Dos ingenieros en otro mundo - Capítulo 9
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- Capítulo 9 - 9 La prueba de Neo
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9: La prueba de Neo 9: La prueba de Neo El sonido del metal contra la piedra resonó en el taller… y, tal como predije, la hoja se partió en múltiples fragmentos, esparciéndose por el suelo.
— Durman — …Hmph.
—Se agachó y recogió un pedazo de la hoja rota, observándola de cerca.
— Durman — Bueno, no voy a decir que era perfecta… pero la culpa es del material, no de mi forja.
Me encogí de hombros.
●— Nunca dije que tu técnica fuera mala.
Dije que el acero era una mierda.
— Durman gruñó, pero una sonrisa divertida cruzó su rostro.
— Durman — Entonces, zagal, si eres tan listo… haz tú una daga en condiciones.
— Me crucé de brazos, pensando un segundo.
●— ¿Una daga?
No.
Voy a hacer algo mejor.
— — Durman — ¿Ah, sí?
¿Y qué vas a hacer?
— ●— Una Falx Dacia.
— — Durman — ¿Falx qué?
— Frunciendo el ceño.
●— Un arma diseñada para destrozar armaduras y cortar con facilidad.
— — Durman — Pues manos a la obra.
— El hombre no espero, se puso manos a la obra.
Mientras un lingote de acero comenzaba a calentarse en el horno, le pedí prestado un trozo de pergamino y dibujé el diagrama hierro-carbono.
Quería dejar por escrito los cálculos necesarios y las proporciones para crear el mejor acero.
Durman se inclinó sobre mi hombro, observando con el ceño fruncido.
— Durman — ¿Qué demonios es eso?
— ●— La verdad sobre el acero.
— Le expliqué cada punto del diagrama, desde la fase ferrítica, los punto eutécticos, eutectoides… hasta la formación de perlita, de vez en cuanto lanzaba preguntas, que le causaban más dudas que.
Para cuando terminé, el hombre parecía más interesado de lo que quería admitir.
— Durman — Hmph… Jodido, zagal.
¡¡NO ENTIENDO NI LA MITAD DE LO QUE HAS DICHO… PERO !!
¡¡ has despertado una bestia dentro de mí ¡¡ quiere probar todos los aceros que me has descrito.
Me dio una buena palmada en la espalda.
(Seguramente me dejo marca) — Durman —Saca ese lingote y empieza, demuéstrame que no solo sabes balbucear.— ●— Ya verás el resultado.
— Con el metal al rojo vivo, tomé el martillo y me preparé para forjar una Falx Dacia que le volara la cabeza a este herrero.
El metal al rojo vivo brillaba con un resplandor anaranjado dentro del horno.
Mis manos se movían con precisión mientras lo sujetaba con las tenazas y lo colocaba sobre el yunque.
El martillo cayó por primera vez.
El golpe resonó en todo el taller, marcando el inicio del proceso.
Sabía que esta no era una espada común.
La Falx Dacia tenía una curvatura agresiva, su filo diseñado para cortar con una fuerza devastadora.
Cada impacto del martillo deformaba el metal, dándole la silueta que tenía en mente.
El proceso era meticuloso: calentar, martillar, volver a calentar.
Durman no se quedó callado ni un segundo.
Se movía a mi alrededor, observando cada paso con atención.
Al principio, pensé que solo estaba mirando, pero pronto empezó a darme consejos.
“Golpea más cerca de la base.” “No dejes que el metal se enfríe tanto antes de volver a trabajarlo.” “Esa curva necesita más tensión, si no perderá equilibrio en el corte.” “Endereza el lomo antes de seguir martillando.” Al principio, lo ignoré.
Sabía que tenía razón en muchas cosas, pero estaba intentando seguir mi propio método.
El problema era que no paraba.
“Eso está demasiado delgado.” “Vas a necesitar reforzar el lomo.” “Ese temple no va a funcionar.” ●— ¡Calla de una vez, Durman!
— El taller se quedó en silencio.
Por fin, pude seguir trabajando sin interrupciones.
Los ciclos continuaron: calentar, martillar, enfriar.
La estructura de la Falx tomaba forma.
Sus curvas agresivas contrastaban con la simetría de la hoja.
Cuando la estructura estuvo lista, afilé el filo con paciencia.
Cada roce contra la piedra de afilar producía un sonido áspero, pero satisfactorio.
Finalmente, la Falx Dacia estuvo terminada.
La sostuve en mis manos y la observé con detenimiento.
No era perfecta.
Las proporciones podían afinarse, los acabados mejorarse, la técnica pulirse.
●— Puede que yo no tenga tu talento y que me falte mucho por pulir… — Durman me quitó el arma de las manos antes de que pudiera colocarle el mango.
La sujetó con ambas manos, analizando cada centímetro.
Sus dedos recorrieron el lomo y el filo.
Sus ojos no reflejaban desprecio ni burla.
Solo puro interés.
— Durman — Tienes razón… No es la mejor espada que he visto.
— Levantó la Falx con una risa siniestra.
— Durman — Pero quiero probarla.
— Seguí a Durman fuera del taller, cruzando un pasillo de piedra hasta un amplio patio interior.
El cielo teñido de tonos naranjas y púrpuras anunciaba el final del día.
Las sombras se alargaban sobre el suelo de piedra, mientras los últimos rayos de sol caían sobre los muros de la ciudad.
Durman iba adelante, sosteniéndola con una sola mano.
Cada paso que daba hacía que el filo reflejara la luz del crepúsculo, proyectando destellos dorados y rojizos sobre los rostros de quienes nos esperaban.
(tarde unas 8 horas y ya eran más o menos las 21:00 de la noche) — Emordis Thalas— ¡DURMAN MALDITO ZAGAL MAL AGRADECIDO, TE LLEVAMOS ESPERANDO MUCHO TIEMPO!
— — Durman — Tu espera aquí.
— Me quede apoyado en una pared mirando.
Allí nos esperaban varias personas.
(Los analice a todos de un vistazo rápido) — La esposa de Durman ( Astid ), una mujer con una presencia imponente, observándonos con los brazos cruzados.
— Su sobrina( Dalia ), que parecía igual de enfadada que Astrid.
— Un grupo de herreros, aprendices y veteranos, que esperaban para hablar con Durman.
— Cuatro sirvientes, tanto hombres como mujeres, que se detuvieron al vernos salir.
(Peter, Heny, Eliza y Joan) Durman entro en una conversación un tanto tensa con todos los presentes, antes de nada, se disculpó ante Emordis, que parecía muy enfadado con él.
Durman y yo intercambiamos miradas, no había duda.
Estaba a punto de poner a prueba la Falx Dacia.
Con una sonrisa confiada, llamó a uno de los aprendices.
— Durman — ¡Eh, Taron!
Ve a buscar la última espada que hiciste ayer.
— El muchacho, un joven delgado, asintió y salió corriendo.
(Debe ser su mejor trabajo hasta la fecha.) Pocos minutos después, Taron regresó, jadeando, con una espada envainada.
Durman la tomó, sacándola de su funda con un sonido metálico limpio.
Era una espada recta, con buen filo y sin imperfecciones visibles.
— Durman — Nada mal… Veamos qué tal se sostiene ante esto.
— Durman clavó la espada de Taron en un gran tocón de roble.
Luego, se irguió con toda la teatralidad posible, inflando el pecho y rodando los hombros como si se preparara para un esfuerzo colosal.
Los herreros y aprendices contuvieron la respiración.
Taron, el pobre aprendiz, apretó los puños con nerviosismo.
Durman alzó la Falx con ambas manos, haciendo una breve pausa, como si estuviera acumulando toda su fuerza.
El aire pareció tensarse.
Y entonces… Bajó la Falx con un movimiento limpio y seco.
La espada de Taron se partió en dos sin ofrecer resistencia alguna.
Los fragmentos metálicos golpearon el suelo con un sonido hueco.
Un silencio absoluto domino el momento durante unos intentes antes de achuchar la reacción de Taron.
(Taron casi se echó a llorar.) Los demás tragaron saliva.
Durman observó la Falx con calma, dándole un par de vueltas en la mano.
Luego, con una sonrisa satisfecha, la levantó para que todos la vieran.
— Durman — Ni un rasguño.
Ni una mella.
Nada.
— — Durman — Esta espada es única.
— Sus ojos recorrieron a los presentes, su sonrisa se ensanchó.
— Durman — ¿Quién la quiere probar?
— Y entonces el silencio se rompió y la locura comenzó.
Todos los hereros incluidos los más veteranos salieron corriendo al grito de “mi espada es mejor”.
Uno a uno, los herreros regresaban con sus mejores espadas.
El patio estaba iluminado únicamente por la luz de las antorchas y la tenue claridad del cielo nocturno.
El sonido de pisadas apresuradas resonaba en los pasillos de piedra.
Durman los esperaba en el centro del patio.
El primer herrero clavó su espada en el tocón de roble.
Durman alzó la Falx y, con un solo golpe, la partió en dos.
Los fragmentos cayeron al suelo.
Un segundo herrero hizo lo mismo con su arma.
Durman repitió la acción sin esfuerzo.
Espada tras espada, la Falx las destrozaba sin resistencia.
La multitud observaba en silencio.
Incluso los aprendices, que al principio estaban escépticos, ahora miraban con los ojos bien abiertos.
Finalmente, un hombre de cabello canoso y porte imponente dio un paso adelante.
El anciano herrero caminó con paso firme hasta el tocón de madera, sosteniendo su espada con la misma solemnidad con la que un sacerdote llevaría un relicario.
Sin titubeos, la clavó en el tronco y la dejó allí de pie, reflejando la luz de las antorchas.
Durman observó la espada con el ceño fruncido.
No era como las anteriores.
No tenía adornos innecesarios, ni detalles exagerados.
Era simple, pero su presencia era abrumadora.
El silencio en el patio se volvió pesado.
El aire nocturno era fresco, pero nadie se movía.
Durman soltó un resoplido y se pasó una mano por la barba.
Infló el pecho, rodó los hombros y alzó la Falx con ambas manos, preparándose para el golpe definitivo.
Los herreros observaban sin pestañear.
Algunos tenían las mandíbulas apretadas.
Taron, el joven aprendiz, casi parecía contener la respiración.
La Falx subió con elegancia.
Durman mantuvo la postura un segundo, dejando que la expectación creciera.
Entonces, bajó la hoja en un solo movimiento descendente.
El sonido del impacto fue distinto.
El filo de la Falx no pasó limpiamente a través de la espada del veterano.
No la cortó como las anteriores.
La Falx se incrustó en la hoja rival y, por un instante, pareció que nada más pasaría.
Luego, con un crujido seco,(creo que hasta pude sentir las vibraciones).
Y entonces, mi arma se partió en dos.
Los fragmentos de la Falx cayeron al suelo con un sonido hueco.
La hoja del veterano seguía en su sitio, clavada en el tocón.
Solo una mella en forma de “V” mostraba que había resistido el golpe.
El silencio fue absoluto.
Durman parpadeó, atónito.
El veterano sonrió levemente.
— Emordis — Parece que ninguno de los dos ganó, esa espada es capaz de dañar una espada santa.—dijo, con la calma de alguien que ya sabía el resultado antes de empezar.
— Durman soltó una carcajada y los demás herreros quedaron atónitos por el tipo de espada que trajo el anciano.
(No sé, de que están hechas las espadas santas, pero son mejores que el acero) — Durman —¡Joder, zagal!
Esa espada resistió más que cualquier otra aquí.
¡Pero aún tienes trabajo por hacer!
— Las palabras parecieron romper el bloqueo mental de los demás.
De inmediato, los murmullos estallaron como una tormenta.
— Herrero — ¿Qué pasó?
¡La Falx era perfecta!
— — Aprendiz — ¡Esto tiene que ser magia!
— — Herrero — ¡Si usaste magia en la forja, es deshonroso!
— — Otro herrero — ¡No puede ser acero normal!
¿De dónde sacaste el material?
— — Aprendiz — ¡Tienes que enseñarnos a hacer esto — Las preguntas llovían desde todas direcciones.
Durman alzó una mano y rugió con fuerza.
— Durman —¡BASTA!
— Todos se callaron al instante.
Me miró con una sonrisa de orgullo y una chispa en los ojos.
— Durman — ¡Este hombre la forjó aquí, en mi taller, delante de mis ojos y en una sola tarde —declaró con voz firme!
Los murmullos volvieron con más intensidad.
Pero antes de que la conversación pudiera continuar, Durman soltó la bomba.
— Durman — ¡Y a partir de ahora lo declaro mi discípulo!
— La multitud quedó en shock.
— Durman — ¡Y quién sabe!
—Durman sonrió aún más—.
— Durman — Puede que incluso mi futuro yerno.
— Todo el aire pareció desaparecer del patio.
Los herreros dejaron de hablar.
Taron casi dejó caer su martillo.
Algunos aprendices me miraron con una mezcla de respeto y lástima.
Dalia parpadeó, como si su cerebro se hubiera desconectado un segundo.
Yo, por mi parte, sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
(¿Pero que..?) Un sonido seco resonó a la derecha.
Me giré para ver que la esposa de Durman había dado un paso adelante.
Hasta ahora había estado observando con los brazos cruzados, sin intervenir.
Pero ahora… tenía una mirada que podría hacer temblar a cualquiera.
— Astrid — Ya basta de jugar con espadas —dijo con voz dura.
Durman se giró hacia ella, abriendo la boca para decir algo, pero no tuvo oportunidad.
— Astrid — Todos a sus casas — sin elevar la voz, pero con una autoridad incuestionable.
— Astrid — Si quieren seguir golpeando metal, regresen mañana.— No hubo protestas.
Los herreros se dispersaron como si su vida dependiera de ello.
Algunos aprendices ni siquiera se despidieron.
Durman se giró hacia su esposa con las manos en la cintura.
— Durman — Astrid ¡Mujer, solo estaba dicie—!
— Dalia —¡Tío!— Dalia, que hasta ahora se había mantenido en silencio, se acercó con paso decidido.
Antes de que Durman pudiera reaccionar, lo agarró de la oreja y tiró con fuerza.
El hombre soltó un gruñido ahogado.
— Durman —¡Agh!
¡Dalia, suéltame, maldita sea!
Ella no aflojó el agarre.
— Dalia — ¡¡¿Te parece bien decidir mi vida delante de media ciudad, ¿eh?!
Durman intentó zafarse, pero no pudo.
— Durman — ¡Solo decía…!
¡Maldición, suéltame!
Los pocos que aún no se habían ido observaban la escena con los ojos bien abiertos.
Yo, en cambio, solo observé en silencio.
(¿Dónde demonios me he metido?) Vale que haya hecho una daga larga o espada corta en pocas horas, que haya superado a herreros con cientos de miles de horas trabajadas…
Eso ya estaba feo.
Pero que el maestro del gremio de herreros me considere digno de ser el prometido de su sobrina… Creo que me he pasado.
— Astrid — No eres de aquí, ¿verdad?, ¿ me dejas ver tu tarjeta de identificación?
— Su tono no era acusador, más bien curioso y analítico.
●— No.
Soy de un pueblo muy lejano.
Un pueblo muy hermético, casi no teníamos nociones sobre el mundo exterior.
Del pueblo no quedo nada, después de un derrumbe de tierra, Hunt y yo fuimos los únicos supervivientes solo porque estábamos cazando en ese momento.
— O esa es la historia que íbamos a contar Hunt y yo si alguien nos preguntaba.
La mentira salió con naturalidad.
Era simple, efectiva y difícil de comprobar.
Astrid apretó los labios, sin apartar la vista de mi tarjeta.
— Astrid — …Debió ser duro.
Y que fue de Hunt.
— ●— No sé, esta mañana cuando me he despertado ya no estaba en la posada.
Llegamos ayer, supongo que ha salido a explorar la ciudad el solo.
— Por un momento, sentí que realmente lo creía.
Luego, me miró con suavidad y deslizó la tarjeta de vuelta a mí.
— Astrid — Ya es tarde.
¿Tienes dónde dormir?
Las posadas seguramente estén cerradas a esta hora.
— ●— No pasa nada.
Me las apañaré.
— Justo en ese momento, mi interfaz vibró con un mensaje entrante.
#■— Hoy no vuelvo a casa, me quedo a dormir con una amigita.
—# #●— No hagas nada que me obligue a ser tío tan joven… y sé un caballero.
—# #■— No soy un salvaje, idiota.
—# Antes de que pudiera agregar algo más, Durman irrumpió en la conversación con su vozarrón.
— Durman — ¡Bah!
¡Puedes quedarte en el cuarto de mi sobrina!
¡A ver si así me convierto en abuelo de una vez por todas!
— — Dalia — ¡Cierra la boca, viejo!
grito mientras acompañaba a la puerta a los hereros.
— Astrid suspiró y fulminó a su esposo con la mirada.
— Astrid — No hagas caso a este bruto.
Tenemos habitaciones de sobra.
Puedes dormir en una de las habitaciones libres si quieres.
— Me quedé en silencio un momento.
Era una buena oferta.
No sabía que las posadas cerraran, siempre podía abrir la puerta de las subdimensión en cualquier lugar para he irme a dormir.
Pero antes de que pudiera responder, Durman me atrapó por debajo del brazo y me arrastró hacia la casa.
— Durman — ¡Nada de pensarlo tanto, zagal!
Primero, a cenar.
Alzó la voz, llamando a los sirvientes.
— — Durman — ¡Peter, Joan, hay que poner la mesa!
¡Eliza, Heny, encended el fuego!
¡Hoy hay que celebrar, ya tengo aprendiz!
— Los sirvientes se pusieron en movimiento de inmediato.
Astrid y Dalia, sin decir una palabra, se dirigieron a la cocina junto a Peter yJoan, mientras Eliza y Heny se dirigieron a un almacén.
Durman me dio una palmada en la espalda y me hizo un gesto para que lo siguiera.
— Durman — Vamos, antes de cenar, tenemos que recogemos un poco el taller.
— No me dejó opción.
Lo seguí, con la sensación de que mi destino en esta casa estaba completamente fuera de mi control.
El taller aún estaba caliente por la fragua, y el olor a metal fundido seguía en el aire.
Durman y yo limpiábamos o recogiendo, en silencio , las herramientas y dejando todo en orden antes de la cena.
— Durman — Bueno, zagal… ¿quieres ser herrero o solo pasabas el rato?
— Me detuve un segundo y apoyé un martillo sobre la mesa de trabajo.
●— No lo sé.
La verdad es que no me disgusta.
— Durman soltó una risa baja y negó con la cabeza.
— Durman — No me digas eso.
Yo lo hice porque no tenía otra opción.
No me hagas sentir que te he metido en esto a la fuerza.
— ●— No, en serio.
Me gusta el… mecanizado.
— Durman frunció el ceño.
— Durman — ¿El qué?
— Lo miré por un momento, dándome cuenta de que la palabra no significaba nada para él.
●— Algún día te lo enseñaré.
— Durman bufó, pero no insistió.
— Durman — Y dime, muchacho, ¿qué hacías en la ciudad antes de entrar aquí?
— ●— Solo exploraba.
Es la primera ciudad que vemos desde que llegamos a este mundo.
— Durman se detuvo un instante y me miró con incredulidad.
— Durman — ¿Me estás diciendo que esta es la primera ciudad que pisas?,¿Este mundo?
— Asentí.
El hombre dejó caer una bolsa de clavos sobre la mesa y soltó una carcajada fuerte.
— Durman — ¡Joder, qué suerte tienes, zagal!
Llegas aquí, entras sin permiso a mi taller y, en lugar de echarte a patadas, te dejo quedarte.
Si hubiera sido otro día, te habría largado a la primera.
— Sonreí levemente y continué organizando las herramientas.
Durman, aun riendo para sí mismo, hasta que encontró unas gafas con un tallado en los cristales escondidas entre los planos de la mesa de diseño.
Las vi y mi instinto analítico se activó al instante.
●— ¿Qué son esas gafas?
— Durman se las puso con calma y habló mientras ajustaba la montura en su rostro.
— Durman — Un artefacto que copio Dalia.
Se supone que te permite ver las estadísticas de las personas.
— ==+-+-+-+== Durman sintió cómo su respiración se cortaba.
Los números y palabras flotaban sobre Neo con una intensidad abrumadora.
📜 [< Edad >] : 29 📜 [< Oficio >] : Enviado de Tolmas 📜 [< Nivel >] : 100 📜 [< Puntos de vida (HP) >] : 690 📜 [< Puntos e magia (MP) >] : 500 ???????
Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error, Error… El cristal de las gafas de Durman se rompió de repente dejándolo sin más lecturas sobre neo.
Durman se cayó de culo en el acto.
Las lentes mágicas comenzaron a vibrar en su rostro, incapaces de seguir leyendo los detalles de Neo.
Las gafas comenzaron a chisporrotear, liberando choros de maná que salían desde las runas, como si la cantidad de información fuera demasiado para manejar.
Durman se quitó las gafas rápidamente, se incorporó de golpe, tambaleándose como si el suelo bajo sus pies hubiera desaparecido por un instante.
Intentó disimular, respirar hondo, pero su pecho se negaba a seguir un ritmo normal.
Su mente era un torbellino de recuerdos recientes: las bromas, la condescendencia, el trato casual…
Había estado riéndose de un enviado de Tolmas.
Su estómago se encogió, un sudor helado recorrió su nuca.
Sus manos temblaban, y apretó los puños para contener el pánico.
Neo era un envido de Tolmas.
Pensó en Astrid, en Dalia, en lo que podría ocurrir si había ofendido a un ser así.
El peso de la revelación lo aplastó; era como mirar a un dios a los ojos y darse cuenta demasiado tarde de su propia insignificancia.
==+-+-+-+== REFLEXIONES DE LOS CREADORES Miret_2O ¡Opinión rápida!
¿Sienten que los capítulos son demasiado largos, demasiado cortos o están en el punto justo?
Quiero asegurarme de que la historia se disfrute al máximo, así que cuéntenme qué les parece el ritmo.
¡Los leo en los comentarios!
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