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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 23

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23: Capitulo 23 23: Capitulo 23 Hacía menos de una hora que había levantado su campamento en medio del bosque; ahora el terreno estaba cambiando, el bosque estaba apareciendo, la tierra sólida estaba dando paso al barro, la humedad era cada vez más notable.

Se estaba acercando a su destino.

Lo primero que sintió fue el ruido, ruido de gente trabajando, de martillos golpeando el hierro, de hombres que estaban bajando, de niños que gritaban mientras jugaban.

Ponto lo vio, un mar de chozas en el horizonte, techos de paja, calles de barro, aldeanos que iban de aquí para allá.

En la entrada del pueblo un cartel colgaba “Madriguera baja”.

El mismo nombre que aparecía en su sueño, el mismo sueño que tuvo la noche anterior, su muerte.

El, con raíces retorciéndose por su cuerpo, con el sabor a sangre en su boca, con sombres que se arremolinaban a su alrededor.

—¿Es aquí donde encontraré mi muerte?

—Pensó mientras tocaba la estrella que colgaba en su cuello.

Lo primero que llamó su atención fue la magnitud.

Miles de casas de madera, algunas en mejor estado que otras, muchas carcomidas por una humedad que parecía eterna, se amontonaban unas cerca de otras en una horizontalidad opresiva.

No había ningún edificio de dos pisos, ni muros de piedra que prometieron seguridad.

Solo paja, madera astillada y barro en todo lugar.

Eran tres mil personas viviendo en la misma penuria exacta.

No había una casa mejor que otra; no había un solo brote de ambición o de riqueza que rompiera la uniformidad de ese corral humano.

Todos vestían el mismo lino basto, todos caminaban con el mismo peso en los hombros.

Era un orden letárgico, una igualdad impuesta por una mano que no permitía que ninguna cabeza se alzara sobre el fango.

—Tres mil almas…

Era un número que en cualquier otra parte del continente significa progreso, gremios y mercados bullendo de vida.

Pero aquí, el aire estaba estancado.

A medida que avanzábamos por los caminos, que no eran más que surcos profundos de lodo negro.

Las personas miraban con curiosidad, mujeres que hacían sus quehaceres, niños que salian a jugar, hombres que trabajan reparando sus cabañas, todos se detenían por un momento y miraban.

Seguí caminando hacia el centro de la aldea, caminé hasta que entré a un extraño edificio.

—Un templo.

Jonar se detuvo frente a la única estructura que desafiaba la horizontalidad de la aldea.

El templo no era simplemente un edificio; parecía un tumor de madera noble creciendo en medio del fango.

A diferencia de las chozas carcomidas, el roble de este santuario brillaba con un aceite oscuro que repelía la humedad, evitando pudrirse como el resto de las construcciones.

En la entrada, cuatro estatuas de roble custodiaban el umbral.

Eran figuras femeninas de una belleza paralizante, talladas con una maestría que las hacía resaltar de todo el resto de la aldea.

La mujer del centro, cuya cabeza casi rozaba el dintel, extendía sus manos en un gesto similar al de un abrazo.

A su alrededor, las otras tres figuras se inclinaban hacia ella en diferentes posturas.

Un cartel de madera, pulido y pulcro, tenía escrito: “La Madre y sus Hijas”.

Pero lo que realmente sobrecoge no eran las estatuas, sino la marea de gratitud que las rodeaba.

Cientos, quizás miles de tablillas de madera y arcilla tapizaban las paredes y el suelo del atrio, amontonándose en un orden obsesivo.

No había ni un centímetro de tierra visible cerca de las imágenes; cada hueco había sido llenado por el agradecimiento.

Jonar se inclinó, observando la caligrafía torpe, a veces grabada con uñas o cuchillos desafilados sobre el lino y la madera: “Gracias a la Madera por el hijo que respira” “Bendición a la Madre por el frío que no mató” “Gracias, Madre, por el hambre que hoy no duele” “Alabada sea la Señora y sus Damas por la tranquilidad del bosque” “Alabada…Madre” “Gracias….Señora” “Agredezco…Dama” “Bendiciones…” —Todo me recuerda a los cultos daedricos en las zonas más remotas de Tamriel…” —”Incluso el aire alrededor de las estatuas es distinto, más denso, más dulce… hay magia aquí…” El silencio del atrio se rompió con el arrastrar de unos pasos.

Una mujer se acercó al templo cargando un balde de madera y paños amarillentos.

Su apariencia recordaba a una madre, pero su mirada estaba mostrada cansancio, como si sus ojos hubieran visto demasiado sol o demasiada sombra.

Lo miro, pero no mostró emoción alguna .

Se limitó a pasar por su lado con indiferencia.

Se arrodilló ante la estatua de la Madre y comenzó a frotar la madera con movimientos mecánicos, casi violentos.

—¿Qué quieres aquí, forastero?

—preguntó sin dejar de limpiar.

La observó limpiar la estatua con tranquilidad, con movimientos que parecían estar hechos por costumbre.

—Hay algo de magia en ella… —He venido a ayudar —respondió él.

Ella soltó una risa seca.

Se giró, apoyando una mano en la base de la estatua de la Madre.

—¿Ayudar?

—escupió—.

¿Por qué querrías tú “ayudar” en este lugar?

¿Qué esperas a cambio?.

—Ayudo porque puedo —sentenció Jonar.

La mujer frunció el ceño, su brusquedad se mezcló con curiosidad.

Se puso en pie frente a él.

—¿Porque puedes?

¿Cómo piensas ayudar?

¿Con palabras bonitas?

Aquí la gente tiene poco que ofrecer.

En respuesta, extendió su mano, manifestó la luz pura de la Restauración.

Una luz dorada y vibrante estalló en su palma, tan pura que el moho de las paredes del templo pareció retroceder.

La mujer dio un paso atrás, cubriéndose el rostro.

Sus ojos, acostumbrados a la penumbra del pantano y a la luz mortecina de las velas de sebo, se dilataron con una mezcla de espanto y una chispa de algo que no sentía hacía años: esperanza.

—Puedo sanar a la gente —dijo, cerrando el puño para apagar el resplandor, aunque el calor permaneció en el aire.

Ella recuperó la compostura con esfuerzo, acomodándose el delantal con manos temblorosas.

Su trato seguía siendo tosco, pero la brusquedad en sus ojos se había agrietado.

—Nadie da esa clase de poder sin cobrar un precio —masculló ella, mirando de reojo a la estatua de la Madre—.

¿Qué esperas a cambio?

—pregunto mirándolo a los ojos.

—Refugio —contestó con sencillez—.

Un lugar bajo techo para descansar.

Nada más.

La mujer guardó silencio, sopesando las palabras del hombre frente a ella.

Finalmente, señaló hacia el interior oscuro del templo, donde el olor a incienso y madera vieja era más fuerte.

—Entra, entonces—le pidió con su habitual brusquedad—.

Entra al templo, Yo llamaré a los que se están necesitados de curación.

Se dio la vuelta y salió del templo con paso rápido, dejándolo ante el santuario.

Sin más que hacer se adentro, pasando por entre las estatuas.

—Veremos que tienen estas “damas” entre manos.

Pero primero, debo ganarme a la gente.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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