Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 53
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Capítulo 53: Noche de secretos
El sol se estaba escondido detrás de las montañas cuando Neo entro por la pueta de la casa. Dejo su chaqueta y zapatos caer en la subdimensión y avanzo por el pasillos asta llegar al baño, pasando por delante del taller de herrera donde Papá y yo están trabajando en un nuevo invento.
Apenas vi de reojo a Neo pasando por delante de la puerta cuando, sentí un pinchazo en el corazón, me levanté de un salto y fui a ver que le pasaba.
En el pasillo detecte un olor extraño como de perfume, de esos que tiene mis alumnas, carros y exóticos. Pero este era diferente me quemaba al respirarlo. Justo en ese momento se me paso la peor idea por la cabeza. Neo se va a duchar después de “estar” con otra mujer, al igual que mis alumnos. Recordé conversaciones lejanas de dos chicos que hablaban de que para que la novia no se ofendiera ellos se limpiaban después de estar con su amiguita.
Tran esa conclusión no pude dejar de pensar como Neo rompió todas sus promesas y como todo lo que me decía de ser virgen se iba a tomar viento. Sentí algo raro en el pecho como un, blanco vacío, como si me faltara la mitad del pecho, me costaba respirar y las lagrimas comenzaron a salir.
Cuando agarre el pomo de la puerta dude un segundo si entrar o no. Pero no podía dejar de pensar en él por lo que pese a todo lo que me decidí entrar. Al entrar se estaba quitando los pantalones, la camiseta estaba tirada por el suelo con una gran mancha por toda la parte superior.
●― Dalia, ¿Qué está haciendo? ―
― Dalia ― Yo… no… ¿por…? ―
●― Ya te he dicho que no juegues… ―
Movió la mano hacia abajo y sentí un viento que me empujaba hacia fuera de la habitación. Estaba usando magia contra mí, para que me fuera. Como es capaz de hacerme eso. Sali, no tanto por la fuerza del viento como por el asqueroso olor.
No pude no llorar, me desplome de rodillas y como una niña pequeña llore y llore, porque mi novio se estaba acostando con otra y a mí, ni me quiere tocar. Mientras el se duchaba mi cabeza se iba a otras partes. ¿No soy suficiente para él?, ¿No le gusta mi cuerpo?, ¿Me odia por besarlo yo primero?, ¿Le doy asco?, ¿Huelo mal? Yo no uso esos perfumes…, Recordé a una de mis alumnas que tiene mucha “pechonalidad” ¿Acaso le gustan más voluminosas? ¿Las mías están tan mal?, a ver tengo algo de musculo de tanto cargar materiales es por eso que no le gusto. Debería de ser mas fina como todas las demás…, Suelo comer mucho… pero estoy todo el día moviéndome y cargando cosas… Sera por eso que no le gusto… no soy tan femenina… o será porque soy muchas más bajita que el…, le gustaran más altas… O es ¿Por qué estoy todo el día en ese taller?… le gustan más morenas o más blancas… estar todo… o es que mi piel no le agrada.…
●― Dalia… Dalia… ―
Cuando me di cuenta el estaba delante de mi agachado, tenia una mano en mi hombre intentando llamar mi atención. Pero yo estaba ahí encogida, con las manos tapándome las orejas, como cuando de pequeña, atacaba algún monstro volador la ciudad. Con la cara metida en las rodillas y comprimida, escondiéndome de todo.
Levantando la mirada, se me salían las lágrimas y su cara era de perfecta preocupación estaba preparándose para abrazarme cuando no pude más.
― Dalia ― ¡ALEJATE DE MI! ―Grite como loca, escondiéndome de nuevo pegando mi cara a las rodillas.
Papá, que estaba relativamente cerca me escucho gritar y se apresuro para ver que estaba pasando. El pobre Neo, se apartó y extendió una mano hacia atrás para no caerse. Pero al llegar papa lo agarro por el cuello con las dos manos y lo levanto por encima de su cabeza.
Neo intentaba soltarse del agarre, apenas podía respirar cuando levante la mirada y lo vi, estaba rojo, mi corazón no pudo más y de un salto agarre la pierna de mi padre. Le estaba gritando. No recuerdo el que, pero no era agradable.
― Dalia ―¡Suéltalo! ― Grité como pude.
Entonces mamá que estaba en su habitación llego, alertada por los gritos de mi tío Durman.
― Astrid ― ¿Qué está pasando? ―
Ella no duda, ella los deja solos en su locura para venir y cubrirme con un abrazo y preguntarme que ha pasado. Como no pude responder me ayudo a levantarme mientras los reñía.
― Astrid ― y no me entere yo que discutís, me habláis las cosas y luego me decís que os pasa. ―
Subimos las escaleras casi sin hablar. Astrid me llevaba del brazo, como cuando era pequeña y me asustaba un trueno o un monstruo volador que pasaba demasiado cerca de la casa en esos ataques raros. No me soltaba, y yo no quería que me soltara. Cada escalón parecía más pesado que el anterior, como si mis piernas llevaran todo el peso del día encima.
Entramos a mi habitación. Cerró la puerta con cuidado, como si temiera que el ruido pudiera romper algo más. Me senté en el borde del colchón y ella se sentó a mi lado, tan cerca que sentí su calor antes de que me abrazara. No pude aguantar más. Me derrumbé contra su pecho y empecé a llorar. La lágrimas bajaban por mi cara y Astrid no dijo nada al principio. Solo me abrazó fuerte, con una mano en mi nuca y la otra subiendo y bajando por mi espalda, despacio, como si quisiera borrar cada duda que me atravesaba.
Cuando puede dejar de llorar, conseguí hablar, aunque la voz me salía rota.
― Dalia — Mamá… no puedo más. Todo se está rompiendo. ―
Ella me separó un poco para mirarme a los ojos. Siempre hace eso después de dejarme llorar un momento, pero hoy tardo un poco más. Sus ojos también estaban húmedos, aunque intentaba disimularlo.
― Astrid — Cuéntamelo, mi vida. Desde el principio. ¿Qué ha pasado con Neo? ― Tragué saliva. Me dolía el pecho solo de recordarlo.
― Dalia — Olía a perfume. Uno de esos dulces y fuertes, como los que usan mis alumnas de la uni… las que siempre tienen novios mayores o amantes o lo que sea. Entré al baño y lo vi quitándose la ropa. La camiseta tenía una mancha enorme aquí. — Me señalé el pecho. —Y luego… me empujó. Con magia, tía. Me empujó hacia fuera como si fuera una desconocida. ¿Por qué haría eso si no tiene nada que esconder? ―
Astrid frunció el ceño, pero no me interrumpió. Yo seguí, porque si paraba no iba a poder volver a empezar.
― Dalia ― Y yo pensé… pensé que se había acostado con otra. Que se duchaba para quitarse el olor, como hacen los chicos de los que hablan mis compañeras. Ellas lo cuentan todo el tiempo, llegan oliendo a otra, se lavan y luego te besan como si nada. Y yo… yo soy… , tía. Neo es mi primer todo. Mi primer beso de verdad, mi primer “te quiero”, mi primer… Pero él siempre dice que hay que esperar. Que hay que casarse primero. Y yo creía que era bonito, que me respetaba… pero ¿y si solo es una excusa? ¿Y si no me desea porque no soy suficiente? Mis pechos no son suficiente o soy bajita o tengo muchos músculos de tanto cargar cosas en el taller… ¿le doy asco? ¿Huelo mal? No uso tanto perfume, suelo oler a metal y a sudor… ―
Las lágrimas volvieron más fuertes. Me tapé la cara con las manos, avergonzada hasta de mí misma. Astrid me apretó contra ella otra vez. Sentí que respiraba hondo, como si estuviera ordenando sus pensamientos.
― Astrid — Mi pequeña… eso no es verdad. Neo te mira como si fueras el mismo sol, lo único que brilla en su mundo. Lo veo todos los días, cuando entras al taller, cuando pasas por el pasillo, cuando hablas de tus inventos. Sus ojos se le iluminan. Pero lo guarda, porque él es así cuidadoso, lento. ―
― Dalia —Pero entonces ¿por qué el perfume? ¿Por qué me echó?—
― Astrid ―¿Estás segura de que era perfume?, Estos días dijo que iba a experimentar con (pepinillos) y vinagre para un nuevo invento. El vinagre quema la nariz, a veces huele raro, casi dulce si lo mezclas mal. ¿Podría ser eso?
Me quedé quieta. Parpadeé. Intenté recordar.
― Dalia — ¿Cuándo lo dijo? —
― Astrid ― Hace unos días. No te lo conté porque pensé que ya hablaríais. Pero ¿hace cuánto que no habláis de verdad?—
― Dalia ― No lo sé… unos días. Tal vez más. Pero aun así… me empujó con magia. Me sentí… Como si no valiera ni para estar en la misma habitación que él. ― Astrid me acarició el pelo, apartándome los mechones pegados a la cara por las lágrimas.
― Astrid — Los hombres buenos también se asustan a veces, me corazón. No saben qué hacer con lo que sienten. Quizás te vio entrar de golpe y se asustó él también. No digo que estuviera bien lo que hizo, pero no creo que fuera para esconder algo malo. Creo que fue para protegerte… o para protegerse él. ― Me sorbí la nariz. Quería creerle. Quería creerle tanto que dolía.
― Dalia — ¿Crees de verdad que le puedo gustar y que no es solo otro interesado más? ―
― Astrid — Te juro por lo que más quiero en el mundo, que eres tu vida mía. Solo de recordad cómo te busca con la mirada. Cómo se queda quieto solo para escucharte hablar de runas en la cena. Eso no lo hace alguien a quien le das asco. ― Bajé la mirada a mis manos. Estaban temblando.
― Dalia — Pero Neo es hombre y los hombres son unos… recuerdo a Vend de Marut… cuando su novio la empujó al barro solo porque se quejó de que su pelo se había mojado y parecía sucio. Los hombres desechan a las que se quejan, tía. Lo dicen las chicas de la universidad todo el tiempo. ― Astrid apretó los labios. ― Vi cómo se le endurecía la expresión un segundo.—
― Astrid ― Ese malnacido fue expulsado y ahora será juzgado como todo lo de su edad. Ese era crueldad pura. Neo no es así. Si te quejas o si lloras o incluso si le dices que tienes miedo… él no te va a tirar al barro. Te va a abrazar. Lo sé porque lo he visto cuidarte de formas que ni sabes. Solo tienes que hablarle, cariño. Decirle lo que sientes. Las palabras que te atragantan son las que más duelen cuando se quedan dentro. ―
Asentí despacio. Por primera vez en toda la semana sentí un hueco pequeñito donde antes solo había vacío. No era esperanza completa, pero era algo. No pudimos seguir hablando porque empezamos a escuchar golpes como si alguien estuviera dando cabezazos a las columnas de la casa.
― Astrid ― ¿Qué ha sido eso? ―
Mamá se levantó dejándome un segundo, saliendo al pasillo.
― Astrid ― Anda ven a verlos. ―
Con desgana me levanté y al salir vi por la ventana con Neo y papá se estaban pegando. Era un tanto raro porque no era una pelea como tal, sino que esperaban el turno del otro.
―Astrid ― No se le ha podido ocurrir otra cosa que pegarse por tu mano. ―
― Dalia ― ¿El que? ―
― Astrid ― Tu tío Durman vino a pegarse con mi padre y si ganaba mi padre le daba permiso para casarse conmigo, pero yo lo vencí antes. Esto de los puñetazos es una tradición de la ciudad del norte de la capital de donde era el abuelo de Durman. ―
― Dalia ― ¿Pero eso no se dejó de hacer hace mucho? ―
― Astrid ― Te sabes bien mi hechizo favorito. ―
― Dalia ― ¿Entierro? ―
La tía Astrid asintió con una cara maligna y bajando las escaleras comenzó a recitar el conjuro. La seguir conjurando yo también, con la mano izquierda me indico que se lo lanzara a Neo mientras que ella al Tío Durman. Nos escondimos con el hechizo cargado a que estuvieran los suficientemente separados uno del otro.
― Astrid ― tres…, dos…, uno… ¡Ahora! ―
Con el grito de mi tía, los dos se quedaron inmóviles al esperar algún reproche por su comportamiento, pero ninguno de los dos se esperó el hechizo, quedando enterrados hasta la barbilla. Mamá se acerco caminando señorialmente con un pie por delante del otro, exagerando el movimiento. Yo la seguí por detrás, con una risa contenida porque Neo parecía igual de asustado que la ultima vez que se quedo enterrado.
― Astrid ― ¿Qué ha pasado, donde están nuestros luchadores? ― Dijo buscándolos con la mirada. ― uhiba pero si están aquí abajo. ―
No pude más y comencé a reír. Papá no parecía estar igual de contento.
― Durman ― Me prometiste que nunca usarías ese hechizo en mí. ―
― Astrid ― Y tú que… ―
Me acerque a Neo obviando que papá y mamá estaban “coqueteando” a su manera. Me agache casi dándole con las rodillas en la cabeza.
●― Te parecerá gracioso. ―
― Dalia ― Pero si estas super mono así. ―
Neo saco una mano de la tierra, la apoyo en el suelo y como de un salto salió de la tierra. Apartándome me puse de pie. Alejándome un poco de él. Pero el insistió en acercarse.
●― Neo, aun te parezco mono. ―
― Dalia ― Si. ―
●― A sí. ― Se agachó ligeramente y me abrazo para levantarme.
― Dalia ― Nooo que me vas a manchar… ―
Mamá ayudo a salir a papá del suelo mientras neo me estaba girando por los aires. Y embadurnándome la ropa de tierra. Cuando papá le soltó tremenda colleja.
― Durman ― Anda zagal tira, vamos a bañarnos que estamos más sucios que un cazador. ―
Mientras ellos dos se estaba bañando mamá y yo nos cambiamos ya que, papá también jugo un momento con mamá y la manchó para vengarse de ella.
Cuando ellos salieron, nosotras ya estábamos cambiadas, preparadas para ir a dormir. Yo estaba lista para contarle todo lo que me había pasado. Pero al cerrar la puerta de mi habitación Neo abrió la puerta de la subdimensión y me invitó a ir con él.
Fuimos directos a la cabaña donde me confesó que se estaba muriendo de hambre. Me preguntó, por si me apetecía a mi algo, le dije de hacer algo sencillo, es decir, carne. Pero a él no le apetecía por lo que corto unas patatas o como él las llamas, y las metió en aceite caliente, luego al sacarlas les echo sal y luego fuimos al huerto donde tenía “tomates morados” como los llama el, le gusta cambiar el nombre a las cosas. Al volver los corto e hizo unos huevos enanos del tamaño de un puño.
Cenamos esas “patatas”, mientras me conto como se tropezó y se le callo el tarro de vinagre por encima, luego también me conto como Pudiente y Doina estaban en su “propio mundo”, le pregunte cuando arriamos algo así nosotros, pero el me volvió a repetir lo de esperar…
Después de cepillarnos los dientes, Neo se tumbó en el sofá, sin ganas de ir a la cama. Aproveché para tumbarme encima de él. No me estiré, me recogí, medio apoyada, con la cabeza medio encajada entre el respaldo del sofá y su cuello, sintiendo su respiración. Era una postura incómoda… pero escondida y acurrucada.
― Dalia ― …te tengo que contar algo. ―
●― ¿Qué pasa? ―
― Dalia ― Es que es tu culpa, después de aquel concurso de matemáticas, las alumnas me pidieron que te compartiera con ellas. ―
●―¿Eh?―
― Dalia ― Me decían cosas tipo… déjamelo, aunque sea solo una noche, Dalia déjamelo que me quiero volver mujer… o tú eres poca mujer para él, dijo una presumiendo sus pechos, déjame a mí… yo le hago una… que le dejo seco… o un no sé qué…―
Le conté todos los comentarios que me hacían las chicas… incluso las demás profesoras. Y el de matemáticas de tercero, que no para de acosarme pidiéndome que lo llevara…
Aunque no le veía la cara, sus puños hablaban por sí solos. Estaba tenso e incómodo. Estoy segura de que de todo lo que le conté no había una sola cosa que le hubiese agradado. Cuando acabé, le dije por qué reaccioné así hoy… y él me abrazó fuerte, pidiéndome perdón. Nos quedamos así un rato largo, su pecho subiendo y bajando contra el mío, hasta que sentí que nuestros latidos empezaban a sincronizarse, como si su corazón estaba calmando al mío.
Cuando me despegué un poco de él, con los ojos aún enrojecidos y alguna lágrima que se resistía a caer, me incorporé quedando sentada sobre él. Fue justo entonces cuando lo supe, en cuanto me moví. Solo me levanté para mirarlo desde arriba. Nunca había visto esa expresión en su rostro. No era deseo declarado, era algo más torpe, más honesto. Sus ojos me recorrieron de abajo arriba, subieron hasta encontrarse con los míos y se quedaron mirándome fijamente, avergonzados, como si no supieran a dónde ir después.
Durante un segundo nuestras miradas se mantuvieron interrumpidas por un cambio inesperado que chocó contra mí. Fue como un pulso. En un instante sus ojos bajaron, recorriendo mi cuerpo hasta llegar por debajo de mi vientre. Sonreí sin darme cuenta. No por malicia, sino por alivio. Durante estos días había tenido tanto miedo a su rechazo fuerte o a su constante distancia… que comencé a imaginar cosas que no son, pero su cuerpo no miente.
Comencé a jugar moviéndome un poco arriba y abajo. Nada exagerado. Apenas un vaivén juguetón, probando una idea antes de que fuera aceptada. Mi peso caía justo donde no debía, y lo supe por cómo su respiración se desordenó. Subió la mirada de golpe y de nuevo la bajó. Me vio moverme. Y entonces dejó de ser un pulso puntual. Levantó, la mano algo tenso.
●— No… Dalia, no. ―
Tomé esa mano antes de que pudiera apartarla y sin empujarla, la dejarla sobre mi pecho. No dije nada, no hacía falta. Él apretó instintivamente, demasiado. Como si no supiera cuánto estaba permitido. Mi corazón se aceleró, tanto que pensé que iba a salírseme del pecho, y justo entonces un sonidito se me escapó sin permiso. Pequeño, traicionero. Neo reaccionó al instante. Retiró la mano, como si acabara de tocar algo que esta muy caliente.
●— Para… esto es… demasiado… — murmuró con la cara roja.
Me incliné hacia él. No fue una estrategia, fue un impulso. Quería besarlo y quería sentir si estábamos en las mismas condiciones o si ya se estaba alejando. Mi pelo rozó su mejilla al bajar, creando una cavidad donde solo nos podíamos ver uno al otro. Nos quedamos un momento mirándonos a los ojos… pero el intentó apartarme, al hacerlo me sujetó por las caderas para que no perdiera el equilibrio. Ese fue un error.
Entendí mal la situación. Y me moví adelante y atrás, despacio e insinuando sin pedir permiso. Vi cómo tensaba la mandíbula, cómo cerraba los ojos un instante, cómo dejaba de luchar contra lo evidente. Cuando se incorporó de golpe, pensé que iba a huir, pero no lo hizo. Se levantó quedando sentado y yo encima de él. Nos besamos un rato mientras me seguía moviendo. Yo reaccioné por puro instinto, rodeándole el cuello con los brazos, impidiéndole escapar sin obligarlo a quedarse. Tuvo unos segundos torpes, buscando cómo sostenerme. Luego se levantó y caminó con decisión.
Me sostuvo con fuerza, sus manos firmes me agarrándome por los muslos, y me llevó hasta su habitación. Me dejó caer sobre la cama. Se apartó apenas lo justo para quitarse la camiseta. Su respiración estaba algo agitada igual que la mía.
Me miró una última vez antes de acercarse y comenzar a besándome el vientre subiendo hasta los labios. Y supe, sin necesidad de palabras, que me estaba eligiendo para siempre.
En medio de la noche me desperté sintiendo la cama vacía. Pensé que se habría ido al baño, pero como no regresaba decidí salir a investigar. No estaba en el baño, ni en la otra habitación. A pesar de ser de noche, en la subdimensión no hacía frío, se podía estar sin ropa gruesa.
Seguí buscando y vi que la puerta de Hunt también estaba abierta. Fui al taller y, desde la puerta, los vi a los dos. Hunt estaba allí, haciendo algo con Neo. Tuve miedo de acercarme, por si me reñían por estar husmeando, y cuando iba a volver a la cama, Selene apareció detrás de mí. Las dos gritamos del susto y nos escondimos detrás de una pared. Hunt se giró al escuchar el grito, pero no dijo nada y siguió trabajando.
Después fui con Selene a su habitación y hablamos de cómo nos había pasado lo mismo a las dos.
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