Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 20
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20: Capitulo 20 20: Capitulo 20 El sol del cuarto día se alzó barriendo las brumas del valle del Pontar, revelando finalmente el destino que se perfilaba en el horizonte.
Desde la elevación del camino del norte, la vista era sobrecogedora.
A lo lejos, Oxenfurt no parecía una ciudad común; se erigía sobre las aguas como una joya de piedra blanca y tejados rojizos, un laberinto de torres académicas y edificios señoriales que desafiaban la arquitectura rústica de los reinos circundantes.
Desde aquella distancia, Jonar y las súcubos pudieron apreciar las imponentes murallas que protegían la isla principal, salpicadas por los grandes ventanales de la aristocracia y los claustros de la universidad.
No era un lugar de barro y penuria, sino un bastión de la alta y media sociedad, donde la riqueza se medía tanto en oro como en pergaminos.
La silueta de la universidad, con sus agujas tocando las nubes, dominaba el paisaje, recordando a cada viajero que estaba entrando en el santuario del conocimiento del Norte.
—Miren eso —susurró Sadia, dejando que su mirada recorriera la elegancia de los puentes de piedra—.
Parece un cuadro pintado por un maestro.
La energía que emana de ese lugar es… limpia, vibrante.
A medida que descendían hacia el gran puente norte, el bullicio de la ciudad comenzó a inundar sus sentidos.
El puente, una proeza de ingeniería, estaba flanqueado por estatuas y custodiado por la guardia redaniana.
Los soldados, con sus petos pulidos y el águila de Redania grabada en sus escudos, mantenían un orden estricto, filtrando a los cientos de personas que buscaban ingresar.
Al llegar al puesto de control de la puerta norte, Jonar detuvo la carreta.
Un sargento de rostro severo y bigote canoso se adelantó, apoyando una mano en el pomo de su espada mientras escaneaba a los viajeros.
—¡Alto!
—ladró el guardia—.
Identifíquense.
¿Qué trae a un hombre de su porte y a dos damas de… —se detuvo un momento, parpadeando ante la belleza hipnótica de Salma y Sadia, potenciada por su sutil hechizo de ilusión— …tan alta alcurnia a Oxenfurt?
Jonar no se inmutó.
Su mirada dorada se clavó en la del sargento con una intensidad que hizo que el hombre diera un paso atrás, casi involuntariamente.
—venimos por mercancías y descanso —dijo Jonar con una voz que resonó con autoridad.
El guardia revisó el carruaje con la mirada, claramente construido para el comercio, pero solo las pertenencias de las mujeres ocupaban espacio.
Tras un momento que pareció eterno, hizo una señal a sus subordinados.
—Todo parece estar en orden.
Bienvenidos a Oxenfurt, señor.
Mis señoras —dijo mientras despedía a las damas.
Con un gesto seco, los guardias abrieron paso.
Al cruzar el umbral de la puerta, el cambio fue inmediato.
El sonido de los cascos de los caballos sobre el pavimento de piedra pulida reemplazó el crujir de la tierra.
La ciudad vibraba con una energía sofisticada: estudiantes con sus capas académicas discutiendo caminaban hacia la universidad, carruajes finamente decorados transportando a la nobleza local y el aroma a tinta fresca, pan recién horneado y perfumes costosos llenando el aire.
Las súcubos miraban maravilladas la arquitectura de piedra y los acueductos renovados.
Aquí, la mente parecía pesar tanto como el acero.
—Es fascinante —susurró Salma, observando los coloridos carteles de las librerías y las elegantes fachadas de las villas—.
Es un lugar bello.
Decidieron que no seguirían viaje de inmediato.
El esfuerzo de los días previos exigía un respiro.
—Vayamos a una posada, alquilare una habitación, mañana iremos a Novigrado.
Colento mientras se dirigía hacia un edificio cuyo cartel decía “la comadreja roja”.
—La obsesión por el rojo me recuerda tanto a los imperiales.
—No puedo evitar pensar en la familiaridad del lugar con Cyrodiil.
Entraron en la posada, un edificio imponente que servía como punto de encuentro para mercaderes y personas de buen nivel adquisitivo..
Al entrar en la suite, el aroma a cera de abejas y madera de cedro los recibió, confirmando que estaban en uno de los establecimientos más exclusivos de Oxenfurt.
La habitación era amplia, con alfombras gruesas que amortiguaban sus pasos y muebles de roble tallado que brillaban bajo la luz que entraba por los grandes ventanales.
Jonar dejó su equipo a un lado y se acercó a la ventana para observar el flujo constante de estudiantes y carruajes en la calle principal.
Salma y Sadia, liberadas finalmente del espacio reducido de la carreta, recorrieron la estancia con elegancia, tocando las sábanas de hilo y admirando los detalles de la habitación.
—Finalmente, un buen lugar para decansar —comentó Salma, ajustando su cabello frente a un espejo de plata.
Sadia se acercó a Jonar, posando una mano suave en su hombro mientras miraba hacia el exterior.
Jonar se acercó a la ventana, observando el movimiento de Oxenfurt.
Sabía que los espías no estarían lejos, pero allí, en el corazón de la civilización, se permitiría algunos días para descansar.
—Lo mejor es aprovechar la mañana —dijo con una sonrisa sugerente—.
Salma y yo queremos recorrer las calles.
Necesitamos renovar algunos artículos personales, quizás encontrar telas que no estén cubiertas por el polvo del camino.
Jonar asintió lentamente, sin apartar la vista del horizonte.
—Es una buena idea.
Hagan sus compras y disfruten del dia, Hare lo mismo, hay algunas cosas que me gustaría comprar.
—Entonces, ¿nos vemos aquí al mediodía?
—preguntó Sadia—.
Podríamos almorzar en el comedor principal de la posada.
—Al mediodía, entonces —confirmó Jonar—.
Reúnanse conmigo aquí para comer.
Hasta entonces, procuren no causar demasiado revuelo.
Con un gesto de despedida, las súcubos salieron de la habitación, sus risas suaves perdiéndose por el pasillo mientras planeaban su ruta por el mercado.
Jonar, por su parte, se ajustó la túnica y esperó unos minutos antes de salir también, listo para sumergirse en las librerías y talleres de la ciudad universitaria.
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Las calles empedradas de Oxenfurt eran reconfortantes de por sí, tanto las calles como las tiendas y casas emanaba una sensación de tranquilidad y buen ambiente.
Había movimiento en las calles, personas armando sus puestos, comerciantes que sacan a relucir sus mercancías, damas y señores que comenzaban a caminar por la mañana en búsqueda de artilugios de orígenes extranjeros.
Sus pasos lo llevaron frente a una estructura imponente de piedra oscura y vitrales tallados.
Sobre la puerta, un letrero de madera de cedro con formas de libros apilados uno sobre otros.
Era, según había escuchado murmurar, la librería principal que proveía a la prestigiosa Academia de Oxenfurt.
Desde la entrada podía observar a jóvenes estudiantes saliendo del local a las apuradas hacia la universidad.
Al entrar, el eco de sus botas sobre el mármol atrajo la atención de un hombre mayor que se encontraba tras un mostrador de caoba masiva.
El anciano, que usaba unos lentes tan gruesos que sus ojos parecían dos enormes canicas curiosas, dejó una pluma de ganso a un lado y se ajustó la túnica académica.
—Buenos días, caballero —dijo el anciano con una voz temblorosa pero educada mientras lo observaba disimuladamente —.
Soy el Maestro Barnabás, custodio de esta colección.
¿Busca algo en especifico?
—Saludos, soy Jonar de Nirn —respondió con una voz profunda —.
No busco un libro en particular, Maestro Barnabás.
He venido a hacer un pedido extenso.
El anciano sonrió con amabilidad, pensando en una docena de tomos.
—Dígame, señor Jonar.
¿Qué trabajos le interesan?
Tenemos libros de todas las ciencias, mapas de todo el continente, investigaciones sobre diversas áreas del conocimiento.
—Me interesan todas —dijo Jonar sin rodeos—.
Quiero que me venda un artículo de cada tipo que tenga disponible.Historia, geografía, leyes, medicina, magia teórica, botánica, heráldica, crónicas de los reinos, mapas, etc..
Absolutamente todos los que tenga para ofrecer, incluso aquellos que no sean para el público general —Comentó con un levantamiento de cejas.
El silencio que siguió fue absoluto.
Barnabás se quedó con la boca abierta, su pluma resbaló del mostrador y cayó al suelo.
—¿Perdone?
—preguntó el anciano con incredulidad—.
Creo que no he escuchado bien ¿Dijo usted…
todos?
Señor, tengo cientos de tomos aquí.
El costo sería astronómico, por no hablar de que… Jonar arrojó una bolsa al mostrador.
El tintineo de las monedas sonó cuando la bolsa cayó frente al hombre, algunas monedas salieron de ellas.
Oro, todas eran de coronas de oro.
Una buena cantidad de ellas.
—Una pequeña contribución por el conocimiento, porta una copia de todo lo que tenga para ofrecer.
Empaquelo y envíale a la posada “la comadreja roja”, deje todo frente a la habitación a mi nombre.
Barnabás miró el oro y luego a Jonar.
El sudor empezó a correr por su frente ante la magnitud del negocio.
Era la venta más grande en la historia de la librería, algo que probablemente financia su establecimiento por unos años sin necesidad de vender libros.
—Yo…
por supuesto, señor Jonar—balbuceó el anciano, haciendo una reverencia profunda—.
Empezaré a organizar a mis ayudantes de inmediato.
Será un trabajo de varias horas, pero para el atardecer tendrá todas las cajas frente a su habitación —Excelente —concluyó Jonar, girándose para salir— Que tenga una buen dia.
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El resto de la mañana lo paso comprando en otras tiendas.
Luego de la librería se dirigió a una tienda de química.
Al igual que la librería está trabajaba asociada a la universidad.
Quería comprar todos los elementos que tuviera a disposición para poder trabajar sobre sus posiciones, compro los artículos necesarios, tanto para la destilería como los recursos que se destilaban, ácidos y diversos elementos químicos, al igual que los libros que brindaban la información de cómo utilizarlos.
Si bien Jonar ya era de por sí un maestro en Alquimia, no perdía en nada aprendiendo lo que este mundo tuviera por ofrecer.
Al igual que Barnabás, el duelo del local, un hombre mayor llamado Dungrim, lo miró escépticamente ante su pedido, mirada que desapareció de inmediato cuando una bolsa llenas de coronas de oro cayó sobre su mostrador, a lo cual de inmediato se puso a trabajar para preparar el envío hacia la posada.
Todo mientras sonreía murmuró algo sobre su pronta jubilación.
Luego paso a una tienda de atuendos, si bien ya psoea todas las tunicas que quisiera en unos de sus anillos, tampoco le vendria mal tener ropa a la moda del lugar.
Los trabajos de los herreros y armeros llamaron su atención, no tenían nada que captará su interés.
Por lo que pasó de ellos y se dirigió a una tienda de joyas, esperando encontrar joyas para regalar a su compañeras como regalo de despedida.
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Cuando llegó el mediodía los tres se encontraron en la posada.
Salma y Sadia venían juntas, detrás de ellas unos muchachos jóvenes cargaban con sus compras, con caras y sonrisas bobas mientras miraban como las cinturas de los súcubos se movían de aquí para allá en su caminar.
Dejaron las cosas en su habitación, y recibieron una moneda de plata y una promesa de ser llamados cuando hicieran más compras.
No hacía falta decir que los jóvenes se sienten como niños como presas de obtener caramelos ante las palabras de las mujeres.
Jonar sonreía con sorna mirando la interacción, la habilidad de las mujeres era increíble para seducir a los hombres.
Almorzaron en la posada, lo mejor que había para ofrecer, carnes de ternera con papas con salsa de ajo y queso, y un buen vino redaniano, todo por invitación de Jonar.
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El almuerzo transcurrió en una atmósfera de comodidad ganada, Jonar, relajado por primera vez en mucho tiempo, observó a sus compañeras.
Salma y Sadia lucían radiantes; el aire de la ciudad les sentaba bien.
—Admito que extrañaba que me sirvieran la comida en lugar de tener que cocinarla sobre una fogata —dijo Salma, cortando un trozo de ternera con delicadeza—.
—Es un buen cambio de ritmo —asintió Jonar, dejando su copa sobre el mantel.
El almuerzo continuó entre risas y anécdotas ligeras sobre los estudiantes que intentaron cortejarlas en el mercado.
Sin embargo, a medida que el postre llegaba y el vino empezaba a hacer efecto, el tono de la charla se volvió más íntimo.
Las súcubos se acercaron un poco más a él, y el juego de miradas cambió.
— Jonar —comenzó Salma, bajando la voz para que solo él pudiera escucharla—, hemos estado pensando.
Esta es nuestra última parada tranquila antes de Novigrado.
Y queremos aprovecharla al máximo contigo.
Sadia tomó la mano de Jonar por debajo de la mesa, rozando su piel con las yemas de los dedos.
—Tenemos dos propuestas para el resto del día.
La primera es ir al teatro esta tarde; escuchamos que hay una función maravillosa, reinos un poco y luego volvemos, aquí para cerrar la noche en tus brazos.
Salma humedeció sus labios, con una mirada cargada de intención.
—La segunda propuesta es más…
directa.
Olvidamos el mundo, la obras de teatro.
Cerramos la puerta de la suite ahora mismo y nos dedicamos a “despedirnos” del camino a nuestra manera, hasta que salga el sol.
Jonar las observó en silencio, sintiendo la vibración de la magia y el deseo que emanaba de ambas.
Jonar dejó la copa de vino sobre la mesa y observó a las hermanas con una sonrisa lenta y decidida se dibujó en su rostro.
—El teatro puede esperar, en otra ocasión , cuando vuelva.—sentenció Jonar con voz profunda.
Salma y Sadia intercambiaron una mirada de triunfo y deseo.
No esperaron más; se pusieron de pie con una gracia felina, esperando a que él marcara el paso.
Antes de subir, Jonar llamó al posadero con un gesto autoritario.
—Traiga las mejores botellas de su bodega a la suite principal —ordenó, dejando caer una moneda de oro adicional sobre el mostrador.
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La tarde se convirtió en un desfile de sensaciones.
Jonar, con su resistencia sobrehumana, se entregó al juego de las hermanas.
Hubo una mezcla de pasión salvaje y una ternura inesperada; se perdieron en la inmensidad de la cama de sedas, disfrutando de cada centímetro de piel.
El alcohol de las botellas que el posadero había dejado servía para encender aún más los sentidos, haciendo que las horas se diluyeran entre caricias, risas bajas y el intercambio constante de energía vital que mantenía a las súcubos vibrando de poder.
Solo cuando el sol se ocultó tras los tejados de la ciudad y las campanas de la Academia dieron las horas de la noche, hicieron una pausa.
Exhaustos pero satisfechos, se permitieron un momento de calma.
El servicio de la posada, siguiendo las instrucciones de discreción, había dejado una cena fría frente a la puerta: quesos curados, carnes ahumadas y pan de centeno todavía tibio.
Jonar, con el torso desnudo y el cabello desordenado, metió las bandejas a la habitación.
Cenaron sentados en la alfombra de piel, compartiendo la comida con las manos, riendo y disfrutando de la complicidad de quienes han compartido algo más que un simple viaje.
No terminaron la cena antes de que el deseo volviera a reclamarlos.
Salma lo atrajo de nuevo hacia el centro de la habitación, y la noche continuó bajo el amparo de las sombras y el lujo de la suite, extendiéndose hasta que los tres quedaron agotados.
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