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Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 55

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Capítulo 55: Rumores en el comedor

El día ocho de la semana suele ser tranquilo, obligatoriamente se debe visitar el templo de Tolmas por la mañana y continuar con las labores cotidianas por la tarde. Sin embargo, aquella mañana el aire estaba cargado de ambición, curiosidad… y competencia.

Aunque no había asistido al rezo ni en el templo principal ni en el pequeño de la universidad, Dalia salió de su despacho, pocos minutos después, de la finalización de la reunión religiosa. A partir de ese momento le esperaban cientos de reuniones con profesores para organizar la planificación de las clases.

A sus veinticinco años ya no era solo una joven profesora, era una de las mejores talladoras rúnicas del reino. Y eso la convertía en alguien muy solicitada.

Durante la mañana atendió a tantos jóvenes como pudo. Pasó de una tutoría a otra, entre reuniones privadas y consultas técnicas. Algunos profesores jóvenes, apenas mayores que sus propios alumnos, intentaban que revelara alguno de sus secretos. Los estudiantes de último año, en cambio, buscaban excusas torpes para alargar la conversación y pasar un poco más de tiempo con ella.

Ella sonreía, respondía con educación o desviaba la conversación cuando era necesario. Inconsciente de lo que hacía, a veces se acomodaba el cabello o giraba ligeramente la muñeca, dejando que la luz se reflejara en su anillo.

En ocasiones jugaba con él mientras escuchaba, otras veces lo dejaba apoyarse suavemente sobre la mesa, ocasionando un leve sonido. Las miradas siempre terminaban posándose en el anillo, aunque nadie se atrevía a preguntar por él.

Sobre el medio día, mientras cruzaba el patio principal, un grupo de jóvenes la observó desde la lejanía. Tenía prisa por llegar al comedor ya que apenas disponía de una hora para comer.

— ¿Esa no es la que talla en cristales de Magiston? — Dijo el hijo de un noble de la capital.

— Las de segundo la llaman la inconquistable. ―

— No es tan fea como dicen… atentos, voy a ir a por ella. ―

Antes de que Dalia pudiera esquivarlos, los chicos se acercaron y terminaron rodeándola con la excusa de preguntar sobre la talla rúnica. Ella respondió con la cortesía justa, intentando continuar su camino, pero cada vez que daba un pequeño paso alguien volvía a interponerse.

Tras unos minutos, la sonrisa educada empezaba a tensarse en su rostro. Uno hablaba de alianzas académicas, otro de linajes, y otro mencionó directamente el matrimonio, como si ella fuera un premio que pudiera negociarse entre varios.

— Profesora, si me permite invitarla a almorzar… ―

— Creo que aún no he tenido el placer de conocerla adecuadamente… ―

— Sería un desperdicio que alguien como usted… — Dijo uno mientras intentaba tomarle la mano.

Dalia retiró la mano y dio medio paso atrás. Los jóvenes la arrinconaron todavía más, Dalia estaba a punto de terminar de conjurar un hechizo de viento para apartarlos, pero una mano firme los separo.

●—Dalia… Vamos. ― Neo tomó su mano y la sacó del corrillo.

El grupo se abrió con un silencio espeso. Uno de los jóvenes intentó sujetar a Dalia del brazo, pero Neo reaccionó antes, la apartó con suavidad y la colocó detrás de él.

— ¿No ves que está hablando con nosotros?, plebeyo. ― Dijo un muchacho sonriendo con desprecio.

Neo negó con la cabeza, pero al no recibir respuesta, el joven noble, sintiéndose superior, desenvainó en un instante, dejando la punta de la espada a un palmo del pecho de Neo.

A su alrededor, las manos de sus amigos se tensaron sobre las empuñaduras. Antón, sin apartar la vista de la escena, apoyó la mano derecha sobre el mango de su espada, listo para lo que pudiera pasar.

Neo en cambio no retrocedió, dio un paso al frente y, con una sola mano, apartó la espada hacia un lado. Sin brusquedad se inclinó ligeramente hacia el joven.

●— Las espadas no se desenvainan por orgullo. ― Dijo apenas susurrando.

Ambos se sostuvieron las miradas, hasta que el chico bajo la espada. La giró y la tomó con la otra mano preparándose para atacar desde abajo, pero Neo, sin esfuerzo la agarró del pomo, impidiéndole que la blandiese.

●— Yo sí tengo algo que proteger. ― Dijo mientras hacia un gesto hacia Dalia. — Y tu título no me va a detener. ―

El muchacho tragó saliva, mientras intentaba soltar la espada de la mano de Neo. Pero en ese momento el profesor de los chicos pasó cerca de ellos. Vio desde la lejanía el emblema de la marquesa en el hombro de Antón y esperando lo peor decidió parar aquella escaramuza de jóvenes.

—¡Envaina ahora mismo! — Ordenó desde la lejanía.

El joven dudó un segundo. Mientras el profesor se acercaba, Neo soltó la espada y el chico la volvió a levantar apuntándole nuevamente.

― Este plebeyo… ― Dijo el joven noble antes de ser interrumpido por el profesor.

— Disculpad. El festival altera los ánimos. ― Dijo el profesor agarrando a Neo por el hombro.

●— Él chico solo quería enseñarme su espada. ― El profesor lo miró entonces con más atención.

Antón aprovechó el momento para acercarse, empujando con firmeza a dos de los muchachos que estaban a punto de desenvainar. Se acerco al joven noble y bajo la espada.

― Antón — Un caballero no apunta el filo al pecho de otro para presumir su espada. Esa postura es incorrecta.―

—¿Cuántas veces tengo que decirte que así no se presenta una espada?― Dijo el profesor.

Con un movimiento limpio, desarmó al joven y tomó el arma.

— Si vas a mostrarla, hazlo así. ―

Giró la hoja con una técnica impecable, sujetando el mango con la izquierda y el filo con la derecha.

—Disculpe. El muchacho…― Antón sostuvo su mirada un segundo.

― Antón — No pasa nada. Así son los chicos de su edad, ¿Quién es aquel que en sus años jóvenes no cometió errores? ―

― Dalia — Pues… Neo fue aprendiz de Durman. ―

El profesor sabía quién era Durman y su extraña obsesión de no aceptar aprendices, además, de la complicada relación de Durman con Dalia.

— Entiendo, disculpe señor… ―

●― Neo. ― Le dio la mano al profesor.

Durante unos segundos el profesor y Neo acapararon la espada, sacando a relucir errores de uso.

― Ves estas marcas son por tus manías, ahora mismo vas a volver al pabellón a entrenar y vosotros cuatro también. ― Los jóvenes se quedaron perplejos ante la seriedad el profesor. ― ¡AHORA¡ ― Sin decir nada más, se llevó al grupo.

Él joven giró antes de marcharse mientras, su profesor, los reñía por sus acciones. Sus ojos bajaron sin querer a la mano de Neo. Se paro en seco al ver el oro del anillo y al ver el de Dalia, el tono rosado no se parecía al cobre, era una mezcla rara y preciosa.

—Ese color…―

—Solo alguien cercano a Durman podría…― Murmuró uno de sus compañeros.

Ninguno se atrevió a terminar la frase ni siquiera el profesor.

Antón a su vez indicó “sutilmente” a Dalia y a Neo que prosiguieran con su camino, angustiado sabiendo que aquella incidencia debería ser notificada a la marquesa con la mayor brevedad. El joven en cuestión era el hijo del marques de una de las 5 ciudades más importantes del reino.

― Dalia — Has sido muy duro con ellos. — Dijo, con una sonrisa ladeada.

●— Bueno… supongo… ― Ella bajó la mirada al anillo y lo giró lentamente con el pulgar.

― Dalia — Estas cosas o escenitas no se pueden hacer aquí. — murmuró. — Ahora pensarán que soy… peligrosa. ―

Neo se paró, la miró y sin previo aviso le acarició la mejilla.

●— Lo eres. Lo de anoch… ― Dalia le dio un golpe en el brazo para que se callara.

●― Pero porque me pegas, si la que los iba a enterrar vivos eres tú. ―

― Dalia ― A… te refieres a eso… ―

Antón carraspeó levemente, sin intervenir. Comenzaron a caminar de nuevo y tras unos pasos, Antón habló en voz baja casi susurrando.

― Antón — Esta vez ha terminado bien. ― Neo lo miró de reojo.

●— Al final solo estaba presumiendo, ¿no? ― Antón tardó un segundo en responder.

― Antón — Digamos que solo fue eso… ―

― Dalia ― Dejad de hablar tenemos que ir rápido al comedor, que no me queda mucho tiempo para comer. Y Astrid nos está esperando. ―

Las puertas del comedor no suelen estar abiertas a la hora de comer, sobre todo en esta época del año, pero gracias a este error, Neo pudo ver desde la entrada, como a su derecha se extiende la zona de los alumnos, con largas mesas rectangulares. Y, a la izquierda, elevado unos dos metros sobre el suelo del resto del comedor, estaba el estrado de los profesores. Donde las mesas cuadradas, más separadas y con sillas de respaldo alto dominaban el espacio.

Al fondo de la sala, en la pared opuesta a la entrada, varios sirvientes atendían, lejos de la ajetreada cocina que apenas se veía a través de los enormes cristales de la ventana horizontal. Los sirvientes se dividían para atender a dos filas una larga para los alumnos y la otra, casi vacía, para los profesores.

Neo entró por la izquierda de la puerta, y Dalia entró por la derecha. Durante unos pasos caminaron separados por el marco de la entrada. Entonces Dalia deslizó su brazo entre el costado de Neo y el brazo que tenía escondido dentro de su gabardina. El anillo de su mano quedó perfectamente visible. Neo frunció apenas el ceño ya que aquella postura siempre le resultaba incómoda. Sacó el brazo y tomó la mano de Dalia con naturalidad, provocando cuchicheos entre las mesas cercanas.

Entre las mesas comenzaron a levantarse murmullos. Una estudiante de Anita señaló discretamente hacia él y comentó que ese era Neo. Otra chica, que venía de otra ciudad, repitió el nombre con curiosidad, intentando recordarlo. Alguien añadió en voz baja que era uno de los que habían humillado al grupo de matemáticas, aunque parecía demasiado joven para tener esa reputación. Un poco más atrás, en otra mesa, la conversación había tomado otro rumbo, una chica se inclinó hacia su compañera y preguntó si Dalia llevaba un anillo. La otra respondió que sí, pero entonces ambas se quedaron mirando con más atención y al cabo de un momento, una murmuró con sorpresa que él también llevaba uno.

Cuando Neo, Dalia y Antón llegaron a la recepción, ya no quedaba nadie esperando. Sobre la mesa había varios platos de muestra. La sirvienta inclinó la cabeza.

— ¿Qué va a desear, profesora Dalia? ―

― Dalia — El primer plato. ― Dijo señalándolo.

― ¿Solo el primero? ―

― Dalia ― Si, tengo prisa que luego tengo una reunión con la directora… ―

Neo los analizo todos buscando el mejor, hasta que dio con el plato de los alumnos, un buen trozo de carne con apenas verduras.

●— ¿Y tú? —

― Antón — Pediré luego.―

●— No digas tonterías, que yo te invito. ―

Antón observó el segundo plato un instante y, con un leve movimiento de cabeza, indicó que quería ese.

●— Dos de esos. ― La mujer se extrañó.

― Disculpe los alumnos deben pedir en la… ―

― Dalia ― No no. no pasa nada están conmigo, este es mi… ― Dijo levantando una mano. ― …marido y su amigo. ― Dijo algo avergonzada.

― Disculpe me, que fallo. ― Dijo la mujer alterada, temiendo haber ofendido. — Son nueve de cobre en total.―

Neo metió la mano en el bolsillo, sacó una moneda de plata y la dejó sobre la mesa. La joven buscó una moneda de cobre para devolver el cambio, pero Neo lo rechazó discretamente levantando la mano.

— Gracias, señor. ― Saco un pequeño triángulo de madera con un número grabado y se lo entrego a Dalia. — Esperen en el estrado, señorita Dalia. Ahora les llevaremos la comida.―

― Neo Dalia — Muchas gracias. Que tenga muy buen día. ― La sirvienta se quedó un momento mirándolos.

— Gracias… ―

●― ¿Desde cuándo dices tu esto…? ―

― Dalia ― Te lo escuche decir, ese día de compras, y me pareció un buen gesto. ―

Mientras se alejaban, Antón observó la escena de reojo. No solo era la moneda, era el tono y la forma en que Neo influía en los demás. Cuando volvió a mirar al frente, Neo y Dalia ya estaban subiendo las escaleras hacia el estrado de los profesores. Desde aquella altura se dominaba casi todo el comedor.

Mientras Neo, Dalia y Antón cruzaban el estrado entre las mesas. Al pasar, el aroma del jabón se percibía sutilmente, pero, lo bastante para llamar la atención. Varias conversaciones se apagaron y algunas miradas se volvieron hacia ellos, los susurros empezaron a correr de mesa en mesa, que ese era Neo, el antiguo discípulo de Durman, que había inventado algo para copiar documentos, el nuevo juguete de la marquesa. La imprenta. Pero pronto las miradas se detuvieron en los anillos, el suyo y el de Dalia, y el tono de los murmullos cambió. Algunos se preguntaban si sería noble, otros negaban con la cabeza, diciendo que aquel nombre no les sonaba. Desde una mesa cercana, dos profesores de otra ciudad los observaban con atención.

En una mesa del fondo, junto a la pared, Astrid estaba sentada con otras tres mujeres, Elara Varnhelm, Silvia Oak y Lyra Axebright. Las cuatro conversaban con tranquilidad hasta que Astrid levantó la vista y vio a Dalia, entonces sonrió. Un instante después, al cruzar la mirada con Neo, alzó una ceja.

― Astrid — Vaya. ― Neo levantó una mano a modo de saludo.

●— Buenas. ―

― Astrid — No sabía que el marido de mi hija iba a acompañarnos hoy. ―

Neo se sentó sin darle demasiada importancia y Dalia tomó la silla a su lado. Astrid miró a Antón lo reconoció de inmediato, se acercó a él y señaló otra silla al lado de Neo.

― Astrid — Hay más sitio. ―

― Antón — Prefiero…― Dijo buscando otro sitio, no muy lejano.

― Astrid — Sentándote con nosotros es menos sospechoso. — Dijo casi susurrándole.

Las tres profesoras de la universidad y esposas de maestros de gremio observaban con curiosidad.

― Lyra — Hace mucho que no te veo Neo. ―

●— ¿Desde aquel día no? ― Dijo extrañado.

― Silvia — Hemos oído hablar bastante de ti últimamente. ― Dijo mirando a Dalia.

●— Eso nunca es bueno. — Respondió Neo riéndose.

― Elara — Aun me sorprende que Durman te eligiera de aprendiz. ― Dijo apoyando un codo en la mesa.

●— Ya no lo soy. ―

― Astrid ― No todo lo a aprendido de Durman. ― Sus ojos bajaron a sus manos. — Por ejemplo… tu forma de pedir matrimonio. ―

― Silvia — ¿Ese es el oro rosa del que hemos escuchado hablar toda la mañana? ―

●— Solo es una mezcla bonita. ― Lyra miró la mano de Dalia.

― Silvia — Pero es bastante bonito. ―

― Elara ― Yo diría que es precioso —

Astrid extendió la mano hacia Dalia.

― Astrid — Déjame verlo. ―

Extendiendo la mano se lo entregó. Astrid lo tomó de tal manera que no dejaba ver las inscripciones de dentro.

― Lyra — Este oro es precioso. — murmuró y luego mirando a Neo. — ¿Y el tuyo? ― Neo se lo quitó y se lo pasó.

Astrid sostuvo ambos anillos entre los dedos, colocándolos de forma que el interior quedara cubierto por su mano. Las tres mujeres se inclinaron un poco para ver mejor.

― Silvia — El color es precioso. ―

― Lyra — Nunca había visto oro así. —

Astrid giró ligeramente el anillo de Dalia.

― Silvia —¿Cómo lo has hecho? — preguntó levantando la cabeza.

Neo levantó los hombros.

●— Probando cosas. ―

― Lyra —Eso no responde nada. —

●— Es la respuesta real. ― En ese momento un sirviente llegó con los platos.

Colocó primero el de Dalia y luego los otros dos.

●— Muchísimas gracias. ―

—Que aproveche, señor.―

●— Muchas gracias. Se ve perfecto.―

―Se lo diré al cocinero. ―

El sirviente se marchó y Silvia lo siguió con la mirada un momento.

― Silvia — Eres muy educado con los sirvientes.―

●— Al fin y al cabo, Trabajan al igual que nosotros. ―

― Lyra ― Bueno… ¿Entonces cómo te propuso matrimonio? ―

Dalia se levanto ligeramente sobre la mesa y las tres mujeres se levantaron para escuchar con atención.

― Dalia ― Os acordáis de esa sala… ― Dijo susurrando. ― Me llevo ahí y se puso de rodillas y sacando el anillo me preguntó si quería ser su esposa… ―

― Silvia ― Neo… pero que, atrevido… ―

Mientras las cuatro mujeres hablaron sobre los anillos y la propuesta de matrimonio, Dalia seguía comiendo y respondiendo con prisas.

― Antón ― ¿De qué sala estar hablando? ― Dijo susurrando a Neo.

― Astrid ― La sala de invitados. ― Dijo susurrando desde atas asustándolo.

Al terminar Dalia se levantó, poniéndose de vuelta el anillo y se despidió de las cuatro.

― Dalia ― ¿Esta noche llegaras pronto a casa? ― Dijo mirando a Neo.

●― De echo tengo un encargo entre manos con Durman. ―

― Dalia ― Vale, nos vemos luego. ― Se acerco a Neo y le dio un beso en la mejilla.

Neo se puso rojo y casi temblando de la vergüenza recolocó las dos sillas y se despidió de las cuatro mujeres.

Por la tarde, mientras Neo estaba concentrado en fundir más oro, Hunt limpiaba y preparaba los moldes cuando Durman apareció. Tras una breve explicación los golpes empezaron a resonar mientras, Durman observaba, frunciendo el ceño.

― Durman — No, no, no… — Dijo finalmente. — Ese anillo es solo oro, no puedes tratarlo como el de la mezcla del anillo de Dalia. Lo estás golpeando demasiado, se puede dañar. ―

Neo soltó un suspiro y paró un segundo.

■― ¿Lo quiere hacer Usted? ―

― Durman ― no… ―

●― Pues calla, y por cierto no es oro puro. ― Durman levantó una ceja, expectante.

― Durman —¿En serio?… dejando eso de lado, que tan difícil fue tomar la medida del dedo de Astrid. ― Neo hizo un gesto con la mano hacia arriba.

●— Sí… bueno, es casi la misma medida que la de Dalia. ―

― Durman — Entonces no hay problema… y perdón, no quería reprochar. ―

●— No pasa nada. — Replicó. — Solo te aviso que le dije a Dalia que nunca trabajara con el anillo puesto. Es peligroso. Antes se arrancaría el dedo que el anillo. ― Durman negó con vehemencia.

― Durman —Eso no va a pasar, tendré cuidado. ― Neo alzó una ceja.

●— Sí, mi tío dijo eso, y ahora solo puede contar hasta nueve… ― Durman bufó, resignado.

■― A… Por eso le falta el dedo… No lo sabía. ―

― Durman —… mejor me lo quito mientras trabajo.― Neo asintió, un poco satisfecho, y añadió con tono práctico.

●— Se puede comprar un collar o algo, pero aun así trabajar con un anillo o collar es superpeligroso. Para las chicas o Astrid puede funcionar, pero para ti es un riesgo innecesario. ―

Tras unas horas, Durman por fin se lo colocó en el dedo, lo giró, lo observó desde todos los ángulos, y finalmente asintió satisfecho. Neo limpió la superficie del anillo y comenzó a grabar el nombre de Astrid con pulso firme, mientras el oro aún tibio reflejaba la luz del taller. Cada trazo era preciso, uniendo la técnica con el afecto y la confianza que había en aquel taller familiar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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