Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 50
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Capítulo 50: Bajo la mirada de los demás.
La oficina escogida para la reunión privada era de las que no impresionaban. No había tapices ni símbolos de poder visibles. Era un espacio funcional incómodo y vacío. Aquel lugar daba la sensación extraña de desorden pese a la mínima decoración. Neo y Hunt entraron escoltados hasta la puerta. La guardia se retiró pese al peligro de dejar a la marquesa sin protección delante de dos extraños. Esta situación en sí misma ya decía más que cualquier discurso sobre confianza o vigilancia.
Sorina los recibió de pie junto al escritorio, revisando unos documentos que no parecía estar leyendo de verdad. Cuando levantó la vista, sus ojos se posaron primero en Hunt, luego en Neo. No había hostilidad ni cercanía. Era una evaluación constante, como si ni ella misma hubiera decidido qué lugar ocupaban a estas alturas.
― Sorina — Pueden sentarse. ―
No lo dijo como invitación, sino que con la intención de dar permiso. Ambos lo entendieron y obedecieron. Neo se sentó con una rigidez contenida; en cambio Hunt se sentó con naturalidad, como si ya conociera aquel despacho.
Hubo unos segundos de silencio, segundos que Sorina aprovechó para dejar los papeles sobre la mesa, alineándolos con cuidado excesivo. Sus manos temblaban ligeramente. Caminó ante la mirada de los chicos y se sentó frente a ellos.
Neo fue consciente de algo que ya intuía desde hacía días: la mujer frente a ellos estaba sosteniéndose a base de voluntad.
●— Marquesa… — Comenzó, rompiendo la pausa. — Antes de entrar en cualquier otro asunto… hay algo que debo decir. ―
Hunt no lo miró, pero supo al instante por el tono que Neo no iba a improvisar. Aquello estaba decidido y ensayado desde antes de cruzar la puerta. Ella asintió dándole permiso para hablar.
— Sorina — Adelante. ―
Neo inspiró despacio. No había dramatismo en su rostro, pero sí una honestidad incómoda.
●— La última vez que hablamos… la responsabilicé directamente de la muerte del campesino. Lo hice con una dureza que no correspondía y sobrepasándome. — Hizo una pausa breve mientras juntaba las manos, mirándolas profundamente. — Lo que hice no fue correcto. No tenía derecho a arrojarle esa culpa de ese modo. Perderles disculpas no creo que sea suficiente. ―
Sorina no reaccionó de inmediato. No frunció el ceño, no alzó la voz. Simplemente se apoyó en el respaldo de madera, cruzo las piernas y entrelazó los dedos. Esas palabras no la sorprendían, las había esperado durante mucho tiempo, o quizá necesitaba escucharlas.
— Sorina — No. — Respondió al fin con un tono un tanto cansado. — No fue correcto de tu parte. ―
Neo reacciona negando con la cabeza, aun mirando sus manos, esperando alguna replica más.
●— Marquesa… ― Intentó decir antes de que le interrumpieran.
— Sorina — No. — Su voz fue firme, pero sin dureza. — Fue incómodo, pero preciso. — Desvió la mirada hacia la ventana, un pajarito se apoyó en el alfeizar. — Ese hombre, Bertin murió por mi culpa. — Volvió a mirarlos. — El poder no funciona con excusas. ―
Hunt ladeó ligeramente la cabeza. No intervino al instante dejo unos segundos de silencio , estaba observando, esperando cualquier desenlace. El hecho de que Sorina no se defendiera, sino que le diera la razón, lo sorprendía más que cualquier castigo.
— Sorina — La miseria de esta ciudad. — Continuó ella, algo triste. — No pudo aparecer sola. Tampoco la violencia, o la corrupción. ―
— Sorina — Durante años acepté que era responsabilidad de mi esposo, quien gobernaba en mi lugar. No sé si lo saben, pero yo heredé el puesto de marquesa de la ciudad cuando mis padres murieron. Y mi marido, bueno, ese desgraciado me… se podría decir que me violó para conseguir el poder. No me quedó otra que casarme con él, al fin y al cabo, es parte de la familia real. — Hizo un gesto vago con la mano, como apartando una idea gastada. — Si no le seguía el juego, me mataría después de conseguir el puesto, y pondrían a cualquier otra en mi lugar…
El silencio que siguió fue denso, incómodo. Neo no sabía qué decir, bajó la mirada un segundo y apretó los puños. Pensar que había culpado a aquella mujer, que había sufrido más de lo que él creía, empezó a carcomerlo por dentro. Miró por la ventana y notó que una nube había tapado el sol en algún momento. La sala estaba más oscura. No recordaba cuándo había pasado.
— Sorina — No sé cómo vivirán las mujeres como yo en vuestro pueblo, pero nunca me gustó acostarme con él, pero aun así creo que lo llegué a amar. Y desde que siento este palacio vacío sin mis hijos y sin él, creo que puedo entender cómo se siente la mujer y la niña de ese campesino que murió aquel día.
Hunt tomo el control, intervino al ver la enorme tristeza de la marquesa.
■— Confesarnos todo esto requiere un gran valor. La mayoría de quienes gobiernan prefieren no mirar. Usted ha mirado… y es por eso que duele. ―
Sorina esbozó una sonrisa breve, sin humor.
— Sorina — Mirar no basta, es muy difícil actuar sin destruir lo poco que aún se sostiene. ―
■— Ahí está el verdadero problema. — Replicó sin miramientos. — Cambiar un sistema de gobierno no es arreglar una pieza. Es aceptar que algunas cosas se romperán, otras hay que cambiarlas o quién sabe si hay que crear nuevas, aunque de momento no sean las mejores. ―
El silencio volvió a instalarse. Esta vez no fue incómodo ni denso. Sorina se estiró para tomar uno de los documentos de la mesa y lo deslizó hacia ellos. Se detuvo un momento, como si hubiera olvidado lo que iba a decir.
— Sorina — Hablemos de sus proyectos. ―
Neo lo tomó con cuidado. Reconoció de inmediato los esquemas y anotaciones. Hunt ya los había visto por casa, estaba más interesado en el motivo de la conversación.
— Sorina — Los avances de esta semana han sido…― Su cara presentaba una decepción indescriptible. ― Más discretos que la imprenta y menos espectaculares. Según este informe, la imprenta está cambiando para mejor y, ante la sorpresa de nadie, los gremios… Sena no para de trabajar y Tony me manda cada vez más listas de materiales. Es un cambio sutil, pero esos rectángulos para rellenar con datos son demasiado útiles. Se aprovecha el papel y la información se anota mejor. Esta vez os tengo que felicitar, y por todo lo alto. — No lo dijo con rencor, sino que apreciando el cambio.
— Sorina — Y aun así no puedo llegar a entender por qué no os retiráis ya. — Se levantó. — Podrían hacerlo, con facilidad. — Caminó de vuelta al escritorio y devolvió el documento a su sitio y alzó la vista. — Diez mil monedas de oro es mucho. Con eso bastaría para que no volvieran a preocuparse por nada. — Dijo volviendo a su asiento.
Neo levantó la cabeza de golpe.
●—¿Retirarnos? No somos ancianos.―
— Sorina — Sí, lo sé. — Dijo esbozando una sonrisa. — Podrían abandonarlo todo, vivir cómodamente. Sin exponeros, sin preocupaciones.
Hunt cruzó los brazos.
■— ¿Exponerse a qué, exactamente? ―
Sorina no respondió de inmediato. Tocó suavemente el borde del cojín, de la cabecera de la silla, con la yema de los dedos.
— Sorina — A la nobleza, a los grupos comerciales, a todos esos quienes no están acostumbrados a que alguien como vosotros altere el equilibrio sin pedir permiso.
Neo frunció el ceño.
●— Pero estas reuniones o presentaciones nos las exiges hacer públicas. ―
Sorina ladeó la cabeza, extrañada, sin entender la respuesta.
— Sorina — ¿Yo?… ― Neo giró lentamente hacia Hunt.
●— ¿Cómo? ― Hunt no evitó la mirada.
■— Porque fui yo quien insistió en que fueran públicas. ― Neo frunció el ceño, enfadado con su amigo.
●— ¿Por qué? ― Hunt sonrió apenas. No con burla, sino con determinación.
■—Porque hay cosas que solo cambian cuando obligamos a los poderosos a reaccionar en público. ―
●― Si tú lo dices… ―
Sorina suspiró, se llevó una mano a la frente y negó con la cabeza. Tenía ojeras profundas que el maquillaje ya no disimulaba.
—Sorina— Ese pensamiento os ha colocado en el centro de todas las miradas.
■—Exacto. — Respondió orgulloso. — Y algunas miradas muerden. ―
Neo se apoyó en el respaldo de la silla.
—Sorina— Entonces, ¿por qué siguen? — Preguntó intrigada. — Si saben el riesgo y el dinero no es un problema, de echo seguramente os maten o me ordenen mataros, o matar a vuestras familias. ―
Neo y Hunt respondieron casi al unísono, sin mirarse.
●■—El Señor no nos ha dado espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de prudencia. Si caminamos bajo el amparo del Altísimo, moraremos bajo la sombra del Omnipotente. ―
■— Porque ahora sabemos que tanto hay que cambiar.―
●— Y porque podemos arreglarlo. ―
Sorina permaneció en silencio unos segundos más de lo normal, con las manos apoyadas sobre la mesa, la mirada fija en la madera oscura como si allí hubiera una respuesta escrita. Entonces levantó la cabeza.
― Sorina — Dejando todo esto a un lado… — Dijo despacio, midiendo cada palabra. — Quiero saber más sobre ese Dios vuestro. ―
La luz volvió a entrar por la ventana y Neo parpadeó, ajustando la vista. Sorina seguía mirándolos desde el otro lado del escritorio, esperando una respuesta. Neo intercambió una mirada rápida con Hunt. Ninguno de los dos sabía por dónde empezar.
Durante más de dos horas, aquella mujer perdida y dolida se permitió ser libre. Preguntaba sin parar, despejando cada duda que le venía a la mente. Tanto Neo como Hunt contestaron como pudieron, pero muchas preguntas se quedaron en el aire. Ella misma no les dejaba terminar las respuestas. Los interrumpía cada vez que escuchaba algo aterrador o maravilloso.
La vida de Jesucristo le pareció fascinante. Su alma clamaba por saber más y más. Pero durante el relato de la Pasión, su corazón dejó de latir de felicidad y curiosidad. Los detalles le caían como puñales. Cuando Hunt terminó de contar cómo murió en la cruz, Sorina guardó silencio, con los ojos húmedos. Entonces Neo mencionó la Resurrección. Sorina levantó la cabeza de golpe.
― Sorina — Si ha resucitado, ese hombre es Dios. Y Tolmas no es más que una mosca en su presencia. ―
Los chicos intentaron despejar las dudas de la mujer con explicaciones de catequesis y sermones que recordaban de misa. Pero no daban abasto con las preguntas. Hunt citó a San Pablo. Neo intentó explicar la gracia. Sorina escuchaba, procesaba, preguntaba otra vez.
De todas las lecciones, una se le quedó grabada en el corazón.
― Sorina — Entonces todo es para bien para los que confían en Dios. — dijo despacio, como probando las palabras en su boca.
Antes de que Neo o Hunt pudieran responder, las puertas se abrieron de golpe. Pudiente fue cargado adentro por dos caballeros. Doina entró detrás, con la cara roja.
Algo cambio en Sorina. Se levantó rápidamente intentando aguantar, se mantenía firme, pero le temblaban las piernas y las manos. Ante la mirada de todos parecía la misma marquesa de siempre, pero las palabras de esos dos chicos resonaban en su cabeza.
― Claudia — Lamento molestar, mi señora, pero los acabamos de encontrar y es un asunto que no puede esperar. — dijo la mayordomo.
― Doina — Madre, no hemos hecho nada malo. — Protestó la joven avergonzada desde la lejanía.
Neo se inclinó hacia Hunt y susurró.
●— ¿Qué crees que habrá hecho Pudiente para que esas dos montañas lo carguen así?―
Hunt intentó contener la risa.
― Sorina — ¿Qué ha pasado? — Preguntó, mirando a Claudia intentando ignorar la imagen de Pudiente.
― Doina — No es… ―
― Sorina — Calla. — dijo, señalo a la mayordomo con la barbilla.
― Claudia — Encontramos a la señorita Doina con el joven en su recámara… ―
Sorina cerró un momento los ojos, se concentró en las palabras de los chicos y cuando los abrió, su rostro estaba perfectamente controlado. Pero sus manos seguían temblando.
― Sorina — Ven. — dijo con voz demasiado calmada.
Doina entró, con la cabeza baja y las mejillas rojas. Sorina la miró evaluando la situación. Ni ella misma sabía qué sentir. Había pasado tanto tiempo sin sentir nada más que miedo y desesperación que ahora no podía distinguir las nuevas emociones.
― Sorina — ¿Tienes idea… — Dijo con voz temblorosa, intentando controlarse. No podía terminar la frase, no sabía qué quería decir. — …peligro? ¿Del escándalo? ¿De lo que podrían hacerte? ¿O tienes idea de lo afortunada que eres de poder elegir? ―
― Doina — Madre, yo… ―
― Sorina — No. No ahora — Dijo levantando una mano y cerrando los ojos y respiró hondo. ― Sorina — Vete a tu habitación… ― Esperó con los ojos cerrados el sonido de los pasos. Pero al no escuchar nada — Por favor — Gritó finalmente.
― Doina — Madre… ―
― Sorina — Vete. Por favor — Dijo abriendo los ojos, y con lágrimas en ellos.
Doina, asustada, retrocedió y corrió. Sorina se quedó de pie, temblando.
― Claudia — ¿Mi señora…? ―
― Sorina — Déjame sola — Dijo con voz quebrada.
― Claudia — Pero… ―
― Sorina — ¡Déjame sola! — Casi gritó. Claudia se inclinó y salió rápidamente, llevándose a Pudiente y a los guardias. Sorina se quedó ahí, de pie.
●— Creo que nosotros nos vamos a ir. ―
■— Sí, no es el momento para seguir con nuestra charla. ―
― Sorina — No, estoy bien, solo es… — dijo levantando la mano para detener a los chicos.―
Neo se levantó primero y se acercó a la puerta. Hunt se acercó a ella antes de seguir a Neo y le puso una mano en el hombro.
■— Sorina, no hace falta, mejor ve a hablar con Doina que seguro que lo necesita.―
― Sorina — ¿Cómo dijiste?―
●— Hunt… — susurró.―
― Sorina — ¿Me estás diciendo cómo criar a mi hija?―
■— No, yo solo…―
― Sorina — ¡NO ME DIGAS QUÉ HACER!―
Hunt retrocedió, con las manos levantadas. Sorina respiraba agitadamente. Se llevó una mano a la frente, cerró los ojos y contó hasta tres.
― Sorina — Perdón. Creo que estoy cansada. Tienes razón. Iré a hablar con mi hija. Retiraos y llevaos a Pudiente también.
Neo y Hunt salieron en silencio. Cerraron la puerta con cuidado. Cuando estuvieron en el pasillo, Hunt exhaló.
■— Mierda.―
●— Sí.―
Caminaron varios pasos antes de que Neo hablara.
●— ¿Qué crees que hizo Pudiente para que dos guardias lo cargaran así?―
■— Ni idea. Pero ahora no es el momento. ―
●— Ya lo sé. ―
En cuanto salieron del palacio, lejos de ocultar el vergonzoso momento de su amigo, los dos se echaron a reír. Se burlaron sin piedad de Pudiente, que no sabía si estaba más apenado por no haber “subido al siguiente escalón” o por haber sido atrapado con las “manos en la masa”.
Las burlas continuaron hasta que Pudiente no pudo soportarlo más. Se lanzó contra ellos y empezó a pegarles en broma. Neo y Hunt se defendían entre risas, esquivando los golpes torpes de su amigo. Era un juego extraño pero inocente, el tipo de pelea que solo tienen los amigos que se llevan bien.
Antes de seguir con sus vidas privadas, los muchachos fueron a revisar cómo les iba a las costureras. Al llegar a la casa de las mismas, Pudiente entró primero, seguido por Neo y, por último, Hunt, que se retrasó al intercambiar unas palabras con los guardias.
Neo estaba impresionado por el trabajo de calidad de las chicas. Las elogió enormemente y luego ayudó a recortar los sobrantes de goma. Hunt, en cambio, habló con Turi sobre el pago de los zapatos, además de un plus por el rápido servicio. Pudiente realizó el pago oportuno y aprovechó para indicar algunas cuestiones de seguridad, entre ellas que las tres mujeres daban su palabra de mantener el secreto sobre los zapatos al menos hasta el día 17 del mes.
Con ayuda de Neo, Hunt recogió todos los recortes de goma de los zapatos terminados y los guardó en un saco que las costureras le proporcionaron. Se despidieron tras tomar el resto del encargo finalizado, ya que Pudiente propuso celebrar el éxito de la reunión con la marquesa e invitó a los dos a tomar algo en la compañía.
De camino se encontraron con Emiliano, que ya se había ido de la compañía. Pero, en vez de saludar e irse, advirtió a Pudiente de que le esperaba un regalo precioso en la puerta de la compañía. Por lo tanto, los tres se dieron prisa para encontrar aquel regalo que el cristalero elogió tanto.
Al doblar la esquina y hacer contacto visual, Pudiente no daba crédito a lo que veía: era Doina, que estaba esperando sola, con el vestido manchado y con dos de los guardias intentando consolarla. Hunt y Neo tampoco daban crédito a lo que estaban viendo, por lo que, empujando a Pudiente, se rieron un poco de él.
■— ¿No ves que te está esperando tu novia?―
●— Un hombre nunca hace esperar a una dama.―
Pudiente tomó todas sus fuerzas y su último ápice de valentía para ir con ella. Cuando Doina vio a Pudiente, su cara cambió drásticamente, de tristeza y agobio a felicidad. Un cambio que incluso a ella le pareció extraño. La joven se creía más inteligente e incluso superior al chico, pero esa última semana, y en especial ese día, le demostraron que aquel chico rico no era otro más.
Pudiente la invitó a entrar y, al desaparecer entre las puertas de la compañía, les siguieron Neo y Hunt. Al entrar también ellos en el patio, Pudiente les exigió que le explicaran a Doina cómo se fabricaban los tarros, pero ella lo rechazó y le propuso ir a un lugar privado. Las sonrisas picaronas de los de siempre sobresalieron un momento, siendo finiquitadas ante la mirada atenta de la joven.
― Doina — Al menos podríamos ver cómo se hacen los pepinillos. ―
Muy a su pesar, Neo preparó una mesa y sacó todos los utensilios para preparar otro tarro. La explicación fue rápida y concisa, con los detalles justos y necesarios para entender qué pasaba con los pepinillos al ser encurtidos, pero sin explicar la receta.
Mientras recogían, un tarro mal colocado se cayó al suelo, rompiéndose en gran parte. El culpable fue la estantería, mal fijada a la pared. Neo se agachó para recoger los fragmentos de cristal, y Hunt, que estaba más adentro del almacén, se acercó para ayudar. Pudiente estaba ayudando como siempre, pero, para su sorpresa, Doina, la hija de la mismísima marquesa decidió ayudar y tomó el tarro con vinagre.
La joven caminaba con todo el cuidado del mundo, pero un obstáculo se interpuso entre ella y el almacén: el escalón de entrada. El tarro abierto de vinagre cayó, vertiendo el líquido sobre Neo y Hunt. Pudiente ayudó a Doina a levantarse, ya que su vestido era voluminoso y le resultaba difícil moverse.
― Doina — Lo siento mucho, no era mi intención.―
●— Tranquila, son cosas que pasan.―
― Doina — No, no… — La chica se alteró de manera exagerada. — Por favor, no se lo digáis a nadie.―
Tanto Neo como Hunt, empapados en vinagre, se sorprendieron más por la reacción asustada de Doina que por haber sido bañados en vinagre.
― Doina — No lo puede saber nadie, por favor — Miró a Pudiente, asustada. — De verdad que no es lo que crees, ha sido sin querer. Me ha tenido que pasar algo… no soy torpe.―
Pudiente se acercó a ella, pero el olor a vinagre le entró por las fosas nasales, provocando que frunciera la cara instintivamente. Doina lo interpretó mal.
― Doina — No soy una mujer inútil, te lo prometo.―
■— Eh… ¿qué te pasa?―
●— Que lo has hecho sin querer, que no pasa nada.―
Pudiente dio un paso al frente y abrazó a Doina, sin miedo ni prejuicios. La chica se quedó rígida un segundo y luego se derrumbó, llorando, aferrándose a su ropa. Pudiente la sostuvo con torpeza al principio y luego con firmeza, como si ya supiera cómo hacerlo.
― Pudiente — Sé que no sois de este país, así que no entendéis esto, pero según las normas de la nobleza, si una noble comete un acto torpe, con mala intención o sin ella, puede ser descartada y perder su título. La nobleza ha de ser pura y perfecta. Siempre ha habido casos de nobles que lo han perdido todo por un simple evento desafortunado. ―
●— Qué tontería más grande, ¿no?―
■— No tiene ningún sentido esa costumbre.―
― Pudiente — No es una costumbre. Lo dicen las tablillas de Tolmas. ―
●— Aaaaah… bueno, pero eso tiene fácil solución. Nosotros consideramos que Tolmas es un ases…―
■— Doina, lo que Neo quiere decir es que a nosotros nos da igual. De verdad no pasa nada. Nos vamos a casa, nos bañamos y listo, como nuevos. ―
Pudiente bajó la mirada hacia Doina y habló con voz calmada.
― Pudiente — Vamos, Doina. Si ellos lo dicen, sabes que no pasa nada. ―
― Doina — Pero os he hecho perder un tarro, además del vinagre… seguro que me odiáis, vosotros también. ―
■— Que no, tranquila. ―
●— De hecho, nosotros ya nos vamos. Quédate con Pudiente y, si alguien pregunta, diremos que ha sido culpa mía. ―
■— Tiene sentido, Neo es súper patoso. ―
●— Pero tú, desgraciado… — Se quedó pensativo un segundo. — Bueno, sí, soy patoso. ―
Doina se levantó lentamente, con los ojos enrojecidos y la respiración aún inestable. La situación podría haber pasado sin pena ni gloria, pero la causa real de su llanto no era el accidente, sino todo lo que había detrás.
Neo y Hunt se despidieron y los dejaron solos. Pudiente y Doina subieron a la oficina y se sentaron en los sofás, uno frente al otro, con una cercanía nueva y extraña.
― Doina — ¿En serio crees que no se lo han tomado mal? ―
― Pudiente — Estos no… son tan… — Buscó la palabra — Suyos, que seguro ven esto como una situación tonta sin importancia. ―
― Doina — Espero que sea así… — Hizo una pausa y luego sonrió, mirándolo con ojos traviesos. — ¿Seguimos donde lo dejamos? ―
― Pudiente — Aunque me gustaría… ―
Doina se relamió el labio inferior sin darse cuenta. El gesto le provocó a Pudiente una sensación extraña en el pecho, algo que no había sentido nunca antes. Él apartó la mirada un instante.
― Pudiente — ¿Por qué estás aquí?―
La sonrisa de Doina se apagó un poco y se recostó en el asiento.
― Doina — He discutido con la marquesa de Anita… Mi madre nunca me ha dejado tener novio, y mucho menos besarme como contigo. ―
Pudiente tragó saliva.
― Doina — Pero el colmo es que desde aquella competición de matemáticas hay decenas de nobles de mi edad que me preguntan por ti y por esos dos. Algunas son bastante discretas, pero otras van directamente a lo que van. — frunció el ceño, incómoda. —No es normal que me pregunten cuánto… mide… eso…―
― Pudiente — No creo que ese dato sea relevante. ―
― Doina — Claro que no lo es. Mi madre decía que siempre tendría que conformarme con el marido que eligiera mi padre para mí, pero como mis hermanos lo… — Se quedó a medias, frunciendo el ceño.
― Pudiente — Sí, es una situación, digamos, común entre la nobleza. —
― Doina — Pero no es normal que me lo pregunten incluso nobles de la edad de mi madre. Vale que estén todas viudas y que busquen marido desesperadamente, pero no tienen por qué ser tan… ya sabes.
― Pudiente — ¿Fulanas?―
― Doina — Eso se queda corto. — Dijo con hartazgo reflejado en los ojos.
― Pudiente — Seguro que ha sido incómodo.―
― Doina — Sí… — hizo un puchero y bajó la mirada. — ¿Me das un abrazo? ―
Pudiente se levantó, rodeó la mesa y esperó a que Doina hiciera lo mismo, pero ella simplemente le extendió los brazos. Él se agachó y Doina se lanzó hacia él con más ímpetu del esperado. Pudiente perdió el equilibrio y cayó sobre ella, golpeándose la frente contra el respaldo del sofá.
― Doina — Pudiente, lo siento, de verdad… no soy torpe.―
Pudiente comenzó a reír ante la excusa. Doina se quedó mirándolo, desconcertada, sin imaginar que él apoyaría la mano sobre su costado… y mucho menos para hacerle cosquillas.
― Doina — No… para… no… ha… no puedo… respirar…— por más que lo intentó, no pudo dejar de reír.
― Pudiente — Este es tu castigo.―
La diversión no duró mucho. Un golpe seco sonó en la puerta. Ambos se separaron y se recolocaron con torpeza antes de dar permiso para entrar.
― Luca — Disculpe que interrumpa la diversión, señor Pudiente. La marquesa está aquí ―
Los dos se pusieron de pie de inmediato. El miedo les recorrió el cuerpo. No hubo tiempo para responder: la marquesa entró sin esperar permiso y ordenó a Doina salir de la sala con un gesto firme.
Sorina tomó asiento y señaló el sofá frente a ella para que Pudiente hiciera lo mismo.
― Sorina — Dime de una vez por todas. ¿Qué intenciones tienes con Doina? ―
― Pudiente — En cierto modo, siento que ella me está usando para jugar. Es una noble, al fin y al cabo… ―
― Sorina — No es lo que te he preguntado. ― Pudiente apretó los dedos un instante antes de responder.
― Pudiente — Lo sé. Lo que quería decir es que no sé exactamente qué quiere ella, pero mis nuevos amigos me han enseñado, aunque a su manera, que hay una diferencia entre amar y desear. ―
― Sorina — ¿La amas, como dices? ―
― Pudiente — Lo único que sé con certeza es que cuando estoy con ella, todas mis preocupaciones se desvanecen. No pienso en nada más que en atenderla, protegerla y darle todo el cariño que pueda. ―
Sorina se levantó de golpe. Hizo una seña seca a los caballeros para que salieran de la sala, dejando un silencio incómodo, marcado solo por el sonido de sus tacones. Se detuvo justo antes de cruzar la puerta.
― Sorina — Ya he escuchado suficiente. Conviértete en un hombre digno de mi hija y puede que os deje seguir. ―
Al escuchar esas palabras, el corazón de Pudiente comenzó a latir con tanta fuerza que la alegría se le reflejó sin disimulo en el rostro, con una sonrisa imposible de contener.
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