Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 14
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14: Capitulo 14 14: Capitulo 14 La noche aún olía a humo cuando Jonar, con Denis envuelto en su capa y la respiración todavía irregular, cruzó la plaza hacia la casa de la señora Verna, una de las socias más antiguas del club de literatura.
Verna vivía en una casa en la zona alta de Guamez, con ventanas que daban a un jardín de hierbas cuidado;ella siempre tenía la abierta para quien busca una conversación, algo común el las personas de la tercera edad, les encantaba conversar.
Jonar tocó con cuidado, como si el ruido pudiera reabrir la herida, y la mujer lo recibió con asombro, la sorpresa y la preocupación inundaron su rostro.
—Tráela adentro —dijo Berna en voz baja—.
preparare una habitación, pero dime, ¿que sucedió?.
Atacaron la librería —contestó mientras llevaba a Denis hacia la habitación —y atacaron a Denis, pude sanar, pero la librería se perdió.
—¿Cómo?
¿por qué alguien haría eso?
—pregunto Verna aturdida por la noticia.
—Sospecho que son los mismo que han causado los asesinatos, todas aquello relacionados a los no humanos, al circo, han sido víctimas.
Seguramente por haber publicado el libro de Lodren nos pusieron en su lista.
El también fue atacado, pero sobrevivió a diferencia de los demás.
— Pero… ¿por qué?
¿Quienes?
—Se quiénes fueron… pero es mejor que no lo sepas.
Verna lo miró por un momento, tras lo cual apartó la mirada —Entiendo, es mejor no involucrarnos aún más en esto.
limpió el hollín de la cara de Denis con manos firmes y lentas, le cambió la ropa por una bata limpia y la acostó en una cama cubierta de almohadones.
Jonar se quedó un momento en el umbral, observando el pecho de Denis subir y bajar, midiendo el pulso con la punta de los dedos.
La curación había sido efectiva, pero seguía en un sueño profundo.
—Iré a ver a los demás miembros, veré como están… no volvere hasta el anochecer — dijo mirando a Verna a los ojos.
Ella entendió lo que significaba.
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La figura encapuchada que había observado la hoguera no se había movido de su puesto en la plaza.
Jonar lo encontró a la distancia, recortado contra la luz moribunda del incendio, como si fuera una sombra que se negaba a disolverse.
Se acercó sin prisa, con pasos que no delataran intención, y notó detalles que otros habrían pasado por alto: la manera en que las manos del hombre no temblaban, el olor a resina en su ropa, la cicatriz fina en la comisura de la boca, como una costura antigua.
No hubo palabras al principio.
Jonar se plantó frente a él y dejó que el silencio hiciera su trabajo.
Cuando la distancia fue la adecuada, rozó la superficie de la mente del hombre con la delicadeza de quien abre una puerta sin forzarla.
Lo que encontró fue un incendio de imágenes: himnos susurrados, rostros en penumbra, la orden de “limpiar” repetida como un mantra.
Entre las visiones apareció un nombre, pronunciado con reverencia y miedo: Padre Alvar, del templo principal.
Más allá del nombre, la mente del fanático ofrecía detalles prácticos: horarios, lugares de reunión, la forma en que se marcaban las víctimas.
Jonar no necesitó más.
Con la información en la cabeza, apretó la mandíbula y retorció la mente del sacerdote.
Este cayó al suelo, convulsionaba, la saliva escurría por sus labios con sus ojos bien abiertos, sangre emanaba de sus ojos y oídos.
—Malditos fanáticos.
—murmuró en su mente —Terminaré con esta locura esta noche.
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El sol ya se había ocultado.
Tras provocarle un derrame al sacerdote fanático de haia dirigido uno por auno a los demás miembros del club.
Les contó del incendio de la librería.
Todos reaccionaron de manera similar, asombro, miedo, preocupación por Denis.
Les dijo que Denis se encontraba en la casa de Verna, y que él se haría cargo de resolver el asunto.
Se había ocultado hasta el anochecer, observando a los sacerdotes que entraban y salían, leyendo sus mentes acercándose lo suficiente.
Supone entonces quienes eran los inocentes y quiénes estaban asociados a el fuego purificador, una fracción interna que veía todo lo que se alejara de lo “normal” como algo impuro.
Perseguía todo lo asociados a la magia, y a las razas no humanas.
Podría destapar a estos fanáticos, hacer pública pruebas de sus acciones, de sus órdenes de ataque contra sus víctimas, pero Jonar no quería demorar, tenía urgencia, rabia fría que nace cuando la violencia toca a quienes uno ha decidido proteger.
Mientras se acercaban, Jonar recordó la cara de Denis, la manera en que su mano había apretado la suya antes de perder el conocimiento.
Recordó la biblioteca convertida en hoguera, el olor a papel quemado que se le había quedado pegado en la garganta.
Esa memoria no le permitió esperar a que la ley actuará con lentitud.
No por desprecio a la justicia, sino porque había visto cómo la justicia a veces se demoraba hasta que las huellas se borraban.
Entró por una puerta lateral, evitando la nave principal donde los fieles rezaban.
El aire dentro del templo era denso, cargado de velas y de palabras que se repetían como un eco.
Caminaron hacia arriba, dónde la habitación del “padre” se encontraba.
Abrió la puerta sin problemas, la habitación era grande, bien amueblada, al fondo había una altar.
Cerca había un escritorio, abrió los gabinetes sin problemas, rompiendo mecanismos de seguridad con su magia.
Encontró lo que buscaba: documentos que hablaban de “purificaciones”, listas de nombres, mapas con marcas sobre el circo, la librería y otros lugares.
Entre las hojas, una carta con la caligrafía firme de quien no teme mancharse las manos: instrucciones para “silenciar” a los que corrompen la fe.
El sello en la carta coincidía con la runa que Jonar había visto en las quemaduras.
Guardo los documentos, más tarde se lo entregaría a la guardia de la ciudad, pero él haría justicia.
No hubo tiempo para dudas.
Con un hechizo de invisibilidad sobre el, bajo hacia una de las habitaciones del tiempo, una ubicada en la zona inferior, allí los movemos de la llama purificadora se reunían.
Se largó frente a las grandes puertas dobles y de una patada las abrió.
Los sacerdotes responsables, sorprendidos por la irrupción, se firmaron hacia él, lo miraron con extrañeza El más cercano a él hablo —¡Qué crees que haces insensato!
¡Cómo te atreves a interrumpir a la sagrada orden de la purificion!
¡Tu… ¡Aghhaaa!
El sacerdote comenzó a gritar cuando fue envuelto en llamas.
Todos los demás retrocedieron, algunos gritaban, otros lloraban con los ojos y la boca abierta.
Intentaron hablar, suplicar, invocar la misericordia de su dios.
Jonar los escuchó como quien escucha el zumbido de un insecto antes de aplastarlo: palabras que ya no tenían poder.
No buscó espectáculo; buscó fin.
Todos ardieron, las llamas los devoraban como si hombres de paja seca fuesen.
Cuando llegó al hombre que había ordenado la muerte de Denis —un patrón que había financiado sermones y quemas desde la sombra— Jonar sintió que el mundo se estrechaba a la medida de su respiración.
El hombre intentó negociar, ofreció riquezas, habló de malentendidos.
Jonar no escuchó.
La acción fue rápida, silenciosa y definitiva.
No hubo gritos prolongados, no hubo descripciones de sangre; hubo un final que cerró una puerta que, de otro modo, habría seguido abriendo heridas.
El fuego brotó desde dentro de sí, no logró gritar, ya que al abrir la boca solo llamas salieron, al igual que de sus ojos.
Cayó al suelo, sin emitir sonido, solo el de sus ropas y cuerpo quemándose.
Se quedó allí observando la muerte del Padre.
Para luego salir del tiempo envuelto en un hechizo de invisibilidad.
Se dirigió al cartel de la guardia, fue directamente a la habitación del capitán, estaba vacía por suerte, allí dejó un bolso con todos los documentos que había encontrado.
Las pruebas del ataque de los sacerdotes ahora calcinados.
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Ya entrada la noche volvió a la casa de Verna, tocó la puerta y la señora lo recibió.
—Denis ya ceno, estuvo dando vueltas toda la tarde, quería salir en tu búsqueda.
Solo se quedó aquí por el agotamiento que tiene.
Jonar asintió —gracias Verna, iré a verla ahora.
Fuera hacia la habitación donde Denis se encontraba.
Abrió la puerta directamente, allá se encontraba, sentada, mirando por la ventana.
Se fueron hacia el —¡Jonar!
Gracias a Melitele, has vuelto.
—dijo mientras lo abrazaba.
Le devolvió el abrazo.
—Me alegro que estés bien Denis.
—¿Estás bien?
Denis miró hacia el suelo —Si… por suerte estoy bien, no siento ningún dolor dónde… dónde aquel… lo me atacó… decía locuras antes de atacar, de impurezas, de herejía … Jonar la callo con un beso —está bien, ya me encargue del problema.
Denis se separó lo justo para mirarlo a los ojos.
Esos ojos dorados que no pertenecían a este mundo.
En ese silencio que se prolongó entre ambos, la verdad se hizo presente sin necesidad de ser pronunciada.
Ella vio en su mirada la lejanía del viajero que ha cumplido su propósito; él vio en la de ella la aceptación de quien sabe que el fuego de la librería no fue lo único que terminó esa noche.
Sabían que era su última noche juntos.
No había promesas de regreso ni planes para el invierno.
Solo quedaba el ahora.
Jonar comenzó a desatar los lazos de su túnica.
No había urgencia, solo una devoción lenta y cuidadosa.
Se acostaron juntos, y en la penumbra de la habitación, el acto de amarse se convirtió en una despedida silenciosa.
Cada caricia de Jonar era un intento de memorizar la calidez de su piel; cada beso de Denis era una forma de retener un poco más de ese hombre que parecía haber caído de las estrellas para rescatarla.
Hicieron el amor con una delicadeza infinita, más movidos por el cariño y el consuelo que por la pasión desenfrenada.
Era un refugio contra el mundo exterior, contra las conjunciones de esferas y los destinos de reyes.
En ese espacio pequeño, rodeados por el silencio de la casa de Verna, Jonar dejó de ser el Dovahkiin o el extranjero poderoso; fue simplemente un hombre que amaba a la mujer que le había recordado que, incluso en un mundo extraño, el corazón puede encontrar un hogar, aunque sea por un breve instante.
Cuando finalmente el agotamiento los venció, se quedaron entrelazados.
Denis apoyó la cabeza en el pecho de Jonar, escuchando el latido rítmico de su corazón, sabiendo que, al salir el sol, ese latido se alejaría por el camino del sur, dejándole solo el recuerdo de una luz dorada que la salvó de las llamas.
No hablaron más.
Se durmieron así, abrazados, mientras las últimas velas se consumían en la oscuridad.
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Minutos antes del amanecer Jonar había partido, dejando una carta junto a la cama y una bolsa llena de coronas de plata, más que suficiente para que Denis recuperara la librería.
No hacía falta más palabras para despedirse, todo había sido dicho y demostrado en su última noche.
No queriendo estar aún más en la situación, abandonó la casa.
Se dirigió a la posada del jabalí rojo, allí buscó las pocas pertenencias que no había guardado en su anillo de almacenamiento, tras salir en búsqueda de su montura se encontró con su amigo brujo.
—Saludos, Eskel.
—Saludos hechicero, ¿partimos ahora?
Jonar asintió.
Eskel tenía pensado marcharse hace unos días, los contratos de monstruos habían terminado, por lo que el brujo volvería a la senda en búsqueda de nuevos lugares hacia donde ir.
Había decidido quedarse tras enterarse del incidente de la librería, sabía que su nuevo amigo tomaría represalias, por lo que se quedó a esperarlo, sabiendo también que él partiría luego de su venganza.
Ambos montaron, Eskel sobre Escorpión y Jonar sobre Galmar.
—A donde tienes pensado ir —Preguntó el brujo —Iré hacia Den’esle y desde allí seguiré hacia el sur.
Novigrado ha llamado mi atención.
—Novigrado eh, buen lugar, aunque los monstruos son el menor de los problemas allí.
También iré hacia Den’esle para luego ir hacia el noroeste.
hacia Roggeven.
Tengo la intención de rodear toda Redania por el norte, desde el oeste hacia el este, espero poder cruzar las montañas Krestel antes del invierno, y así quedarme en Kaer Morhen hasta que comience la primavera.
Y así tanto el brujo como el mago decidieron que viajanrian juntos hacia Den’esle para luego seguir distintos caminos.
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