta está en la habitación de Neo.
¿No sospechará Anton…?
Bah, da igual.) ― Astrid ― ¿Qué estáis haciendo?
― ― Dalia ― Recenando.
― ― Durman ― Eso me interesa, ponme también un plato.
― ― Selene ― Ahora mismo.
― Después de recenar, nos quedamos hablando como si nada.
Les contamos que la mayoría de los comerciantes de nuestra compañía se fueron, cómo avanzan los trabajos en la imprenta, y sobre el molde del tarro de cristal, que Neo terminó dándoselo a Durman.
(Lo examinó tanto que lo único que le faltó fue lamerlo.) Cuando ya era tarde, Selene me tiró de la manga para darme a entender que era hora de dormir.
Así que nos despedimos y fuimos a su habitación.
Pero dormir… nada.
Nos quedamos otro rato hablando.
Me contó que el festival es en una semana y que está preocupada por todo el ajetreo.
Le gustaría que la ayudara con los cálculos, porque está harta de hacerlos sola cada año.
También hablamos de cómo van a repartir los puestos en la plaza y de cómo dejarán espacio para el “sacrificio” con el que comienza el festival.
Hablamos de lo macabro que es, y de cómo le está empezando a desagradar cada vez más todo lo relacionado con Tolmas.
Dice que se siente culpable por lo que pasó en el pasado y que le da miedo volver a presenciar un sacrificio.
Intenté consolarla, pero no soy tan bueno con las palabras como Neo.
Y tampoco me sé tan bien la Biblia como para citar algo bonito o esperanzador.
(De hecho, ni siquiera tengo una Biblia.)
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