Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 25
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Capítulo 25: Capitulo 25
—Eres un buen hombre. Le dijo con señas la joven mujer.
Jonar quiso responder pero fue interrumpido por un anciano.
—¡Mi señor!. Le dijo el anciano, delgado, de estatura mediana. Una oreja le faltaba.
—Noble caballero, ¡que las Damas bendigan su camino! Soy Aldert el anciano de la aldea, vengo a agradecerle en persona. Le dijo con una reverencia.
—Pocas veces he visto a alguien hacer semejante magia, Mi señor. Sin duda la Madre lo ha guiado hacia nosotros, un pueblo necesitado después de tantos infortunios.
—Sí puedo ayudarme, no tengo problemas en hacerlo. Le contestó al anciano. Este sonrió con alivio.
—Que las Damas lo bendigan. Mi señor, necesita que le ayude en algo, no quiero molestarle, pero, a este pueblo le vendría bien su ayuda… por unos días, Mi señor, si es posible que pueda quedarse… . Le dijo con tono suplicante
—No hay problema, mientras tenga un lugar para dormir, puedo quedarme los días que quiera, no tengo un lado a donde ir por ahora. Si puede concederme un lugar para pasar la noche, me quedaré el tiempo que fuera necesario.
—Si, gracias, gracias noble viajero, me encargare de brindarle un lugar donde dormir, y alimento, por su puesto. Le dijo mientras comenzaba a volcarse con prisa.
—Señor Aldert, si puede, llame a todos los aldeanos que necesiten curación, no importa lo que fuese, puedo sanarlo.
—Si, me encargare de eso, hay tantos necesitados en este pueblo, los convocaré al resto del pueblo. Dijo y se marchó con prisa.
—Traeré hierbas medicinales. Comentó la mujer con señas tras lo cual abandonó el templo.
La sacerdotisa solo lo miró por un momento mientras se rascaba la palma, allí donde una cicatriz en forma de marca se encontraba.
—Me encargaré de organizar a los aldeanos, para que los más necesitados sean atendidos primero.
—No me dijiste tu nombre, sacerdotisa. Pregunto Jonar
La mujer se quedó quieta un momento, volviendo a rascarse la palma.
—…Susan. Dijo tras una pausa y se marchó.
Y así pasó el resto del día y la tarde. Sanando a niños y niñas, mujeres y ancianos. Desde enfermedades hasta órganos dañados, huesos rotos y heridas menores hechas por la propia vida campesina. Los aldeanos le agradecieron, algunos lloraron, otros le inclinaron como si de un santo viviente se encontrara frente a ellos. La mayoría agradeció a las damas por su presencia, como si él fuese guiado por ellas. El solo asintió y le rindo algunas palabras de consuelo.
La mujer muda, Flora como se hacía llamar, se quedó junto a él, para el disgusto de la sacerdotisa. Ella se dedicaba a indicarle que hierbas debían tomar alguno de ellos para ciertas dolencias, como dolores de estómago, cabeza, o demás. Si bien su restauración podría sanar todo aquello, las recomendaciones de la mujer le serían útiles para cuando volvieran a estar enfermos. Fueron las mujeres embarazadas o con niños quienes más tuvieron en cuenta sus recomendaciones.
Por lo que pude observar de ellos, parecen tener una desconfianza hacia ella, la miraban poco o con lástima. Solo algunos le agradecieron.
Cuando terminó de atender a todos los aldeanos ella se despidió con un “ellas observan”. Era obvio que sabía de la naturaleza de las “Damas”. No pudo hablar más con ella ya que el jefe Aldert apareció, la guió hasta una cabaña, igual a todas las demás, pero las recientes reparaciones eran visibles. Una puerta con madera nueva, que contrastaba con la madera más oscura de la cabaña, parecía recién hecha. Lo mismo con el interior, limpio, recién limpiado, y con el piso con tablas de madera que habían sido recién cortadas.
Según el anciano, esta cabaña pertenecía a una familia que se marchó de madriguera baja hacía un mes, la cabaña había sido destruida por una tormenta que derribó un árbol sobre ella. La misma había sido reparada por la gente del pueblo para el. Había alimentos que los aldeanos habían preparado para él, pan recién horneado, alguna que otra tarta de verduras, y distintas carnes secas que colgaban del techo cerca de la cocina/horno.
Una vez solo, se dedicó a poner una barrera sobre la cabaña. Mientras la observaba. Era de tamaño mediano, dos habitaciones y una cocina/comedor junto. Una vez solo no tuvo mucho que hacer, así que se dedicó a leer de su reciente biblioteca adquirida en Novigrado hasta que el sueño lo invadió
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Jonar estaba allí de nuevo, atrapado en el abrazo asfixiante de un árbol cuyas raíces eran tan antiguas como el tiempo. Las fibras leñosas y nudosas, se enroscaban alrededor de su torso y sus extremidades, hundiéndose en su carne con una paciencia cruel. No había lucha posible.
Sentía el goteo constante. Su sangre descendía por las raíces en hilos dorados y rojos. El árbol bebía de él, alimentándose de su divinidad, de su cansancio y de su poder. El dolor era un zumbido sordo.
Sin embargo, esta vez el vacío del sueño se rompió.
En la penumbra del tronco, surgió un destello. Era una pulsación rítmica, un latido de de oscuridad que se filtraba a través de las grietas de la corteza, justo frente a su pecho.
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—Algo cambió en el sueño. Pensó mientras miraba la estrella.
Tok Tok.
Escucho cómo sonaba la puerta, alguien llamaba.
Miro hacia la ventana que estaba cerrada, el sol se filtraba con fuerza por las rendijas del marco.
—¿Tanto dormi? Se preguntó notando que ya había amanecido.
Se levantó con un suspiro. Se puso una pantalones de cuero negro y una camisa de lino blanca. Camino hacia la puerta.
—Magia. Fue lo que sintió, al otro lado de la puerta alguien con magia lo esperaba. Era tranquila y estable, alguien con control sobre ella, no sentía la tensión del maná de alguien que esperaba luchar.
Abrió la puerta.
— ¿Una hechicera?
La mujer retrocedió un paso trastabillando. Era joven, de una belleza pálida y delicada que recordaba al mármol fino. Su cabello, de un rubio tan claro que rozaba el blanco, estaba pegado a sus sienes por el sudor y el polvo del camino, rompiendo la pulcritud de una túnica que, aunque de excelente corte, lucía descuidada por la prisa.
Lo que más destacaba eran sus ojos: de un azul gélido y traslúcido, fijos en Jonar con una mezcla de pavor y nerviosismo. Con manos temblorosas que delataban una timidez que luchaba por no convertirse en pánico, alzó un medallón de plata que colgaba de su cuello.
—So… Soy Grace Ashcroft —logró articular, su voz pequeña y entrecortada por un tartamudeo nervioso—. De la… de la Hermandad de Hechiceros.
— ¿Hermandad de hechiceros? —preguntó Jonar.
Su voz debió sonar más dura de lo que pretendía, porque la joven dio un pequeño salto y apretó el medallón contra su pecho, asintiendo mientras tragaba saliva con un nerviosismo.
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