Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 10
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10: Capitulo 10 10: Capitulo 10 El aire en la trastienda de la librería de Denise era denso, cargado con el perfume de cera de abeja, té de jazmín y el aroma inconfundible del cuero viejo.
Jonar cruzó la cortina de terciopelo azul, dejando atrás el silencio de las estanterías públicas para entrar en un santuario de luz cálida y voces moderadas.
—Llegas justo a tiempo —dijo Denise.
Se acercó a él con un paso grácil, luciendo un vestido de seda esmeralda que resaltaba el brillo de sus ojos bajo la luz de las lámparas de aceite.
Al saludarlo, dejó que su mano descansara un segundo más de lo necesario sobre el antebrazo de Jonar.
Sus dedos eran cálidos.
—Confieso que tengo gran curiosidad por este club —respondió Jonar en voz baja.
Denise sonrió, un gesto que no llegó a ser una risa, pero que encendió un brillo travieso en sus ojos, antes de volverse hacia el grupo.
Sentados en sillones de orejas alrededor de una mesa baja de caoba, se encontraban los otros cinco miembros.
—Señores, ya conocen a nuestro invitado.
Jonar, permíteme presentarte formalmente.
La señora Elara, esposa del mayor comerciante de lana, lo evaluó tras su abanico de encaje.
El Maestre Bram, de manos manchadas de tinta, dueño de una editorial, le asintió con gravedad.
La señora Verna, vestida de un luto impecable, le dedicó una sonrisa melancólica.
Lord Orson, un antiguo magistrado de rostro pétreo, y finalmente Silas, el hijo del burgomaestre, un joven de ropajes excesivamente caros que observó a Jonar con una mezcla de envidia y desdén.
—Estábamos discutiendo —comenzó Lord Orson, carraspeando— el valor de la nueva ola de novelas “caballerescas” que llegan desde la capital.
Esas donde los héroes vencen dragones con un solo golpe de espada.
Personalmente, me parece un insulto.
La literatura debe reflejar el orden, la ley y la historia real, no fantasías para mentes débiles.
—Oh, Orson, no seas tan rígido —intervino Verna—.
El escapismo es una necesidad del alma.
¿Acaso no buscamos en los libros la justicia que el mundo real nos niega?
Denise se sentó en un diván y palmeó el espacio a su lado, invitando a Jonar a sentarse.
Mientras él lo hacía, Denise se inclinó ligeramente hacia él, de modo que el aroma a lavanda de su piel lo envolvió.
—¿Y tú qué opinas, Jonar?
—preguntó ella, rozando “accidentalmente” su rodilla con la de él—.
¿Crees que la ficción debe ser un espejo de nuestra miseria o una ventana para huir de ella?
Jonar sintió la mirada de Silas quemándole el costado.
El joven noble no perdía detalle de la cercanía entre la librera y el extranjero.
—Creo que la buena ficción es una mentira que dice la verdad —respondió Jonar con calma—.
Un dragón en un libro no es solo un monstruo; es el miedo o la codicia.
Si un autor sabe lo que hace, el lector no está huyendo de la realidad, sino armándose para enfrentarla.
—El problema —suspiró el Maestre Bram, mirando sus manos entintadas— es que aquí en Guamez solo somos receptores.
Todo lo que leemos viene de fuera.
De la capital.
Mis prensas solo escupen edictos municipales, impuestos y avisos de defunción.
No hay nada “nuestro”.
—Es verdad —añadió la señora Elara con amargura—.
Somos un pueblo de comerciantes y labriegos.
Tenemos dinero, sí, pero carecemos de voz.
Si mañana Guamez desapareciera, no quedaría ni un solo verso, ni una sola crónica que contara quiénes fuimos.
—Es una aridez intelectual espantosa —sentenció Silas, tratando de sonar sofisticado—.
Aquí no hay autores.
Nadie tiene el refinamiento necesario para escribir algo que valga la pena leer.
Jonar escuchó el pesimismo del grupo.
Vio cómo Denise bajaba la mirada, compartiendo esa sensación.
Fue entonces cuando dejó su taza de té y se inclinó hacia adelante, captando la atención de los siete.
—Tal vez el talento no falta —dijo Jonar, su voz cortando el aire como un cuchillo—, sino la oportunidad.
El talento es como una semilla; no germinará si el suelo es de piedra y nadie la riega.
—¿Y qué propone, señor viajero?
—preguntó Orson con escepticismo—.
¿Que nos pongamos a escribir nosotros?
—Propongo que este club deje de ser solo un grupo de lectura y se convierta en un motor —dijo Jonar—.
Abran una inscripción oficial.
Convoquen a los autores independientes, a los soñadores que escriben a la luz de las velas en sus desvanes, a los soldados que llevan diarios de campaña.
Que traigan sus obras ante este círculo.
Ustedes pueden actuar como jurado.
El grupo se agitó, intrigado.
Jonar continuó, hilando la idea con precisión: —El mejor trabajo será publicado por el Maestre Bram como una edición de lujo financiada por el prestigio de este club.
—Yo podría costear la primera edición —intervino la señora Elara, sus ojos brillando ante la idea de que su nombre figurara como mecenas—.
Sería una inversión en nuestra posteridad.
—Y yo —añadió Denise, mirando a Jonar con una intensidad renovada— pondré ese libro en mi escaparate principal.
Incluso Silas se quedó callado, dándose cuenta de que la idea era brillante y que, por una vez, el extranjero le había robado el protagonismo de forma absoluta.
La reunión continuó durante una hora más, ahora llena de energía y planes.
Cuando finalmente la sesión terminó y los miembros comenzaron a retirarse, Jonar se quedó atrás un momento para ayudar a Denise a recoger las tazas.
—Has agitado el avispero, Jonar —susurró ella.
Se detuvo frente a él, obligándolo a detenerse también en el estrecho espacio tras la cortina.
Haces mucho por este pueblo.
—A veces solo hace falta un empujón —respondió él.
Denise dio un paso más, reduciendo la distancia hasta que Jonar pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo.
Ella levantó una mano y, con una lentitud deliberada, acomodó el cuello del jubón de Jonar.
—No solo eres bueno con las ideas —murmuró ella, su mirada fija en los labios de él—.
Tienes una forma de decir las cosas que hace que la gente quiera seguirte a ciegas.
Jonar sintió la tensión vibrando entre ambos.
—Las historias reales suelen ser más peligrosas que las de ficción, Denise —advirtió Jonar en voz baja.
—Me gustan los peligros —respondió ella con una sonrisa desafiante, antes de retirarse y dejarlo solo con el aroma a lavanda y la certeza de que el concurso de lectura traería a la luz mucho más que simples cuentos.
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El aire en el estudio de Tissaia de Vries vibraba con el zumbido estático del megascopio.
Los cristales de cuarzo, suspendidos en el aire por fuerzas invisibles, giraban lentamente alrededor de un eje central, proyectando una luz azulada que bañaba las estanterías perfectamente ordenadas de la Rectora.
Tissaia ajustó uno de los anillos de plata del aparato con precisión quirúrgica Finalmente, la imagen de Philippa Eilhart se materializó en el centro del campo energético.
La hechicera de Redania apareció.
Su rostro estaba marcado levemente por una inquietud que el megascopio no lograba ocultar.
—Tissaia —la voz de Philippa llegó con un leve eco metálico—.
He vuelto del claro al sur de Tretogor.
El encuentro con Ida ha concluido.
Tissaia entrelazó sus dedos y observó la proyección con ojos analíticos.
—Te escucho, Philippa.
¿Qué ha dicho la sabia sobre la rotura en el tejido?
—Es… más extraño de lo que pensaba —respondió Philippa, y Tissaia notó cómo la imagen de su antigua alumna se tensaba—.
Ida fue clara.
Estamos ante una apertura como la de la conjunción.
Sé que los elfos tienen un… cierto respeto por las profecías, pero lo que Ida mencionó —suspiro Philippa—, —Ida dice que el destino ha cambiado, causado por un extraño.
Lo único que mencionó respecto a este sujeto fueron sus ojos dorados, y que no me enemiste con él.
Entonces resulta que algo o alguien ha cruzado desde un mundo desconocido y ahora ronda por aquí.
¿Qué debemos hacer?
Ciertamente, los elfos suelen tomarse en serio las profecías, más aún aquellas donde su pueblo está involucrado.
E Ida no es cualquier elfo, es una Sabia, domina artes muy antiguas.
Tissaia caminó alrededor del megascopio, observando la imagen de Philippa desde diferentes ángulos.
—Si Ida te ha pedido delicadeza es por algo.
Aun así, la hermandad no puede quedarse de pie mirando cómo alguien de otro mundo pasea como si nada.
Debemos contactar con él.
—Puedo pedir al servicio secreto de Redania que envíe a algunos agentes, que busquen a alguien de ojos dorados.
Lamentablemente, es la única característica que Ida mencionó.
—Bien, por mi parte intentaré recolectar información por medios mágicos, quizás alguna visión que me permita saber su ubicación —dijo Tissaia—.
Me contactaré en cuanto tenga información.
Hasta luego, Philipa.
—Hasta luego, maestra.
Tissaia hizo un gesto con la mano y los cristales del megascopio descendieron suavemente hasta sus pedestales.
La luz azul desapareció, dejando la habitación en penumbra.
La Rectora se quedó mirando el vacío donde antes estaba la imagen de su alumna.
El orden de su despacho seguía intacto, pero por primera vez en años Tissaia de Vries sintió que se encontraba frente a algo desconocido.
—Debemos tener cuidado, no sabemos con quién, o con qué, estamos contactando.
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