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Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 51

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Capítulo 51: Las palabras no tienen poder

No podía estar tranquila en mi despacho, aún tenía mucho trabajo que hacer, pero las cifras y los nombres se me deshacían delante de los ojos. Bajé a la cocina con la excusa de ayudar a Lisa con la cena y No pensar en los mil y pico compromisos, en las reuniones, en todo lo que dependía de nosotras. Preparar la comida me ayuda a despejar la mente, cortar, remover, ordenar ingredientes me ayudaba a mantener la cabeza ocupada. Me anclaba, pero mi tranquilidad se fue cuando la puerta de casa se abrió.

Ya había anochecido por lo que el sonido fue alto y claro. Tal vez era cosa mía porque llevaba horas esperando lo sin querer admitirlo.

Dejé lo que tenía entre las manos y me acerqué a la puerta de la cocina sin pensarlo demasiado, No tenía un motivo claro. Solo necesitaba confirmar lo que ya sabía. Era Hunt.

La luz del atardecer se coló antes que él y durante un segundo pensé que, al menos esa noche, no me iría a dormir sola. Luego lo vi despedirse del caballero con un gesto rápido, casi descortés, y cerrar la puerta con más fuerza de la necesaria. No me miró. Ni siquiera intento buscarme con la mirada, como hacía siempre. Pasó de largo.

Dejó las botas en el suelo donde cayeron, torcidas, , mal colocadas. La chaqueta cayó sobre un banco sin cuidado, doblada a medias, como si no le importara que se arrugara. Me quedé observando esos detalles absurdos, pequeños, porque Hunt nunca hacía eso. Nunca. Siempre es ordenado, siempre deja todo en su lugar. Pero esta noche no, algo cambio. Esta noche pasó de largo, caminó hacia el fondo de la casa sin detenerse, arrastrando los pies, como si cada paso le costara más que el anterior.

Entonces lo olí. Fue inmediato sentí una breve punzada agria en el aire, algo que no encajaba con nada conocido. Inspiré otra vez, sin darme cuenta sentí cómo el pecho se me cerraba. Mi cabeza se adelantó a todo lo demás, buscó una explicación antes incluso de pensar.

Perfume.

Pensé en otra mujer antes que en él. Un vacío me golpeo en el pecho. Me temblaban las manos cuando me quité el delantal. Lo dejé caer donde estaba y salí de la cocina demasiado rápido. No estaba en el pasillo.

― Selene ― ¿Hunt, donde estas? ― Mi voz sonó más fina de lo que esperaba, pero nadie respondió.

En el recibidor estaba Hemer, recogiendo las cosa que Hunt dejo, levantándose me dijo

― Hemer ― Fue al baño, señora —dijo, sin que yo preguntara.

Asentí sin mirarlo y seguí caminando. Cada paso me costaba más que el anterior, como si avanzara sumergida en agua espesa.

Pensé que se había acostado con otra. Pensé que quizá ya no me quería y había vuelto solo a recoger lo necesario. Pensé en las noches en que llegaba tarde. En las sonrisas que no veía. En mujeres más jóvenes, con cuerpos más firmes, pechos más grandes. En esas nobles que habían venido a preguntar por él con descaro, como si yo no existiera. Seguro que la tiene grande, me había dicho una hace dos días, mirándome de arriba abajo como si me midiera. Tú eres poca mujer para él. Déjamelo una noche, me había susurrado otra al oído, sonriendo. Seguro que no sabe lo que hace contigo. Yo lo are ver las estrellas. ¿En qué momento dejé de ser suficiente?

Abrí la puerta del baño sin llamar porque no habría soportado esperar una excusa.

Hunt estaba desnudo, de espaldas. Al girarse, lo primero que vi fue la herida de su vientre, más visible de lo que yo recordaba. Por un instante regresé a aquel día en que pensé que se me moría entre las manos. Y entonces el olor me golpeó de lleno, ¿Vinagre?, un olor fuerte y ácido. Tan desagradable que cerré la puerta de golpe y me apoyé en ella.

― Selene —¿Por qué coño hueles así? — Le grité, sin poder contenerme.

Hunt parpadeó, como si recién se diera cuenta de que estaba ahí. Tenía ojeras marcadas, los hombros caídos. Parecía agotado.

■— Neo se tropezó — Dijo, con esa voz cansada que usaba cuando llevaba todo el día hablando.— Derramó vinagre sobre los dos. ―

Esperé a que dijera algo más. A que preguntara por qué había entrado así, por qué le gritaba. A que notara que algo no estaba bien. Pero no lo hizo.

El alivio llegó de golpe y me dejó temblando. Las piernas me flaquearon sintiendo cómo el corazón se me desaceleraba poco a poco.

― Selene ― Vinagre. Solo era vinagre… ― Dije susurrando para mi misma.

Me apoyé contra la puerta, respirando despacio, sintiendo cómo el miedo se disolvía y dejaba solo vergüenza en su lugar. Me sentí estúpida. Patética. ¿Cómo había podido pensar que…?

Cuando volví a la realidad, Hunt ya estaba bajo la ducha. El agua arrastraba el olor poco a poco, deslizándose por su piel, llevándose también mis pensamientos más oscuros. Se movía despacio, como si cada gesto le costara.

Al terminar de ducharse llenó la bañera sin mirarme. Calentó el agua con magia, con esas llamas azules que danzaban bajo sus dedos.

No dijo nada. No preguntó si estaba bien. No preguntó por qué había entrado así. No preguntó nada. Me quedé allí, apoyada contra la pared, viéndolo moverse en silencio. El vapor empezó a subir, llenando el baño de humedad. Cuando terminó, se giró hacia mí. Me miró un momento, como si acabara de recordar que yo estaba ahí. Luego me tendió la mano. Dudé un segundo antes de aceptar. Se acercó despacio y me dio un beso suave en los labios. Luego otro. Sus manos se movieron hacia mi ropa, quitándola con cuidado, con gestos mecánicos, casi automáticos. Como si fuera parte de una rutina. No dije nada. Solo lo dejé hacer. Cuando estuve desnuda, me tomó de la mano y me guio hacia la bañera. Se metió primero, recostándose contra el borde con un suspiro largo, y me hizo un gesto para que me sentara sobre él.

El agua caliente me rodeó el cuerpo y, por primera vez en días sentí que podía respirar tranquila. Me recosté contra su pecho, sintiendo su piel contra la mía, el peso de su brazo rodeándome. Jugó con mi cabello. Deslizó los dedos por mis hombros, por mis brazos, por mi espalda. Gestos pequeños, conocidos, repetidos tantas veces que ya no necesitaban pensarse.

Intenté hablar. Abrí la boca, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta, como si algo me las cortara antes de salir. Hunt siguió acariciándome, ajeno a mis intentos. Volví a intentarlo.

― Selene — Hunt, yo… ―

■―mmm―

Su mano bajó un poco más, rozando mi cintura, mi cadera. Pero no era lo que necesitaba y me aparté. Se detuvo al instante.

■—¿Estás bien? — Preguntó, con esa voz tranquila que usaba cuando no entendía algo, pero tampoco quería presionar.

Asentí como una tonta. Me abrazó más fuerte, sosteniendo mi cuerpo contra el suyo, y dejó que el silencio lo llenara todo. Nos quedamos así mucho tiempo.

El vapor subía, el agua se enfriaba, y Hunt volvía a calentarla con magia sin decir nada. Yo cerraba los ojos y trataba de no pensar. De solo sentir. Su respiración contra mi espalda. Su mano sosteniendo la mía bajo el agua. El latido de su corazón, lento, constante. Como si nada malo pudiera pasarnos mientras estuviéramos así. Pero yo sabía que sí podía y él no.

Salimos como si nada. Hunt se vistió rápido, me dio un beso en la frente, y salió primero. Yo me quedé un momento más, mirándome en el pequeño espejo empañado. Y no me reconocí.

Durante la cena, las palabras pasaban por encima de mí sin tocarme. Hemer comentó que lavaría la ropa porque olía demasiado a vinagre. Yo asentí sin levantar la vista. Hunt comía en silencio, concentrado en su plato, como si el mundo fuera de esa mesa no existiera. Sena en cambio no fue sutil harta del comportamiento de las nobles se chivo a Hunt.

― Sena — Esas nobles no saben comportarse — Dijo, mirando directamente a Hunt. — Creen que pueden decirle lo que quieran a Selene solo porque tienen un título. ― Hunt levantó la vista. Masticó despacio, tragó.

■— ¿Ah, sí? —dijo, sin mucho interés. Como quien pregunta por cortesía.

Sena me miró y yo aparté los ojos.

― Sena — Hay quien vienen a preguntar por ti. — continuó Sena, sin piedad.— Las que le dicen a Selene que es “poca mujer para ti”. Que deberías estar con alguien “de tu nivel”. ―

Hunt dejó el tenedor sobre la mesa. Frunció el ceño, pero no dijo nada. Se quedó mirando su plato, como si procesara la información. Estaba ido parecía que estaba concentrado en otra cosa. Luego volvió a comer.

■— Ya veo — dijo, después de un momento.— Qué molesto.―

Como si fuera un inconveniente menor. Como si no importara. Sena apretó los labios, pero no insistió. Hemer cambió de tema. La conversación siguió sin mí. Hunt no volvió a preguntar.

En la habitación, mientras me cambiaba, Hunt se quitaba la camiseta cuando de repente dijo:

■—Oye, si esas nobles te molestan, dímelo.―

Lo dijo como quien ofrece ayuda con algo trivial. Como quien dice “si necesitas que compre pan, avísame”. Me quedé quieta, con la blusa a medio quitar.

― Selene —No quiero hablar de eso. — Respondí, sin mirarlo.

—Vale —asintió, encogiéndose de hombros—. Pero si cambias de opinión, dímelo.

Y eso fue todo. Se metió en la cama, se acomodó sobre su lado, y cerró los ojos. Las mantas estaban frías cuando me metí. Me quedé en mi lado de la cama, mirando el techo. Llevábamos cuatro días durmiendo separados en la misma cama, cada uno en su lado, sin tocarnos. Esa noche no pude soportarlo más.

Me acerqué a él. Pasé el pie por encima de su pierna, como siempre hacía. Él se dejó y me lo sostuvo con la mano izquierda, como tantas otras noches. No abrió los ojos. Solo me acercó un poco más, ajustándome contra su cuerpo con gestos automáticos, conocidos. Ese gesto me rompió. Porque era cariño. Porque era amor. Porque Hunt me quería, pero no era suficiente.

Empecé a hablar, todo salió de golpe. Los comentarios. Las miradas. El miedo de que me dejara. La vergüenza de haber dudado de él.

― Selene — Hay mujeres más jóvenes — le dije, con la voz rota. — Con cuerpos mejores. Con… con más de lo que yo tengo.― Hunt se tensó, pero no dijo nada. — ¿Por qué me quieres a mí cuando podrías tener a cualquiera de ellas? — continué. — Podrías tener a alguien de tu edad. Alguien que no esté tan… Alguien que… ―

■— Para — Dijo Hunt, con voz ronca, pero yo no paré.

― Selene —Ellas son más guapas. Tienen más pecho. Son de la nobleza. Son…―

■—Selene, para — Repitió, apretándome contra él.

Lloré más fuerte. Todo el miedo, toda la inseguridad, todo lo que había estado guardando durante días salió de golpe. Me comparé con cada una de las nobles que me habían acosado. Con las más jóvenes. Con las de mejor cuerpo. Con las que tenían todo lo que yo no.

Hunt me dejó hablar hasta quedarme sin voz. Cuando por fin me callé, me besó la frente. Me abrazó más fuerte.

■—No voy a dejarte — Dijo, con esa voz ronca que usaba cuando estaba conteniendo algo. — Nunca. ¿Vale? No importa lo que digan esas nobles. No importa cuántas mujeres haya. Tú eres la que yo quiero. ―

Lo dijo con tanta seguridad que casi le creí. Casi. Pero las palabras eran solo palabras. Y las palabras no detenían a las nobles. No detenían las comparaciones. No detenían el miedo.

Se quedó callado un momento. Luego murmuró algo contra mi cabello, tan bajo que apenas lo escuché.

― Selene — ¿Qué? — pregunté, con la voz ronca de tanto llorar.

■— Nada —respondió, besándome la frente.

Hunt se durmió poco después. Su respiración se volvió lenta, profunda, tranquila. Sentí cómo su cuerpo se relajaba contra el mío, cómo su agarre se aflojaba. Yo me quedé despierta. No pude dormir. Escondida entre sus brazos, sintiendo su calor, su peso, su presencia, hasta que no pude soportarlo más.

En medio de la noche me levanté. Quise bajar a por agua. La casa estaba en silencio, pero cuando salí al pasillo vi luz. Hunt no estaba en la cama y la puerta de la subdimensión estaba en el pasillo.

Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Dalia estaba escondida viendo como Hunt y Neo estaban inclinados sobre algo, hablando en voz baja. Hunt tenía una pequeña llama azul entre los dedos, fundiendo algo que brillaba. Neo sostenía una herramienta que no reconocí, concentrado. Parecían… felices. Cómplices. Como si estuvieran compartiendo un secreto que yo no merecía conocer. Sentí algo frío en el pecho. Algo que no quería nombrar. No entré. No pregunté.

Volví a la habitación, me metí en la cama, y me quedé mirando el espacio vacío donde debería estar Hunt. Sabiendo que mañana nada habría cambiado. Que las nobles seguirían acosándome. Que seguiría comparándome con mujeres más jóvenes, más guapas, con mejores cuerpos. Que seguiría sintiéndome cada vez más pequeña. Pero por primera vez en días, no sentí tanto frío. Y eso, de alguna forma retorcida, hacía todo peor.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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