Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 26
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Capítulo 26: Capitulo 26
Una dia antes
Tissaia se encontraba leyendo en su habitación, después de un largo día de trabajo no había mejor placer que un buen libro junto a una taza de té. De repente los cristales de su caleidoscopio brillaron.
—¿Una comunicación a esta hora?
Dejó el libro sobre la mesa y se dirigió hacia el caleidoscopio. Tras revisar su presencia pulcra envió una señal mágica a los cristales. Una figura apareció frente a ella.
—Saludos Tissaia, el elemento la molesta. Dijo la mujer frente a ella.
—Saludos Ida. ¿Alguna situación? Le respondió a la sabia.
—Si, acabo de encontrarme con el sujeto, Jonar. Ahora mismo se encuentra en los pantanos de Valen.
—Asi que el extranjero se ha estado moviendo, desde las cercanías de Tretogor hasta el norte de Temeria. …
Tissaia ya sabía, por mano de su antigua alumna Pholipa, que el “sujeto” se encontraba en movimiento. había recibido informes por parte de ella. De cómo sanaba a lugareños de los pueblos por los cuales pasaba, o de enfrentamiento con bandidos y contratos de monstruos con un Brujo.
—Imaginos que habrás visto algo más, algo que ha llamado tu atención en las corrientes del tiempo.
Ida asintió.
—Algo sucederá en el pantano, Tissaia, algo que producirá un cambio, será importante. Dijo con seriedad. —Acabo de tener un encuentro con él, le advertí de una de mis visiones, algun tipo de peligro, y me contestó que había tenido una visión de su muerte.
—¿Su muerte? Pregunto Tissaia con curiosidad.
—Así lo afirmó. Por lo visto se quedará en el pantano durante un tiempo. Más allá de sus afirmaciones no tengo dudas de que algo sucederá, Tissaia, y quizás no sea mala idea tener ojos en el pantano.
—¿Sugieres que enviemos a alguien?
Ida asintio.
Tissaia comenzó a barajar la información obtenida. No desconfiaba de Ida, la conocía hace mucho tiempo, y su habilidad para navegar en las corrientes del tiempo no era ninguna artimaña. Ida era más que capaz de sostener el título de Aen Saevherne.
—¿Alguna otra recomendación? Pregunto ya sabiendo lo que había que hacer.
—Ninguna, procura que a quien envíes sea alguien… honesto, alguien que pueda ganarse su conciencia sin buscarla.
—Bien, que tengas una buena noche, Ida.
—Nos vemos, Tissaia.
…
Tras apagarse los cristales, el silencio la rodeado.
—Así que tenemos una oportunidad para acercarnos al extranjero…. Alguien que se gane su confianza sin buscarlo… Murmuró Tisai mientras pensaba en sus opciones.
—Solo se me ocurren tres opciones, Margarita o Triss.
Eran pocos los hechiceros que cumplian con el requisito mencionado por Ida. La mayoría de los hechiceros terminaría generando algún tipo de rispidez con el extraño. Solo estas tres hechiceras podrían llegar a acercarse con cierta… humildad. Evitando así conflictos.
—Pero… Margarita no es muy apta para una tarea de seguimiento, demasiado… distraída para cuestiones serias que no sean la enseñanza a su pupilas. Triss, por otro lado, era alguien franca, no dada a la manipulación o a maquinaciones políticas, tiene más experiencias en trabajo de campos, pero actualmente es consejera en Temeria, y aunque estaría en su territorio, tarde o temprano podría llegar a involucrar a la corona. Necesitamos que sea alguien que pase más desapercibido…
Y algo hizo clic en su mente. Su actual alumna recién graduada.
—Grace Ashcroft, tranquila, seria, inteligente y trabajadora. Aunque tiene un único problema: sus habilidades sociales. Dijo pensando en los recurrentes problemas que tenía su ex pupila al salir de su espacio de confort.
—Bien, lo mejor es ir preparando las cosas.
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Grace se despertó con el sonido de golpes en su puerta. Cerro los ojos or un instante para percibir la magia de quien la despertaba.
—¿Maestra?
Se levantó de su cama en camisón, sabiendo que no había nadie más afuera. Y abrió la puerta.
—Buenos días Grace, la hermandad tiene una misión para ti.
—¿Misión? Pero l-la investigación todavía no ha terminado. Dijo mirando hacia su habitación, pilas de libros y notas se encontraban sobre su escritorio.
Grace se hizo a un lado y dejo pasar a su mentora.
—Lo sé querida, pero se nos ha presentado una oportunidad para investigar sobre un problema actual. ¿Recuerdas el fenómeno hacía unas semanas en relación a las fluctuaciones espaciales y magicas?
Grace asintio. Dicho fenómeno había desajustado varios de sus instrumentos para medir las frecuencias mágicas, utilizadas en su investigación.
—Resulta que hemos dado con el causante de dicho fenómeno. Afirmó Tissaia mientras invoca un bolso de cuero marrón.
—¿EL causante? encontraron el lugar donde las lineas mágicas chocaron?
Esa había sido la explicación que la hermandad había brindado. Un fenómeno donde las líneas mágicas que recorren el continente se habían entrecruzado, generando una alteración en el flujo de la magia. Algo así como el choque entre placas tectónicas que luego generan los terremotos. Dicho fenómeno había paralizado a muchos magos quienes se vieron perjudicados en el uso de teletransportación y en los artefactos que necesitaban variables estables en cuanto a las fluctuaciones de la energía del caos.
—¿Entonces iré a Redania? Fue allí donde todo sucedió. Dijo Grace mientras empezaba a procesar los cambios en su agenda personal.
—No, irás al norte de Temeria, a los pantanos de Valen. Dijo Tissaia mientras comenzaba a sacar notas del morral y otros artefactos del mismo. Era evidente que había sido encantado con un hechizo de expansión espacial.
—¿Temería?, pero…
—Iras para encontrarte con un sujeto, un hombre, quien fue el causante del incidente. Dijo Tissaia con cierta seriedad.
—Un hombre? pero cómo es posible, alguien no podría haber causado un incidente de tal magnitud.
—Lo fue, el choque entres las líneas mágicas fue una invención por mi parte. Una mentira, Grace. El causante fue un sujeto, aunque no el sujeto en sí, creemos que un abertura espacial se produjo aquel día, una ruptura en el tejido espacio-tiempo; y fue ello lo que causó el incidente posterior.
—¿Una ruptura espacio-temporal? Preguntó Grace —Pero… las únicas veces que sucedió algo así fue en la conjunción de las esferas. Dijo mirando a su maestra.
Tessai asintió. —Exacto, por eso debes encontrar a este sujeto, creemos que “el” llegó a aquí por medio de una conjunción.
Grace palideció por un instante. —¿Q- que?
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El cartel, medio podrido y cubierto de musgo, confirmaba sus peores sospechas: Madriguera Baja. Grace se detuvo un segundo, cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de visualizar la postura impecable de Tissaia de Vries. Intentó mantener la barbilla alta y la columna recta, pero era una batalla perdida; sus botas de seda, diseñadas para los suelos de mármol de Thanedd, ahora pesaban dos kilos cada una debido al barro arcilloso que se adhería a ellas como un amante despechado.
—Solo un hombre —se siseó a sí misma, tironeando de su túnica con dedos temblorosos—. Encuentro al sujeto, confirmo si es la causa anomalía espacio-temporal y regreso a la civilización… ¿Qué tan difícil puede ser?
Velen, que parecía tener un sentido del humor perverso, decidió responderle de inmediato.
Su primer infortunio ocurrió apenas diez minutos después de dejar el camino principal. Convencida de que un atajo por un matorral de juncos la sacaría antes de esa pesadilla, terminó hundiéndose hasta las rodillas en una charca cuya fragancia sugería que algo muy grande, muy peludo y muy antiguo había muerto allí y nadie se había molestado en darle sepultura.
—¡Por todos los dioses! —exclamó, con el estómago revolviéndose mientras el lodo succionaba sus piernas.
Intentó salir usando un pequeño pulso cinético para impulsarse, pero el Caos en esa zona era una amalgama de resentimiento y energía errática. Hubo un estallido seco, como una bofetada al aire. En lugar de elevarse con gracia, Grace salió disparada hacia atrás como un fardo de heno, aterrizando de espaldas sobre un arbusto de bayas espinosas. Las ramas se enredaron en su cabello con una saña casi consciente.
—Maldita sea la magia de este lugar ¡y maldito sea este arbusto! —gruñó. Se arrancó una rama del peinado con un tirón tan violento que las lágrimas le escocieron en los ojos. No era solo el dolorl.
Apenas recuperaba el aliento, el sonido de chapoteo la puso en alerta. Un grupo de sumergidos emergió del agua. Grace, en un último intento de dignidad, se puso en guardia para una batalla épica… o al menos para una huida digna. Pero justo cuando sus dedos empezaban a chisporrotear con una señal ígnea, un pequeño ganso salvaje salió de la nada.
El ave no respetaba jerarquías mágicas ni linajes de hechicería. Con una furia psicópata, comenzó a picotearle los tobillos con la precisión de un verdugo.
—¡Ah! ¡animal estúpido! ¡Atrás! —gritó Grace, perdiendo toda la compostura mientras saltaba de un pie a otro. Entre las garras de los monstruos y los picotazos del ave, terminó huyendo campo a través. En el caos, sintió cómo el lodo se tragaba uno de sus zapatos con un sonido de succión triunfal.
Se detuvo a la orilla de un riachuelo, exhausta y con el corazón martilleándole las sienes. Su paciencia, normalmente tan sólida como los muros de Aretuza, se había evaporado, dejando solo una costra de rabia pura.
—Basta de sutilezas —siseó, limpiándose un manchón de barro de la mejilla con el dorso de la mano, solo para dejar otra mancha peor—. Si el camino no quiere mostrarse, lo obligaré.
Invocó un “Fuego Fatuo de Orientación”. La esfera azulada brilló con una intensidad prometedora y flotó con elegancia hacia lo que parecía un montículo de tierra seca. Grace, al borde del colapso físico, decidió que era el lugar perfecto para sentarse un segundo y vaciar el agua de su única bota. Sin embargo, en cuanto apoyó su peso, el “montículo” soltó un gruñido que hizo que sus muelas vibraran.
No era tierra. Era un enorme oso pardo que no apreciaba ser usado como mobiliario.
—¡Oh, por el amor de…! ¡¿Es que nada en este sitio puede ser normal?! —exclamó Grace, saltando hacia atrás mientras el corazón le daba un vuelco.
Grace corrió como nunca en su vida, saltando troncos y maldiciendo a cada hechicero que alguna vez escribió que Velen era “pintoresco”. En la carrera, se enganchó con una cuerda de tender ropa de una granja cercana. Ahora arrastraba un camisón de lino extragrande, amarillento y andrajoso, que se había enredado en su hombrera como una capa de la vergüenza.
Para rematar la jornada, una cabra famélica decidió que su mapa de pergamino era su cena.
—¡No! ¡Suelta eso, animal del demonio! —gritó Grace, forcejeando con la cabra en un estira y afloja patético. Raaas. La cabra se escapó con la mitad del mapa. Grace se quedó mirando el trozo restante, que solo decía: “Girar a la izquierda en el árbol feo”.
—¡Odio este lugar! —le gritó al cielo gris, mientras intentaba arrancarse el camisón del hombro con movimientos espasmódicos de pura frustración.
Finalmente, divisó la aldea. Trato de invocar un pequeño hechizo de limpieza, pero sus dedos apenas chisporrotearon; el Caos de Velen se sentía como una estática pesada que se burlaba de sus esfuerzos. Solo logro arrancarse aquel camisón ajeno que se le había enredado en el hombro y frotar un poco de barro de la túnica, pero mi su seguía siendo el de alguien que había perdido una pelea contra la naturaleza misma.
Camino por la calle principal de la aldea, sintiendo las miradas de los lugareños, hasta llegar a la cabaña más apartada. Esa casa no era como las demás; de ella emanaba una vibración de poder única, claramente allí residía su objetivo.
Se detuvo ante la madera gastada de la puerta. Sus manos temblaban de puro agotamiento y de un nerviosismo que luchaba por no convertirse en pánico.
Tok Tok.
El silencio que siguió fue eterno. Escucho pasos al otro lado, una presencia que se acercaba con una calma que le erizó la nuca. Cuando la puerta se abrió, el sol de la mañana me dio de frente, obligándome a parpadear.
—¿Una hechicera?
La voz era profunda, cargada de una autoridad que no esperaba. Retrocedí un paso instintivamente, trastabillando por la falta de mi otro zapato. Al levantar la vista, me quedé sin habla. El hombre que me observaba tenía una presencia abrumadora, con un rostro que parecía tallado en piedra antigua y unos ojos… unos ojos dorados que brillaban con una intensidad inhumana.
Grace sintió que su pulso se aceleraba. Con los dedos aferrados a su insignia como hechicera, logró articular la presentación con una voz pequeña y entrecortada.
—So… Soy Grace Ashcroft —sy propio tartamudeo me avergonzó, pero no pudo evitarlo—. De la… de la Hermandad de Hechiceros.
—¿Hermandad de hechiceros? —preguntó él.
Su tono sonó tan duro, tan carente de la reverencia a la que estaba acostumbrada, que dio un pequeño salto. Apretó el medallón contra mi pecho y asentio, tragando saliva mientras intentaba, inútilmente, ignorar el hecho de que estaba ante el hombre más imponente que jamás había visto.
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