Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 39
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39: Las cartas 39: Las cartas Carta para la Marquesa Sorina Marquesa Sorina, señora de virtud y majestad: En vos se igualan la nobleza y la razón, como el compás que traza sin error el círculo perfecto.
Vuestro linaje, firme en la recta del honor, da sombra y ejemplo a los que caminamos por la senda del mérito.
Doina, vuestra hija, es reflejo de ese orden celestial: justa en palabra, clara en juicio, hermosa en medida.
No vengo a pedir más de lo que pueda sostener; solo a ofrecer labor constante, casa digna y nombre sin tacha.
Mi petición es sencilla: que me permita aspirar a su favor, y con el tiempo, si Dios lo concede, unir mis días a los de su hija.
Con respeto y sincera devoción, Pudiente Carta para Doina Mi señora Doina, Vuestra imagen me tiene preso como cifra que no se resuelve.
He contado las horas desde que os vi, y todas me llevan a vos.
En vuestra voz hallo medida más dulce que la música; en vuestras manos, el peso justo que inclina la balanza de mi calma.
Si el amor fuera número, vos seríais el uno que da valor a todos los demás.
Si fuera arte de mercader, sabría trocar mis bienes por una sola mirada vuestra.
Permitid que os busque como quien busca la proporción perfecta entre el calor y el descanso; que mi deseo, callado y firme, halle su cuenta en vuestro abrazo.
Pudiente En el despacho del castillo.
El despacho era una enorme sala de piedra y madera muy decorado.
La mesa, tan enorme que parecía una muralla horizontal, estaba cubierta de copas medio vacías, figurillas bélicas y plumas secas.
El rey, un gigante de casi dos metros, descansaba en su trono privado con gesto hosco.
A un lado, el consejero de un solo ojo aguardaba en silencio, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
Un auxiliar entró, se inclinó y depositó un sobre lacrado sobre la mesa.
Con una seña brusca, el rey lo despachó y rasgó el sello.
― Rey —Una carta… — Murmuró, y comenzó a leerla en voz alta, su tono grave rebotando en las paredes desnudas.
La descripción del arma lo hizo fruncir el ceño del Rey conductos giratorios, “descarga continua”, “tormenta de proyectiles”.
Movió la cabeza con incredulidad.
― Rey —¿Una máquina que lanza rocas como lluvia interminable?
¡Patrañas!
— Gruñó, pero no dejó de leer.
Cuando llegó a la petición, golpeó la mesa con la palma.
― Rey —¡Esclavos en vez de ejecuciones!
¿Cómo se atreven a decirle a un rey cómo debe castigar?
― El consejero se acercó, apoyando en la mesa, la pila de cartas, que tenía en las manos.
― El consejero — Majestad… si aceptáis, pareceréis magnánimo.
Los nobles verán que no sois verdugo ciego, sino salvador de sus linajes.
Eso os dará respeto y os blindará de intrigas.
Y el arma… incluso si es medio real, merece que la probemos.
― El rey bufó, se sirvió vino, lo bebió de un trago y lanzó la copa al suelo.
― Rey — ¡Me enferma que intenten dictarme nada!
Pero… bien, que así sea.
Haz que el Gran Maestro Herrero estudie estos planos.
Si la máquina funciona, la quiero en mis murallas.
― El consejero recogió con cuidado los pergaminos anexos, en los que se veían cortes y diagramas minuciosos.
Se volvió hacia la puerta, con paso rápido, antes de detenerse.
― El consejero — Majestad… la letra no es la de la marquesa.
Los planos están firmados por alguien más.
Un tal… Huntneo.
El rey se reclinó, dejando escapar una carcajada seca.
― Rey — ¿Conque un tal Huntneo?
Vaya, qué nombre tan ridículo… pero si estos garabatos dan fruto, me da igual si lo escribió un fantasma o un hombre.
― El consejero inclinó la cabeza y salió a toda prisa.
El rey, solo de nuevo en su despacho cavernoso, tamborileó con los dedos en la mesa y repitió para sí, como paladeando las palabras.
― Rey — Huntneo… ― A la atención de Su Majestad Con la reverencia debida me atrevo a presentaros un nuevo artefacto de guerra que, de adoptarse, otorgará a vuestro ejército una ventaja sin igual sobre cualquier enemigo.
Se trata de un ingenio de múltiples conductos de lanzamiento, dispuestos en torno a un eje que gira con regularidad perfecta.
Cada conducto alberga un proyectil de piedra pulida, calibrada para que su vuelo sea certero.
El movimiento giratorio permite que, tras el disparo de un conducto, el siguiente se coloque de inmediato en posición, garantizando así una descarga continua.
El corazón de este cañón es sencillo y eficaz un mago de fuego provee la energía que enciende y expulsa las piedras con violencia, una tras otra, hasta vaciar el arma de proyectiles.
Donde antes una máquina de guerra descargaba un solo golpe aislado, este arma sostiene una tormenta prolongada de impactos, quebrando muros, desordenando filas y sembrando el pánico.
En las páginas anexas se hallan esquemas detallados que muestran el mecanismo de rotación y el modo en que los conductos se encastran en el cilindro principal.
Este invento os pertenece, Majestad, en exclusiva.
Nadie más que vos tendrá derecho a poseerlo o reproducirlo.
Como humilde compensación por este don, solicito se conceda clemencia particular que los hijos del difunto marqués Tervain y los otros jóvenes nobles culpables del reciente motín no sean ejecutados, sino entregados como esclavos a sus madres.
Que el peso de la vergüenza los aplaste día tras día, y que los collares que porten solo puedan ser retirados por vuestro mandato directo.
Así el reino recordará que es el Rey, y solo el Rey, quien decide sobre la vida, la libertad y la humillación de sus súbditos.
Firmado, Hunt Neo El consejero atravesó los pasillos del palacio sin detenerse, con los planos apretados bajo el brazo.
Llegó al taller del Gran Maestro Herrero, empujó la puerta con brusquedad y dejó caer el rollo de pergaminos sobre la mesa ennegrecida por el hollín.
― El consejero — Órdenes del rey.
Recrea esto.
— Dijo sin mirarlo.
Y sin esperar respuesta, giró sobre sus talones y desapareció, como si la fragua le molestara en los pulmones.
El maestro, curtido por años de hierro y desdén cortesano, ni siquiera frunció el ceño.
Con manos negras de carbón desenrolló los planos y se inclinó bajo la luz rojiza de la forja.
Sus ojos siguieron las líneas, los cortes y la firma final.
Se quedó quieto, tragó saliva y murmuró para sí, con un resuello amargo.
— Gran Maestro Herrero ― Hunt Neo… el exdiscípulo de mi propio discípulo.
Durman, canalla… ¿cómo has dejado que te arrebaten a este chico?
― El sonido del martillo golpeando nuevamente el yunque.
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