Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 52
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Capítulo 52: Devueltos por mi Rey
En medio de la noche, en la más profunda oscuridad, las calles se llenaban de comerciantes como tantos otros años.
La ciudad estaba sobre iluminada, y Sorina no conseguía dormir. El remordimiento de haber enviado a sus hijos a la muerte regresaba en forma de pesadillas, otra noche más. Sus desgracias la perseguían en un ciclo nocturno interminable de lágrimas, sobresaltos y desvanecimientos breves. Aquella noche no fue diferente. Cuando ya no pudo llorar más, salió de sus aposentos.
Su cuerpo se tambaleaba por los pasillos, sin rumbo claro, como si buscara algo. La mente deambulaba entre el reino de los sueños y el de los vivos, pesado, lento, incapaz de anclarse del todo. Entonces, de reojo, lo vio, cada vez había más luces encendidas en el recibidor principal. El palacio debería de estar dormido. En silencio y sumido en una penumbra respetuosa.
Se detuvo, desde la distancia observó la escena con extrañeza. A esas horas no debería haber nadie esperándola. Bajó las escaleras poco a poco, apoyándose en la barandilla. Conforme descendía, distinguió a sus caballeros en posición, tensos y atentos. Las sirvientas estaban alineadas, inmóviles, aguardando órdenes. Frente a ellas se alzaba un caballero colosal, cubierto con los colores del rey.
— Qué oportuno — Dijo el caballero sin alzar la voz.
Sorina avanzó sin prisas ni apresuros. A su alrededor, todos se estremecieron al verla acercarse. La marquesa caminaba con una fuerza que no venía del cuerpo, sino de la voluntad. Pero el aire empezó a faltarle cuando vio lo que el caballero tenía detrás. Dos cuerpos de varones jóvenes.
El caballero la recorrió de arriba abajo con la mirada y chasqueó la lengua, sin ocultar el desprecio. No saludó ni se inclinó. Simplemente levantó la carga y la arrojó a sus pies.
El primer cuerpo cayó con un golpe seco. El segundo cayó encima. Sorina no gritó. No pudo. El pensamiento fue inmediato, brutal, definitivo, están muertos. El castigo del rey ha llegado. Sus rodillas cedieron, aunque no llegó a caer. Entonces el hijo mayor se movió.
Con esfuerzo, con un gemido ahogado, se incorporó lo justo para cubrir al pequeño con el brazo. Con el cuerpo encorvado de manera instintiva, aprendida a golpes. No miró a su madre, temía verle el rostro. Clavó la vista en el suelo, como si aún esperara el siguiente impacto.
— Mi trabajo ha terminado. — Dijo el caballero mientras se daba la vuelta. — Me he limitado a devolver lo que ya no sirve. ―
Las puertas del palacio se cerraron tras él. El sonido resonó en el recibidor como un golpe seco. Sorina tardó en reaccionar. Tardó tanto que le costó respirar. Tardó en ver la sangre, los moratones, la piel abierta, los labios partidos. Tardó en reconocer los rostros bajo la suciedad. Entonces cayó de rodillas.
― Sorina — Mis hijos… — La voz se le rompió. — Mis hijos… ―
Se hizo daño al caer, pero no le importó. Se lanzó sobre ellos y los cubrió con un abrazo torpe, demasiado fuerte, desesperado, como si el contacto fuera lo único que los mantenía en este mundo. Lloró sin control, el llanto de alguien que no pide nada, que solo constata un milagro que no entiende. La servidumbre no pudo no reaccionar. Las lágrimas entre las demás mujeres cayeron mojando sus mejillas, dos semanas escuchando a la marquesa llorar por las noches les pareció devastador incluso a los caballeros que, aunque a su manera también se emocionaron.
Sorina tardó en separarse. Sentirlos allí, calientes, vivos, le provocaba una paz tan profunda que casi dolía. Cuando al fin recuperó fuerzas, se apartó lo justo para mirarlos. Con manos temblorosas les acarició el rostro, piel dañada, ensangrentada, seca, llena de lágrimas mezcladas con suciedad. Ambos muchachos lloraban al compás de su madre. Cuando el menor alzó la mirada y encontró los ojos de Sorina, se rompió.
― Sorina — Amisair… — Sollozó con el corazón apunto de romperse.
― Amisair — Madre… Lo siento, madre… lo siento… yo no… no sabía… lo que… estaba… haciendo… ― Dijo el chico llorando descontroladamente.
Sorina levantó la cabeza un instante. Cruzó la mirada con la mayordomo. No hizo falta decir nada, el palacio se puso en movimiento como un organismo vivo. Cada cual supo qué hacer y a dónde ir.
― Sorina — Agua caliente. — Ordenó.
Las criadas no tardaron en moverse. Entre ellas las más veteranas, de un solo vistazo de Claudia comenzaron a dar órdenes a las demás criadas y a las muchachas. Estas tomaron caminos por todo el palacio, despertando a todo mozo y aprendiz. Los aprendices fueron los primeros en salir corriendo a por madera, mientras los demás realizaban los preparativos.
Sorina llamó a dos caballeros que estaban en la guardia cerca de la puerta y les ordenó aumentar la vigilancia por todo el palacio. Luego mandó a uno de los mozos a realizar un aviso al gremio de sanadores, mando al chico con el mensaje claro. Salvia, la maestra del gremio tendría que venir a primera hora de la mañana.
Mientras las criadas daban de beber agua limpia los recién llegados, cuatro mozos grandes curtidos recibían ordenes de cómo tratar y cómo actuar. Con sumo cuidado levantaron a los dos chicos ante la atenta mirada de la marquesa. Su caminar era lento, pero sin descanso. En el baño donde se estaban realizando los preparativos, las criadas se movían a velocidad frenética llevando gasas, mientras los mozos más jóvenes ayudaban con cazos y cacerolas de agua caliente.
El baño estaba preparado. Las criadas más experimentadas en medicina se lavaron las manos con cuidado meticuloso y comenzaron a dar órdenes precisas a los mozos. El suelo de piedra estaba cubierto con telas gruesas para evitar resbalones. Calderos de agua caliente humeaban a un lado, demasiado pesados para moverse sin ayuda. El aire olía a hierbas medicinales y ungüentos.
Los cuatro hombres del servicio entraron primero dos sostenían a Alistar y dos a Amisair. No se arrastraban, pero tampoco podían caminar por sí mismos. Cada movimiento requería un esfuerzo mayor que el anterior, los mozos los sujetaron con más fuerza mientras pasaban por la puerta, haciendo que los brazos y hombros de los chicos les dolieran aún más, un daño pequeño pero punzante que se añadía al tormento.
— Aquí. — Indicó una de las mujeres.
Claudia se acercó a Sorina, con el ceño fruncido y voz baja.
― Claudia — Señora… esto será más duro de lo que imagina. Puede esperar afuera si lo prefiere. — No era un consejo vacío, sabía que cada segundo sería un martirio. ―
Sorina tragó saliva, conteniendo el temblor y por un instante dudó, pero luego asintió. Sabía que debía estar allí.
Las sanadoras del palacio ya estaban listas. Con gasas, vendas, cuencos y cuchillos pequeños para cortar telas si era necesario. Sorina entró la última, respirando hondo, preparándose para soportar el dolor que iba a presenciar.
Los hombres colocaron a los chicos en el centro de la estancia y ajustaban el agarre cuando las piernas flaqueaban. Sostenerlos así no era fácil. Los cuerpos estaban tensos, doloridos y sudorosos. El peso muerto empezaba a notarse en los hombros de los criados.
— No los soltéis. — Dijo una de las sanadoras, mirando seriamente a los mozos. — Si caen, no se levantarán por sí solos. ―
Empezaron por la camisetas. Las telas no cedían, endurecidas por la sangre seca y la suciedad. Cuando una de las mujeres tiró del primer trozo, Alistar dejó escapar un sonido bajo. Amisair se dobló hacia delante, pero los hombres lo sostuvieron con más fuerza.
― Sorina — Seguid. — Ordenó cuando una de las mujeres dudó. — Aunque duela. ―
La ropa se retiró a tirones, cortando donde hacía falta. Cada vez que una tela se separaba de la piel o una herida se reabría ambos se quejaban, aunque intentaban mantenerse callados. La sangre fresca que corría por el torso y goteaba al suelo era limpiada antes siquiera de poderse acumular.
Las gasas empapadas en agua tibia limpiaban despacio, presionando donde era necesario, retirando suciedad incrustada. No había delicadeza innecesaria, pero sí compasión. Las sanadoras trabajaban rápido, conscientes de que cada segundo era una tortura eterna.
― ¿Por qué no usamos la magia? ― Dijo una joven criada recién promovida a ayudante.
— Señorita… si usamos magia ahora, el cuerpo cerrará la herida tal como está. La suciedad quedará dentro. No morirán hoy, pero te aseguro que agonizarán. — Respondió la jefa de las sanadoras.
Amisair respiraba con dificultad, con los ojos cerrados y la mandíbula temblando mientras intentaba mantenerse de pie. Cada vez que las sanadoras presionaban su espalda, su cuerpo reaccionaba con espasmos involuntarios. Los latigazos cruzaban toda la piel, líneas abiertas y moradas que se solapaban unas con otras. Donde terminaban los cortes comenzaban los moratones, profundos y oscuros, señal claras de que fue golpeado de manera repetida.
Sus manos colgaban rígidas a los lados. Las uñas estaban negras, dañadas hasta la raíz. Cuando intentaron recolocar y entablillar los dedos dislocados, Amisair gritó con todas sus fuerzas. No fue un grito humano ni contenido, sino un alarido que sonó a tortura. Sus piernas flaquearon y los mozos tuvieron que sujetarlo con más fuerza para que no se desplomara, arrancándole un gemido ahogado al hacerlo.
Alistar estaba en peor estado del que aparentaba. Su postura era antinatural, su hombro derecho dislocado lo obligaba a inclinar el cuerpo, tensando el pecho y los costados ya cubiertos de moratones superpuestos. Cada vez que lo movían, el dolor le recorría el torso entero, dejándolo sin aire.
La oreja derecha estaba destrozada. El pendiente había sido arrancado sin compasión, desgarrando la carne. La piel estaba inflamada, mal cerrada y aún sensible a cualquier contacto. Cuando comenzaron a limpiarla, Alistar apretó los dientes con tanta fuerza que uno de los hombres pensó que se le romperían. No gritó. No porque no doliera, sino porque no se permitió hacerlo.
Sostenerlos empezaba a pasar factura. El sudor corría por la frente de los criados. Ajustaban el agarre o cambiaban el peso de una pierna a otra, pero nadie se quejó. El cansancio se notaba.
― Falta poco. ― Dijo la jefa de las sanadoras, palabras que aliviaron a más de uno.
Cuando llegaron a la ropa interior, el ambiente cambió. Los cuerpos eran de nobles, adultos, destrozados, sostenidos por hombres ya cansados. No había tiempo para dudas. Sorina dio un paso al frente.
― Sorina — Yo. — Dijo remangándose.
Se colocó justo delante de ellos y, en cuanto las prendas fueron retiradas, los cubrió sin decir nada. No miró y tampoco permitió que nadie mirara más de lo necesario.
Las mujeres terminaron de limpiar bajo las telas, colocando gasas nuevas y vendajes rápidos sin espectáculo. Cuando por fin estuvieron vestidos con ropa limpia, los cuerpos parecieron perder lo poco que les quedaba de fuerza. Los hombres los sostuvieron con más firmeza para que no se desplomaran.
El silencio era pesado. No había palabras, ni agradecimientos. Solo respiraciones irregulares y el sonido del agua cayendo de los cuencos usados. Sorina los observó de pie, sostenidos por otros, incapaces de mantenerse solos. Cualquier palabra habría sido demasiado.
Ambos muchachos estaban cubiertos de gasas y vendas, cuando Doina su hermana por fin pudo entrar. Los ayudaron a sentarse mientras terminaban de vendar los pies.
― Doina ― ¿Puedo aplicar un poco de magia? ―
― No se esfuerce señorita, tienen heridas por todo el cuerpo, cerrar la piel no ayuda tanto como cree, reserve su maná. ― Le aclaró la jefa de las sanadoras.
Los chicos se estremecieron al verla. Se sentían indignos de tanto cuidado y aprecio, pero no podían decir ni hacer nada.
Los mozos los llevaron hasta la cocina, tal y como había ordenado Sorina. No al comedor noble, ni a una sala privada. A la cocina, donde comían los criados.
Los sentaron en el banco largo de madera, el mismo que usaban los sirvientes en sus descansos. Amisair y Alistar quedaron uno al lado del otro, sostenidos todavía unos segundos más de lo necesario, hasta que los hombres se aseguraron de que no se desplomarían. Luego se apartaron, quedándose cerca, por si volvían a necesitar ayuda.
La jefa de cocina observó la escena en silencio. Sabía lo que veía, cuerpos castigados, vacíos, debilitados.
— Despacio. — Advirtió a sus ayudantes. — Si comen demasiado o muy rápido, se harán daño. Han pasado demasiado tiempo sin comer. ―
No hubo platos refinados ni cubiertos de plata. La sopa estaba caliente, recalentada y humeante. Algo impensable para nobles, acostumbrados a comer templado o frío. Aquello no era una comida de protocolo. Era de supervivencia.
Sorina tomó un trozo de pan con las manos y lo rompió directamente sobre el cuenco. Lo empapó en la sopa y lo mezcló sin preocuparse por las miradas o las normas. Era un gesto vulgar, impropio para la nobleza. Se colocó al lado de a Amisair. De pie, él apenas levantaba la vista. Y con mucho cuidado llevó la cuchara a su boca. Amisair dio un respingo al probarla. Se quemó, no mucho, pero lo suficiente como para cerrar los labios de golpe y respirar mal.
Sorina no dijo nada. Simplemente volvió a coger otra cucharada y esta vez sopló despacio, con paciencia, hasta enfriarla un poco. Luego volvió a acercársela. Amisair abrió la boca siendo obediente y humillado al mismo tiempo. Agradecido por otra parte.
Al otro lado, Doina hizo lo mismo con Alistar. Repitió el gesto, pero él giró la cara, negándose. Doina frunció el ceño, le dio un pequeño golpe con los dedos en uno de los moratones del muslo, no fuerte, pero lo justo para que doliese.
― Doina — Come. — Le dijo. — No seas tonto. ―
Alistar apretó los labios, pero acabó cediendo. Abrió la boca y tragó despacio. Comieron así, cucharada a cucharada. Sin hablar y sin prisas. Repitieron y poco a poco el calor les recorría el cuerpo como algo casi desconocido. La cocina estaba en silencio, salvo por el leve sonido de las cucharas y las respiraciones irregulares.
Sorina y Doina permanecieron de pie todo el tiempo. No se sentaron, los atendían demostrando sus nuevos yos. Cuando terminaron, Doina rompió el silencio.
― Doina — Deberíamos dormir juntos, como cuando éramos pequeños. ―
Sorina no respondió de inmediato. Se quedó mirando a sus hijos, sentados juntos en un banco de criados, comiendo sopa como si fuera lo único que los anclaba al mundo.
― Sorina ― Id a la habitación de Doina, las demás están frías. ― Dijo mientras dejaba el palto vacío en manos de una cocinera.
Los hombres los llevaron hasta la habitación de Doina. No intentaron que subieran las escaleras. No podían entre los vendajes y las heridas cada movimiento, cada paso los cansaba más que nunca, las piernas apenas respondían. Los cargaron directamente, uno a uno, con cuidado.
Alistar apretó los dientes cuando lo levantaron. El hombro ya estaba recolocado, pero el cuerpo aún no lo había aceptado. Amisair colgaba entre los brazos de los mozos, exhausto, respirando mal.
La habitación estaba tal como Doina la había dejado, la cama deshecha, las mantas a medio caer. Los hombres los tumbaron con cuidado sobre el colchón. No se acostaron, los tumbaron. Boca abajo para que los vendajes de la espalda no se movieran. Cada ajuste arrancó respiraciones tensas, pequeños gemidos ahogados. Cuando estuvieron seguros de que no se moverían más, los mozos se retiraron sin hablar.
Doina se quedó un momento mirando la escena.
—Madre… — Dijo en voz baja. — ¿Cómo dormíamos de pequeños? ―
― Sorina — Tú y Alistar dormíais a los lados y Amisair en medio. Él siempre tenía frío.―
Cuando los chicos ya estaban colocados, Doina se fue a cambiar detrás del biombo. Se puso un camisón largo y volvió sin prisas. Fue ella quien tomó las mantas y los cubrió con cuidado, ajustándolas lo justo para no presionar vendajes ni provocar dolor innecesario.
Amisair abrió la boca para decir algo. La voz no le salió.
― Doina —No habléis, intentad dormir. ―
Comenzó a cantar una nana, Bajito, vieja de esas canciones que se cantan sin pensar, aprendidas antes de saber leer. Amisair no quería dormir. Se notaba en la rigidez de su cuerpo, en la respiración forzada. Aun así, fue el primero en rendirse. El cansancio pudo más. Su respiración se volvió lenta, irregular, pesada. Alistar giró ligeramente la cabeza. Intentó decir algo.
― Doina — Ni una palabra más. — Dijo sin mucha dureza, pero sin permitir réplica. — Duérmete. ―
Alistar apretó la mandíbula, se giró para no ver a su hermana, su resistencia duró poco. El cuerpo, agotado, cedió. Cerró los ojos. Doina siguió cantando hasta que ambos estuvieron dormidos.
Sorina se despidió de Doina desde la puerta. Se marchó en silencio, dejando a sus hijos dormidos y a su hija velando. En la habitación quedó solo la respiración de los chicos y una nana que se apagó poco a poco.
Sorina cerró la puerta con cuidado. En cuanto el pestillo encajó, las piernas le fallaron. No hubo aviso, simplemente cedieron. Cayó al suelo de rodillas, sin fuerzas siquiera para intentar sostenerse.
El golpe le arrancó el aire. Fue entonces cuando se dio cuenta de que las rodillas ya estaban sangrando. La tela del vestido estaba manchada, oscura y rígida, como si el cuerpo hubiese seguido funcionando sin permiso. Dos criadas acudieron de inmediato. La ayudaron a levantarse, una de cada lado. Sorina no opuso resistencia. No tenía la fuerza necesaria asique la ayudaron a llegar a su habitación.
La mayordomo cerró la puerta tras ellas y la sentó en la cama. Sin palabras innecesarias, limpió las rodillas, retiró la sangre seca y vendó con manos firmes. Sorina miraba un punto fijo, como si la habitación no terminara de ser real.
― Sorina —No me lo creo… — Murmuró. — Han vuelto, mis hijos han vuelto, ¿verdad? No me lo he imaginado… ―
― Claudia — Han vuelto, señora. — Respondió la mayordomo sin vacilar. — Están vivos. ―
Sorina asintió lentamente, como si la frase necesitara asentarse en capas.
― Sorina — Están aquí… De verdad. No es un sueño. ―
― Claudia — No lo es. ―
Pasaron unos segundos en silencio. Luego la mayordomo habló de nuevo.— Hay una carta del rey para usted.
Sorina cerró los ojos, tardo en responder.
― Sorina —El rey puede esperar. ―
No hubo réplica. La mayordomo se inclinó ligeramente y salió, dejándola sola. Sorina se desvistió despacio y se tumbó. El cuerpo estaba agotado, pero la mente seguía dando vueltas. Miró el techo un largo rato.
(― Sorina ― Dios… mío……, Esos dos chicos, los que aparecieron en mi vida hace apenas unas semanas… me han hablado de ti. De ti, su Dios. con una pasión que no sabía que existía. Con qué amor… con qué fuerza… entregaste a tu propio Hijo. Mi rey, el de todo el mundo ¿Cómo has sido capaz de tal atrocidad por mí? … ¿Tolmas me pidió un hijo y tú lo das?… ¿En que cabeza cabe? y A mí ya me lo has dado todo. Me los has devuelto. Y solo te lo pedí una vez. ¿Por qué me concedes tanto… cuando soy tan mala madre? ¿Por qué…? Yo nunca los he cuidado, siempre los dejaba con las nodrizas… y aun así me los devuelves como si fueran ese hijo pródigo. ¿Qué tengo que hacer para compensarte eso? ¿Dónde estás? …¿Dónde?… ¿Puedo abrazarte? No puedo más… me duele saber que has hecho todo eso por mí… Yo no soy digna ni de que me mires, pero aun así me los has devuelto. Conocerte fue suficiente, pero esto… esto… Gracias… Gracias… Muchas gracias… Dios mío… muchas gracias… ―)
Por primera vez en dos semanas, Sorina se quedó dormida sin llorar. Por primera vez en dos semanas, durmió más de dos horas seguidas.
Llegados a este punto, te invito a volver la vista atrás y leer una vez más el título del capítulo. A veces, las palabras cambian de dueño según quién las pronuncie.
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