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Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 44

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  4. Capítulo 44 - 44 Entre el vapor y susurros
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44: Entre el vapor y susurros 44: Entre el vapor y susurros α Al llegar a casa, papá aún no había llegado.

Peter y Liza estaban en la cocina, preparando la cena, se escuchaban el ruido de las ollas y sartenes.

Neo dejó sus cosas caer en la subdimensión antes de salir de la entrada y se dirigió directo al cuarto de baño, con pasos pesados y con un largo suspiro.

― Yo ― ¿Qué vas a hacer?

― Pregunté, cruzando los brazos mientras lo miraba desde la puerta.

●― Me quiero bañar, estoy muy cansado.

― Respondió sin mirarme, mientras se estiraban.

― Yo― ¿Eso qué tiene que ver?

― Arqueé una ceja, confundida.

●― Antes de nada, me voy a duchar y luego entraré a la bañera.

― Dijo, mientras se quitaba los zapatos, para luego tirarlos a la subdimensión.

― Yo― A veces no te entiendo.

― Me encogí de hombros, suspirando.

●― El calor dilata los vasos sanguíneos.

Eso mejora la circulación y ayuda a que los músculos se relajen, lo cual reduce la tensión acumulada y el dolor muscular típico de un día físico o mentalmente intenso.

Se podría decir que el agua caliente actúa como un analgésico suave y natural.

― Me encanta cuando habla así, rápido y sin pensar demasiado.

― Luego está el componente neurológico el calor estimula el sistema nervioso parasimpático, ese que le dice al cuerpo ya está, calma, no hay peligro.

Por eso suele bajar la frecuencia cardíaca y respiratoria, y el cerebro se desliza hacia un estado más tranquilo.

No es raro que tras un baño caliente uno sienta una especie de flojera, parecida a los momentos previos al sueño.

Además, el vapor ayuda a limpiar las vías respiratorias y la piel, abriendo los poros y facilitando la eliminación de impurezas.

― Mientras hablaba, se quitaba la camisa y la dejaba caer con cuidado al suelo, cada movimiento reflejaba su cansancio.

Sin dejar de hablarme se dirigió al pozo y llenó dos cubos de agua.

― Yo― Yo también quiero.

― dije, acercándome un poco, mirando cómo sus manos jugaban con las toallas y el agua.

●― Vale, si quieres te puedes bañar tú primero y luego ya entraré yo.

― Me ofreció con una sonrisa cansada, mientras se apoyaba contra el marco de la puerta, antes de ir a por otros dos cubos de agua.

― Yo ― ¿Y si vamos a la vez…?

― Dije, viéndolo sacar agua del pozo.

●― Vale… ― Murmuró, pero luego frunció el ceño.

― (Espera, ¿cómo?) No, eso no está bien.

― ― Yo― Tarde, ya dijiste que sí.

Además, quiero probar a ducharme con ese prototipo de ducha.

― Respondí, acercándome para ver mejor su trabajo.

Fuimos a la sala del baño, donde llenó una tinaja grande con agua y, con magia de fuego, comenzó a calentarla.

Verlo concentrado, poniendo todo su ímpetu en cada movimiento, me relajaba de una forma extraña.

Mientras el vapor empezaba a subir, sacó de la subdimensión un palo largo de acero, con dos almohadas metálicas una abajo con agujeros grandes y otra arriba con agujeros más pequeños, solo de un lado.

Montaba todo con movimientos seguros, y yo lo observaba desde la puerta, fascinada.

Sin darme cuenta, papá paso por detrás de mi dirigiéndose a su dormitorio, pero me adelanté y lo abracé con fuerza.

― Durman ― O pequeña, ¿qué pasa?

― Preguntó, rodeándome con sus brazos.

― Yo ― Nada, solo quería abrazarte.

Te quiero mucho.

― Susurré contra su pecho.

― Durman ― Yo también te quiero.

¿Sabes dónde están mamá o Neo?

― Dijo, acariciándome la cabeza.

― Yo ― Mamá se ha quedado en una tienda, tiene que volver en cualquier momento.

Y Neo quiere preparar la bañera dice que estar en agua caliente un rato largo quita el cansancio.

― Respondí, sin dejar de abrazarlo.

― Durman ― Dile que yo también quiero estos dos días no hemos dejado de trabajar por su culpa.

― Sonrió con complicidad.

― Yo ― Vale.

― Me separé y fui hacia la sala de baño para ver cómo iba Neo, pero la puerta estaba cerrada y se escuchaba el ruido del agua cayendo, como el de la ducha de la subdimensión.

― Yo ― ¿Te estás duchando?

― Llamé, apoyando la mano en el marco de la puerta.

●― Sí, en nada acabo.

― Su voz llegó calmada desde dentro, mezclada con el vapor que se colaba por la rendija.

Lo esperé en la puerta, jugueteando con mi pelo entre mis dedos mientras pensaba en cómo funcionaría esa vara.

¿Tendría runas talladas o algún mecanismo oculto?

Tal vez, con algún tipo de runa de movimiento de agua, lograra impulsar el flujo.

Pero entonces… ¿cómo hizo esos agujeros tan pequeños?

Había tanto que no sabía, y cada pregunta me habría otra más.

Cuando salió, tenía el pelo todavía empapado, pegado a la frente en mechones desordenados.

Vestía ropas distintas seguramente las había tomado de la subdimensión.

●― Primero dúchate y luego prepararé el baño.

― Dijo, secándose la nuca con una toalla.

― Yo― Vale.

― Fui a mi dormitorio a por ropa de cambio.

Cuando lo escuché decir desde abajo.

●― Espera que llene la tinaja con agua y la caliente.

¿Sabes cómo funciona esta ducha?

― Preguntó desde la puerta del baño sin entrar.

― Yo― No, pero lo descubriré.

― Dije bajando las escaleras.

●― ¿No estabas en el baño?

― ― Yo ― No, fui a por ropa de cambio.

― ●― La ducha solo tienes que darle un poco de maná para que se encienda.

― Explicó con una media sonrisa antes de dirigirse otra vez al pozo.

Neo fue a por más agua.

Cuando volvió, se encontró con papá, y empezaron a hablar sobre cómo transportar las imprentas sin que nadie sospechara de su subdimensión.

Neo se rascó la cabeza y le dijo que luego lo hablarían, que ahora estaba preparando mi ducha.

Calentó el agua y me dejó sola.

Tal como dijo, al darle un poco de maná a la vara, comenzó a salir agua caliente.

Me duché rápidamente, disfrutando cómo el calor me recorría la espalda.

Al salir, papá también quiso ducharse, así que Neo calentó más agua.

Según él, así ayudaba en las tareas de la casa, aunque más bien parecía querer complacer a todos.

Mientras papá se duchaba, aprovechamos para cenar.

A mitad del plato, mamá apareció cargando telas nuevas para hacer almohadas.

Traía ese brillo cansado pero feliz que le sale cuando encuentra justo lo que quería.

Después de cenar, Neo y yo usamos magia de agua para mover el agua del pozo hasta la bañera.

Él moldeó el agua en forma de serpiente ondulante que avanzaba por el pasillo.

Cuando llegó a la puerta del baño, me tocó a mí llevarla hasta la gran bañera de piedra.

Nos sobró un poco, así que llenó varias tinajas.

Finalmente calentó toda el agua con magia de fuego, dejando un suave vapor que llenaba la estancia.

― Yo ― A mí me da igual si entras conmigo al baño.

― Murmuré, sin mirarlo del todo.

●― Pero a mí no, Dalia… amor mío, eso no puedo hacerlo.

― Su voz tembló un poco, como si temiera que yo me ofendiera.

― Yo ― No quiero estar sola.

― Dije bajito.

●― Vale.

― Cedió, aunque siguió pareciendo inseguro.

Me dejó sola un momento, salió del baño y se fue a mi habitación.

Este chico a veces es tonto, o solo se lo hace.

Pero regresó al rato con la pared de madera plegable.

●― Si coloco este biombo en medio, no creo que pase nada.

― Dijo mientras lo desplegaba con un movimiento suave.

Cerró la puerta, colocó el biombo justo en el centro del baño y se sentó en un taburete pequeño, acomodándose las manos sobre las rodillas.

Me acompañaba desde la sombra cálida de la lámpara.

El agua estaba bastante caliente creo que se había pasado un poco, pero antes dijo que estaba perfecta.

Supongo que a él le gusta así.

Me hundí hasta que el agua me llegó a la barbilla.

Permanecí en silencio un buen rato.

Sabía que él estaba ahí, y no me incomodaba… simplemente no me sentía del todo acompañada.

Entonces, él rompió el silencio.

●― Buenooo… ¿cómo vas en el trabajo?

― Preguntó, moviendo el pie en el suelo con un ritmo distraído.

― Yo― Tengo unos problemas con el musgo brillante.

Me di cuenta de que no brillan las hojas, sino las raíces, y no me sirve, porque si lo pongo en un plato o vasija no da luz.

Y si le doy la vuelta, se muere.

― Expliqué hundiendo un dedo en el agua, viendo las ondas chocar con mis brazos.

●― ¿Has probado ponerlo en un vaso de cristal?

― ― Yo― Lo probaré mañana.

― Murmuré, ya imaginándome cómo podría funcionar.

●― Espero que salga como tú quieres.

― Añadió con una ternura que me ablandó por dentro.

― Yo― Te puedo hacer una pregunta yo también.

― Lo dije con la voz baja, y él me respondió que sí tan rápido que no me dio ni tiempo de pensar cómo formularla.

Me mojé las manos y jugueteé con el agua, dejándola subir como hilos entre mis dedos.― Yo no creo en Tolmas, ni siquiera en eso llamado dios… pero cuando tú hablas de tu Dios pareces tan feliz.

― Él guardó silencio.

Yo seguí creando figuritas de agua en el aire para distraerme mientras esperaba.

●― Tolmas existe.

― Dijo de repente, con un tono que me hizo dejar de jugar con el agua.

― Pero no es Dios.

Es solo un ser poderoso, como muchos en este mundo.

Lo que pasó con él fue terrible.

No quiero hablar de eso.

― ― Yo― Entonces, ¿cómo es tu Dios?

― Pregunté, esta vez hundiendo las manos hasta el fondo de la bañera, como si el calor pudiera darme valor.

●― Es amor puro.

Todo lo sabe, todo lo puede, pero no obliga a nadie.

Solo quiere que lo amemos porque queremos hacerlo.

― ― Yo― ¿Y por qué deja que haya males?

Como los sacrificios, yo creo que es algo malo.

Pero las personas lo siguen haciendo.

― ●― Porque nos hizo libres, y si nos quitara la libertad dejaríamos de ser humanos.

― Respondió sin dureza, como si fuera algo que había repetido muchas veces.

― Yo― Eso suena complicado.

― ●― Tú deberías de entenderlo.

Si tallas una runa mal, pierde su esencia, ¿verdad?

Pues lo mismo.

Dios no puede ir contra Su propia naturaleza.

― ― Yo― Más o menos ― Con mi respuesta se creó un silencio incomodo.

― Si es amor puro ¿tú lo amas más que a mí?

¿Más que a tus padres y hermanos?

― Pregunté en un murmullo el agua me rodeaba la cara y, aun así, sentía las mejillas arder.

●― Sí.

Y porque lo amo, puedo amarte a ti sin dañarte.

― No supe qué decir.

Cerré un poco los ojos.

No sabía si era el agua lo que me calentaba.

― Yo― Eres raro ― Dije al final, sonriendo sin querer.

●― Solo intento hacer lo correcto.

― ― Yo― Y si no creo en Él, ¿qué pasa conmigo?

― ●― Yo solo sé que él te seguirá queriendo pese a todo.

― Eso me dejó muda.

Las burbujas de mi alrededor comenzaban a juntarse otras chocaban con mis hombros, como si también querían esconderse de esas respuestas.

― Yo― ¿Y cómo le hablas?

El otro día dijiste que le pides cosas y que hablas con Él.

― ●― Lo suelo hacer a solas.

No necesitas templos.

Solo le doy las gracias y le pido cosas.

― ― Yo― ¿Y si no sé qué decir?

― ●― Dile lo que sea.

Él te escucha pese a saber lo que le vas a decir.

― Cerré los ojos un momento.

El vapor me acariciaba la frente.

― Yo― Si ya sabe lo que le voy a decir… ¿por qué se lo tengo que decir?

― ●― Porque cuenta la intención.

― Respondió con suavidad.

― Yo― Entonces, si le digo que lo quiero, ¿tú crees que se alegrará?

― ●― Seguramente.

― ― Yo― Tú has dicho que lo amas más que a mí, y tú a mí me quieres mucho… y no solo a mí.

A mis padres, a Hunt, a la tía Sena, a Selene… y también a tus trabajadores.

Cuando en las cenas hablas de tu día, se nota que respetas a todos y no los menosprecias.

¿Eso es lo que te enseña tu Dios?

Quiero llegar a entender por qué lo amas tanto, qué te ha hecho o qué te ha enseñado para ser tan bueno con todos.

― ●― Dios es como un padre al que quieres y que te quiere.

Y aunque le tengo miedo y lo amo por igual, sé que no me va a dejar ir por un mal camino.

Y lo de amar… eso lo dijo Jesucristo, que es Dios hecho hombre.

Nos dijo que amemos a todos como Él amó al mundo.

Y como Jesucristo es mi ideal de cómo debo ser, intento ser como Él.

― ― Yo― No entiendo eso de Dios hecho hombre… ¿son dos dioses?

― ●― Es difícil.

Son tres personas distintas, pero una sola esencia.

Solo un Dios.

― Dijo con paciencia.

― Yo ― No lo entiendo… pero entonces tú le hablas y te responde.

― ●― A veces sí, con pequeñas señales, otras veces no.

Y sé que su plan para mí es mejor que cualquier cosa.

― Dijo mientras apoyaba los codos sobre las rodillas, mirando al suelo como si pensara en algo muy lejano.

― Yo ― Y confías mucho en Él.

― ●― Si tengo a Dios de mi lado, ¿cómo voy a tener miedo?

― Alzó la mirada como si aquello fuera una obviedad inmensa.

― Yo― ¿Y qué tengo que hacer para que esté de mi lado?

― Pregunté, hundiendo las manos en el agua para esconder mis dedos temblorosos.

●― Creo que me he expresado mal.

Dios no se pone de tu lado… tú vas con Él.

― Se incorporó un poco, como cuando quiere asegurarse de que entiendo de verdad.― Es como cuando Durman o Astrid te enseñaron a tallar runas.

Tú podrías vivir sola, pero aun así prefieres estar con ellos, ¿no?

Con Dios es igual puedes vivir sin Él, pero eliges estar cerca.

Ir y decirle que lo quieres, darle las gracias cuando hace algo por ti.

Muchas veces le pides cosas y te las concede… otras veces no.

Y a veces te da cosas que nunca pediste, pero que luego las necesitas.

― ― Yo ― Entonces… ¿cómo le digo que lo quiero?

― ●― Solo tienes que confesar que crees que Él es Dios y decirle que lo quieres.

― ― Yo ― ¿A quién se lo tengo que decir?

¿A ti?

¿O lo tengo que decir…?

― ●― Con decirlo en tu mente, o donde nadie te escuche, Él lo oirá.

― Me dejé cubrir por el agua, aguanté tanto como pude la respiración y no pude no imaginarme que me ahogaba.

― Yo ― ¿Y aun así me pueden pasar cosas malas…?

― ●― Cuando Dios te acompaña, puede que tropieces, pero jamás permitirá que te caigas.

― ― Yo ― Neo… me estoy mareando un poco.

― ●― Sal ya.

El agua debe de estar aún muy caliente.

― Me levanté despacio y el vapor me envolvió como una nube densa.

Él me tendió una toalla sin mirarme, dándome espacio.

Salió del baño para que pudiera ponerme el pijama con tranquilidad.

Al salir, lo escuché hablando con papá en voz baja.

Me dijo que me adelantara y lo esperara.

Fui a mi cuarto.

El fuego estaba encendido, ardiendo bajito papá lo había preparado para que no pasara frío.

Si su Dios actúa como papá… ¿cómo no lo voy a querer?

Aunque ya fuera primavera, las noches seguían frías, así que papá aún mantenía la chimenea viva.

(Entonces… ¿es solo decir que creo en Él, ¿no?) (― Yo ― Dios de Neo, quiero creer en ti y amarte como Neo te ama.

Por favor déjame quererte como él te quiere.

No sé cómo tengo que rezarte, pero quiero que sepas que, si Neo está en mi vida y es cosa tuya, te lo agradezco.

Me está cambiando la vida, y me gusta estar con él.

No lo alejes de mí, por favor.

― ) Sentí un nudo en la garganta.

Antes de darme cuenta, las lágrimas me rodaron por las mejillas.

●― ¿Qué pasa?

¿Por qué estás llorando?

― preguntó preocupándose al meterse en la cama y abrazarme por detrás.

― Yo― No lo sé… recé a tu Dios.

Le dije que lo quiero… y comencé a llorar.

― ●― Jesucristo dijo: ‘bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados’.

― Susurró cerca de mi oreja.

― Yo ― ¿Esto que siento es normal?

― ●― Sí.

Seguramente sea el Espíritu Santo diciéndote que Dios también te ama.

― Me pasó los dedos por el cabello, suave.― A mí también me pasa.

Déjame peinarte.

― Como recién me había secado el pelo, lo tenía un poco desordenado.

Me giré dándole la espalda, dejándolo peinarme.

― Yo ― ¿Y qué más le podemos decir?

― Pregunté mientras él deslizaba el peine entre mis mechones húmedos.

● ― Dios Padre bondadoso, te doy gracias por haber puesto a Dalia en mi camino.

Ella es un don precioso que has querido confiarme.

Ilumina mi mente para saber cuidarla y mi corazón para tratarla siempre con rectitud.

Espíritu Santo, fuerza viva del amor, ayúdame a ordenar mis pensamientos y mis pasos ayúdame a obrar con paciencia, ternura y verdad.

Señor Jesús, que enseñaste a amar sin medida, haz que yo aprenda de tu entrega y que mis acciones sean reflejo de tu misericordia.

Santa María, Madre de Dios, acompáñame con tu amparo enséñame a proteger a Dalia, a respetarla y a ser digno del cariño que ella me ofrece.

― ― Yo ― Qué bonito… ― Murmuré, sintiendo de nuevo el calor en los ojos.

●― No llores.

― Dijo frotándome la espalda con la palma tibia.

― Yo ― ¿Cómo que Dios tiene madre?

― Pregunté entre un sollozo y un respiro.

●― Cuando Jesucristo vino al mundo, no apareció así sin, nació como todos nosotros.

Por eso su madre es llamada Madre de Dios.

No porque lo haya creado, sino porque lo llevó en su vientre.

Por eso la amamos tanto.

― ― Yo ― No lo entiendo del todo… pero me parece bonito.

Por cierto… por las noches dices algo antes de dormir.

¿Qué dices?

― ●― Suelo darle gracias por todo lo que me ha pasado en el día y pedirle perdón por todo lo malo que he hecho.

― ― Yo― Yo también lo quiero hacer.

¿Y cómo es eso del ‘Padre del cielo nuestro’?

El otro día no me lo pude aprender.

― Él me enseñó a rezar el Padrenuestro.

Lo repetimos unas veinte veces, riendo cuando yo me trababa.

Luego me explicó el rosario y cómo rezar a la Virgen María.

― Yo― Me gusta el Ave María… es como reconocer a Dios y a su madre.

― Neo asintió sin decir nada, solo siguió peinándome, pacientemente, hasta que me quedé casi dormida.

Cuando vio que me vencía el sueño, no dudó en meternos bajo las sábanas y abrazarme.

Olía a jabón, y sentí el contraste entre su calor y las sábanas frías.

Esa noche, mi último pensamiento fue él… y Dios.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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