Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 11
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11: Capitulo 11 11: Capitulo 11 El silencio en la planta superior de la librería era, a veces, un peso insoportable.
Denise se miraba en el espejo de bronce, ajustándose el corpiño de un vestido de terciopelo verde oscuro que no se ponía desde hacía tres inviernos.
Sus dedos, marcados por pequeñas manchas de tinta y la sequedad del papel viejo, temblaron ligeramente al abrocharse un collar de ámbar.
—Mírate, Denise —pensó con una mezcla de reproche y asombro.
—Pareces una chiquilla esperando su primer baile de mayo.
Se sentó en el borde de la cama y acarició una pequeña imagen pintada que descansaba en la mesita: su hija, en la entrada de la Universidad de Oxenfurt, sonriendo con esa determinación que le recordaba tanto a su difunto esposo.
Él se había ido de repente, un ataque al corazón que lo arrancó de su lado en mitad de una cena ordinaria, dejando un vacío que ella había llenado con estanterías de libros y el cuidado de su hija.
Pero ahora, su hija estaba lejos, estudiando tratados de medicina, anatomía y mucho más; y ella estaba aquí, a sus cuarenta y tantos, esperando a un hombre que parecía haber salido de las leyendas que ella misma vendía.
Jonar era joven.
O al menos, su piel no mostraba las cicatrices del tiempo que ella sentía en sus propios huesos.
Era un hombre de paso, un viajero, alguien cuya mirada dorada siempre parecía estar buscando el horizonte.
¿Qué buscaba él en una viuda que olía a lavanda y pergamino?
Ello lo había observado, de manera poco sutil, desde el primer momento.
Se encontraba a sí misma no pudiendo apartar los ojos de aquel hombre, y Jonar… él sonreía, no apartaba la mirada de ella, no había rechazo en su mirada.
Por eso mismo, y sabiendo que tampoco podría pasar el resto de su vida sin tener contacto con alguien, sintió que podía llegar a pasar, aunque sea por poco tiempo, un buen momento con este enigmático viajero.
El golpe en la puerta de abajo retumbó en su pecho.
Bajó las escaleras con una agilidad que creía perdida, tratando de calmar los latidos de su corazón.
Al abrir, Jonar estaba allí, bajo la luz de la tarde de Redania.
No llevaba su armadura habitual, sino una túnica de viaje de buena factura y una capa que parece mimetizarse con el ambiente circundante.
—Te ves muy bien Denise.
—Eres un adulador —respondió ella, aunque sintió un calor agradable subiendo por su cuello—.
Vamos, antes de que haya aún más gente.
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El circo “La Quimera Saltarina” se había instalado en los prados bajos, fuera de las murallas de la ciudad.
Era un campamento vibrante de colores chillones bajo la luz de las antorchas.
El aire estaba saturado de un aroma embriagador: carne asada con especias de Zerrikania, serrín húmedo, el olor acre de las bestias exóticas y la dulce fragancia de las manzanas caramelizadas.
—¡Pasen y vean!
¡El asombroso Hombre-Oso de las Islas Skellige!
—gritaba un pregonero humano.
Caminaron entre la multitud.
Un grupo de medianos pasaba entre las piernas de la gente haciendo malabares con cuchillos que relucían como relámpagos.
Denis se sentía abrumada, pero la mano de Jonar, apoyada con suavidad en la parte baja de su espalda, la mantenía anclada a la realidad.
Se detuvieron en un puesto de tiro con arco regentado por una elfa de ojos tristes y orejas adornadas con aros de cobre.
—¿Quieres probar, Denise?
—preguntó Jonar.
—Oh, no, yo solo sé clavar agujas en el bastidor de bordar.
—Inténtalo.
Yo te guío.
Jonar se colocó tras ella.
Denis sintió la firmeza de su pecho contra su espalda y el calor de sus brazos rodeándola para sostener el arco de madera de tejo.
El tiempo pareció ralentizarse.
El ruido del circo se desvaneció, dejando solo el sonido de la respiración de Jonar cerca de su oreja.
—Suelta…
ahora —susurró él.
La flecha voló y se clavó en el círculo exterior.
Denis soltó una carcajada de pura alegría infantil.
Jonar, con un movimiento fluido, tomó otra flecha y, casi sin mirar, la clavó en el centro exacto de la diana.
El premio fue un pequeño broche de cristal que él mismo prendió en el hombro de ella.
Siguieron paseando.
Vieron a un grupo de enanos que competían en un juego de fuerza, golpeando un yunque con martillos pesados para elevar una pesa de hierro por un raíl.
Jonar rechazó participar, pero observaba con una curiosidad analítica que Denise encontraba fascinante.
Luego, se detuvieron ante una carpa abierta donde una gnomo alquimista lanzaba polvos al fuego, creando figuras de dragones y grifos que bailaban en el aire antes de desvanecerse en chispas de colores.
Finalmente, se sentaron en un banco de madera apartado, cerca de donde un grupo de trovadores elfos tocaba laudes con una melodía melancólica que hablaba de tiempos antiguos.
El ambiente era más íntimo allí.
—Denise —dijo Jonar, rompiendo el silencio.
Su tono era serio, despojado de la ligereza de los juegos—.
Sabes que disfruto cada momento que paso contigo.
Pero mi vida…
mi camino no es uno que permita echar raíces.
No puedo ofrecerte una vida de hogar, ni promesas que no podré cumplir cuando siga mi camino a otros reinos.
Me gustaría pasar tiempo contigo, pero no puedo darte una estabilidad.
Denise lo miró.
En otros tiempos, esas palabras habrían sido un insulto o una decepción.
Pero ahora, con la sabiduría de quien ya ha vivido varios años de vida, solo sentía una extraña libertad.
—Jonar —respondió ella, alcanzando su mano.
La piel de él estaba caliente, vibrante—.
Ya tuve la estabilidad.
Tuve el matrimonio “perfecto” hasta que el destino decidió lo contrario.
Mi hija ya no me necesita para sobrevivir.
No busco a alguien que me cuide, ni busco una alianza para la eternidad.
Solo quiero sentirme viva.
Y tú me haces sentir así.
Acepto lo que tienes para darme, sea mucho o poco tiempo.
Él la miró con una intensidad que la hizo estremecer.
No hubo necesidad de más palabras.
Tras ese pacto silencioso, una extraña libertad los envolvió.
Como si al quitarse el peso de las expectativas, el circo se volviera aún más brillante.
Se adentraron en el corazón del espectáculo.
Un grupo de elfos, vestidos con sedas que cambiaban de color según la luz, comenzaron una danza acrobática.
No caminaban sobre cuerdas, sino que se lanzaban desde postes altísimos, realizando piruetas imposibles en el aire, sujetándose de cintas de colores que parecían flotar por arte de magia.
Sus movimientos eran fluidos, casi inhumanos, desafiando la gravedad mientras una flauta de gnomo marcaba un ritmo frenético.
—Es hipnótico —susurró Denise, mientras veía a una elfa girar como una peonza de plata antes de aterrizar sin ruido sobre los hombros de un compañero.
Pasaron por los puestos de comida de los medianos.
El aroma de los “pasteles de miel de la Cuenca” era irresistible.
Jonar compró una bolsa de bollos calientes rellenos de crema y una jarra de sidra especiada que compartieron mientras caminaban.
La música cambió a una melodía más animada cuando una banda de enanos empezó a tocar tambores y laúdes de metal, incitando a la gente a bailar.
Vieron a un gnomo que, mediante ilusiones mágicas, hacía brotar flores de cristal de las manos de los niños, y a un domador de bestias que mostraba una pantera de las selvas del sur que parecía hecha de sombras líquidas.
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El camino de regreso fue lento.
La algarabía del circo iba quedando atrás, convertida en un eco lejano.
Al llegar a la puerta de la librería, el barrio de los artesanos estaba sumido en un silencio cómplice.
Denise se detuvo con la llave en la mano.
El frío de la noche empezaba a calar, pero ella sentía un fuego interno que no tenía nada que ver con el clima.
—La tarde ha sido maravillosa, Jonar —dijo ella, girándose para enfrentarlo.
—Lo ha sido —coincidió él, con una sombra de duda en los ojos, como si estuviera esperando la señal para retirarse a su posada.
Denise dio un paso hacia él, acortando la distancia.
—Tengo preparado algo para una cena…
algo de estofado de ciervo que ha estado reposando, y un vino de Aedirn que me enviaron hace meses.
Es demasiado para una mujer sola.
Me gustaría que entraras.
Que cenáramos juntos…
y que no tuvieras prisa por marcharte esta noche.
Jonar la observó, y por un momento, Denise vio en él algo que rara vez mostraba: vulnerabilidad.
Él asintió lentamente, tomando la llave de las manos de ella.
—Me quedaré, Denise.
Todo el tiempo que quieras.
Entraron en la calidez de la casa, cerrando la puerta al mundo exterior.
En el interior, el aroma a libros y hogar los envolvió, mientras las sombras de la noche se convertían en el refugio de una historia que no necesitaba ser eterna para ser perfecta.
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