Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 13
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13: Capitulo 13 13: Capitulo 13 La luz de la lámpara proyectaba un óvalo cálido sobre la mesa mientras Philippa deslizaba las hojas sobre su escritorio.
El sello del Servicio Secreto de Redania aún brillaba en la esquina del primer folio; debajo, la letra apretada de los agentes describía una escena.Un mago de ojos dorados había pasado por la aldea a unas horas del bosque donde se encontró con Ida.
El mago habia curando a los campesinos sin pedir nada a cambio y, según el testimonio, enfrentándose a un grupo de bandidos con la ayuda de un espectro.
Philippa dejó el informe abierto y apoyó la frente en la mano.
En la margen, un agente había anotado las siguientes características: Humano.
masculino, “muy alto” segun los campesinos, cabello negro, ojos dorados, hechicero; “Actuó sin pedir recompensa.
Intervino y desapareció.” Esa descripción resonó con la historia de Ida; la coincidencia ya no le parecía casualidad, sino una cuerda que tiraba de un nudo más grande.
Se permitió un momento para ordenar las piezas en su cabeza: EL sujeto había salido del bosque, pasado por la aldea tras habitarla unos días; había ayudado a los aldeanos, estos no se referían a él como alguien peligroso, sino “misterioso, pero amable”.
Tampoco había tratado de ocultarse, había usado su magia de una manera bastante generosa, mucho más de lo que sus congéneres estarían predispuestos a ejercer su don.
Del hechizo de curación lo único que los agentes habían escrito fue “luz dorada, sin encantamiento, ni ritual”.
Por ahora el sujeto no parecía ser un peligro.
Aunque de haber invocado u controlado a un espectro, se encontraría con alguien que ejerce algún tipo de magia nigromántica, algo prohibido por la hermandad de hechiceros.
—Lo mejor es que continúe la búsqueda, recolectando información lo mejor que se pueda.
Si no hay indicios de peligro podría llegar a contactar con él.
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Volví al pueblo con la sangre aún caliente en las manos y el olor del bosque pegado a la capa.
Eskel me dejó en la posada; nos miramos sin muchas palabras, como quien sabe que la compañía basta.
Dormí poco.
Al caer la tarde me puse la capa otra vez y fui a la casa de Denis.
La puerta estaba entreabierta y, al entrar, me golpeó el olor a cebolla y pan recién hecho.
Denis me recibió con una sonrisa que se le aflojaba en los ojos.
“Llegaste justo a tiempo”, dijo.
“¿Te quedás a cenar?” Dejé la bolsa en el suelo y, sin pensarlo, ofrecí la única ayuda que sé dar fuera del bosque.
—Dejá que yo cocine —dije, y ella me pasó un cuchillo sin preguntar.
Nos pusimos a trabajar en silencio al principio.
Corté cebollas mientras ella removía una olla; el sonido de la cuchilla marcaba el ritmo de la cocina.
Hice una mueca cuando la cebolla me picó los ojos y ella soltó una risa corta.
—¿Cómo te fue con los autores independientes?
—Vinieron muchos—empezó Denis mientras picaba hierbas—.
Gente con más ganas que oficio.
Montaron mesas, firmaron hojas, discutieron hasta que se les cerraron las gargantas.
Le lancé una mirada y ella siguió, como si la cocina fuera un confesionario.
—Había de todo.
Algunos con libros que parecían escritos a la carrera; otros con historias que te agarraban por la garganta.
Y un tipo del circo pasó también —dijo, y alzó las cejas—.
Un medio elfo.
Era uno de los acróbatas.
—¿Cómo te fue en el bosque?
Cuando la olla empezó a hervir, le conté lo mío.
No exageré nada; no hace falta.
Le dije cómo el leshen salió de entre las raíces como si la tierra lo hubiera llamado, cómo las ramas se movían con voluntad propia y el aire olía a hojas podridas.
—No fue un encuentro casual —dije, limpiándome las manos en el delantal—.
Salió del suelo y volvió al suelo.
No es una bestia que se pasee por gusto.
Denis dejó la cuchara en la olla y me miró con seriedad.
—Hay algo más —dijo—.
Anoche encontraron a una mujer muerta cerca de la zona roja.
El tenedor me quedó suspendido.
La cocina parecía hacerse más pequeña.
—¿Un asesinato?
—pregunté.
—Una prostituta.
La encontraron en una calle lateral.
Nadie dice mucho, pero la gente murmura.
No parece robo; había marcas en el cuerpo que nadie supo explicar.
Quemaduras de distintos tipos.
—Fue cerca de la medianoche —comentó Denis—.
Un par de muchachos la vieron pasar con alguien Algo surgió en la mente de Jonar, una señal, —sea lo que fuere… siento que algo más sucederá… algún tipo de previsión… Sin querer dar más vueltas al asunto, dejaron el tema de lado.
Siguieron cocinando, cenaron y pasaron la noche juntos como la primera vez.
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Jonar pasó la mañana entre pilas de sobres y cuadernos, con la mirada atenta.
Denis le había enseñado a los autores que enviaban cartas largas y temblorosas, los que mandaban solo una sinopsis, los que adjuntaban algunas ilustraciones hechas a mano.
Jonar ayudó a Denis en la recepción con una paciencia que parecía venir de otra vida; leía fragmentos en voz baja, anotaba nombres, tachaba duplicados y guardaba los originales en una caja de madera que olía a papel viejo.
Entre una pila y otra, se permitió sonreír al descubrir una prosa cruda y honesta, una historia de un no humano, un viajero que recorría reinos, conociendo personas y enfrentando problemas.
Ese era el trabajo que el medio elfo había traído el día anterior, era prometedor.
Las noticias llegaron como un rumor que se hacía más fuerte con cada hora: un hombre encontrado en un callejón, la piel chamuscada en patrones extraños.
Luego otro aviso, esta vez un nombre conocido entre los artistas ambulantes: un acróbata que había desaparecido tras una función y cuyo cuerpo apareció con quemaduras que no parecían accidentales.
Las víctimas tenían marcas de fuego en el cuerpo, como si alguien hubiera querido escribir con llamas.
El rumor se enroscó alrededor del circo como humo.
Mientras tanto, el club de literatura se reunió en la sala de la biblioteca municipal, una habitación con estanterías altas y una lámpara que proyectaba círculos de luz sobre la mesa.
Los miembros discutieron con fervor: la calidad de la prosa, la originalidad, la voz narrativa.
Había tensión; el premio significaba no solo reconocimiento sino la posibilidad de ver una obra publicada, de que una historia saliera del anonimato y encontrara lectores.
Se leyeron pasajes en voz alta, se hicieron observaciones sobre ritmo y estructura, se debatió sobre la ética de premiar a quien escribe desde la experiencia del dolor.
La votación fue cerrada y tensa; algunos defendían la obra por su técnica, otros por su verdad emocional.
Cuando se abrieron las papeletas, un murmullo recorrió la sala: el ganador era el medio elfo del circo.
La noticia cayó como una mezcla de sorpresa y alivio.
Nadie esperaba que el medio elfo, con su pasado envuelto en misterio y su manera de mirar el mundo desde un costado, se llevara el premio.
Algunos aplaudieron con sinceridad; otros miraron a Jonar con una pregunta muda en los ojos.
El medio elfo, Lodren, al recibir la noticia, no sonrió de inmediato.
Sus manos temblaron apenas; había en su rostro una mezcla de orgullo y miedo, como si la publicación fuera una luz que podía atraer tanto lectores como peligros.
Acordaron que en la mañana del día siguiente se volverán a reunir junto con Lodren para trabajar sobre la edición de su trabajo.
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Promoción y presentación La edición de Lodren salió en una tirada modesta pero cuidada: cubierta de lino gris, lomo cosido a mano, unas pocas ilustraciones a tinta que sugerían más de lo que mostraban.
La librería de Denise se transformó por una tarde en un pequeño santuario: mesas con copas de vino, velas que temblaban con la brisa de la puerta abierta y un público que llegaba con la curiosidad de quien espera un secreto.
El circo envió a varios de sus artistas; algunos se sentaron en silencio, otros cuchichearon entre sí, orgullosos de ver a uno de los suyos en un lugar de respeto.
La lectura fue breve pero intensa.
Lodren habló con voz contenida; sus palabras tenían la cadencia de quien ha vivido en la carretera y ha aprendido a medir la verdad.
Cuando leyó el pasaje final, la sala quedó suspendida: la historia de un viajero que no era del todo humano, que cruzaba reinos y recogía heridas y nombres, resonó con quienes conocían la vida dura del circo.
Al terminar, los aplausos fueron sinceros y algunos ojos se humedecieron.
La publicación prometía abrir puertas, pero también, sin que nadie lo dijera en voz alta, encendía una luz sobre quien la había escrito.
La madrugada siguiente llegó como un golpe.
Un mensajero, con la ropa manchada de barro, trajo la noticia: Lodren había sido encontrado en un callejón detrás de la carpa mayor, su piel marcada por quemaduras que formaban símbolos y letras.
La imagen que describieron los primeros en llegar era terrible: la piel como pergamino chamuscado, los contornos de las marcas precisos, deliberados.
No parecía un accidente.
Jonar corrió hacia el improvisado hospital del circo.
El olor a humo y a desinfectante se mezclaba con el perfume de los artistas.
Lodren yacía en una camilla, pálido, respirando con dificultad; estaba al borde de la muerte.
Jonar no dudó: colocó las manos sobre el cuerpo del medio elfo y dejó que la restauracion hiciera su trabajo.
La curación no fue instantánea ni milagrosa; fue lenta, paciente, como coser una tela rasgada.
Mientras trabajaba, Jonar observó las quemaduras: no eran aleatorias, tenían intención, trazaban símbolos que parecían querer decir algo.
Esa intención, esa firma, le heló la sangre.
Esa misma tarde busco a Eskel, un hombre curtido por la carretera y por la violencia, con cicatrices que hablaban de batallas antiguas.
Juntos comenzaron a interrogar: artistas del circo, vendedores ambulantes, vecinos que habían visto pasar a Lodren la noche de la presentación.
Las piezas que fueron emergiendo no eran casuales: las víctimas —un acróbata, un vagabundo, ahora Lodren— tenían en común su relación con lo no humano o con la vida ambulante.
Los testimonios hablaban de miradas que juzgaban, de sermones susurrados en plazas, de un lenguaje que hablaba de “purificación”.
Eskel, que había interactuado antes a seguidores del Fuego Eterno, reconoció patrones: marcas que parecían escritas con llamas, rituales de limpieza que usaban fuego como instrumento de castigo.
La investigación se volvió metódica: mapas de las rutas del circo, horarios de funciones, nombres de quienes habían recibido amenazas veladas.
Cada conversación añadía una hebra al ovillo: alguien había decidido que ciertas voces debían callar.
Siguieron el rastro hasta que la ciudad despertó con un olor que no perdona: humo.
La librería de Denis ardía como si alguien quisiera borrar no solo páginas, sino voces.
Desde la plaza, las llamas lamían la fachada y proyectaban sombras que se retorcían sobre los adoquines.
La gente se apiñaba a distancia, con manos en la boca y ojos que no sabían si mirar al fuego o a la destrucción que dejaba tras de sí.
Jonar sintió el latido de su pecho acelerarse, no por el peligro del fuego, sino por la idea de lo que podía estar dentro: libros, recuerdos, la vida de alguien que había abierto un espacio para otros.
No pensó.
Rompió la ventana con un golpe seco que le dolió en la palma, y el vidrio le cortó la piel como si la ciudad misma le exigiera precio.
El humo lo recibió como una pared; cada bocanada le quemaba la garganta y le nublaba la vista.
Avanzó a tientas entre vigas que crujían, esquivó estantes que se desplomaban y sintió el calor en la espalda como una mano que empuja.
Fue entonces cuando la vio: Denis, tendida entre papeles ennegrecidos, su cuerpo pequeño contra el suelo, la ropa manchada de hollín.
Una daga asomaba por la espalda, la garganta mostraba una herida que había dejado un hilo de sangre seco y oscuro.
Sus manos, blancas por el polvo, estaban manchadas de tinta y sangre; sus dedos se aferraban a una página como si quisiera retener una palabra.
El mundo se estrechó a la respiración de Denis.
Jonar se arrodilló junto a ella y, por un instante, todo lo demás se volvió ruido lejano: el crujir de la madera, los gritos apagados, el latido de su propia sangre.
La rabia le subió como un fuego que no quería consumir, sino señalar culpables.
Con cuidado, tiró de la daga; el metal chirrió y la herida sangró otra vez, pero la vida seguía allí, frágil y obstinada.
La cubrió con su capa, sintiendo el calor de las llamas en la nuca, y apoyó las manos sobre su pecho y su garganta.
Sus dedos brillaron con la luz dorada de la restauración, una luz que no era espectáculo sino urgencia.
Cuando Denis respiró con más fuerza, sus párpados temblaron, pero no llegó a abrirlos.
Jonar la sostuvo contra su pecho, notando el temblor de su cuerpo y el hollín que se pegaba a su mejilla.
No era una victoria limpia: la mujer estaba viva, pero exhausta, con la mirada aún perdida en un lugar donde el miedo había hecho nido.
Jonar dejó que la rabia se convirtiera en una promesa fría: no permitiría que esa hoguera fuera solo un acto de destrucción sin respuesta.
En el borde de la plaza, entre la multitud que retrocedía, un hombre encapuchado observaba la hoguera con una devoción que helaba.
Su perfil recortado por la luz parecía una estatua de ceniza.
Jonar lo vio con la claridad de quien reconoce una firma: la postura, la calma, la manera en que sus manos no temblaban.
No era un espectador; era parte del rito.
Jonar clavó la mirada en él y, por primera vez desde que había puesto las manos sobre Denis, la urgencia se volvió personal.
Esa noche lo buscaría.
Esa noche, la ciudad no dormiría tranquila hasta que la voz que ordenó quemar libros y herir a quienes los defendían fuera arrancada de la oscuridad.
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