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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 16

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16: Capitulo 16 16: Capitulo 16 La oscuridad en la habitación de la posada era absoluta, pero para Jonar, el sueño no solía ser un lugar de sombras, sino un vacío funcional.

Para un hombre que poseía el alma de un dragón y se había enfrentado a múltiples calamidades, dormir siempre había sido un proceso mecánico: cerrar los ojos y abrirlos un instante después con el cuerpo restaurado y la mente clara, sin el desorden de las fantasías subconscientes.

Pero esta vez fue diferente.

En el sueño, el aire olía a ceniza y sangre oxidada.

Jonar se vio a sí mismo desde la distancia, pero sentía cada punzada de dolor como si fuera propia.

Estaba suspendido en el aire, entrelazado con un tronco de un árbol de corteza negra como la obsidiana, cuyas ramas se retorcían como dedos esqueléticos dentro de él, como si se hubiese fusionado por la fuerza; las ramas entraban y salían por su cuerpo, la sangre emanaba sin parar.

Su cabeza colgaba mirando hacia abajo, mientras el árbol succionaba su sangre mientras escurría por la madera oscura, nutriendo las raíces de aquel árbol muerto.

No había enemigos a la vista, solo un silencio sepulcral y la sensación de miradas que lo observaban en su agonía.

Jonar abrió los ojos de golpe, con la respiración entrecortada y un sudor frío empapándole la frente.

Se quedó inmóvil, mirando el techo de vigas de madera, esperando sentir la madera atravesando su pecho.

Pero el dolor se desvaneció en segundos, dejando solo un eco de inquietud.

Se incorporó lentamente sobre la cama, sorprendido.

—¿Un sueño?

—Hacía años que no experimentaba algo así.

Un destello de luz llamó su atención; fue un instante, apenas perceptible.

Miró hacia su costado, hacia la mesa junto a la cama.

Allí estaba la Estrella, el receptáculo que contenía una parte de su esencia.

Aquella que había depositado para sanar los fragmentos de aquella alma que posibilitaron su llegada a esta tierra.

Se quedó acostado, observándola en la penumbra.

No necesitaba tocarla para sentirla.

Su luz no era constante, sino un pulso rítmico, un latido dorado que solo él podía percibir.

—¿Habrá sido el alma dentro de la estrella?

—Jonar no había pensado mucho en ello.

Sabía que era un alma fragmentada, una con una cualidad especial respecto a su presencia atemporal, extraña, parecida al alma de un dragón, pero distinta.

Suponía que en algún momento sanaría, lo suficiente como para poder interactuar con ella, si la voluntad de reconstruir lo suficiente, y luego vería qué hacer con ella.

—Pero esa luz… algo fue emitido desde la estrella… ¿Fue ella o el sueño fue una coincidencia?

Al concentrarse, Jonar pudo sentirlo con mayor nitidez: los fragmentos fracturados de su poder, aquellos que se habían dispersado tras su violenta llegada a este mundo cerca de Tretogor, estaban reaccionando.

Dentro de la Estrella, las astillas de luz parecían atraerse entre sí, moviéndose con una voluntad propia, uniéndose y tomando una forma más compleja, más sólida.

—Se está reconstruyendo —susurró para sí mismo.

Miro hacia la ventana tapada por las cortinas; la luz de la mañana ya comenzaba a iluminar la habitación.

—Es mejor que me levante.

—Pensó antes de levantarse de la cama y comenzar a vestirse.

.

.

.

Jonar bajó al salón común de la posada.

Se sentó en una esquina, pidiendo el desayuno del día, que resultó ser un tazón de gachas y un trozo de pan duro que remojó en un resto de caldo.

La estrella que ahora descansaba contra su pecho, bajo la túnica.

Poco después, los pasos pesados y rítmicos de Eskel resonaron en la escalera de madera.

El brujo se veía…

diferente.

No era el cansancio de una batalla, sino esa relajación post-combate que solo se obtenía de una manera específica.

Tenía el cabello algo revuelto y una ligera marca de labios carmesí, casi imperceptible, cerca de la mandíbula.

—Parece que la noche ha sido más productiva para ti que para mí —comentó Jonar, levantando su cuchara a modo de saludo.

Eskel soltó un bufido, sentándose frente a él con una sonrisa cansada pero satisfecha.

—Digamos que el oro de ayer estaba quemándome el bolsillo.

Fui al… local de la otra calle, ese que estaba lleno de guardias.

—¿Y bien?

¿Alguna historia de caballeros y damas en apuros?

—preguntó Jonar con un tono burlón.

Eskel se inclinó hacia adelante, bajando la voz.

—En realidad, sí.

Pero no del tipo que esperas.

Me encontré con un par de súcubos.

Estaban trabajando allí, pasando por humanas ante los ojos de los borrachos.

Pasé la noche con una de ellas…

—El brujo hizo una pausa, aclarando su garganta—.

Tienen una forma muy particular de agradecer la discreción de un brujo.

—Jonar rio por lo bajo.

—El caso es que quieren irse.

Jonar dejó de comer, interesado.

—¿Y a dónde planean ir?

—Al sur.

A Novigrado —respondió Eskel—.

Es una ciudad enorme, caótica.

Allí es más fácil pasar desapercibido.

Pero el camino no es del todo seguro, ya lo sabes.

Me preguntaron si las podía escoltar a la ciudad.

—Pero tú viajas al norte, ¿no?

—Exacto.

Por eso les hablé de ti —Eskel señaló a Jonar con el índice—.

Les dije que viajas hacia el sur; ayer me dijiste que planeas ir hacia Aretuza, y como tienes habilidades de sobra para pelear, les dije que te preguntaría sobre qué te parece por el contrato.

Jonar soltó una risita seca.

—Así que ahora seré un guardaespaldas de las criaturas del deseo.

—Recuerdo que dijiste que querías conocer a todos los monstruos del bestiario que leíste, y si bien las súcubos no son del todo monstruos, yo diría que es una gran oportunidad para conocer de cerca a un par de ellas y ganarte su favor.

—Comentó Eskel con una sonrisa.

Jonar rió.

Eskel se puso serio por un momento.

—Son buenas chicas, Jonar.

Solo quieren vivir con tranquilidad; pese a la reputación que tienen, pocas veces lastiman a alguien, les gusta vivir tranquilas y con comodidad.

Te pagarán, por supuesto, aunque no sea una fortuna.

Y te queda de camino.

Una vez en Novigrado, tú podrías seguir hacia el sur, hacia la isla de Thanedd.

Jonar se recostó en la silla, sopesando la propuesta.

Viajar solo era más eficiente, pero tampoco tenía ningún apuro para reunirse con la tal Tissaia.

Tampoco tenía motivos reales para rechazar compañía, y su trabajo de guardaespaldas ni siquiera sería una molestia; con solo agitar sus manos podría espantar con fuego, hielo o relámpagos a cualquiera que se le molestase.

—Debo admitir que siento cierta curiosidad, Súcubos… no estaría mal conocerlas por lo menos una vez… —Novigrado está en mi ruta —asintió Jonar finalmente—.

Y supongo que prefiero la compañía de dos súcubos agradecidas que la de una patrulla de redanios malhumorados.

Acepto el trabajo, Eskel.

El brujo asintió, visiblemente aliviado.

—Me lo imaginaba.

Entonces vayamos a verlas después de desayunar, así podrían decidir cuándo partirán.

Jonar asintió mientras volvía a su desayuno.

.

.

El aire en el burdel era sorprendentemente suave, impregnado de un perfume de flores.

Eskel guio a Jonar por un pasillo lateral, lejos de las risas forzadas del salón principal, hasta una habitación privada protegida por pesadas cortinas de terciopelo.

Allí esperaban Sadia y Selma.

Jonar se detuvo un instante, apreciando la dualidad de su naturaleza.

Eran, a ojos de cualquier mortal, mujeres de una belleza devastadora, con rostros de facciones finas y ojos que parecían contener el brillo de las brasas.

Sin embargo, no ocultaban lo que eran ante ellos.

De sus frentes brotaban cuernos curvados y oscuros, grabados con finas runas naturales que denotaban su madurez.

Sus cuerpos estaban adornados con tatuajes circulares que serpenteaban por sus hombros y caderas, patrones que parecían moverse levemente bajo la luz.

Pero lo más llamativo era lo que quedaba al descubierto bajo sus túnicas cortas: sus piernas no eran humanas, sino extremidades cubiertas de un pelaje suave y oscuro que terminaban en pezuñas que golpeaban el suelo de madera con un sonido seco y rítmico.

—Vaya…

—susurró Selma, de piel morena; su voz era como miel tibia—.

El brujo no mentía.

Se puede oler la magia en él, y… Algo, algo mucho más…

como si fuese fuego.

—Y mucho más peligroso —añadió Sadia, más delgada, de piel blanca.

Se acercó a Jonar, el suave golpeteo de sus pezuñas resonando en el silencio—.

Jonar, nos han dicho que eres nuestra esperanza de llegar seguras a Novigrado Jonar asintió.

—Eskel dice que tienen prisa —dijo, manteniendo la distancia pero sin hostilidad.

—Demasiada —respondió Selma con amargura—.

Un oficial de la fortaleza, un hombre con más rango que juicio, fue descubierto por su esposa.

La mujer, herida en su orgullo, no ha arremetido contra su marido, sino contra nosotras.

Ha convencido a los inspectores de que este lugar es un nido que corrompe el “alma del pueblo”.

Quieren cerrarlo antes de que termine la semana.

—Tenemos un carruaje —intervino Sadia rápidamente—.

Fue un “regalo” de un mercader de especias al que servimos bien durante años.

Es un transporte comercial robusto.

Si nos vestimos con ropas largas y cubrimos nuestras piernas, podemos pasar por una familia de comerciantes de Novigrado regresando a casa.

Pero necesitamos a alguien que no parpadee si una patrulla nos detiene.

Jonar observó los tatuajes circulares en la piel de Sadia; le recordaban vagamente a los tatuajes ceremoniales de los nórdicos.

—Acepto —sentenció Jonar—.

Necesito que preparen ese carruaje y esperen hasta mañana al alba.

En la puerta sur.

Las súcubos asintieron, visiblemente aliviadas, mientras Eskel ponía una mano en el hombro de Jonar.

—Mañana será un día largo, Jonar.

Yo también partiré al amanecer.

Debo volver a la senda.

—Espera —le dijo Jonar al brujo con voz firme—.

Mañana te daré algo antes de que te vayas.

Un regalo de despedida.

Eskel asintió con curiosidad.

Ambos salieron del burdel.

El brujo en búsqueda de provisiones y Jonar en dirección a la posada.

.

.

.

Ya solo en su habitación, Jonar cerró los ojos y dejó que el silencio lo envolviera.

Creo una barrera, aislando la habitación del resto de la posada; no quería llamar la atención.

Desde uno de sus anillos, aquel que poseía material que había almacenado desde sus aventuras en Skyrim y hasta convertirse en emperador, sacó un par de espadas y una cota de malla.

La espada de acero y la cota de malla estaban hechas de acero nórdico, una aleación de acero y azogue; la otra espada era una de plata, forjada y utilizada por la Guardia del Alba y los vigilantes de Stendarr para luchar contra criaturas daédricas y muertos vivientes.

Haciendo uso de su telequinesis, elevó la espada, y con su magia de fuego la calentó hasta que brillaba con un rojo intenso; con su propia habilidad mágica la remolcó hasta que tomó la forma de la espada que Eskel utilizaba.

Una vez remodelada, la enfría rápidamente con magia de hielo para templarla.

Una vez terminada, la depositó en un costado de la habitación e hizo lo mismo con la espada de plata.

Por último, hizo lo mismo con la cota de malla, ajustándola al tamaño del brujo.

Luego realizaba encantamientos sobre ellos.

A la cota malla le aplicó runas en el lenguaje Dovah, aquellas que remitan el gusto de furia elemental, lo que hacía de ella más ligera, quitándole peso de manera permanente.

A su vez, aplicó encantamientos de durabilidad, protegiendo aún más contra golpes, cortes y contra el óxido.

Sería como portar una armadura de placas de acero, pero con un peso diez veces menor.

A las espadas las encanto con durabilidad y con encantamientos que mantendrían el filo.

Podría haber agregado algo más, daño elemental o mágico, pero decidió reforzar al máximo los encantamientos anteriores.

Por último, invoco tres anillos, también de acero nórdico, pero sin gemas.

No sería bueno que su amigo brujo atrajera atención de más por un par de anillos.

A los tres anillos les aplicó encantamientos de regeneración.

Cada uno aumenta la regeneración de magia, resistencia, curación.

En el caso del anillo de curación, también poseía un hechizo de cerrar heridas, lo que sanaría a su amigo en caso de quedar herido gravemente, pero el hechizo solo podría usarse una vez al día.

El anillo de regeneración mágica le permitiría regenerar su magia más rápido y almacenaría magia/energía del caos como para poder hacer uso de cinco o seis señales más, cosa que no es mucho, dado el nivel que tienen las señales, pero aun así le resulta útil a su amigo.

Jonar se sentó en la cama, satisfecho por el trabajo que había hecho.

Si bien los regalos no eran necesarios para el brujo, Jonar sabía que Eskel era más que capaz de luchar con sus habilidades actuales; aun así, quería dejarle algún regalo que le resultara útil.

—Debería dejarle dinero en las alforjas sin que se dé cuenta; después de todo, tengo riqueza de sobra en mis anillos.

Mañana, el viaje al sur comienza, su nuevo objetivo: Aretuza no tenía prisa, así que disfrutaría de su camino hacia allí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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