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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 21

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21: Capitulo 21 21: Capitulo 21 Sintió como las raíces se retorcían, su cuerpo estaba entumecido, no podia mover nada, solo sentía las raíces y como su sangre goteaba.

Miro a la izquierda, luego a la derecha con velocidad.

Nada, solo sombras y oscuridad, una neblina lo rodeaba, era como estar envuelto en sombras.

De nuevo las raíces, esas perforaban su cuerpo, adentrándose en su interior.

Ahogó un gemido de dolor.

Hacía años que no se sentía tan indefenso.

Otro retorcimiento dentro de sí.

Sonidos ahogaron sus gritos, escucho susurros, vocales, gemidos, al menos cuatro, Nada más.

Jonar se incorporó de golpe, buscando aire como si acabara de salir de un pozo profundo.

su pulso le martilleaba en las sienes, un tambor desbocado que ahogaba el silencio de la habitación.

Una capa de sudor frío le pegaba la ropa de dormir a la espalda, volviendo el aire de la habitación gélido al contacto con su piel.

—Otra pesadilla —pensó, recordando la que había tenido hace unos días.

—Esta vez fue más vivaz.

Se incorporó sobre la cama, sentándose, con las piernas cruzadas, intentando despejar la mente, controlando su respiración.

—Debo aprovechar el momento.

Tras segundos de preparación activo su habilidad de Clarividencia, lo que en su momento fue una habilidad que le permitirá encontrar objetos perdidos, o lugares, si es que poseía la suficiente informacion, evoluciono con el paso de los años, y con su nivel, que ya supera el de archimago, la clarividencia le era útil incluso para poder ver instantes del futuro en tiempo real, o ver más allá de momentos si las condiciones eran propicias.

Sintió como su conciencia salía de su mente, o mejor dicho, como se formaba su proyección astral.

Se vio a sí mismo en la cama sentado, Salma y Sadia no estaban lejos de él, durmiendo todavía.

Sin perder más tiempo siguió el camino que la clarividencia le decía.

Salió de la habitación, de la posada, dirigiéndose al sur, alejándose de Oxenfurt.

Su proyección cruzó el río Pontar hasta la otra orilla, entrando al pantano del norte de Temeria.

Como siempre no tenía conciencia del tiempo cuando estaba en la proyección astral, para él eran segundos, segundos en los que flotó hacia el sur, atravesando el pantano, árboles, animales; vio casas, pequeñas aldeas, incluso una fortaleza rodeada de casas y cuervos.

Todo pasaba velozmente bajo suyo, hasta que llegó a un pueblo, la “madriguera baja”, allí su proyección se detuvo y terminó.

Volvió a su cuerpo, sintiendo su propia respiracion, los sentidos trayendo consigo la infrmacion de su alrededor.

SInrtio el calor de la habitacion, el aorma de las sucubos que dormian cerca de el.

Miro a la estrella a su lado, sintiendo el rastro de magia que habia sido activdada hace un momento.

—Otra vez tu….

—penso mirando la estrella.

—Acaso me envias esas visiones ¿Por que?

No capto conciencia todavia en ti, eres un alma fragmentada en la estrella … ¡espera!

Jonar lo recordó, la estrella de azura, Azura era la Daedra del atardecer y el amanecer, la magia, el misterio y las profecías eran aparte de sus habilidades innatas, y la estrella no es más que un fragmento de su esencia materializada.

—Es por la estrella, las visiones son algo común entre los seguidores de Azura, ella misma los realizaba.

Entonces el alma de alguna manera ha activado una de las habilidades de la estrella, de alguna forma… .

Ahora entendía mejor lo que sucedía, pero pronto se dio cuenta de algo.

Las visiones de Asura son proféticas, ella es capaz de vislumbrar el destino, eso significa que los sueños que tuvo… son profecías sobre algo que le sucederá.

Se paso la manos por la cara, masajeando las sienes.

Tenía que hacer algo al respecto.

—Jonar ¿Estas bien?

— preguntó Salma, quien recién despertaba.

Sadia se incorporó un momento después.

—Estoy bien, les voy a decir que nos preparen el desayuno.

No quería contarles nada, era innecesario.

Era algo que tendría que lidiar solo.

Al salir de la habitación, noto la gran cantidad de cajas de todo tipo y tamaños.

Los libros y diversos recursos que había comprado se encontraban amontonados alrededor de la puerta.

Haciendo uso de su anillo espacial recolectó todo dentro del anillo con un destello blanco.

Al terminar se dirigió hacia el primer piso para pedir comida.

.

.

.

El viaje hacia Novigrado transcurrió sin problemas.

había alquilado un bote en Oxenfurt.

El viaje fue tranquilo, rodeado de gente de clase media, familiares de estudiantes de la universidad en su mayoría.

A medida que el bote avanzaba, el paisaje de granjas y bosques de Redania fue devorado por una visión que cortaba el aliento.

En el horizonte, donde el río se ensancha antes de besar el Gran Mar, emergió Novigrado.

Desde la lejanía, la ciudad no parecía construida por hombres, sino esculpida por gigantes.

Se alzaba sobre su isla como una montaña de mampostería, madera y hierro.

Lo primero que captó la vista de Jonar fue el resplandor del sol rebotando en la cúpula de la Gran Iglesia del Fuego Eterno, una aguja dorada que parecía un faro visible desde la distancia.

Al acercarse, la escala de la ciudad se volvió abrumadora.

Miles de chimeneas vomitaban un humo grisáceo que se mezclaba con la bruma marina, creando una atmósfera perpetua de actividad industrial.

Las murallas de granito, altas y severas, estaban coronadas por grúas gigantescas que subían y bajaban mercancías sin descanso.

Novigrado no dormía; Novigrado era un corazón de piedra que bombeaba el comercio de todo el mundo conocido.

—Es enorme…

—murmuró Salma, ajustando su capa mientras el viento del río traía el olor característico de la metrópoli: una mezcla de salitre, brea, especias exóticas y la inconfundible pestilencia de miles de almas viviendo en hacinamiento—.

Oxenfurt era un jardín; esto es una jungla.

El bote se adentró en el estuario, y de pronto se vieron rodeados por un bosque de madera flotante.

Cientos llenaban el puerto.

Había drakkars de Skellige con sus proas de dragón desafiantes, carracas pesadas de barcos mercantes con velas negras, y barcazas comerciales de Kovir cargadas de metales preciosos.

El sonido era ensordecedor: gritos en una docena de lenguas, el rechinar de las poleas, el golpeteo de los martillos en los astilleros y el graznido de miles de gaviotas disputándose los restos de pescado.

Jonar permanecía de pie en la proa, con sus ojos dorados escaneando los muelles son una pequeña sonrisa.

El barco atracó en el Puerto Principal, cerca de la Puerta de Hierro.

Este no era un lugar de estibadores desarrapados, sino el muelle de la gente adinerada.

Aquí, el suelo estaba pavimentado con losas de piedra niveladas y patrullado por la Guardia de la Ciudad con armaduras pulidas que no permitían mendigos ni carteristas a menos de cien metros.

—Esto es otra cosa —comentó Sadia, acomodándose un chal de seda que había comprado en la ciudad universitaria.

Bajaron por la pasarela de madera alfombrada, no hubo empujones ni gritos.

Un grupo de mozos de librea, contratados previamente por el capitán del barco, se encargó de las bolsos de ambas mujeres.

Al cruzar el arco de seguridad, se encontraron de lleno en la zona más exclusiva de Novigrado.

Las calles eran amplias y limpias, flanqueadas por edificios de tres y cuatro plantas con fachadas decoradas y ventanales de vidrio soplado (un lujo impensable en el resto del mundo).

Frente a ellos se abría la Plaza del Jerarca, el corazón palpitante de la ciudad.

A los alrededores eran un despliegue de opulencia.

Caballeros con capas de terciopelo, damas con tocados elaborados y banqueros enanos que contaban coronas en las puertas del Banco Vivaldi.

Jonar caminaba con paso firme, atrayendo miradas.

No solo por su porte imponente, sino por las dos “nobles” que lo acompañaban, cuyas belleza resaltaba con una intensidad que hacía que los hombres locales no podrían ignorar.

finalmente, llegaron ante una estructura que destacaba incluso entre la opulencia de la zona alta.

Un edificio imponente, rodeado de un jardín privado y custodiado por guardias con libreas impecables.

Un letrero de hierro forjado, elegante y discreto, confirmaba su destino: Passiflora.

—Tenemos una vieja conocida aquí dentro —susurró Salma, inclinándose hacia Jonar mientras ajustaba el broche de su capa—.

Una súcubo que ha sabido escalar posiciones y ahora se mueve entre las sábanas de los hombres más influyentes de la ciudad.

Sadia le dedicó una sonrisa cómplice a Jonar y puso una mano en su pecho.

—Dénos una hora, Jonar.

Necesitamos hablar con ella a solas; el lenguaje entre las nuestras fluye mejor sin testigos, incluso si ese testigo es usted.

Jonar asintió, observando cómo las dos mujeres cruzaban el umbral del burdel más exclusivo del Norte con la confianza de quienes entran en su propio palacio.

Los guardias ni siquiera se atrevieron a pedirles identificación; su belleza y el porte que Jonar les había ayudado a cultivar eran pase suficiente.

—Una hora —confirmó Jonar para sí mismo.

Con las manos tras la espalda, se dio la vuelta y comenzó a caminar sin rumbo fijo, dejando que sus sentidos se empapan de la verdadera Novigrado.

Se alejó de la luz cegadora de la Plaza del Jerarca y comenzó a descender hacia los barrios bajos que bordean los canales.

Jonar afinó sus sentidos; ignoró a los ciudadanos comunes y fijó su atención en los Mendigos y los Ladrones.

Observó a un tullido que, tras recibir una señal de un joven ratero, se levantó con una agilidad sospechosa y se escabulló por un callejón que apestaba a pescado salado y humedad.

Jonar lo siguió a una distancia prudente, su figura imponente camuflada por la penumbra de los aleros.

El rastro lo llevó hasta una taberna de aspecto ruinoso llamada “El Ancla Rota”.

No entró por la puerta principal.

Vio cómo una procesión de figuras encapuchadas se desviaba hacia un sótano lateral, custodiado por dos hombres que, a pesar de sus harapos, portaban ballestas cortas cargadas y listas.

Al llegar a la entrada, uno de los guardias, un hombre con el rostro marcado por la viruela, le cortó el paso con el brazo.

—Este mercado no es para curiosos, forastero —gruñó con voz rasposa—.

Solo entran los que tienen negocios.

Jonar no se inmutó.

La atmósfera en ese umbral era pesada, cargada de una hostilidad que habría hecho temblar a un mercader común.

Sin decir una palabra, Jonar sacó una corona de oro y la dejó caer en la palma del guardia.

El brillo del metal noble en aquel entorno de mugre fue suficiente para cambiar la expresión del hombre.

El guardia golpeó tres veces una plancha de hierro en la pared y una pesada puerta de madera reforzada se abrió hacia adentro, revelando una escalera que descendía a las entrañas de la ciudad.

—Sema bienvenido, Señor.

—Comento con una sonrisa.

Al bajar, el aire se volvió frío y cargado de salitre.

Jonar emergió en una red de antiguos almacenes élficos reconvertidos.

El Mercado Negro era un hervidero de actividad ilícita.

Bajo el arco de piedra, vio a traficantes de fisstech intercambiando bolsas de polvo blanco, a ladrones de tumbas vendiendo sudarios antiguos y a desertores ofreciendo armas con el sello real limado.

Se dirigió directamente a un puesto que exhibía lomos de libros que nunca verían la luz en la Academia de Oxenfurt.

El vendedor, un hombre flaco que parecía hecho de sombras, mantenía sus mercancías ocultas bajo telas de terciopelo podrido.

—Busco lo que el Fuego Eterno querría quemar —sentenció Jonar.

El hombre sonrió, mostrando unos dientes ennegrecidos.

—Tengo tratados sobre la Nigromancia de los Antiguos y diarios de hechiceros que fueron prohibidos.

Conocimiento prohibido por el precio justo de cinco coronas por tomo.

Jonar examinó los libros.

Sus dedos detectaron la vibración de la magia prohibida, una energía tosca pero real.

—Quiero todos El Vendedor rio.

—Como usted quiera.

.Luego, sus ojos recorrieron una mesa llena de artefactos: amuletos que prometían invisibilidad, gemas que supuestamente contenían demonios y extrañas brújulas que apuntaban hacia el Caos.

Jonar tomó una de las gemas, la observó bajo la luz de una antorcha y soltó una risita seca.

Era una baratija, un receptáculo vacío que apenas servía para asustar a un campesino.

Dejó el objeto en la mesa con un gesto de desinterés.

—Nada que valga la pena aquí —murmuró.

Se adentro a un tienda de hierbas, una que vendía plantas venenosas, compro todas las que había por una bolsa de plata.

El vendedor sonrió.

Jonar reocrrio cada tienda desde lejos, no habia nada qie llamase sua tensión, lla mayoria de las cosas eran articulos robados, de nobles y comerciantes de alta arcurna, mercancias que no pdotian venderse publicamente, por lo que los ladrones las vendian en el mercado negro.

Había un poco de todo, joyas, obras de arte, artefactos personales de algunos individuos, etc.

Nada lo suficientemente extraño para llamar su atención.

Camino hacia la entrada, disimulando no haberse dado cuenta de las miradas de los ladrones que ahora lo seguían no tan disimuladamente.

Despues de todo, dejar bolsas de plata y no regatear a los comerciantes era algo poco comun, o eras un idiota que no sabia regatear o tenias direos de sobra.

Cruzó la puerta que el ahora amable guarda abrió por él aun con la misma sonrisa en el rostro.

Tras escuchar el choque de la puerta con el marco, lanzo un hechizo en todo el mercado negro, borrando la memoria de todos sobre el.

—No tengo ganas de lidiar con un montón de ladronzuelos.

Jonar regresó a las puertas del Passiflora puntualmente.

El sol del mediodía caía con fuerza sobre los tejados de Novigrado, haciendo que el mármol de las fachadas de Gildorf brillara con una intensidad casi cegadora.

A esta hora, la zona alta era un hervidero de actividad diplomática y paseos aristocráticos.

Al cruzar el arco de entrada, se encontró con una escena que denotaba el éxito absoluto de sus compañeras.

Salma y Sadia lo esperaban en el vestíbulo principal, rodeadas de una opulencia que hacía que su reciente viaje por los caminos pareciera un sueño lejano.

No estaban solas; la regente del establecimiento, una mujer de elegancia gélida y ojo clínico para la belleza, las observaba con una aprobación evidente.

Las súcubos se acercaron a Jonar con una radiante mezcla de alivio y orgullo.

—Señor Jonar, ha llegado en el momento justo —dijo Salma, tomándolo del brazo con una familiaridad que hizo que un par de nobles cercanos murmuraran con envidia—.

Nos han aceptado.

—Tendremos nuestra propia suite, la mejor paga de Novigrado y la protección del establecimiento —añadió Sadia, con una chispa de triunfo en sus ojos—.

Aquí estaremos seguros.

Ambas lo recibieron con una calidez genuina, felices de haber alcanzado la meta que se trazaron al salir de Densle.

—La regente nos ha permitido disponer de nuestra suite de inmediato —continuó Salma, bajando la voz de forma sugerente—.

Puede quedarse con nosotras todo el resto del día y la noche, señor Jonar.

Jonar observó la alegría de las dos mujeres y el entorno de terciopelo y oro que ahora las rodeaba.

Sabía que para ellas, esto era la culminación de un largo deseo de seguridad y estatus.

—Me alegra que hayan encontrado su lugar un buen lugar donde quedarse, pero… me marcharé hoy mismo.

Hay asuntos importantes que tengo que atender.

No podía dejar de lado los sueños, aquellas visiones sobre su muerte, algo tenía que hacer, tenía que ir al sur, a aquella aldea.

No podría quedarse en Novigrado jugueteando sabiendo lo que podría llegar a suceder.

Esconderse no era una opcion.

Las súcubos sintieron un pinchazo de decepción, pero conocían a Jonar lo suficiente como para saber que no serviría de nada insistir.

Él no era un hombre que se detuviera ante la comodidad.

Aun así, Salma y Sadia intercambiaron una mirada rápida.

No era una mirada de tristeza, sino de una complicidad juguetona y un deseo genuino de no dejarlo ir tan abruptamente tras todo lo que habían pasado.

Salma dio un paso adelante, acortando la distancia hasta que el aroma a jazmín y canela de su piel envolvió a Jonar.

Puso una mano delicada sobre el pecho de su túnica.

—Señor Jonar —dijo con una voz aterciopelada que habría derretido la voluntad de un inquisidor—No puede irse con el estómago—añadió Sadia con un tono suave y persuasivo.

Salma inclinó la cabeza, observándolo con esos ojos que ahora, libres de ilusiones, brillaban con una intensidad dorada similar a la de él.

—Solo un almuerzo —insistió ella, trazando un círculo invisible sobre el bordado de su túnica—.

Un momento para brindar por nuestra libertad y por el éxito de su misión.

Después de eso, no intentaremos retenerlo.

Pero déjenos agradecerle como es debido por habernos dado este nuevo hogar antes de que se sumerja de nuevo en sus misterios.

Jonar sintió el peso de la invitación.

No era solo por la comida o el lujo; era el reconocimiento de un vínculo que se había forjado entre el guerrero de otro mundo y las criaturas que él había rescatado de la insignificancia.

—Está bien —cedió Jonar, dejando escapar un suspiro que era casi una sonrisa—.

Me quedaré a almorzar con ustedes.

Pero en cuanto el sol empiece a bajar, me marcharé.

Las súcubos soltaron una exclamación de alegría contenida y, con una mezcla de entusiasmo, lo escoltaron hacia la mesa principal de la suite, dispuestas a que esa última comida fuera un recuerdo imborrable antes de que sus caminos se separaran en la gran red de Novigrado.

.

.

.

El almuerzo transcurrió entre risas contenidas y una calma que Jonar no había sentido en mucho tiempo.

Antes de levantarse, Jonar invocó de uno de sus anillos una pequeña caja de madera de sándalo.

La colocó sobre la mesa, atrayendo las miradas curiosas de Salma y Sadia.

—Antes de irme —dijo Jonar con voz tranquila—, les he preparado un regalo.

Al abrir la caja, el brillo de las gemas iluminó sus rostros.

Sobre el terciopelo negro descansaban cuatro piezas de una manufactura exquisita: dos anillo de plata pulida con un zafiro, y dos collares de plata con una amatista tallada en forma de lágrima.

—Están encantados —comentó notando la mirada silenciosa de los súcubos.

Los anillos reducirán el costo mágico para las ilusiones.

Los collares aran que las ilusiones sean mas efectivas.

Jonar observó cómo ambas se colocaban las joyas con sus pros, sintiendo de inmediato el cambio en el aura mágica de la habitación.

Ambas activaron sus ilusiones, en comparación con antes se volvieron más vibrantes, más naturales, como si la magia ahora fluyera a través de ellas sin resistencia alguna.

—Úsenlas con sabiduría —concluyó Jonar, poniéndose en pie y ajustando su equipo—.

La mejor ilusión es aquella que no necesita ser explicada.

Ahora sé que, aunque yo no esté aquí para protegerlas, podrán caminar entre los hombres como sombras entre los árboles: presentes, pero inalcanzables.

Las dos se acercaron a él, envolviéndolo en un abrazo cálido y honesto.

Jonar cerró los ojos al sentir el contacto de sus besos en sus mejillas; era un agradecimiento que las palabras no alcanzaban a expresar.

Durante un momento, el tiempo pareció detenerse en la suite.

—Eres un hombre noble, Jonar —dijo Salma, rompiendo el silencio con dulzura.

—Gracias por cuidarnos —continuó Sadia, mirándolo con devoción—.

Hacía una eternidad que no encontrábamos a alguien que pensara en nosotras como personas, y no solo por nuestra naturaleza.

—Vuelve a casa siempre que el camino te lo permita —concluyó Salma—.

Estaremos esperándote.

Jonar las miro a ambas a los ojos, notando la sinceridad de ellas.

—Intentaré hacerlo lo más a menudo que pueda.

Se despidió con un asentimiento y salió de la habitación.

Fuera de la passiflora miro hacia el sur, haci valen, hacia lo que fuera que lo espera allí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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