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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 15

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15: Capitulo 15 15: Capitulo 15 El viaje hacia Den’esle fue tranquilo, las caravanas comerciales que atravesaban su mismo camino fueron pocas,comparadas con las que recorrían los caminos cercanos a Guamuez.

El clima era excelente, se encontraban en plena primavera, faltaban dos meses para la llegada del verano y de sus altas temperaturas.

El viaje duró tan solo dos días, solamente se retrasaron cuando se hicieron cargo de algún grupo de Nekkers en el camino.

Den’esle era tal cual se la mencionaba, constituida por una fortaleza donde Redania entrenaba a todos los soldados del área sur-oeste del reino.

Allí reclutaba, trenaba y luego los desplegaba hacia otras zonas donde hicieran falta.

El castillo principal era al cual uno se imaginaba, grande, robusto, más práctico que estético, daba la sensación de ser fuerte, capaz de resistir por semanas un asedio.

Alrededor del fuerte principal, pero lejos de él por al menos quinientos metros, se encontraba un asentamiento, más un pueblo que otra cosa.

Casas de madera, algunas de piedra.

Un lugar donde la gente trabajaba bastante, casi todos trabajaban para la fortaleza, herrerías que forjaban equipos, lugares donde el cuero era procesado para las armaduras, y como no, lugares dedicados a la cría de caballos de guerra.

A Jonar le recordaba aquellos días de campaña del Imperio, donde las fortalezas y la vida militar se volvían el centro neurálgico de la vida cotidiana, este lugar le recordó aquella misma sensación.

Una vez dentro de lo que parecía ser la única posada del pueblo alrededor de la fortaleza, ambos brujos alquilaron una habitación pero antes pidieron algo para desayunar.

La moza le trajo un buen plato de huevos con carne y un tazón de gachas.

Hasta la comida de la posada emanaba un aire utilitarista.

Tras desayunar y dejar sus pocas cosas en la posada ambos salón de la posada.

—Iré a ver si hay algún contrato aquí.

Aunque hay muchos soldados quizás tengamos algo que hacer.

Jonar asintió —iré a recorrer el pueblo, a ver si encuentro algo interesante, volveré a la posada cuando terminé.

Eskel asintió y se marchó hacia la fortaleza, esperando que los soldados tuvieran algún contrato para realizar.

.

.

.

No había muchas cosas por hacer en el pueblo, por no decir casi nada.

No era un lugar ni remotamente turístico, las únicas personas que llegaban aquí ran reclutas para la fortaleza, o campesinos que se dedicaran a trabajar para la misma.

El comercio estaba poco desarrollado aqui, por obvias razones.

Lo unico que pudo obtener de su pase fueron otros pares de libros de la herbolaria loca, una mujer mayor que se dedicaba a preparar medicinas para tratar en gran parte a los reclutas, ampollas, heridas de cierta gravedad, enfermedades.

La mujer le vendió unas cuantas copias de libros nuevos que ya tenía, dado que ganaba una buena cantidad al tratar a tantos reclutas.

Más allá de eso no obtuvo nada.

Por lo que decidió volver a la posada a leer lo obtenido.

Una vez en su habitación apenas había logrado saltar algunas páginas cuando Eskel llamo a su puerta.

—Tenemos trabajo —dijo el brujo con una pequeña sonrisa —una pareja de Chorts, no sera facial.

—Prepara tus posiciones y aceites, te espero afuera —dijo Jonar.

.

.

.

Uno pensaría que al encontrase en una zona militar no habría monstruos por la zona, pero la realidad era siempre más compleja, los Chorts eran bestias que tranquilamente podrían ser catalogadas como “de asedio”, eran del tamaño de tres toros juntos, pero con diez veces su fuerza, no había muros de escudos que resistiera su embestida, ni flechas que pudieran herirlo lo suficiente para que se desangrarse, el combate cuerpo a cuerpo era algo totalmente inviable.

Según la información que Eskel logró reunir, los soldados del cuartel habían intentado envenenarlo, pero no funcionó, la bestia podía detectar el olor del veneno en las presas que los soldados le dejaban; tampoco intentaron organizar una partida de caza, puesto que el territorio donde la bestia habitaba hacía inviable un enfrentamiento donde los soldados pudieran tener una ventaja, de allí que los hayan contratado.

Faltaban un par de horas para que el sol empezara a descender cuando Jonar y Eskel alcanzaron la linde del pequeño bosque al oeste.

Era un lugar extraño, un cúmulo de árboles de troncos retorcidos que parecían asfixiarse entre sí.

En el centro, una elevación rocosa revelaba la boca de una cueva, una herida oscura en la tierra que exhalaba un hedor a carroña y almizcle animal.

—Están dentro —susurró Eskel, su voz apenas un roce.

Sacó un pequeño frasco de su jubón y bebió un trago de Rayo.

Jonar vio cómo las venas en el cuello del brujo se tornaban negras y sus pupilas devoraban el iris por completo—.

Bebe algo si tienes, Jonar.

Estos bastardos no mueren fácil.

Jonar negó con la cabeza, cerrando los ojos por un segundo para sentir el flujo de maná en su pecho.

No necesitaba pociones, pero sí concentración.

Sus manos empezaron a emitir un siseo frío, como la escarcha formándose sobre el metal.

Entraron en la penumbra.

El silencio de la cueva se rompió por un ronquido profundo, un sonido vibrante que hacía que las piedras pequeñas del suelo saltaran.

Al fondo, dos moles de músculo grisáceo descansaban una sobre otra.

Los Chorts eran imponentes: su piel era dura como el cuero hervido, con hombros macizos diseñados para derribar muros y cuernos que terminaban en puntas afiladas como estiletes.

Eskel avanzó con la gracia de un depredador.

Con un movimiento fluido, trazó el signo Yrden en el suelo.

Un círculo de runas moradas comenzó a brillar débilmente.

—Magia que ralentiza… muy útil, pocas veces utilizado en Nirn, debería agregarlo a mi arsenal.

Pensó el mago Dovah mientras amplificaba la señal del brujo con su propia magia, aumentando así su poder.

—Ahora —sentenció el brujo.

El primer Chort se despertó con un bramido que sacudió la cueva.

Al verse atrapado en el círculo de Yrden, sus movimientos se volvieron pesados, como si caminara a través de melaza.

Eskel no perdió un segundo.

Se lanzó hacia adelante, su espada de acero—impregnada con aceite para relictos— trazando un arco.

La bestia intentó una cornada, pero Eskel realizó una pirueta lateral, rozando el lomo del monstruo.

Su espada dejó un tajo profundo que siseó al contacto con la carne.

El Chort, enfurecido, lanzó un manotazo con sus garras delanteras.

Eskel reaccionó instantáneamente lanzando el signo Quen; un escudo de energía estalló ante el impacto, absorbiendo el golpe pero lanzando al brujo unos metros hacia atrás.

Eskel recuperó el equilibrio de inmediato.

Aprovechando que la bestia seguía ralentizada por el Yrden, volvió a la carga.

Esta vez, su ataque fue una sucesión de tajos rápidos en las patas traseras, buscando cortar los tendones.

El Chort rugió de dolor, tambaleándose mientras la sangre negra manchaba el suelo de la cueva.

Mientras tanto, el segundo Chort cargó contra Jonar con una furia ciega.

La bestia era una pequeña fortaleza biológica, un proyectil de media tonelada que buscaba empalarlo.

Jonar no se movió.

Extendió su mano izquierda y un escudo de Piel de Roble endureció su propia piel hasta que tomó un matiz grisáceo.

Con la derecha, disparó su ballesta Dwemer.

El perno, encantado con una runa de parálisis, impactó en el hombro del Chort, haciendo que la criatura tropezara violentamente.

—¡Quédate quieto!

—masrulló Jonar.

En lugar de gritar, Jonar canalizó su magia de destrucción.

Una lanza de hielo puro se materializó en su mano y la arrojó con una fuerza sobrenatural.

El proyectil se hundió en el costado del Chort, congelando la herida desde adentro hacia afuera.

La bestia chilló, un sonido agudo que rebotó en las paredes de la cueva, e intentó embestir de nuevo, pero sus movimientos eran torpes bajo el frío intenso que emanaba de Jonar.

Jonar cambió de táctica.

Guardó la ballesta y, con ambas manos extendidas, lanzó una corriente de Llamas concentradas.

No era el fuego disperso de una antorcha, sino un soplete de energía solar que comenzó a derretir la resistencia del monstruo.

El olor a pelo quemado llenó el aire mientras el Chort retrocedía, cegado y aterrorizado.

Las dos bestias, heridas y acorraladas, intentaron reunirse en el centro de la cueva para una última defensa.

Eskel y Jonar se cruzaron en el fragor de la batalla, intercambiando posiciones con una coordinación que parecía ensayada.

—¡El de la izquierda está listo!

—gritó Eskel, esquivando una embestida desesperada.

—¡Y el otro no verá venir esto!

—respondió Jonar.

Jonar lanzó una última descarga de hielo a los pies de las bestias, creando una capa resbaladiza que las hizo perder el equilibrio.

Eskel aprovechó la apertura.

Saltó sobre el lomo del Chort que Jonar había debilitado con fuego, hundiendo su espada hasta la empuñadura en la base del cráneo.

La bestia cayó muerta al instante.

Al mismo tiempo, el Chort de Eskel, con las patas mutiladas, intentó levantarse.

Jonar se acercó con calma.

En lugar de un hechizo a distancia, imbuyó sus propios puños con energía eléctrica.

Con un golpe seco en el centro de la frente del monstruo, descargó una ráfaga de relámpagos directamente al cerebro de la criatura.

El Chort se sacudió violentamente una última vez antes de quedar inerte.

El silencio volvió a la cueva, denso y pesado.

Eskel, con el rostro pálido y las venas aún oscuras por la poción, limpió su espada en el pelaje de una de las bestias.

—Limpio, eficiente y sin un solo grito —dijo el brujo, mirando a Jonar con una mezcla de sorpresa y respeto—.

Tienes un control de la magia elemental que pondría celosa a cualquier hechicero.

Jonar dejó que el efecto de Piel de Roble se desvaneciera.

—A veces, el silencio es más letal que el trueno, Eskel —respondió Jonar, sacando un cuchillo para ayudar con los trofeos—.

Pero no te acostumbres.

Hay cosas en este mundo que requieren un poco más de ruido.

.

.

.

El sol se hundió tras las colinas, tiñendo el cielo de un color púrpura herido mientras Jonar y Eskel volvían de regreso.

El peso de las cabezas de los Chorts, atadas a sus petates, era un recordatorio físico de una jornada exitosa.

La paga también sería buena, el cuartel había ofrecido cinco coronas de plata por cada cabeza, una pequeña fortuna por quitarles el problema de encima.

Al acercarse al pueblo, las antorchas de la fortaleza cercana empezaron a chisporrotear, proyectando sombras alargadas sobre el camino de barro.

—Iré directamente al cuartel —dijo Eskel, ajustándose la correa de la espada—.

El capitán de la guardia no es de los que esperan, y prefiero cobrar antes de que se gasten el presupuesto en cerveza.

Nos vemos en la posada.

Jonar asintió y dejó que el brujo se desviara hacia la imponente mole de piedra de la fortaleza.

Él, por su parte, decidió tomar el camino largo a través del asentamiento.

El pueblo, que de día parecía apático y puramente funcional, cobraba una energía distinta bajo la luna.

Al doblar una esquina, Jonar se detuvo.

Un edificio de dos plantas, con luces rojas y cálidas escapando por las ventanas entreabiertas, atraía a una procesión constante de hombres.

Reclutas jóvenes, soldados veteranos y algún que otro mercader entraban con paso rápido y salían, mucho después, con sonrisas bobas o miradas perdidas.

El olor a perfume barato, incienso y alcohol barato flotaba en el aire.

Jonar no necesitó mucho tiempo para comprender de qué tipo de “local” se trataba: un burdel, el refugio predilecto de aquellos que buscaban olvidar el frío en brazos ajenos.

Observó la escena con una curiosidad distante antes de seguir su camino hacia la posada “El Descanso del Soldado”.

Sin embargo, al acercarse a la posada, se detuvo en seco.

Sus sentidos, agudizados por años de supervivencia y su conexión con lo arcano, vibraron.

Había algo en el aire, una distorsión sutil, como el zumbido de una cuerda de violín tensada al máximo.

Magia.

Alguien dentro estaba intentando ocultar su presencia, envolviéndose en un velo de anonimato que solo alguien con la sensibilidad de Jonar podría detectar.

Siguió caminando, empujó la pesada puerta de madera y entró.

El interior estaba concurrido, pero el murmullo habitual parecía extrañamente contenido.

Jonar caminó hacia la barra, notando de inmediato el peso de varias miradas.

En tres mesas distintas, hombres vestidos como gente común —labriegos o mozos de cuadra— lo observaban con una intensidad profesional, intentando disimular tras sus jarras de cerveza.

—Una cerveza fuerte.

Y algo de comer que no haya estado vivo hace más de tres días —le dijo al posadero.

Se sentó en una de las mesas cerca de una de las esquinas.

Antes de que pudiera dar el primer trago, una mujer se deslizó en el asiento contiguo al suyo.

Vestía con una elegancia que desentonaba con la suciedad del lugar, aunque llevaba una capa de viaje para intentar pasar desapercibida.

Su presencia era como una llama en una habitación oscura: autoritaria y magnética.

—No es común ver a alguien de tu “talento” resolviendo los problemas de la gente —dijo ella.

Su voz era melódica, pero con un filo de acero.

Jonar se giró lentamente.

Sus ojos se encontraron con los de la mujer.

Cabello negro trenzado en dos, ojos oscuros, piel blanca.

Era una mujer de gran belleza, per con un aura un tanto arrogante, por un momento le recordó a Valerica, la madre de Serana.

—¿A que debo el honor de la visita de una hechicera?

—pregunto Jonar —Solo busco respuesta, nada mas.

El bosque cerca de Tretogor tardará años en recuperarse —comenzó Philippa, rompiendo el silencio con una voz que era como seda sobre acero—.

La realidad se rasgó aquella noche.

No fue un portal de un hechicero descuidado, ni una apertura fortuita.

Fue…

una intrusión.

Y tú estabas en el epicentro.

Jonar mantuvo el rostro impasible, sus dedos rozando apenas el borde de la mesa.

—A veces el cielo decide abrirse.

Yo solo buscaba un lugar seco donde dormir.

Philippa soltó una risita suave, casi genuina.

—Me han llegado informes curiosos: un extranjero que caza monstruos, un hombre que cura heridas mortales con un brillo dorado en las manos.

Dicen que tu voz no solo habla, sino que manda.

—La gente exagera cuando tiene miedo o gratitud —respondió Jonar con brevedad—.

Solo soy un viajero que sabe defenderse y que no disfruta viendo morir a los demás.

—Un viajero sin pasado, sin linaje y sin rastro en los registros de ninguna academia —Philippa se inclinó hacia adelante, su tono volviéndose más inquisitivo sin darse cuenta—.

Sé que vienes de “otro lado”.

¿Qué es lo que buscas realmente aquí?

¿De dónde vienes?

—Vengo de un lugar donde las montañas son más altas y la gente habla menos, Philippa —La hechicera se dio cuenta que nunca se había presentado—.

En cuanto a mis pretensiones…

solo busco una buena cama, una cena que no se mueva en el plato y, con suerte, que nadie intente diseccionarme para ver de dónde vengo.

—Eres exasperante —dijo ella, inclinándose ligeramente hacia él, dejando que el aroma a canela y nardo llenara el espacio entre ambos—.

Pero también fascinante.

Tienes un poder que vibra en el aire.

—Es que las respuestas son caras, y yo he gastado mis últimas coronas en este brebaje que ustedes llaman cerveza.

Philippa sonrió de lado —Tal vez el ambiente de una taberna sea demasiado…

ruidoso para una conversación.

Mis aposentos están a pocos pasos, arriba.

Tengo un vino de Toussaint que haría que hasta el más reservado de los hombres recuperara la memoria.

Podríamos charlar con más tranquilidad, Jonar.

Jonar arqueó una ceja, midiendo la oferta.

Sabía que detrás de la seducción de Philippa había una mente que calculaba cada palabra como un movimiento de ajedrez.

—Una oferta tentadora, sin duda —respondió Jonar con un tono juguetón—, pero temo que si subo a esa habitación, terminaría contándote hasta mis pecados de infancia, y mi madre siempre me dijo que guardara algo de misterio para la segunda cita.

Además, sospecho que tu “vino” viene con un interrogatorio incluido que no me apetece pasar esta noche.

Philippa no se mostró ofendida; al contrario, su respeto por el hombre sentado frente a ella pareció crecer.

Él no era un hombre fácil de manipular, ni un hechicero arrogante.

—Eres prudente.

Una cualidad rara en hombres con poder—dijo ella, recuperando su tono formal pero manteniendo la cortesía—.

Sea como sea, no puedo permitir que un talento como el tuyo deambule por los Reinos del Norte sin la guía adecuada.

Si no quieres confiar en mí, quizás confíes en alguien con una reputación…

más académica.

De su manga, Philippa extrajo un pergamino de vitela fina, sellado con cera azul y plata.

Lo puso sobre la mesa con delicadeza.

—Es una invitación para Aretuza, en la Isla de Thanedd —explicó—.

Está firmada por la rectora, Tissaia de Vries.

Ella tiene un interés particular en tu persona.

Quiere charlar contigo, Jonar.

Y si me permites una recomendación, tener a Artuza y a Tissaia como aliadas sería algo muy bueno para ti, la influencia de la academia se extiende por todos los reinos del Norte, te seria de gran ayuda contar con el favor de Aretuza.

Jonar tomó el pergamino, sintiendo el leve rastro de energía que emanaba del sello.

—Tissaia de Vries…

—repitió el nombre, saboreándolo—.

¿Es tan persistente como tú?

—Es mucho más estricta —respondió Philippa, levantándose con una elegancia felina—.

Pero si quieres entender por qué terminaste en ese bosque de Tretogor y qué lugar ocupas en este mundo, ella es la única que podrá darte respuestas honestas.

No desperdicies la oportunidad.

Aretuza no abre sus puertas a cualquiera.

Con un gesto elegante de cabeza, Philippa se despidió, dejando a Jonar con el aroma de su perfume y una carta que prometía cambiar el rumbo de su viaje.

Momentos después, la puerta se abrió y entró Eskel, con el pelo húmedo por la llovizna.

—La ciudad está tranquila, aunque hay demasiados guardias cerca de la posada…

¿Quién era esa mujer, Jonar?

Parecía alguien importante.

Jonar guardó la carta en su túnica y sonrió a su compañero.

—Una admiradora de mi sentido del humor, Eskel.

Y parece que nos han invitado a la universidad.

Parece que cambiare el rumbo de mi viaje.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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