Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 19
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19: capitulo 19 19: capitulo 19 El segundo día de viaje comenzó bajo un manto de neblina plateada que se aferraba a los troncos de los árboles.
Jonar, que no durmió en toda la noche, permanecía sentado en un tronco caído, con los ojos cerrados.
Durante las horas de oscuridad, sus sentidos habían seguido el rastro de los tres espías que los acechaban.
Eran cautelosos; se relevaban en turnos, se comunicaban mediante silbidos de aves y, lo más importante, no habían intentado ninguna maniobra hostil.
Simplemente observaban.
Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a calentar el ambiente, Jonar se puso en marcha.
Avivó el fuego y comenzó a preparar el desayuno.
Sacó de sus suministros algo de cecina de ciervo cocinada con hierbas que recolectó en la noche, un par de huevos que había comprado en el último pueblo y unas bayas silvestres.
El aroma de la carne dorándose sobre el fuego y el toque de las hierbas aromáticas que Jonar usaba con maestría técnica despertaron a las hermanas.
Salma y Sadia salieron de la tienda, estirándose con una languidez que desafiaba la rigidez del aire matutino.
—Buenos días Maese Jonar, veo que su talento no se limita a los libros—dijo Salma, aceptando un plato de madera—.
Huele muy bien.
—Es el mejor desayuno que he tenido en dias—añadió Sadia tras el primer bocado, lanzándole una mirada cargada de un brillo nuevo—.
Gracias por cuidar de nosotras, incluso en los pequeños detalles.
Tras recoger el campamento, retomaron el camino hacia Novigrado.
El camino seguía tranquilo, solo las plantas y algunas liebres habían cruzado su camino.
Cerca del mediodía, un graznido ensordecedor, agudo como un cristal rompiéndose, hizo que los caballos se encabritaran.
Desde la copa de un olmo gigante, una criatura de pesadilla se lanzó en picado.
Era un gallotriz.
Su cuerpo de reptil estaba cubierto de plumas ásperas y su cabeza de gallo deforme lucía un pico capaz de triturar corazas de acero.
La bestia atacó con ferocidad, buscando el cuello de uno de los caballos.
Jonar no se inmutó.
Con un movimiento que las súcubos apenas pudieron seguir con la vista, extendió una mano.
Un destello de energía surgió de sus dedos, golpeando al monstruo en pleno vuelo y desviando su trayectoria.
El gallotriz aterrizó con estruendo, siseando y batiendo sus alas con rabia.
Antes de que pudiera lanzar su siguiente ataque, Jonar lanzó una lanza de hielo que se movió como un borrón de sombra, atravesando el corazón y saliendo por la espalda.
El monstruo dio un último espasmo y quedó inerte.
El silencio regresó al camino, roto solo por la respiración tranquila de Jonar, quien bajo con una disculpa hacia sus contratistas.
—Voy a recolectar algunas partes.
—Dijo y caminó hacia la bestia.
Salma y Sadia bajaron de la carreta, con los ojos abiertos de par en par.
La impresión en sus rostros era genuina.
No solo era el hecho de que hubiera matado a la bestia, sino la facilidad absoluta con la que lo había hecho.
—Nunca he visto a alguien matar con esa…
precisión —murmuró Sadia, acercándose y colocando una mano en su hombro—.
Eres mucho más de lo que aparentas, Jonar.
Luego de que Jonar terminara de la recolección de mutágenos, cosa que Eskel le había enseñado.
Ambas súcubos también decidieron sacar algo útil de la bestia.
Durante el resto de la tarde, la dinámica cambió.
Los súcubos se mantuvieron cerca de él en la carroza, charlando de forma animada.
Le hacían preguntas sobre sus viajes, pero cada vez se inclinaban más hacia él, rozando sus brazos con los de él, dejando que sus risas llenaron el espacio de la carreta.
Al caer la noche, montaron el campamento en un claro protegido.
Mientras Jonar se preparaba para su guardia habitual, las súcubos lo se dedicaron a esparcir algo alrededor el campamento —Maese Jonar, esta noche no tendrá que quedarse despierto vigilando a las bestias —dijo Salma, mostrando un pequeño cuenco donde habían mezclado excrementos y fluidos del gallotriz con algunas hierbas—.
Hemos marcado el perímetro con esto.
Para cualquier monstruo menor o depredador, este lugar ahora apesta a territorio de un gallotriz dominante.
No se atreverán a acercarse a kilómetros.
Jonar asintió, reconociendo la astucia del método quimico.
—Eso significa —continuó Sadia, acercándose a él y rodeando su cuello con sus brazos mientras el aroma a sándalo y deseo que emanaba de ella se volvía llamativo— que no tiene excusas para no descansar con nosotras.
—Se ha pasado todo el viaje investigando nuestra especie con sus preguntas —susurró Salma al otro oído de Jonar, su mano acariciando el pecho del mago—.
Es un erudito, y un erudito sabe que la teoría no es nada sin la práctica.
¿Qué mejor “final” para su estudio que vivir la experiencia de mano propia?
Jonar miró a ambas sonriendo por lo bajo.
La seguridad del campamento estaba garantizada por su protección y la “marca” de la bestia realizada por ambas.
—Bueno, realmente no tengo motivo para rechazarlas.
Tampoco puedo negar la curiosidad.
— Con una sonrisa de aceptación, dejó que las hermanas lo guiaran hacia el interior de la tienda.
Esa noche, en la penumbra iluminada solo por una tenue luz mágica, Jonar dejó a un lado sus notas y sus libros para descubrir que había conocimientos que solo el tacto y el deseo podían revelar.
El aire dentro de la tienda no solo era cálido; era denso, cargado de una fragancia que desafiaba cualquier lógica natural.
Mientras Jonar dejaba la estrella de azura a un costado y se acomodaba entre los cojines, sintió el aroma que emanaba de las hermanas, una mezcla de vainilla salvaje, almizcle y un rastro de magia, golpeó sus sentidos como un martillazo aterciopelado.
No era solo un perfume; era una señal química diseñada para doblegar la voluntad.
Jonar, a pesar de su disciplina mental, sintió cómo sus instintos primarios despertaban con una fuerza repentina.
—No es extraño, los Dovah tendieron siempre a seguir sus instintos, pocos son los que piensan en sus acciones.
Quizás por hoy deba dejarme guiar por mis instintos… Ambas se acercaron lentamente.
Salma fue la primera en reclamar su atención.
Se deslizó sobre él con la agilidad de una depredadora que sabe que ya ha ganado.
Sus labios buscaron los de Jonar en un beso que empezó suave pero que rápidamente se volvió voraz, la respiración misma de la súcubo se aceleró hasta que pronto sintió como sus manos lo tomaban de la nuca mientras su lengua buscaba entrar en su boca.
Fue en ese momento cuando Jonar lo notó: la saliva de la súcubo despertaba sus instintos aun mas rapido.
Al contacto con su lengua, un calor líquido se disparó desde su garganta hacia todo su cuerpo, acelerando su pulso y nublando su juicio de una forma que ni el vino más fuerte podría lograr.
Cada beso era una invitación a perderse, una chispa que encendía un fuego que exigía más.
—Tu cuerpo es una fortaleza, Jonar —susurró Sadia, mientras desvestía al mago—.
Pero incluso las fortalezas tienen puertas que solo nosotras sabemos abrir.
Las manos de las mujeres eran un instrumento de placer absoluto.
Su piel no era simplemente suave; era como terciopelo vivo que parecía vibrar al contacto con la de él.
Cada caricia, cada roce de sus dedos largos y delicados, enviaba descargas eléctricas a través del sistema nervioso de Jonar.
Era la habilidad refinada a través de la experiencia: conocían cada nervio, cada punto de placer, y los manipulaban con una precisión casi quirúrgica.
Jonar sentía que su piel lo traicionaba, invitándolo a fundirse con ellas, a seguir tocando esa suavidad sobrenatural que se sentía más real que el acero de su espada.
A medida que el encuentro ganaba intensidad, el placer no dejó de aumentar; no se estancaba, sino que crecía en espirales ascendentes.
Jonar empezó a notar la succión de su energía.
No era violenta ni dolorosa; era una sensación de vacío dulce, como si su propia Magicka y la esencia del Dragón en su sangre se estuvieran convirtiendo en un canal de oro que fluía hacia ellas.
Las súcubos gemían ante la calidad del banquete.
Para ellas, alimentarse de un hombre corriente era un sustento; alimentarse de Jonar era un festín divino.
La saliva, el sudor y el aroma de los tres se mezclaron en una danza de fluidos que solo servía para aumentar el deseo de Jonar.
Sentía cómo sus sentidos se agudizaban hasta el punto de la agonía placentera: el roce de un cabello contra su pecho se sentía como una caricia de fuego, y la visión de los ojos de las súcubos, ahora brillando con un ámbar salvaje, lo anclaba a la realidad del momento.
Salma y Sadia se turnaban con una coordinación perfecta, ambas desnudas, con sus pechos al aire, una envolviéndolo en besos que le robaban el aliento y la otra explorando su cuerpo con una curiosidad insaciable, deleitándose en la firmeza de sus músculos y la vastedad de su energía.
Mientras una lo besaba, la otra lo acariciaba, mientras tanto el hacía lo mismo, con sus manos embutidas en energía recorría sus curvas, sus pechos, sus caderas, pero se encontró besando apasionadamente a una mientras pellizcaba levemente de los pezones de la otra.
La predisposición biológica de las súcubos para el placer era evidente; no había rastro de cansancio en ellas, solo una intensidad creciente que parecía alimentarse de la propia respuesta de Jonar.
Jonar se estaba acercando al clímax, Salma se encontraba detrás suyo, con sus pechos en su espalda, sus labios mordiendo su clavícula, y sus manos deslizándose en su miembro.
Mientras su lengua se encontraba ocupada en la boca de Sandía, y sus manos acariciaban su pecho e intimidad.
Cuando el clímax finalmente reclamó a Jonar, no fue una simple liberación biológica; fue una descarga que llenó de silencio la tienda.
La “semilla” de Jonar, imbuida de Magicka acumulada y el fuego latente de su sangre de dragón, se sintió como oro líquido, una sustancia cargada de una energía vital tan pura que resultaba casi cegadora para los sentidos mágicos de las súcubos.
Ambas comieron antes el aroma de su esencia.
Sadia fue la primera en agacharse y llevarse su miembro a la boca, soltó un alarido de puro gozo, arqueando su espalda hasta límites inhumanos mientras sus pupilas se dilataban hasta borrar el color de sus ojos.
Pero no terminó ahí.
Con una urgencia febril y los sentidos nublados por la embriaguez del mana, Salma buscó de inmediato a su compañera.
En un acto de comunión de lujuria, ambas se fundieron en un beso profundo y desesperado, compartiendo la semilla de Jonar entre sus labios.
Para ellas, aquello no era solo un fluido; era el néctar de los dioses, una droga que encendía sus nervios y hacía que sus propias reservas de energía se desbordaran.
La esencia de Jonar, pasando de una a otra, creó un vínculo eléctrico entre las tres figuras en la penumbra.
El intercambio despertó aún más su lujuria.
Cualquier rastro de la sofisticación seductora que habían mostrado durante el viaje desapareció, reemplazado por una necesidad primitiva y devoradora.
Se lanzaron sobre él con una ferocidad renovada, sus manos recorriendo las cicatrices de Jonar con un hambre que rozaba el delirio.
—¡Más…
necesitamos más!
—gemía Salma, cuya piel ahora emitía un tenue fulgor por la saturación de mana—.
Jonar…
tu esencia…
tu fuego…
¡no te detengas!
Jonar, lejos de estar agotado, sintió cómo su lado dragón rugía en respuesta a la desesperación de ellas.
Sus ojos ámbar, con la pupila rasgada brillando en la oscuridad, las observaban con una superioridad ancestral.
Él tomó el control absoluto.
Con un brazo rodeó la cintura de Salma, atrayéndola para besarla con una fuerza que le hizo sangrar ligeramente el labio, una herida que ella recibió con una risa histérica de placer.
Sus manos no daban abasto para recorrer la suavidad de los senos y muslos de ambas, que se retorcían contra él como si estuvieran bajo un hechizo de posesión.
La tienda se convirtió en un torbellino de extremidades entrelazadas y respiraciones que ya no parecían humanas.
Sadia, completamente fuera de sí, comenzó a lamer el sudor de los hombros de Jonar, buscando cada gota de esa vitalidad inagotable, mientras Jonar tomaba a Salma en cuatro, golpeando sin detenerse su intimidad, hasta que su miembro quedó envuelto en una cremosidad producto de la lujuria de la morena, sintiendo ella misma un éxtasis que la hacía perderse en el fragor de la noche.
Continúo hasta que la intimidad de Salma se contrajo en un orgasmo que pronto se liberó con un chorro de éxtasis que mojo los almohadones debajo de ella.
Sadia se lanzó, lamiendo la intimidad de su compañera, absorbiendo los fluidos que rebosaban mezclados.
Pronto Jonar la tomó, poniendo un almohadón bajo su cadera, haciendo más fácil la penetración.
Sadia gemía de placer ante las embestidas de Jonar, jadeos que se detuvieron cuando la lengua de Salma entró en su boca.
Minutos después el orgasmo la retorcía, sus ojos se daban vuelta del placer.
Salma saltó a su entrepierna para devorar todos los fluidos que pudiera.
La energía de Jonar era tan vasta que las súcubos sentían que estaban a punto de romperse, pero ese riesgo solo aumentaba su deseo.
Estaban enganchadas a él como a una fuente de vida eterna.
Ya no era un estudio, ni una invitación; era una adicción.
Esa noche, las depredadoras habían encontrado un manantial que no solo las saciaba, sino que las transformaba, dejando a las hermanas súcubos rendidas y delirantes ante el hombre que portaba el fuego de los dragones en su interior.
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La noche pareció detenerse dentro de la tienda, convirtiéndose en un ciclo interminable de deseo y descubrimiento.
Jonar, impulsado por una energía que desafiaba la lógica de los mortales, no permitió que el fuego se extinguiera tras la primera o segunda vez.
Su naturaleza de sangre de dragón lo mantenía en un estado de alerta vibrante, una potencia que las súcubos, encontraron abrumadoramente placentera.
Fueron varias rondas más, cada una más profunda y salvaje que la anterior.
Jonar las tomó con una mezcla de ternura protectora y ferocidad primaria.
Besó cada centímetro de sus cuerpos, desde la punta de sus dedos hasta la base de sus espaldas, deleitándose en la suavidad de su piel que contrastaba con la dureza de sus propias cicatrices de guerra.
Salma y Sadia, completamente entregadas y con los sentidos embotados por el placer, se convirtieron en recipientes de su inmensa energía.
En los breves intervalos entre cada encuentro, las hermanas se aferraban a él, jadeando, buscando el calor que emanaba de su pecho.
Sus cuerpos estaban marcados por el rastro de la pasión: el sudor brillando bajo la luz mortecina, el aroma a sándalo mezclado con la esencia metálica de la magia pura y el rastro de la semilla compartida que aún palpitaba en su interior como un núcleo de poder latente.
—Nunca…
nunca imaginamos que un hombre pudiera albergar tanto —murmuró Salma, con la voz rota por el éxtasis, mientras apoyaba la cabeza en el hombro de Jonar.
Sus ojos, antes vibrantes, ahora estaban pesados, cerrándose por la “borrachera de energía” que recorría sus venas.
—Eres una bestia…
, Jonar —añadió Sadia, entrelazando su pierna con la de él, sintiendo cómo la vitalidad del mago todavía vibraba bajo su piel, aunque ahora de forma más calmada—.
Nos has dado más en una noche que lo que hemos obtenido en un mes…
Finalmente, cuando el cielo exterior estaba en su momento más oscuro, el agotamiento —o más bien, la plenitud absoluta— reclamó a las hermanas.
Se quedaron dormidas casi instantáneamente, una a cada lado de Jonar, envolviéndolo en un nido de brazos y piernas suaves.
Estaban descansando con una expresión de paz que rara vez conocían las criaturas de su especie.
Jonar, por su parte, permaneció unos momentos más con los ojos abiertos en la penumbra.
Una calma profunda.
Su energía, aunque compartida con generosidad, seguía fluyendo con fuerza; la sangre de dragón ya estaba trabajando en su regeneración.
Acarició por última vez el cabello de Salma y la espalda de Sadia con un gesto casi imperceptible.
La protección del campamento estaba asegurada por el aroma del gallotriz muerto, y por una noche, el Dovahkiin se permitió bajar la guardia por completo.
Con el suave sonido de la respiración rítmica de las súcubos como banda sonora, Jonar cerró los ojos, sumiéndose en un sueño profundo.
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El sol del tercer día no trajo claridad, sino una tensión eléctrica que parecía emanar del mismo suelo.
Jonar despertó, como siempre, antes que la luz tocara las copas de los árboles.
Sin embargo, esta vez no estaba solo en su vigilia.
Al abrir los ojos, se encontró con dos pares de orbes ambarinos fijos en él.
Salma y Sadia no habían dormido mucho; habían pasado la madrugada observando el ritmo de su respiración, fascinadas por la forma en que el mana parecía refluir hacia su cuerpo mientras descansaba.
Cuando Jonar se levantó para preparar el desayuno, la conexión se hizo palpable.
Ya no era la cortesía del primer día ni la seducción juguetona del segundo.
Era algo más denso, casi asfixiante.
Dondequiera que Jonar se movía, ellas estaban allí.
Si buscaba agua, Salma le entregaba el odre antes de que él lo pidiera, rozando sus dedos con una lentitud deliberada.
Si avivaba el fuego, Sadia se situaba a sus espaldas, cerrando los ojos para inhalar el rastro de su aroma, que ahora, tras la noche anterior, le resultaba más adictivo que cualquier droga.
No hablaban mucho, pero sus miradas lo decían todo.
Sus gestos eran felinos, posesivos.
Jonar percibía cómo sus pupilas se dilataban cada vez que él realizaba un esfuerzo físico, como tensar una cuerda o cargar un fardo pesado.
Estaban atrapadas en su órbita, gravitando alrededor de su inmensa energía vital.
El sol del tercer día apenas empezaba a filtrar sus hilos de luz entre las ramas cuando el campamento comenzó a ser desmantelado.
Sin embargo, el ritmo era distinto.
No había la eficiencia silenciosa del primer día; cada movimiento estaba cargado con el peso de la noche anterior.
Salma y Sadia se movían alrededor de Jonar como satélites atrapados por una fuerza gravitatoria imposible de ignorar.
Sus miradas, antes curiosas, ahora eran de una devoción casi febril, buscando constantemente el contacto visual con sus ojos de pupila rasgada.
Mientras guardaban las mantas en la carreta, Sadia se detuvo, observando a Jonar mientras él tensaba las cinchas de los caballos con una facilidad que sugería una fuerza física desproporcionada.—Jonar… —comenzó Sadia, su voz un susurro que mezclaba temor y fascinación—.
Hemos vivido mucho.
Creíamos conocer los límites de lo que un hombre puede albergar.Salma se acercó por el otro lado, dejando que su mano rozara el antebrazo de Jonar, sintiendo el calor inusual que emanaba de su piel.—Pero tú… —continuó Salma, clavando sus ojos ambarinos en los de él—.
Anoche, cuando tu energía nos inundó… .
Ningún humano, por muy poderoso que sea, tiene ese fuego en la sangre.
Ni esa resistencia.
—¿Qué eres realmente, Jonar?
—preguntó Sadia, con una franqueza que solo la intimidad de la noche anterior le permitía—.
Porque está claro que, aunque camines como uno y hables como uno, no eres humano.Jonar guardó silencio un momento, mirando hacia el horizonte, donde las aves empezaban su vuelo matutino.
—Tienen buen instinto —respondió finalmente, con una voz que resonó con un matiz vibrante, casi un eco lejano—.
“Humano” es algo que dejé atrás hace mucho tiempo.Las súcubos contuvieron el aliento.
La confirmación, aunque esperada, las hizo estremecer.—¿Eres un elfo, uno de sus “magos”?
¿Un vampiro?
—insistió Salma, acercándose más, embriagada por la honestidad de su confesión.—No soy un Aen Seidhe, ni un monstruo bebe sangre —dijo Jonar, esbozando una sonrisa enigmática que no llegó a sus ojos—.
Mi linaje no pertenece a estas tierras.
Digamos que soy un error en el tejido del tiempo.—Confirmas que no eres humano… —murmuró Sadia, pasando sus dedos por una de las cicatrices en el pecho de Jonar, que asomaba por su túnica abierta—.
Eso solo hace que queramos descubrir cada capa de tu misterio.
Sea lo que seas, Jonar, tu esencia es la más pura que hemos probado jamás.—Saber la verdad completa suele tener un precio que pocos están dispuestos a pagar —advirtió Jonar con suavidad, cerrando el diálogo—.
Por ahora, basta con que sepáis que el hombre que las protege tiene el poder necesario para llevarlas a Novigrado.Subió al pescante y tomó las riendas, dejando a las hermanas en un estado de trance.
Ellas se miraron entre sí; la obsesión ya no era solo por su energía, sino por el enigma que representaba.
Subieron a la parte trasera de la carreta en silencio, pero sus ojos no se apartaron de la espalda de Jonar en todo el trayecto, como si esperaran ver alas brotar de sus hombros o escamas cubrir su piel en cualquier momento.
Tras levantar el campamento, el viaje continuó por los senderos del sur de Redania.
Pero la paz duró poco.
Al doblar un recodo rodeado de densos matorrales, una flecha impactó en el marco de madera de la carreta.
Diez hombres, con el rostro cubierto por paños sucios y armados con hachas y espadas de mala calidad, bloquearon el paso.
—¡Bajan de la carreta si no quieren que los abramos como cerdos!
—bramó el líder, un tipo corpulento con una cicatriz supurante en la mejilla.
Jonar suspiró.
No había rastro de miedo en él, solo una ligera molestia.
Echó un vistazo a las súcubos; ambas con miradas un poco tensas por la sorpresa, pero no por el peligro.
Jonar bajó del pescante con una calma gélida.
Desenvainó su espada de acero, un arma de proporciones perfectas que brilló bajo el sol mortecino.
Lo que siguió fue una danza de carnicería pura.
Jonar se movió con una economía de movimiento que solo un siglo de guerras puede otorgar.
No había desperdicio.
El primer bandido intentó una estocada, pero Jonar simplemente pivotó sobre su pie izquierdo y le seccionó el brazo antes de que el hombre pudiera gritar.
Un segundo atacante fue decapitado con un tajo ascendente tan rápido que la sangre tardó un segundo en brotar.
Salma y Sadia observaban desde la carreta, incapaces de apartar la vista.
Sus pechos subían y bajaban con violencia.
Ver a Jonar matar, sentir cómo su vitalidad se encendía con el fragor del combate, era un estímulo primario que las golpeaba directamente en su naturaleza.
Para una súcubo, la vitalidad es forma de belleza, y Jonar emanaba vitalidad como de un océano se tratase.
Cada vez que el acero de Jonar chocaba con el de sus enemigos, ellas sentían un espasmo de deseo.
Cuando el último bandido cayó, el silencio volvió a adueñarse del camino, roto solo por el susurro del viento entre los árboles.
Jonar limpió su hoja de acero con un movimiento seco y preciso usando un retal de tela del caído, envainándola con un clic metálico que resonó con autoridad.
Al regresar a la carreta, la atmósfera había cambiado por completo.
Salma y Sadia lo observaban desde el pescante; había una fascinación silenciosa y casi reverencial.
Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en la figura del guerrero que acababa de despachar a diez hombres con la misma facilidad con la que se aparta la maleza del camino.
Salma dio un paso hacia él cuando Jonar subió al carro.
Sus manos, que temblaban imperceptiblemente, buscaron el contacto con su brazo.
Sus dedos rozaron la piel de Jonar con una suavidad eléctrica, como si necesitara comprobar que la vitalidad que emanaba de él tras el combate era real.
—Tu sangre… —murmuró Salma, con una voz cargada de una vibración profunda y magnética.
Sadia se acercó por el otro lado, rodeando el hombro de Jonar con una caricia leve, casi instintiva.
El aroma de las súcubos, ese perfume dulce y embriagador que solían usar para atraer a sus presas, ahora emanaba de ellas de forma involuntaria, como una respuesta biológica a la presencia dominante de Jonar.
—Nos cuesta apartar la mirada —admitió Sadia en un susurro, sus ojos dorados brillando con una mezcla de deseo y respeto Jonar, manteniendo la calma y la firmeza, tomó suavemente las manos de ambas y las apartó, aunque no con frialdad, sino con una promesa implícita en su mirada.
—Todavía nos queda camino —dijo con su voz grave, que actuó como un bálsamo sobre los sentidos alterados de las hermanas—.
Guarden esa energía.
La noche llegará a su debido tiempo.
Ellas asintieron con una sumisión que les era extraña, pero que aceptaban con gusto.
Durante el resto del trayecto hacia el lugar de acampada, el ambiente en la carreta fue de una quietud densa.
Jonar conducía en silencio, pero podía sentir la intensidad de las miradas de las súcubos clavadas en su nuca.
Ellas no se movían, no hablaban; simplemente estaban allí, sumidas en una especie de trance, inhalando el rastro de vitalidad que Jonar dejaba en el aire.
Era una conexión silenciosa y poderosa; ellas buscaban el contacto de sus propios hombros o manos, compartiendo el escalofrío de la anticipación.
El deseo no era una urgencia descontrolada, sino una marea alta que subía lentamente, llenando el espacio con un aroma a sándalo y magia latente, mientras ambas contaban los minutos para que el sol se ocultara y pudieran, finalmente, fundirse de nuevo con aquel fuego que las había cautivado por completo.
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Cuando la noche finalmente reclamó el camino a Novigrado, la tensión acumulada durante el día —tras la masacre de los bandidos — alcanzó un punto de ruptura.
Dentro de la tienda, el aire estaba saturado de un magnetismo que hacía que el vello de los brazos de las súcubos se erizara.
Salma y Sadia ya no eran las seductoras astutas que dominaban a los hombres con trucos; eran dos criaturas rendidas ante un poder que las sobrepasaba.
En cuanto Jonar cruzó el umbral, el orden se invirtió.
Para Salma, el mundo se redujo al momento en que Jonar la tomó por el cuello con una mano firme, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás para exponer su garganta.
No hubo preguntas, ni delicadeza, y ella no la deseaba.
Sintió un tirón de placer eléctrico cuando los dientes de Jonar rozaron su piel en un mordisco que dejó una marca encendida.
—Es un depredador… —pensó Salma, con los ojos anegados de puro éxtasis—.
Le encantaba sentirse “suya” bajo su tacto.
Sus dedos, callosos por el acero y cargados de una vitalidad inagotable, se hundían en sus muslos y caderas con una fuerza salvaje.
Jonar la posicionaba a su voluntad, moviendo su cuerpo como si fuera seda entre sus manos, explorándola con una curiosidad dominante que la hacía sentir despojada de su orgullo de súcubo y reducida a su esencia más primaria.
Sadia, observando desde un costado con la respiración rota, sentía que se derretía ante la proximidad de Jonar.
Ver las cicatrices de guerra en la espalda del guerrero, iluminadas por la tenue luz de la lámpara, le provocaba una urgencia que rozaba la agonía.
Cuando Jonar dirigió su mirada ámbar hacia ella, Sadia lo montó con una desesperación frenética, buscando desesperadamente el calor de su sangre de dragón.
Pero Jonar no se dejó llevar por el ritmo de ella; él impuso el suyo.
Sus manos se hundieron en la carne de las caderas de Sadia, sujetándola con una firmeza que le recordaba a cada segundo quién tenía el mando.
Cada embestida, cargada con la estamina sobrehumana de Jonar, se sentía como una invasión de fuego y oro en sus entrañas.
Sadia gritaba su nombre, con la cabeza hacia atrás, perdida en el delirio de la embriaguez.
—Es… es demasiado… —jadeó Sadia contra el hombro de Salma cuando ambas se fundieron en un beso desesperado, compartiendo en sus labios el aroma dulce de la vitalidad de Jonar.
Jonar cambiaba de pose con una fluidez incansable, uniendo a las dos hermanas bajo su cuerpo.
Sus dedos exploraban cada rincón con una intención devastadora, mientras sus mordiscos en orejas y hombros actuaban como marcas de fuego que las anclaban a él.
Las súcubos se retorcían en un caos de extremidades, llorando de placer absoluto, completamente entregadas a la voluntad de un hombre que las hacía sentir vulnerables y completas.
Les encantaba ser mordidas, ser tomadas con esa fuerza animal, sintiendo que sus propios cuerpos vibraban en sintonía con el corazón que latía en el pecho del mago.
Cuando el clímax finalmente llegó, no fue una simple liberación; fue un estallido de energía que inundó sus vientres.
Salma y Sadia, bañadas en el sudor y la esencia de Jonar, se quedaron abrazadas a sus piernas, lamiendo su piel como si fuera ambrosía.
Al final de la noche, la tienda era un santuario de respiraciones entrecortadas.
Las súcubos estaban exhaustas, marcadas y profundamente serenas, con Jonar en el centro abrazandolas a ambas.
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