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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 24

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24: Capitulo 24 24: Capitulo 24 Los aldeanos comenzaron a llegar poco a poco.

Pero ninguno entró al santuario, solo se quedaron afuera, observando hacia el interior con dudas y sospechas.

La primera en llegar fue una mujer con un recién nacido en brazos, la criatura estaba envuelta en trapos, la poca piel visible era de un blanco poco sobrenatural.

La madre era joven, estaba desnutrida y sus ojos rojos, había estado llorando.

Atrás, un hombre llegó, un veterano, con la piel curtida por el sol, claramente un trabajador.

Tenía la pierna rota, la carne sobre el hueso estaba tirante hacia afuera, morada y supurando pus.

Luego una anciana, de cabellos blancos por la edad, encorvada.

Tosía cada diez segundos, pequeñas manchas de sangre aparecían donde tosía.

Y así, poco a poco, una fila de aldeanos se formó fuera del santuario.

Vecinos del pueblo, todos comunicados por la mujer, que suponía era la sacerdotisa.

Ninguno se atrevió a entrar.

Lo miraban desde lejos, luego apartaban la mirada, se miraban entre ellos, algunos murmuraban frente a las estatuas.

Viendo que el miedo los mantenía encadenados al umbral, dio un paso al frente.

Sus ojos dorados recorrieron la fila, mirándolos uno por uno.

—.

Acéquete.

Le dijo a la mujer con el infante en brazos.

La mujer del recién nacido fue la primera en dar un paso tembloroso hacia el interior.

La miró a los ojos y extendió sus manos, una suave luz dorada, cálida como el sol de mediodía, comenzó a brotar de sus palmas.

Cuando sus dedos rozaron la frente del bebé, el color blanquecino de su piel se transformó en un sonrosado saludable.

El niño, que no tenía fuerzas ni para llorar, soltó un suspiro profundo y buscó el pecho de su madre con vigor renovado.

La mujer cayó de rodillas, sollozando, pero esta vez de alivio.

—¡Gracias!

Gracias mi señor —dijo entre lágrimas.

Afuera se oyeron exclamaciones, susurros se agitaron entre los aldeanos.

El veterano de la pierna rota, con los ojos bien abiertos por la sorpresa, fue el siguiente.

El olor a pus de su herida era fuerte.

Colocó sus manos sobre la carne morada.

EL veterano ahogó un grito cuando sintió el hueso alineándose bajo la piel, pero el hombre no gritó de dolor.

Al contrario, sus ojos se abrieron de par en par al ver cómo la infección desaparecía, la piel se cerraba sin dejar rastro de la herida y el músculo recuperaba su fuerza.

Se levantó, probando su peso, y caminó sin rastro de cojera mientras le agradecía con los ojos húmedos.

Ahora podría trabajar y ganar su sustento.

La tos de la anciana, causada por sus pulmones dañados, no fue lo único que sanó.

La oleada de energía restauradora pasó por todo su cuerpo, eliminando las causas de sus diversos dolores, el dolor de cintura, varices, etc.

La anciana se marchó con alegría, ya no curvada por los años, ahora erguida y revitalizada.

A la fila se sumaron otros, atraídos por los susurros de los milagros que ocurrían en el umbral: Un joven pescador, con las manos deformadas por una extraña parálisis que las mantenía rígidas como garras de piedra, se acercó con la cabeza baja.

Envolvió las manos del muchacho con las suyas.

El calor de la magia de restauración penetró hasta la médula; los tendones se estiraron, los nudos en las articulaciones se disolvieron y el joven pudo cerrar el puño por primera vez en años.

Luego llegó un niño pequeño, guiado por su hermana mayor.

Sus ojos estaban cubiertos por una densa catarata blanquecina, producto de una infección del pantano que lo había dejado en la oscuridad total.

Jonar se inclinó, quedando a su altura, y sopló suavemente sobre el rostro del pequeño mientras sus dedos trazaban un círculo de luz.

La neblina en los ojos del niño se disipó como el humo al viento.

—Veo…

¡veo los colores!

—gritó el niño, señalando las flores que adornaban el altar, mientras su hermana abrazaba a Jonar con fuerza, incapaz de articular palabra.

A esta altura los demás vecinos se encontraban alrededor del santuario, observando con curiosidad, sorprendidos por ver magia por primera vez en su vida.

Algunos niños se habían acercado, intentando ver de cerca aquella luz dorada que emitía su magia.

Cada aldeano que salía curado sumaba sus agradecimientos al extraño viajero.

Un leñador de hombros anchos llegó después, mostrando una herida abierta en el costado que se negaba a cerrar, roja y palpitante.

Jonar simplemente pasó su mano a centímetros de la lesión.

Una espiral de energía dorada cosió la carne en segundos, dejando la piel tan lisa como si nunca hubiera sido tocada por el hacha.

Finalmente, una muchacha joven, de unos veinte años, se acercó.

Tenia el rostro envuelto con un paño, blanco pero en mal estado.

De inmediato sintió el olor a hierbas que la rodeaba.

Pero algo le extrañó, los aldeanos hicieron silencio cuando se acerico al santuario.

Susan, que ya había vuelto y se encontraba parada en silencio a unos metros de el, rechisto ante la joven.

—¿Es la paria de la aldea?

La joven se sentó frente a él, el olor a hierbas y flores era más fuerte, pero suave.

Su cabello era rubio, caía sin orden detrás del paño.

—¿Cual es tu dolencia, jovencita?

—le pregunto a la muchacha.

La chica levantó el paño.

Era linda, de piel blanca, cejas amarillas, un rostro que denotaba juventud y vitalidad.

El problema, un solo ojo abierto, el otro se encontraba cerrado por una herida, ya cicatrizada.

Un corte, no hecho limpiamente, atravesaba la ceja derecha hasta el mentón, la herida era profunda.

—Veo —comentó mirando la cicatriz de la joven.

—No te preocupes, puedo revertirla, solo llevará un momento.

Levantó sus manos, enfocándose en el rostro de la joven.

La luz era más densa, igual que el color dorado en ella.

Incluso el suave tintineo de comenzó a sonar, como pequeñas campanas que sonaban cuando utilizaba la restauración a gran nivel.

EL ojo de la joven se abrió, mostrando sorpresa.

Y segundos después la herida comenzó a sanar.

La piel que rodeaba a la cicatriz, estirada y cerrada irregularmente, comenzó a tomar la forma normal.

El surco de la herida comenzó a desvanecerse, la carne debajo de ella comenzó a volver a crecer.

El ojo comenzó a regenerarse, el párpado se recuperó, los bellos en la ceja volvieron a crecer, al igual que las pestañas.

Un minuto, había terminado.

—Listo, como nuevo, abrelo.

—Le dijo a la muchacha con una sonrisa.

La joven cerró el ojo abierto, y luego abrió ambos- Azules como zafiros, llenos de alegría y vitalidad.

Una sonrisa se formó en sus labios.

La chica levantó las manos y comenzó a hacer señales con ellas.

Jonar sabía lo que significaba.

—Gracias  —De nada —le respondió a la joven, ella era muda.

—¨Puedo recuperar tu voz.

—Imposible, está maldita.

—Comentó la sacerdotisa que hasta ahora había estado en silencio.

—Ella y toda su familia, por mentir sobre la Gran Dama.

—Comentó con enojo.

Caminando alrededor de la mujer.

La chica estaba tranquila, sentada en silencio, con sus ojos fijos en Jonar.

—Por eso los aldeanos se alejan de ella, es crítica de la religión local… —Aun así la sanaré si puedo.

La sacerdotisa se detuvo, y le lanzó una mirada fulminante.

Jonar aproximó sus manos al cuello de la joven.

Al principio, la luz dorada fluyó con la misma facilidad que con los otros aldeanos, pero en cuanto el brillo rozó la piel de la garganta de la muchacha, algo cambió.

El aire alrededor de ellos se volvió gélido.

El suave tintineo de campanas que acompañaba su magia se transformó en un sonido discordante, como cristal rompiéndose.

Jonar frunció el ceño; sus ojos dorados se intensificaron, filtrando la realidad física para ver el flujo de las energías.

Fue entonces cuando la vio.

No era una herida, ni una enfermedad natural.

Podia ver la magia, alrededor del cuello de la joven, entrelazada con sus cuerdas vocales, había una maraña de hilos negros y viscosos que palpitaban como una criatura viva.

Parecían espinas de sombras que se hundían en su garganta.

Era una maldición, una magia ruda, primitiva y cargada de una negatividad.

—No es una simple mudez —murmuró Jonar La sacerdotisa, resoplo.

—Te lo dije, extranjero, no se puede sanar.

Esta maldita, al igual que toda su familia, por intentar destruir el santuario, mi Señora siempre ayuda a quien lo necesita, pero también castiga a aquellos que realizan actos indebidos.

Jonar ignoró a la sacerdotisa.

Sus ojos se clavaron en los de la joven, quien permanecía asombrosamente tranquila.

—Tienen razón en algo —Esto no se sana.

Esto se rompe.

Jonar cerró los ojos y cambió el flujo de su magia.

Ya no era el suave sol del mediodía; ahora era el fuego blanco y purificador de una estrella.

Sus manos no solo emitían luz, sino un calor vibrante que hacía que el aire siseaba.

Al tocar la garganta de la joven, los hilos negros reaccionaron.

Se retorcieron como serpientes quemadas, emitiendo un chillido agudo que sólo Jonar y la muchacha pudieron escuchar.

Se escuchó un chasquido seco, similar al de una cuerda rompiéndose.

Los hilos negros se desintegraron en una ceniza etérea que desapareció antes de tocar el suelo.

El calor se disipó.

Jonar exhaló un suspiro largo, y la luz de sus manos volvió a ser suave.

La joven se llevó una mano al cuello, abriendo mucho los ojos.

Una nueva luz brillaba en los ojos de la muchacha.

De la misma manera que otro brillaba en los ojos de la sacerdotisa.

La chica levantó las manos, haciendo señas con ellas.

—Ellas sabrán.

Jonar la miró con una sonrisa y respondió con señas.

—No me detendré.

La joven lo miró por un momento, y luego sonrió, mostrando los dientes blancos detrás de ellos.

El aire cambia alrededor, más suave, más tranquilo, con aromas a flores.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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