Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 54
- Inicio
- Dos ingenieros en otro mundo
- Capítulo 54 - Capítulo 54: El color de las promesas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 54: El color de las promesas
La habitación estaba en silencio, al ritmo de la respiración de Dalia. Dormía de lado, ajena al torbellino mental que se había desatado a su lado. Neo, en cambio, boca arriba, con los ojos abiertos, clavados en el techo de madera buscando allí alguna respuesta que se le escapaba. Entonces recordó esos días de trabajo en el bosque. Cada árbol, cada corte, cada viga.
Desde fuera, cualquiera habría dicho que era un joven más, feliz después de una noche íntima. Desde dentro, Neo se sentía indecente, incómodo, como si le hubieran arrancado una capa que él creía esencial. No había alivio, ni orgullo, ni ninguna libertad prometida por palabras ajenas. Solo un peso en el pecho. Pensaba para sí mismo diciéndose.
(Al fin y al cabo, soy igual que todos. Un simple pecador que no pudo aguantar. Había dicho que no muchas veces. No porque me falte deseo. Pecado es una palabra vieja y pesada. La tengo grabada a fuego en la conciencia, desde niño. Y aun así he caído, con la séptima hija, la que siempre está ahí, libre, esperando a que la tome. Decían que uno se hacía hombre después de compartir el calor con una mujer. Que algo cambiaba, que algo se liberaba. Pero no me siento más hombre. Todo lo que he prometido se parece al humo. Simples palabras llevadas por el viento, como hojas secas. ¿Cómo he podido caer en esto? ¿No se suponía que yo era mejor?)
Él sabía que Dalia no lo entendería. Ella no creía en nada. No veía pecado donde él veía una herida espiritual. Para ella era amor, cercanía o algo natural. Pero para él era una grieta abierta entre lo que deseaba y lo que creía correcto ante Dios.
Cerró los ojos, pero eso solo hizo que la voz interior se volviera más clara.
(Tú, que conoces mi alma… dime cuándo me alejé de ti.)
Se sentía indigno. Uno que no merecía ni siquiera pensar en Dios. Y, sin embargo, ahí estaba la contradicción que más le dolía, aun dudando, aun cayendo, aun ensuciándose, sentía que no estaba solo.
(Dudé de tu amor… y aun así me recibes con los brazos abiertos. ¿Qué clase de ser eres?)
Le repugnaba su propia hipocresía. Decirse creyente, rezar, estudiar… y luego fallar justo donde había jurado ser firme. El corazón lo sentía turbio y manchado. Y, aun así, una parte de él sabía que sus pecados no superaban la misericordia divina. Eso era precisamente lo que lo destrozaba.
(Quiero pedirte perdón… pero no puedo. Sé que tú ya decidiste cómo hacerlo… pero no puedo.)
Se preguntó si aquel mundo extraño en el que vivía ahora era un castigo. Si todo aquello, era la cosecha lógica de lo que había sembrado.
(Tu camino es el mejor para mí. Déjame seguirte como hasta ahora… y si me desvío, arrástrame de nuevo.)
No lo veía como una pérdida de libertad. Para Neo, obedecer era una elección. Lo que le dolía era fallar una y otra vez, sabiendo que cada vez que se alejaba, algo se rompía. Y ahora, además, con ella.
El vacío volvió. Ese hueco que aparecía siempre que sentía que se apartaba de Dios. Si de verdad Cristo vivía en él como le habían enseñado, entonces cada uno de sus actos debía dolerle. Y, aun así, seguía queriendo habitar en su corazón. La imagen del sufrimiento lo atravesó sin piedad. La cruz, la sangre, los latigazos o los clavos. Neo los sentía como propios.
(Los latigazos te los di yo, los clavos los clavé yo, todo porque no se callarme o no se parar.)
Se le humedecieron los ojos. No entendía cómo alguien podía amar así, sin límite, sin agotarse.
(Dios tu no fuiste ni serás, tu eres. Si sabes que voy a pecar, porque me dejas. ¿Tanto valoras mi libertad?, pues no la quiero, porque solo te hago daño. Jesús… con una gota de tu sangre habría bastado. Y aun así lo diste todo. Casi tengo una carrera, tonto no soy y se de ti, pero, aun así, peco. Porque, dime porque soy así de cruel contigo.)
No soportó más quedarse quieto. Se levantó con cuidado, dejando a Dalia dormida, y fue al baño para lavarse la cara. El agua fría no borró nada, pero al menos lo ancló al presente. El reflejo le devolvió a un joven cansado, no a un monstruo, y eso casi lo hizo sentirse peor. Volvió al salón y se sentó en el sofá. El silencio era distinto allí, algo menos cargado.
Mientras permanecía sentado en el sofá. Tras unos segundos de duda, escribió a Hunt. No entró en rodeos. Le contó, de forma escueta, cómo Dalia le había confesado el acoso que sufrió por parte de las profesoras y algunas alumnas. Como las miradas insistentes habían cruzado una línea que nadie debería cruzar. No dio detalles, muy específicos, no hacía falta. Aquella conversación ya había dejado huella en ambos. La respuesta de Hunt no tardó. Selene había pasado por lo mismo. Neo sintió cómo algo encajaba con un chasquido seco dentro de su cabeza. Las chicas habían callado. No por debilidad, sino por costumbre. Por miedo a no ser creídas.
Durante un rato largo intercambiaron mensajes. No buscaban soluciones inmediatas ni grandes discursos heroicos. Se limitaron a compartir la rabia contenida, la impotencia y esa sensación amarga de haber estado cerca… pero no lo suficiente atentos. Y entonces, casi al mismo tiempo, escribieron lo mismo.
#●■―Tenemos que hacer anillos.―#
Una promesa autentica, una declaración clara y pública. Neo leyó el mensaje de Hunt y, sin darse cuenta, sonrió por primera vez en horas. No hubo más palabras innecesarias. Ambos sabían qué hacer.
El taller recibió a Neo con su olor habitual a metal, madera y carbón. Encendió el horno con un movimiento automático, el mismo chasquido de dedos que hacía Dalia. Ajustó las entradas de aire, añadió troncos y, cuando el fuego empezó a rugir con intensidad, dejó que el calor creciera, impulsándolo con maná para aumentar rápidamente la temperatura.
Hunt llegó poco después. Dejó sobre la mesa tres lingotes, uno de oro, uno de plata y uno de cobre. Neo alzó una ceja.
●—¿El cobre y la plata para qué son?― Hunt sonrió, cansado pero decidido.
■— No te lo había escrito. Vamos a usar oro rosa para sus anillos.― Neo parpadeó, curioso pese a todo.
●— Ah… ¿pero desde cuándo sabes hacer tú eso?―
Hunt se apoyó en la mesa y explicó mientras se remangaba.
■—¿No te acuerdas de las clases de química? ― Neo negó despacio.
●—Estás tú que me acuerdo de eso…
■― Pues… el oro puro es demasiado blando y amarillo. Al mezclarlo con cobre se consigue un tono algo más cálido y normalmente rosado. La plata ayuda a equilibrar la dureza y el color, evitando que el cobre domine demasiado. Todo es cuestión de proporciones y control del calor. ― Neo asintió lentamente.
●― Tiene sentido.―
Antes de fundir nada, volvieron a sus habitaciones. Midieron los dedos anulares izquierdos con una cuerda fina y un carboncillo. Luego, de vuelta al taller, comenzó el verdadero trabajo. La noche avanzaba mientras ellos apenas comenzaban.
Midieron los lingotes, cortaron proporciones y los organizaron en montones luego fundieron, mezclaron y vertieron. Uno daba forma golpeando el yunque sin descanso. Mientras el otro limaba con pulso firme. El oro rosa surgió perfecto, uniforme, obediente al fuego y a la mano de los dos artesanos. Los cuatro anillos descansaban en la mesa mientras ellos apagaban el horno. Dos para ellos y dos para ellas. Cuando el cansancio empezaba a morder, Neo tomó el buril. El taller estaba en silencio, roto solo por el crepitar del metal aún caliente. Uno a uno, fue grabando las inscripciones en el interior de los anillos. Las letras pequeñas, pensadas para dejar una pequeña marca en el dedo, apenas comenzaban a dibujarse cuando escucharon un ruido fuera del taller.
Hunt salió para investigar y volvió a los pocos segundos.
●― ¿Qué fue, eso? ―
■― No era nada importante. Seguimos.―
●― Me están comenzando a doler los ojos. ―
■― ¿Sigo yo? ―
●― Que va, solo que estoy cansado. ―
Selene se despertó con los primeros rayos del sol, con una sensación extraña en el pecho. Al estirar la mano, vio una pequeña mancha de carbón entre sus dedos. Abriendo los ojos de golpe, notó que la cama estaba vacía. Durante un segundo, el silencio se le hizo insoportable y una tristeza conocida le recorrió el cuerpo. Otra vez no, pensó. Hunt solía desaparecer temprano, pero nunca en medio de la noche. Se incorporó despacio, preguntándose en que estaría trabajando su novio por la noche, y entonces lo vio, la puerta de la subdimensión seguía allí. Intacta y abierta. Eso la detuvo, extrañada frunció el ceño, se levantó y cruzó el umbral.
La gran sala se desplegó ante ella… y allí estaba Hunt, a pocos pasos, girándose justo en ese momento, como si estuviera a punto de ir a buscarla. Selene se quedó quieta, sorprendida. Antes de que pudiera decir nada, Hunt sonrió y le tendió la mano.
■— Ven.―
Ella la tomó sin pensar. Fue entonces cuando vio, detrás de él, a Neo y a Dalia. Hunt la llevó hasta el centro de la sala donde, Neo y él se cruzaron en el camino y chocaron los puños con un gesto rápido. Luego, sin una palabra, Neo se llevó a Dalia hacia una esquina y Hunt condujo a Selene hacia la pared opuesta. Selene miró por encima del hombro a Dalia, con una expresión clara. ¿qué está pasando? Dalia le devolvió la mirada, igual de perdida, y se encogió ligeramente de hombros.
Cuando Hunt se detuvo, Selene volvió a mirarlo. Él respiró hondo… y se arrodilló. Hunt sacó un anillo y lo sostuvo entre los dedos, mirándola directamente a los ojos. No hubo discurso largo. Selene sintió cómo las piernas le fallaban y, antes de darse cuenta, se desplomó de rodillas frente a él, llevándose una mano al pecho. En ese instante, un grito rompió el aire.
― Dalia —¡SÍ! ―
Selene giró la cabeza y vio a Neo con la mano extendida, con el anillo en mano, y a Dalia prácticamente saltándole encima, riendo, llorando, diciendo que sí a todo. Selene volvió la mirada a Hunt, con los ojos empañados, y asintió con fuerza.
― Selene — Sí.— Dijo, casi sin voz.
Hunt le colocó el anillo con cuidado. Luego ambos se pusieron en pie y se acercaron a Dalia y Neo. Todavía un poco aturdida por la velocidad de todo Selene aún se estaba limpiando los ojos cuando Hunt sacó otro anillo, esta vez de oro dorado, y se lo dio a Dalia. Neo hizo lo mismo con Selene.
No necesitaron explicaciones. Selene colocó el anillo en el dedo de Hunt. Dalia hizo lo mismo con Neo. El gesto fue simple… y definitivo. Se felicitaron, se abrazaron mutuamente, el aire de la sala parecía más ligero, como si algo se hubiera asentado por fin.
― Durman —¿Por qué están gritando? ―
Astrid estaba a su lado, con una expresión curiosa. Dalia, aún emocionada, alzó la mano y les mostró el anillo con orgullo.
― Dalia — Mamá, mira. ― Astrid se acercó, lo observó… y luego miró a Neo y a Hunt.
― Astrid — ¿Y eso?―
En este mundo, los anillos no significan nada especial. Neo tomó la palabra, con calma. Explicó que, para ellos, el anillo no era un adorno, para demostrar su poder económico. Era una promesa de amor que no se podía romper. Una entrega mutua, no posesiva, sino que de elección diaria. Un círculo sin principio ni fin, como el compromiso que asumían ante Dios… y entre ellos. No habló de rituales ni de fórmulas, solo del sentido. Astrid escuchó en silencio. Luego le dio un leve golpe con el codo a Durman.
Durman entendió a la perfección ese (Yo también quiero.) resopló, miró a Neo… y Neo asintió. En ese momento apareció Sena, y hubo que explicarle todo desde el principio. Entre preguntas, risas, comentarios cruzados y esa felicidad sincera y pura, que Neo odio sentir al saber que rompió todas sus promesas. Antes de que se dispersaran, Dalia miró su anillo con curiosidad.
― Dalia —¿Y qué pone dentro?―
■— En el tuyo pone: Dalia, propiedad de Neo. ―
●— Y en el mío. —añadió Neo — : Neo, propiedad de Dalia. ― Selene frunció el ceño y examinó el suyo.
― Selene — El mío no pone eso… hay como símbolos raros.― Neo sonrió.
■— Ese es el nombre real de Hunt. ― Eso desató el caos.
Todos preguntaron a la vez por los nombres reales de Neo y Hunt. Cuando los dijeron, el grupo intentó repetirlos… sin éxito. Sonaban imposibles, enredados, como si la lengua se negara a obedecer. Durman en cambio negó con la cabeza.
― Durman —Yo te voy a seguir llamando zagal. ―
Entonces Lisa apareció en la puerta, con las manos en las caderas.
― Lisa — Todo muy bonito, pero hay que desayunar. Algunos tienen un día muy ajetreado.―
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com