Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 46
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46: El día en que todo se quebró 46: El día en que todo se quebró Salí de entre las almohadas con la sensación de no haber dormido en absoluto.
Si en algún momento de la noche había cerrado los ojos, fue por agotamiento, no por placer.
Como de costumbre las sirvientas me esperaban fuera de la habitación, ordenadas, en silencio, con esa mirada vacía teniendo miedo de respirar más fuerte de lo debido.
Doina fue la que me tocó el hombro con suavidad para despertarme del todo.
Es curioso como de entre mis tres hijos, ella es la única a la que no he perdido aún.
Ella sola me sostiene este mundo que se me cae encima.
Una vez despierta entraron y me ayudaron a vestirme, con la misma rutina de siempre, levantando las telas, ajustando la cintura, colocándome joyas.
Hoy llevaba el collar que me regalaron mis hijos hace tres años, cuando aún me hacían regalos… cuando aún había un “te quiero mamá”.
Lloré menos que anoche, al menos para mí ya es un logro, aunque tenue.
Quizá porque todavía arrastraba el cansancio de haber pasado horas frente a medio gremio fingiendo autoridad, observando a ese chico, Neo, montar las imprentas como si fuese lo más normal del mundo, obligándome a aparentar calma cuando todo parecía caótico.
Y luego esa malnacida, la directora de la universidad que tuvo la insolencia de exigirme otra imprenta.
Exigirme.
A mí.
¿Quién se cree?
Cada una ya me cuesta una joya.
Bah.
Basura.
Doina interrumpió mis pensamientos, quiso peinarme ella misma y charlar un poco mientras me hacía unas trenzas preciosas, delicadas, como las que me hacía cuando era más pequeña y aún creía que yo era invencible.
Ella, al menos, no salió tan… retorcida como sus hermanos.
Cuando me mira con esos ojos que no saben mentir, me pregunto qué será de ella cuando lleguen las cartas que temo cada noche.
Esas cartas con el sello real que confirman las muertes de sus hermanos.
Bajé al carro preparada para ir al gremio de carpinteros y Corlen decidió, como siempre, aconsejarme o decirme que tengo qué hacer.
— Corlen — Mi señora, alejaos del muchacho, no dejéis que hable tanto con vos.
Sus palabras os afectan demasiado, usted no actúa como siempre, esta diferente.― Asentí por costumbre.
Por dentro me moría de la rabia, qué sabrá él.
Estoy harta de que todos pretendan tirar de mis cuerdas como si aún fuera el títere de mi marido…
Ya no, yo soy la marquesa, yo soy la que mando, él ya no está.
Si quiero escuchar a ese chico, lo hago y punto.
Al llegar al gremio de carpinteros, donde el muchacho ya estaba trabajando, al verme, dejó todo para prepararse para irnos.
Colocó las manos sobre dos imprentas y las guardó en su bolsillo dimensional.
Primero volvimos al gremio de médicos para entregar la segunda imprenta que les debíamos.
La visita fue rápida y menos mal, que nadie lloraba, nadie sangraba, nadie se estaba muriendo.
Agradecí que no hubiera desgracias a la vista.
Fue mi último respiro breve del día.
Neo explicó un par de cosas, todos asintieron contentos, y nos marchamos.
Volvimos al gremio de carpinteros (por segunda vez) por otras dos imprentas.
Como los gremios están relativamente cerca uno de otro, Neo quiso ir a pie.
El camino, sin embargo, se me hizo lento, como si cada paso espesara el aire.
En el gremio de sastres, Lioren, la maestra, y Tarnik, el submaestro, nos recibieron con sonrisas.
Neo, para variar, explicó cómo funcionan las imprentas, habló de patrones con las letras “o” y “x” para generar formas nuevas.
Todos parecían fascinados, la creatividad del chico no deja indiferente a nadie y esa nueva forma de usar algo que ya existe, quien diría que se pueden crear patrones florales con letras.
Yo ya estaba cansada de escuchar las mismas explicaciones una y otra vez.
Me alejé buscando un lugar donde sentarme, pero no encontré ninguno, así que seguí caminando entre las mesas para no derrumbarme.
Y en ese paseo entre telas y agujas, donde la vi.
Una mujer cosiendo torpemente sin pulgares.
Sujetaba la aguja como podía.
Tiraba de la tela de cualquier manera.
A su lado, otra mujer estaba atendiendo a su explicación.
Me quedé observándola más de lo normal.
Pese a su condición el vestido que estaba acabando era precioso.
Había dignidad en la forma en que sostenía la aguja, como si negarse a rendirse, como si ese fuera su último acto de respeto hacia sí misma.
Al terminar la explicación, Neo y Lioren salieron de la sala de la imprenta y, con toda la tranquilidad del mundo, como si fuera cualquier cosa, Lioren me contó que esa mujer fue una vez de las mejores, pero hace unos dos años unos chicos la atacaron, la viol… bueno, y le cortaron los dedos.
Y todo eso porque su hijo les debía una moneda de plata.
Una mísera moneda de plata ha causado tanto sufrimiento ¿Qué es este mundo?
Sentí que todo mi ser protestaba ante esa historia, como mi cuerpo quisiera rechazarla y no quisiera saber más.
Vuelta al gremio de carpinteros, otra vez de regreso.
Otra vez ese ir y venir que comenzaba a parecerme un castigo.
Nos prepararon dos imprentas más y partimos al siguiente gremio, como si yo fuera una mula de carga de este vestido.
Mateo nos recomendó ir al gremio de constructores porque acababa de venir y estaba seguro de que el maestro estaría ahí.
En el gremio de constructores, Tony, el maestro, nos recibió con la espalda adolorida por el trabajo.
Mientras Neo explicaba la imprenta, yo me aparté para buscar otro sitio donde descansar un poco entre los andamios y herramientas.
El olor a madera húmeda me envolvió y fue allí donde lo vi un hombre sin una pierna, apoyado en una muleta improvisada, levantando tablones a una carroza.
Ni uno, ni dos, levantaba uno tras otro sin parar como si tuviera veinte años, como si la falta de una pierna fuera una molestia menor.
Nadie le ayudaba, nadie parecía pensar que necesitaba ayuda.
Él solo seguía, como si cargara su vida entera en ese esfuerzo.
Me ardió algo en el pecho.
Pensé en Amisair cuando era pequeño, en esa forma tan particular de temblaba y todo porque su padre le gritaba por no usar bien la espada.
Y yo, yo no hice nada entonces, tenía que actuar como la marquesa no como madre.
Qué irónico yo, tengo dos piernas y mil comodidades, y ver a ese hombre trabajaba sin descansar pese a sus carencias, me dolió.
Cuando Tony salió a buscar papel, le pregunté por ese hombre.
Me contó que era cazador, pero un día un monstruo lo atacó de sorpresa y le arrebató la pierna.
Y ahora no le queda de otra pues es padre de tres niñas y su mujer teje cestos para salir adelante.
La historia se me clavó en la boca como un anzuelo.
De vuelta al gremio de carpinteros.
Otra vez al gremio.
Otro par de imprentas.
Mi espalda ya estaba protestando sentía que el aire ya me faltaba, y eso que el día acababa de empezar.
Naturalmente fuimos a otro gremio, esta vez al de cazadores.
Justo y Luthen, maestro y submaestro, recibieron a Neo como si fuera su mejor amigo.
Yo me alejé, no podía escuchar más explicaciones sobre máquinas.
Y allí me encontré con un niño, estaba afilando cuchillos, era pequeño… demasiado pequeño, apenas podía sostener la piedra de afilar.
Me acerqué porque no podía evitarlo.
— ¿Qué haces aquí?
— Pregunté, sonando más firme de lo que quise.
Él levantó la mirada, temeroso y flaco como un palo.
― El niño —Trabajo para alimentar a mi hermanita.
— Respondió, girándose para enseñarme a la bebé.
La llevaba atada a la espalda con telas, una niña de casi un año.
― ¿Y tus padres?
― ― El niño ― Mamá murió cuando nació mi hermana y papá fue a cazar antes de que naciera… y no volvió — Dijo intentando no llorar.
Sentí que alguien me había golpeado en el estómago.
Una infancia tan dura y sin protección.
Un niño obligado a ser padre antes siquiera de poder ser niño.
Una versión concentrada de todas las miserias del día, en un cuerpo que apenas llegaba a mi cintura.
¿Dónde duermen?
¿Qué comen?
¿Quién los protege?
Y entonces pensé en mis hijos.
En cómo los dejé en manos de niñeras.
En cómo permití que crecieran solos, incluso cuando yo estaba a un metro de ellos.
Neo salió de las explicaciones y al verme con el niño, le dio una moneda mientras le guiñó un ojo.
El niño se alegró y guardó la moneda, no sin antes de mirar a todos lados.
Vuelta al gremio de carpinteros.
Yo ya no caminaba de echo arrastraba los pies como si mis propias ideas pesaran más que el vestido.
Mi cabeza estaba llena de imágenes de desgracias, piernas ausentes y niños que no debían estar solos.
En el gremio de artesanos rúnicos, Camerestunos, el Camer nos recibió con una sonrisa amable y una mesa de té.
Yo acepté porque necesitaba sentarme o me desmayaba.
Allí dentro olía a madera y hierbas.
Era un lugar humilde y lleno de vida.
Mientras Neo explicaba la imprenta, di un pequeño paseo entre las mesas.
Y lo vi un anciano de unos setenta años, quizá más, trabajando con manos temblorosas, moldeando barro con una precisión impresionante.
Tenía la boca cerrada de una forma extraña… hasta que comprendí que no tenía ni dientes ni lengua.
El camer regresó con Neo y me contó con naturalidad como si no fuera nada.
― El camer ― Su padre se la cortó de niño por llorar demasiado.
El abuelo de vuestra merced ejecutó al padre después… pero el niño quedó solo.
Lleva trabajando aquí desde los doce años.
Usted misma tiene jarrones hechos por él son esos azules del vestíbulo.
― Me quedé mirando al anciano como si estuviera viendo un fantasma o mi propio pasado.
Un niño castigado por llorar y esa infancia arrancada de raíz.
Todo culpa mía o de mi familia.
No pude evitar visualizar esos preciosos jarrones del vestíbulo.
Recuerdo perfectamente cuando mi esposo los trajo a manera de disculpa por estar toda la noche con alguna mujer.
Los jarrones que yo cuidaba con tanto afán… hechos por alguien en ese estado.
Por un momento sentí algo romperse muy despacio dentro de mí, pero no podía dejar que nadie se diera cuenta que no soy perfecta.
Otra vez en el gremio de carpinteros.
Y otra vez.
Dos imprentas más.
Una parte de mí quería gritar la otra solo quería cerrar los ojos y dejar de sentir los pies y la espalda.
De camino al gremio de agricultores, Neo bostezó.
Parecía cansado, pero no se quejó.
Solo se llevó la mano a la boca mientras caminábamos.
Encontramos el lugar vacío pero una chica bonita, bajita pero muy mona, nos dijo que casi todos los miembros, incluidos los maestros Branchas y Vundar, estaban fuera de la ciudad y que solo volverían al anochecer.
Neo planteó ir a por ellos y explicarles las imprentas.
Asentí sin darme cuenta de lo que eso quería decir, estaba tan agotada que asentir se volvió un reflejo, no una decisión.
En el camino hacia una de las puertas de la ciudad ocurrió lo último que me quedaba por ver hoy, un niño durmiendo entre basura, y dos caballeros que, al verme pasar, empezaron a patearlo con desgana para echarlo del paso.
El niño, sin despertarse del todo, se encogió.
No gritó, solo se mantenía ahí, esperando a que se detuvieran.
No pude más y grité con todas mis fuerzas.
— ¡Arrestad a esos dos desalmados!
― Corlen y Antón, que nos habían estado siguiendo todo el día, llamaron a los caballeros y comenzaron a darles una paliza.
Los dejaron inconscientes.
Otros caballeros que paseaban por la ciudad se acercaron y, por órdenes de Corlen, se los llevaron a prisión.
Mientras todo esto sucedía, Neo se acercó a mí por la espalda solo para arrancarme el alma con sus palabras.
●— ¿Crees que esto es un hecho aislado?
— Me dijo, antes de que Corlen lo apartara por acercarse demasiado a mí.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
No porque se acercará, sino por sus palabras.
Intenté ignorarlo y me acerqué al niño.
El miedo al ver mis ropas de noble fue peor que cualquier golpe.
Se apartó disculpándose, pidiendo perdón, prometiendo que no volvería a salir a una calle principal.
El terror que tenía a mi presencia era más acusador que cualquier insulto.
No me dejó responder.
Se levantó y salió corriendo con su hermanito, al que cubría como podía.
Me dolía el pecho solo de pensar qué tipo de vida les esperaba… qué pasaría si fueran mis hijos.
Aguanté como pude las lágrimas y seguimos hacia la puerta, donde Neo tenía pensado salir de las murallas.
Me detuve un momento antes de cruzar.
Salir de la ciudad significaba arriesgar la vida.
Lo sabía desde niña.
Pero Neo no titubeaba.
Corlen y Antón estaban pidiendo más caballeros para escoltarnos.
Y fue entonces cuando Neo se giró.
●—Vamos.― Dijo tranquilo, como si no pasara nada.
Yo debía ser fuerte, demostrar que no temblaba solo por salir de la ciudad.
Debía caminar con firmanes.
Debía ser la marquesa que todos esperaban.
Pero mi cuerpo no obedecía a esa máscara.
Mis pies no reaccionaron por el miedo y cuando di el primer paso, con el corazón hecho un desastre.
Con lágrimas a punto de salir del miedo.
Pero aun así seguí caminando como si nada.
Nada más salir Corlen me intento detener agarrándome del brazo, pero lo aparte desechando sus consejos.
Él quería esperar a más caballeros, pero yo quería acabar cuanto antes.
Caminamos un rato y al llegar a un árbol Neo decidió parar para descansar y esperar a más caballeros que aun estaban algo lejos.
Me senté como pude en las raíces de ese gran árbol, mi vestido ya estaba manchado, ya no me importaba que se ensuciara más, me dolían los pies, tenía hambre y sed, sentía que me faltaba el aire y todo mezclado con miedo ¿En qué momento se me ocurrió aceptar salir de la ciudad?
Seguramente en cualquier momento aparece un monstruo y nos mata a todos.
●― Le parece bien si entregamos estas dos últimas imprentas y lo dejamos por hoy, creo que has sido un día bastante largo no cree marquesa Sorina.
― ― Y que lo diga, no me puedo quitar de la cabeza esas personas.
― ●― No se de quien me está hablando.
― ¿Cómo no vas a saber?
― Como que no, de la mujer sin pulgares, el hombre sin pierna, ese niño que afilaba cuchillos y el otro que le dieron una paliza sin justificar.
― ●― Ya, supongo que es lo que hay estamos en el medievo, al fin y al cabo.
― Que es eso del medievo.
― Tu siempre dices que tu Dios es mejor, pero como actúa el en estos casos.
― ●― Es una pregunta muy difícil.
― Se tomó el tiempo en pensar, mientras tanto mi respiración parecía estar calmándose, pero mi corazón parecía que se me iba a salir del pecho.
●—No sabría explicarlo sin liarla — respondió.
—Vengo de un lugar donde la fe es distinta.
En la tierra… — tosió intentando disimular lo que acaba de decir.
— …en mi pueblo… las cosas eran distintas.― ¿En la… qué?
La Tierra.
Solo los enviados de Tolmas son de otro mundo.
Mi estómago se tensó, pero fingí que no lo había escuchado.
Y el continuó como si nada.
●— Dios nos enseña a ser diferentes, por ejemplo, mi familia tenía una granja grande.
Ya sabes mucho trabajo.
Mi padre siempre decía que había que dejar entrar a la gente que lo necesitara.
Que si uno no lo hacía… entonces nadie lo haría.
Mi madre tenia otro parecer, pero siempre acedia con las peticiones de mi padre.
― Mientras lo escuchaba, sin querer, recordé a mi propio marido, recordé una de esas veces que entro a mi habitación después de estar con otra mujer.
—Tu padre era un ingenuo, tu madre tiene toda la razón.— Dije, casi escupiendo.— En este mundo la gente que abre puertas termina muerta.
― No me miró mal ni se defendió y no sé por qué eso me irritó.
●—Puede ser.
— Dijo — O puede que lo que de verdad importe no sea lo que te enseñaron.
― Sus palabras me ardían, pero no le iba a dejar ganar no así de fácil, pero entonces pensé en mi hijo mayor, con esa sonrisa arrogante, tan parecida a la de su padre.
Entonces pasé a recordar el momento que lo envié a la capital, sabiendo que el rey no lo perdonaría, sabiendo que lo que había hecho era imperdonable para alguien de poder.
¿Es eso lo que soy?¿Alguien que entrega a su propio hijo para proteger un título que ni siquiera quiero?
Tragué saliva.
—Tu dios es débil.
—dije— Si ayuda a todos, entonces no es todo poderoso como Tolmas.
Es un bobo que deja que le pasen por encima.
― Neo respiró lento.
Yo estaba esperando que se ofendiera, pero no lo hizo.
●— Puede que Tolmas sea fuerte pero solo sabe destruir.
—dijo con calma.— Dios ama, sana y cuida, creo yo que son fuerzas distintas.
― Sentí un pinchazo en la garganta, no quería sentir nada, no podía dejarle ganar, pero un recuerdo me inundó la cabeza.
Ese día cuando Doina se cayó de niña y se raspó las rodillitas.
ese llanto tembloroso.
Y que hice yo, nada, tenía que actuar estaba con las otras nobles, obligada a hacer como que no la oía porque “las nobles no cuidan de sus hijos”.
Como pude ser tan mala, ella me miraba con esos ojitos llenos de lágrimas, pidiendo ayuda, algo de compasión y yo no me atreví a darle ni un triste abrazo.
Apreté los dientes, mirándolo con recelo.
—Yo estoy sola —susurré, sin querer admitirlo— Mi marido está muerto, mi hijo menor convertido en asesino… mi hija sin saber que será de ella… y mi hijo mayor camino a la ejecución… y las demás nobles esperando que cometa un error para cortarme el cuello y arrebatarme el puesto.
No puedo dormir, sin tener un ojo abierto, no puedo pensar, e nada más que no sean traiciones o quien me va a traicionar.
No tengo a nadie que me entienda.
― Neo no intentó consolarme.
Eso… eso me desarmó más que cualquier otra cosa, estuvo unos minutos en silencio y cuando le iba a decir que siguiéramos con nuestro camino.
—Sorina —dijo suavemente.
— Dios no te pide ser fuerte tampoco te exige perfección, no quiere sacrificios.
Dios te amó antes de que tú supieras que existía.
― Sentí un escalofrío que recorrió toda mi espalda.
—Dios —continuó.— mira a quienes nadie mira.
Dios no te mira con desprecio… sino que consuela, pues escrito esta benditos los que lloran… porque ellos serán consolados.
― Esa frase… esa frase me atravesó, como que bendito el que llora, eso es… no se puede Tolmas solo bendice a los hijos del sacrificio, ¿Cómo puede alguien que llora ser bendito?
No puede ser.
No puede.
Llore sin más, Qué diferencia hay entre los padres que abandonaron a ese niño en la calle y yo, que tan mala madre puedo llegar a ser, que pude dejar que ese desgraciado pegara a mi pequeño pese a temblaba al igual que ese niño, pero yo no intervine ni una sola vez, ¿Por qué?
Como soy así de despreciable que he dejado que ese desgraciado le enseñara “estar” con mujeres a mi pequeño hijo.
Cómo puedo ser así.
¿Solo sé llorar?
¿Eso es todo?
Abrace a Neo, mis lagrimas salían sin control y cuando me di cuenta de que no estaba sola mire con lagrimas en los ojos a neo.
Neo me devolvió la mirada, y su voz llegó justo donde me dolía.
—Y dijo también venid a mí los que están cansados, los que llevan cargas imposibles… yo os daré descanso.― Descanso.
¿Cómo se sentía descansar?
Lloré como nunca en mi vida.
Lloré por mi marido, por mi vergüenza, por mis hijos, por mi ser, por mis decisiones, por mi vacío, por todas las veces que necesité consuelo y nadie vino.
Lloré hasta que me faltó el aire.
Y mientras me deshacía, escuché a Neo murmurar algo que no era un consuelo barato, sino un algo que me atravesó.
― Ay, corderito bendita seas tú que lloras y estás perdida.
Dios mío, ten compasión de ella, encuéntrala pronto.
― Esa frase me rompió el corazón.
Llore sin sentido.
Pero no tuve el tiempo que necesitaba cuando Corlen me interrumpió para avisarnos que los soldados ya habían llegado.
Me sequé las lagrimas con la manga del vestido lo más rápido que pude, no me pueden ver llora.
Seguimos caminando un rato y llegamos un unos preciosos campos todos en líneas rectas, y los campesinos cada uno en su respectiva fila agachados trabajo.
Los maestro del gremio estaba ahí también agachado ayudando y de vez en cuando se levantaba a ayudar a los que no podían más.
Sin entrar al campo esperamos a los maestros y los caballeros nos rodearon para protegerme.
Los dejaron pasar y entablamos una conversación donde Neo aseguro que era capaz de facilitar la tarea de sembrado, pero necesitaba ayuda de los maestro.
En esa conversación donde estábamos a punto de irnos de vuelta a la ciudad, se escuchó un rugido que provenía de entre la maleza del bosque.
Un linzeballo un tipo de mosteo del carácter felino y del tamaño de un Caballo.
Comenzó a recorrer los campo.
Mi único intento de supervivencia se fue, caí al suelo y grite con todas mis fuerzas.
― Protéjanme todos.
― Los soldados se acercaron creando un escudo, Corlen llamo a todos los aventureros de las cercanías para protegerme.
Neo estaba de pie al lado mía.
Intentado salir del escudo de caballeros.
Y con miedo pude ver entre las piernas de mis caballeros, como los aventureros abandonaron a los campesinos, para venir a mi rescate, los dejaron solo ante ese monstruo.
Neo empujo con fuerza a todo, consiguiendo derivar a los caballeros, y tirar al suelo a Corlen que estaba en frente de todos, corrió con todas sus fuerza y de la nada saco la espada, la misma espada que empuño para defenderse de mis hijos.
Pero no llego a tiempo, el monstruo de un zarpazo, partido a un hombre en dos.
La imagen se me quedo en la cabeza como si fuera un cuadro.
El circulo de protección roto, Corlen en el suelo, Neo corriendo y ese momento atroz.
Al llegar Neo el monstruo se intentó abalanzar sobre él, con las dos patas delanteras abiertas, Neo estaba debajo, no podía perder a Neo es una buena herramienta.
Pero el monstruo callo sobre el y se dejo de mover, a los pocos segundo su cuello se movió, temía a ver como se lo estaba comiendo, pero desde debajo salió Neo lleno de sangre e intacto.
Corlen al levantarse mando a inspeccionar al monstruo, los aventureros mientras, Neo ignoraba todo y venia directo hacia mí.
Antón intento detenerlo, pero lo empujo tan fuerte que lo tiro al suelo, Corlen se interpuso, pero aun sí.
●― Enhorabuena, por TU puta culpa se ha muerto un hombre.
Felicidades, marquesa es usted todo un ejemplo a seguir.
― ― Soy la marquesa.
― Grité como pude intentando no llorar.
●― Me da igual.
― Dijo quitándose la mano de Corlen de la boca.
― Soy la marquesa.
― Repetí sin poder hacer nada más.
●― Marquesa e hipócrita eso es lo que era, multiplicas las desgracias.
― Dijo apartándose de Corlen ― Soy la marquesa no me puede… ― Intenté poner mi autoridad sobre la suya, pero no pude.
●― Y ese hombre es padre o hijo de alguien, que le pasara a su familia ahora.
― Grito empujando a Corlen.
― Donde queda todo el esfuerzo de ese hombre por proteger a su familia, ahora que pasara, sus hijos serán pateados por tus caballeros, eso es lo que quieres.
― Neo se parto, y camino a la ciudad, Antón le siguió sin esperar alguna orden.
Corlen comenzó a instalarlo a decirme que no tenía que hacerle caso, que es un simple plebeyo, que no merece mi atención, que es un desgraciado que merece morir por sus palabras.
Me incorpore como pude y lo mande callar a él también, seguí a neo camino a la ciudad desde la lejanía, la maestra del gremio de agricultores me intento consolar, me decía que no era mi culpa, que no fue malo que lo hecho, pero no pude aceptar lo que me decían, la única culpable era yo.
Neo se detuvo al lado del rio para limpiarse de sangre y cuando por fin lo alcance.
Ni me miro, solo me hostigo con sus palabras, que eran más afiladas que las espadas.
●― Vete no te quiero ni ver.
― Grito.
Al legar a las puertas de la cuidad esperamos un carruaje para ir al gremio de agricultores, donde los maestros y yo esperamos Neo.
●― Ya te he dicho que no te quiero ver, vete, voy a acabar con esta entrega y me iré.
Mañana seguiré con las entregas.
Pero espero que no vengas conmigo.
― … El silencio del palacio me recibió sin ningún ruido todo en calma acostumbrada al bullicio de la ciudad el palacio me palacio incomodo.
Cuando crucé la puerta de mi habitación, sin mirar atrás.
Apenas di tres pasos, quizá cuatro, antes de que mis fuerzas decidiesen abandonarme.
No fue una caída digna la cama me recogió.
El colchón cedió y con él esa, compostura vieja que llevaba horas forzando.
Me encogí sobre mí misma, con las rodillas al pecho, los brazos rodeando mi espalda como si pudiera contener algo que ya estaba escapándose.
Una postura pequeña, impropia de mí, de mi título… pero exacta para el tipo de mujer que llevaba demasiado tiempo reprimiendo tanto.
Respirar se convirtió en una batalla.
Cada intento quemaba, áspero, como si el aire tuviera filo.
El pulso martillaba en mis sienes, exigiendo una salida que no encontraba.
La rabia llegó sin permiso.
No supe si era miedo, vergüenza, o el peso de los años de tanto mirar hacia otro lado.
Golpeé la cama con la mano abierta, luego con un puño, luego con los dos.
Golpes torpes, inútiles, como si pudiera arrancarme algo que ni siquiera sabía nombrar.
No grité.
La voz se quedó atrapada dentro, convertida en un murmullo sofocado.
Las imágenes del día se clavaron una tras otra la sangre del campesino, la mano del niño temblando, el anciano sin lengua, los caballeros pateando… y los ojos de Neo, rabiosos.
Repetía en mi cabeza, como un rezo desesperado soy la marquesa, soy la marquesa, soy la marquesa.
Como si el título pudiera salvarme de mí misma.
La vergüenza me subió desde el estómago hasta el pecho, un nudo que me apretaba y no cedía.
Era un dolor antiguo, igual al de cuando era niña, al momento que aprendí a llorar en silencio detrás de una puerta cerrada.
Esta vez no supe callarme.
El llanto salió desgarrado, feo, sin forma.
No tenía nada de noble, el más verdadero en años.
Hundí la cara en la almohada, intentando esconderme del mundo… o del daño que había permitido, del que me había desentendido cuando me convenía.
Los golpes se fueron agotando solos, los sollozos se cortaron porque el cuerpo ya no podía más.
Al final me quedé quieta.
Me dormí hecha una pelota, pequeña, rota y sin máscara.
Desperté con la boca seca y un temblor frío en el vientre.
El cuarto parecía más grande, como si durante mi siesta hubiera perdido algo.
Me levanté tambaleándome y salí a buscar a Doina.
La necesitaba cerca, aunque jamás lo admitiría.
La busque, se suponía que tenía que estar en la biblioteca.
Al no encontrarla fui a su cuarto.
Luego busque por los pasillos.
Varis sirvientas me ayudaron a buscarla cuando, una de ellas, casi al borde del llanto, confesó que Doina había salido con cinco caballeros hacia la universidad.
Sin permiso y sin avisar.
El golpe me atravesó.
Lo primero no fue preocupación, sentí su traición.
Un filo helado que abrió la herida del día.
Fui directa a la universidad y entre a la sala de conferencias, estaba iluminada, demasiado para la hora.
Abrí la puerta sin anunciarme.
En la tarima estaban Neo con Dalia en sus brazos, Hunt y Selene tomados de la mano y mi Doina a punto de ser besada por ese chico.
Grite para que se detuvieran, y Doina me miró sorprendida, casi molesta.
Pudiente bajó la mirada.
Y yo sentí el suelo moverse bajo mis pies.
Mientras yo me rompía sola en una cama, ella estaba aquí, riéndose, viviendo, escogiendo al mundo que me odio.
No dije nada más.
No podía.
Me giré antes de que el temblor me delatara.
El pasillo tenía otro tipo de silencio, uno que pesaba.
Cada paso hacia el palacio me recordaba lo evidente incluso Doina, mi niña, la única luz que tuve durante tantos años, estaba creciendo demasiado rápido.
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