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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 22

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22: Capitulo 22 22: Capitulo 22 Una llama dorada, vibrante y furiosa, se retorcía en el vacío.

No era un fuego común; danzaba entrelazada con un espectro de colores que mutaban como aceite en el agua.

Por momentos, el dorado devoraba la luz; al siguiente, palidecía frente a una marea de sombras que amenazaba con asfixiar su calor.

Era una lucha eterna de ráfagas y cenizas, donde el oro bullía para no ser consumido por el abismo.

… Ida despertó con el sabor del ozono en la lengua.

Hacía siglos que las corrientes del tiempo no golpeaban su mente con tanta claridad.

Desde la llegada del Ar-ichaer, el futuro ya no era un río, sino una tormenta.

—Oro y oscuridad…

—susurró, sintiendo aún el calor residual de la visión en sus ojos—.

Una llama que consume lo que intenta devorarla.

El sonido de pasos apresurados interrumpió su pensamiento.

Ida se incorporó en su lecho de meditación, ajustando su túnica antes de que su alumna la llamara.

—Maestra ¿Está despierta?

—Lo estoy, Kiri.

Pasa.

Las cortinas que dividían la habitación se abrieron.

Su alumna entró, con aspecto somnoliento, su cabello castaño está revuelto, pero como ojos despiertos, con un rastro de preocupación.

—¿Has tenido una visión?

—le pregunto a su alumna.

La Elfa menor asintió, moviendo un mechón de cabello hacia el costado.

—Soñe con un pantano, vivo, pero había oscuridad en él, algo que lo asfixiaba, que le impedía crecer como debería.

—la joven elfa trago con preocupación mirando a su maestra a los ojos.

Vi fuego, fuego dorado, y vi como la oscuridad consumía al pantano y al fuego en él.

Hubo un breve silencio cuando su alumna terminó de relatar su visión.

Ida no dudaba de ella, su alumna era joven, pero no dudaba de sus habilidades, de su capacidad para sentir conectarse con la naturaleza.

—Otra vez, oro y oscuridad, algo le sucederá a él.

—También he tenido visiones, y creo que ambos llegan a la misma conclusión.

El extranjero corre algún tipo de peligro.

—¿El Ar Ichaer de nuevo?

—Preguntó su alumna con curiosidad  —Estoy segura.

Pero ahora debes ir a descansar… parece que tendremos días agitados por delante.

La joven Elfa se despidió de su maestra con los ojos llenos de dudas.

—Tendré que ponerme en contacto de alguna manera, tengo que saber que sucederá.

– – – Había cruzado el puente al sur de Novigrado, paso por el fuerte que dividía a Redania de Temeria.

Dejó algunas coronas de oro en manos a algunos guardias, no hicieron preguntas, todos los dejaron pasar con una sonrisa, sabiendo que los soldados nunca reciben oro, solo cobre o plata.

Hizo lo mismo al llegar al extremo temerio, allí soldados bien equipados resguardaban la frontera.

El contraste del azul con el rojo era más que notable.

De nuevo dejo el oro en manos de los guardias, está vez en Ornes, la moneda se Temeria.

Se había asegurado de conseguir algunas para alterar su oro, plata y cobre en la forma de su moneda.

Galmar la había acompañado todo el camino a su lado.

Nadie tenía permitido montar caballos en los puentes, su compañera, bien alimentada y cuidada, relinchaba a su lado.

Una vez salimos de la fortaleza de Temeria montó a su compañera y se dirigió hacia por el camino hacia el sur.

Rápidamente notó el cambio en el ambiente, se encontraba rodeado de un bosque pantanoso, el agua de Pontar llegaba hasta unas docenas de metros de tierra, creando una zona húmeda que se calentaba con los rayos de la primavera.

No había neblina ya era pasado el mediodía, pero estaba seguro que en la mañana la zona estaría cubierta de una espesa neblina.

Sin querer perder más tiempo comenzó a galopar.

Pronto el bosque pantanoso dió lugar aún bosque solamente, con formaciones de tierra y roca de diversos tamaños.

El bosque era espeso, aún así el camino era transitado, las caravanas temerias pasaban constantemente a su lado, en ambas sentidos, iban y venían de Novigrado.

Siguió galopando, mientras usaba la magia de restauración en su compañera, ayudándole a recuperar su energía, evitando el desgaste.

Solo al atardecer, en medio del bosque cerca de una fuente de agua, Galmar bebida.

Jonar dejó una buena cantidad de manzanas para que comiera.

Aprovecho el momento para comer, no tenía hambre realmente, el almuerzo con las súcubos lo habían llenado.

Pensó en ellas, en su despedida.

Sintió verdaderamente el deseo en ellas de que se quedara.

Sin duda se había ganado su cariño.

Jonar sabía que ellas sentirían una atracción hacia él, hacia su energía vital única.

Pero quizás el hecho de tratarlas como dos personas normales había sido lo que verdaderamente lo hizo entrañable.

En medio de su silencioso momento de reflexión escuchó un crujido.

Las ramas se partían bajo un peso no tan lejos de él.

Extendió su sentido espiritual, notando de inmediato la causa de aquellos sonidos, percibió una masa de energía vital bruta y salvaje que se aproximaba con una rapidez mayor a algo de su tamaño.

Entre los arbustos, la figura emergió, era una bestia de pelaje oscuro: un oso joven, pero con una envergadura que rivalizaba con la de un carruaje pequeño.

Jonar ya escuchaba los gruñidos de la bestia, sin duda había sentido su aroma y el de su compañera.

Con la calma se preparó para encarar a la bestia.

—No me gusta matar sin sentido, pero una bestia así atacará a otros si no lo detengo.

Invocó su espada de acero desde uno de sus anillos espaciales, sintiendo el peso familiar del metal en su mano.

El oso rugió, un sonido que sacudió los árboles cercanos, y se lanzó en una carga atronadora.

Jonar se movió con una agilidad que desafiaba su apariencia humana, esquivando el primer zarpazo por milímetros.

Atacó al oso con un corte bajo la axila expuesta de la bestia.

El corte fue profundo, producto del filo de su acero nórdico y de la propia fuerza de sus brazos.

La bestia, frustrada por su fallido ataque, intentó apresarlo entre sus fauces.

Lo esquivó de nuevo, agachándose mientras tiraba hacia su derecha, al mismo tiempo que su hoja cortaba la garganta de la bestia.

El animal pareció comprender su situación, tras lo cual enfureció aún más, lanzando zarpazos y mordiscos de manera enloquecía, aquel que esquivaba sin problemas, moviéndose como una brisa afilada alrededor del oso, atacando hacia cada punto expuesto del oso.

Finalmente, tras varios intercambios donde la fuerza bruta del oso solo lograba agitar el viento alrededor de Jonar, este con un movimiento fluido, hundió la hoja en la base del cráneo, terminando con la vida del gigante de forma limpia.

Mientras el silencio volvía al bosque, observó el imponente cadáver.

Recordó la importancia de no desperdiciar lo que la naturaleza ofrecía.

Sacó un cuchillo de caza y, con la misma paciencia con la que realizaba sus investigaciones mágicas, comenzó la laboriosa tarea de quitarle la piel.

No necesitaba venderla, no para abrigarse, pero tener una capa con ella serviría para enviar mensajes a cualquiera que suele acercarse con malas intenciones.

—Eso me recuerda, debo cambiar estás túnicas por una armadura ligera.

.

.

.

El camino había cambiado, el bosque había terminado, ahora una llanura accidentada se encontraba frente a él, de pastos verdes en distintos tonos, rocas asomándose aquí por allá, pequeños conjuntos de árboles aquí y allá.

Ahora portaba si vieja, pero aún intacta, armadura de la guardia del alba ligera, con la piel del oso sobre el, sintiendo los dientes y la quijada, aún unidos al cuero, sobre si sabeza.

La había limpiado con magia, eliminando la humedad, la sangre y los olores.

Dando así una imagen un tanto intimidante con semejante piel de bestia sobre él.

Siguió el camino hacia el sur, con calmar galopando sin problemas.

Su magia restauradora evitaba el agotamiento, aún así necesitaría descansar por la noche.

Por suerte no le llevó mucho tiempo llegar a una aldea.

—Valdemora —susurro el nombre escrito en la entrada del pueblo.

Ahora, con Ganar trotando, se adentro al pueblo.

Parecía un pueblo campesino en todos los sentidos, casas de madera, chimeneas humeando, olores que salían desde los hogares donde la cena estaba viendo preparada, guardias, lo suficientemente equipados para generar una imagen de autoridad, recorrían los caminos.

Todavía podía escuchar a los niños jugar y a los perros ladrar a lo lejos.

Camino hacia lo que parecía la única posada del pueblo, era grande, no lo podría negar.

Cerca de la entrada una buena cantidad de caballos y carruajes se encontraban detenidos, sin dudas eran de comerciantes.

Valdemora era un pueblo de paso, un lugar para descansar antes de llegar a Novigrado en territorio temerio.

— Al abrir la puerta, una campanilla suena y el calor del hogar envuelve el lugar: brasas que chisporrotean, mesas marcadas por el uso, y un olor a guiso que llena el aire.

La sala está llena de gente: campesinos con manos callosas, comerciantes con capas polvorientas, y un par de viajeros que conversan en voz baja.

Cuando cruzó el umbral, la sala se quedó en silencio por un momento.

La gran altura de Jonar, unos metro noventa, en conjunto con la piel de oso a su espalda, que por el momento rozaba el suelo, llamó mucho la atención.

Camino hacia el posadero, con ojos que lo seguían sin disimular, escuchando los murmullos a su alrededor.

—¡Ese oso es enorme!

—¿Es un mercenario?

–preguntó uno.

—Parece un noble, y mira la armadura, se ve bien, aunque no sea de placas.

—contestó otro.

—Quizás es un hijo menor de algún noble— susurró otro.

Los murmullos siguieron, dejó de escuchar al instante.

Se paró frente al posadero.

Un hombre calvo, con bigote y bien fornido, alguien acostumbrado a lidiar con clientes que no se portan bien.

—Buenas noches— fue lo único que el posadero dijo mientras limpiaba una taza.

—Saludos, ¿tiene alguna habitación disponible?.

El posadero asintió.

Jonar dejó un oren de plata en el mostrador.

—Me quedaré una noche, comeré algo antes de descansar.

El posadero tomó la moneda con una leve sonrisa.

—Los clientes que no regatean son los mejores.

—comento con una sonrisa.

— Le daré la mejor habitación disponible, la cena estará en media hora.

Asintió y se sentó en una mesa cerca de una esquina.

Pronto la cena llegó, un guiso con carne de cerdo, traído por una moza que le había estado mirando desde que llegó.

—Aquí tiene señor —comerle la mala con un leve sonrojo  —Gracias —respondió.

No quería interactuar con la gente más de lo que debía.

Ceno y se marchó a su habitación, era cerca de la media noche, aún así no necesitaba descansar como tal, podría seguir despierto por bastante tiempo, aún así decidió que leería algo de las gran cantidad que había comprado, para luego dormir, para despejar la mente por si acaso, esperando a ver si está noche otra visión se le prese  – – – El puente que permitía el cruce a Veldetilo estaba bloqueado, un grupo de cinco guardias se encontraba discutiendo con lo que parecía un grupo de comerciantes, dado que había caravanas detenidas a unos metros del puente.

El ambiente en el puente estaba cargado de tensión.

El olor a agua estancada y barro se mezclaba con los gritos de los comerciantes, mientras los cinco guardias mantenían una formación defensiva, bloqueando el paso con sus lanzas cruzadas frente a las carretas detenidas.

—¡Esto es una vergüenza!

—bramó un comerciante, su rostro estaba casi tan rojo como las banderas de Redania—.

¡Tengo tres carretas cargadas que deben estar en el mercado antes del anochecer!

¡Muevan esas lanzas de una vez!

—Lo que va a tener es tres carretas llenas de cadáveres si cruza ese puente—respondió el guardia veterano, sin bajar el arma—.

El paso está cerrado.

Nadie cruza por orden del capitán.

—¡Pagamos impuestos para que los caminos sean seguros!

—intervino otra mujer desde su carromato—.

Si hay monstruos en el río, ¡hagan su maldito trabajo y mátenlos!

El guardia veterano apretó los dientes, sus nudillos blancos alrededor del asta de la lanza.

—¿Hacer nuestro trabajo?

—rugió, dando un paso adelante—.

¡Ya hemos perdido a siete hombres esta semana!

¡Siete!

Estos no son los simples ahogados que podrías espantar con una antorcha.

Se han vuelto astutos…

nos tienden emboscadas, esperan a que bajemos la guardia para arrastrarnos al fondo.

—¡Exageraciones de cobardes para no trabajar!

—escupió el comerciante.

—¡No son exageraciones!

—gritó un guardia más joven —.

El único superviviente de la patrulla de ayer dijo que eran demasiados.

Contó por lo menos dos decenas de ellos rodeando los pilares del puente.

Son demasiados, y atacan con una coordinación que no es natural.

No vamos a enviar a más hombres al matadero hasta que lleguen refuerzos de la guarnición principal.

La discusión subió de tono.

Los comerciantes empezaron a empujar y los guardias a levantar sus escudos.

Fue entonces que una figura que había permanecido en silencio junto a su caballo dio un paso al frente.

Jonar, que había estado observando la escena, se abrió paso entre la multitud de mercaderes.

Su presencia, marcada por una calma que contrastaba con el caos reinante, hizo que los gritos cesaran por un momento.

—Abran el paso —dijo Jonar.

Su voz no era alta, pero tenía una autoridad que cortó el aire.

El guardia veterano lo miró de arriba abajo, fijándose en su equipo y en la forma en que su mano descansaba cerca de su arma.

—¿Y tú quién eres, forastero?

¿Otro impaciente que quiere morir?

—preguntó el guardia.

Jonar no se inmutó.

Miró hacia las aguas turbias bajo el puente, donde apenas se divisaban unas formas oscuras rompiendo la superficie.

—Voy a hacerme cargo de la situación.

Los guardias se intercambiaron miradas de duda, el veterano a cargo intento decirle algo, pero Jonar ya caminaba a paso firme hacia la zona bajo el puente.

Abajo, el agua no solo burbujeaba; parecía hervir de odio.

Ante el chillido de la Bruja, la orilla se convirtió en una pesadilla.

No eran cinco, ni diez.

De entre los juncos podridos y el lodo profundo, empezaron a emerger extremidades pálidas.

Casi veinte ahogados salieron a la superficie simultáneamente, rodeando a Jonar en un semicírculo de garras y dientes amarillentos.

Jonar no esperó a que cerraran el cerco.

Una bola de fuego flotaba sobre él, pequeña, con llamas condensandose.

La lanzó hacia el grupo más numeroso.

¡BOOM!

Una explosión ensordecedora sacudió los cimientos del puente.

Una columna de fuego y vapor se elevó, envolviendo a los ocho ahogados.

Sus cuerpos, cargados de grasa rancia y gases de descomposición, actuaron como combustible.

La explosión los desmembró al instante; cabezas y extremidades carbonizadas volaron por los aires mientras una onda de choque empujaba el agua del río hacia atrás.

Siete murieron al instante, otros cuatro se revolvían en el agua, aun con las llamas devorando su carne.

Los comerciantes de arriba tuvieron que cubrirse el rostro por el calor súbito que ascendió hasta ellos.

Cuando el humo se disipó un poco, solo quedaban restos humeantes y un cráter de lodo cocido.

—¡Por los dioses!

—exclamó el guardia joven, temblando—.

Ha matado a una docena de un solo golpe…

Tres ahogados saltaron sobre él con una coordinación impropia de su especie.

Jonar se agachó, dejando que dos de ellos chocarán en el aire, y con un movimiento ascendente de su espada de acero, le partió el pecho al tercero desde la pelvis hasta la barbilla.

Sin detener su impulso, giró sobre sus talones y deslizó su espada horizontalmente.

El aire mágico rodeaba su espada, la hoja extendiéndose gracias al aire partió a los dos ahogados la mitad.

Se giró hacia los restantes, estaban sobre él.

Seis estacas de hielo se materializaron en un abanico perfecto.

Volaron con un silbido agudo y empalaron a ahogados que intentaban flanquear por el agua, colocándolos literalmente al lecho del río.

Los monstruos se retorcían como insectos en un alfiler, tiñendo el agua de un azul oscuro y viscoso.

Fue entonces cuando la Bruja del Agua, furiosa al ver a su prole aniquilada, emergió tras el pilar de piedra con un rugido gutural.

—Más joven que aquella contra la que luchó con Eskel.

La bruja lanzó una masa de agua y fango fango podrido hacia el, lo esquivo sin problemas.

La bruja rugió de frustración y se sumergió al instante.

Su sexto sentido la sintió sin problemas, pude sentir como se deslizaba bajo la tierra hacia el.

Dio un paso hacia atrás un segundo antes de que emergiera, la bruja salió del fango con un brazo extendido hacia donde un momento había estado su cuello, el golpe nunca llegó.

La sensación del aire deslizándose sobre sus garras fue lo último que sintió antes de que la espada de Jonar cercenara su cuello junto a su brazo extendido.

El cuerpo deforme de la Bruja cayó sin vida al río.

Permaneció en silencio unos segundos, rodeado de restos calcinados y cuerpos empalados por el hielo.

Limpió su espada con calma, mientras el vapor seguía saliendo de sus hombros.

Arriba, nadie se atrevía a respirar.

El silencio era absoluto, roto solo por el ruido que hacía el agua al deslizarse.

Comenzó a subir por el terraplén, su rostro tan calmado como si no acabara de masacrar a toda una colmena de monstruos él solo.

Subió la pendiente con paso firme, el agua del río escurriendo de sus botas pero su armadura de la Guardia del Alba permanecía extrañamente impecable, como si la suciedad del pantano temiera manchar el metal sagrado.

La piel de oso que cargaba sobre los hombros, ahora ligeramente húmeda, le confería el aspecto aún más amenazante.

Al llegar al nivel del camino, se encontró con una barrera humana.

Los comerciantes, que antes gritaban por sus monedas y sus horarios, retrocedieron con un temor reverencial.

El guardia veterano fue el primero en reaccionar.

Bajó su lanza.

Sus ojos estaban fijos en él.

—Eso…

eso no ha sido el trabajo de un brujo, los he visto antes —susurró el guardia, con la voz quebrada por el asombro—.

¿Quién eres tú?

¿Un hechicero de la corte?

Se detuvo frente a él.

La diferencia de altura era notable, y bajo la mandíbula del oso que coronaba su cabeza, los ojos dorados de Jonar brillaron con una intensidad que hizo que el soldado apartara la vista.

—Alguien que ayuda cuando puede—.

El puente está despejado.

Que pasen las caravanas.

El veterano tragó saliva y asintió frenéticamente, haciendo una señal a sus hombres para que retiraran las estacas y las lanzas que bloqueaban el paso.

Los comerciantes, recuperando poco a poco el habla, comenzaron a murmurar.

Algunos hablaban de un “un brujo”, otros de un “mago guerrero”.

—¡Espera!

—gritó el comerciante del rostro rojo, acercándose con una bolsa de cuero en la mano—.

Señor…

lo que habéis hecho…

mis carretas valen miles de coronas.

Tomad esto, es lo mínimo por salvarnos el cuello.

Jonar miró la bolsa de monedas, pero no hizo ademán de tomarla.

Su mirada se perdió por un momento en el horizonte.

—Dáseloa al capitán, que las reparta a las familias de los soldados caídos —dijo Jonar, montando a Galmar con una agilidad.

Sin esperar agradecimientos ni más preguntas, espoleó suavemente a su compañera.

El trote de Galmar resonó sobre las maderas del puente, ahora libres de la amenaza de los ahogados.

– – – El bosque le recordó a sus viajes por Falkreath, árboles grandes, viejos.

El viento hacía crujir sus ramas y cortezas.

Aun si le gustaba, el aire a tierra y a plantas silvestres.

Era entrada la noche cuando llego a la gruta del cazador de dragón.

Conocido así porque un dragón había sido cazado por aquí, según escucho en la aldea de Veldetilo, en la cual solo había transitado, siguiendo su viaje hacia el sur.

El aroma de la carne de venado asándose llenaba el aire húmedo del bosque, mientras las sombras proyectadas por las llamas bailaban contra las paredes de piedra de la gruta, el se encontraba sentado sobre un tronco caído con la imponente piel de oso aún sobre sus hombros, mantenía la mirada fija en las brasas.

De repente, la estática cargó el ambiente, pero de una manera tan suave que casi pasaba desapercibido por sus sentido.

El espacio a unos metros de él se abrió con un siseo eléctrico, abriéndose en un portal de luz blanca.

No se movió; no desenvainó su espada ni alteró su respiración.

Su sentido espiritual ya había detectado la naturaleza de la intrusa mucho antes de que el primer pie tocara la hierba.

Era la segunda persona que había conocido cuando llegué aquí.

Ida Emean aep Sivney caminó con una gracia que hacía que el barro del bosque pareciera no atreverse a tocar sus vestiduras.

Sus ojos, profundos y cargados de siglos de conocimiento, se fijaron en el hombre de los ojos dorados.

—Va’esse deireadh aep eigean…

—susurró ella, deteniéndose a una distancia respetuosa—.

Saludos, Ar ichaer.

Jonar levantó la vista, el resplandor de la hoguera reflejándose en sus pupilas felinas.

—Saludos, Aen Saevherne —respondió reconociendo su estatus de Sabia élfica—¿A qué debo el honor, Ida Emean?

La elfa sintió la magia que palpitaba débilmente en el aire alrededor de Jonar y la piel de la bestia que lo cubría.

—He venido porque las corrientes del tiempo están agitadas, más de lo han estado desde que llegaste —dijo Ida, acercándose un paso más, sentándose en en una roca que ataja cerca del fuego—.

Tuve una visión.

Vi una llama dorada, tan intensa que cegaba a los dioses, pero estaba teñida por una —Dijo observando la llama.

—Oscuridad que consumía una llama dorada, ahogándola, corrompiendo su luz —dijo mientras sus ojos encontraban los suyos.

Jonar observó la llama.

—He soñado con mi muerte, visiones que se presentan cada vez más seguidas.

La mirada de Ida se entrecerró ante el comentario.

—Entonces sabrás que estás en peligro —sentenció Ida con gravedad—.

El equilibrio se siente amenazado por tu presencia.

El futuro que yo conocía se desvanece cada vez que das un paso hacia el sur.

—Pero no es la primera vez que sucede, he lidiado con la muerte muchas veces, Sacerdotes más poderosos que archimagos, Dragones que buscaban conquistar el mundo, Dioses malignos… .Y aquí sigo, cocinando mi cena en un bosque olvidado.

Ida Emean lo observó en silencio durante un largo momento.

En su mirada no había juicio, sólo una profunda e incomprensible curiosidad.

—Tu arrogancia es casi tan vasta como tu poder, Ar ichaer.

Pero quizás es esa misma fuerza la que el mundo necesita ahora —la elfa comenzó a retroceder mientras el portal volvía a manifestarse a sus espaldas—.

Solo vine a decírtelo.

Espero que salgas con vida de lo que viene, porque entiendo que el futuro, de una manera que ni siquiera los Aen Saevherne comprendemos del todo, ahora depende de ti.

Sin una palabra más, la Sabia cruzó el umbral de luz.

El portal se cerró con un chasquido sordo, dejando a Jonar nuevamente a solas con el fuego y el silencio del bosque.

Él volvió a sentarse, tomó un trozo de carne y miró hacia el sur.

El destino podía estar agitado, pero eso nunca lo detuvo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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