Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 3
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3: capitulo 3 3: capitulo 3 Sintió cómo su conciencia volvía poco a poco.
Abrio los ojos; el amanecer asomaba entre las copas.
El cansancio físico había desaparecido; su divinidad ahora se encontraba adormecida; la chispa Dova reposaba tras haber resistido en aquel mar blanco.
Le llevaría tiempo recuperar su poder.
Lo mejor era ser precavido.
El bosque que lo rodeaba era antiguo y frondoso, impregnado de vitalidad.
Cerca de él unas flores llamaron su atención, amarillas, casi doradas, de cinco pétalos.
—Hay magia en ellas —murmuró.
Se acercó, atraído por su belleza y por la energía que desprendían.
Tomó una flor entre los dedos; la fragancia de la primavera lo envolvió.
A pocos pasos, una roca tallada sobresalía entre las flores.
Las inscripciones estaban en una lengua que no conocía.
—Parece que estas perdido—dijo una voz femenina detrás de él —No es normal pasar frente a las tumbas.
Se giró.
Frente a él había una mujer elfa.
A primera vista parecía una Altmer, aunque su forma de vestir recordaba más a la de los Bosmer: túnica verde con adornos de minerales, no piedras preciosas.
Tenía la tez clara, cabello castaño rojizo y una expresión serena; de ella emanaba una sutil vibración de maná.
—Buenos días —dijo él, incorporándose con cuidado—.
Me llamo Jonar.
Disculpa mis modales; lamento haberme acercado a esta tumba.
—Ida —respondió la elfa—.
No te preocupes.
Su cuerpo descansa en otro lugar, pero aquí fue donde la vida de ella encontro su fin.
La gravedad de sus palabras lo hizo retroceder un paso.
Ida sonriendo con calma y, sin dejar de mirarlo, señaló las flores.
—Se llaman feainnewedd —explicó—.
Y no te preocupes, cualquiera que las vea se sentiría atraído por ellas.
Jonar repitió la palabra en voz baja, tanteando la pronunciación.
Era una lengua extraña, pero la sílaba le sonó a algo antiguo y cercano.
—Parece que estás perdido —dijo Ida, sacando una manzana de su canasto y ofreciéndosela—.
Nos encontramos en medio de un gran bosque; no se llega hasta aquí por accidente.
Él adquirió la manzana y le dio un mordisco.
—Dulce —pensó— .
Tuve una noche difícil; apenas recuerdo cómo llegué hasta aquí.
Gracias por la comida.
Ida lo observará con la misma serenidad.
—No eres de aquí, ¿verdad?
—preguntó.
Jonar sintió, más que escuchó, la certeza en su voz.
Había intuición en ella.
—Podría decirse que soy un turista accidentado —respondió, esbozando una sonrisa forzada—.
¿Sabes dónde se encuentra el pueblo más cercano?
Ida miró al sol y señaló al sur.
—A unas horas hacia el sur.
Toma, te hará falta para el camino —dijo, entregándole la canasta.
— ¿Estás seguro?
—protestó él.
—Estoy segura —replicó ella—.
Nos volveremos a encontrar.
El comentario lo sorprendió.
Se despidieron con un breve intercambio y Jonar se puso en marcha hacia el sur, con la canasta al hombro.
Mientras caminaba, no pudo evitar mirar por encima del hombro.
—Extraña —murmuró—.
Muy extraña.
¿Sabes más de lo que dices?
¿O solo vino a observar las consecuencias de mi llegada?
Nos volveremos a encontrar, fue lo que dijo.
Una sonrisa apareció en su rostro pensando en lo extraño de su encuentro.
…………………………………………………………………………………………………………… Unas horas antes Ida Emean aep Sivney se despertó con la sensación de que algo en el mundo había cambiado.
No fue un ruido, sino una ausencia, una nota que antes sostenía el rumbo del tiempo y el destino se había desvanecido o transformado.
Se incorporó en su cámara de hojas y espejos, donde innumerables veces había contemplado futuros posibles, pero siempre hacia un mismo destino, hacia la Tedd Deireadh; pero esta vez algo había cambiado, el hilo del destino, siempre cambiando pero hacia dicho grupo, había sido deshecho.
Las visiones llegan en ráfagas, como si la profecía misma tosiera.
La escarcha blanca cubría su visión, para luego aparecer una es una luz emanando de una estrella de ocho puntas.
Más imágenes sin forma quirúrgica.
Entre las imágenes apareció una voz —no humana, antigua y áspera como roca— que pronunciaba sílabas que Ida no reconocía.
Por últimos ojos la observan, pero sin verla a ella realmente, dorados, como fondos de oro fundido, como dos soles eternos que observaban una flor.
–-feainnewedd… El flujo se vio interrumpido.
Donde antes había certeza, ahora había posibilidad.
Donde antes había un camino claro hacia ithlinne, ahora había una bifurcación marcada por una estrella dorada que parpadea fuera de lugar.
—La nota ha cambiado —murmuró, y la frase fue más una constatación que una pregunta—.
Alguien ha añadido una voz que no pertenece.
Ida no era de las que se quedaban a observar sin actuar.
— El destino está por cambiar… pero ¿Como?.
Una estrella, ojos dorados y una flor — Feainnewedd , debo comenzar por ellas.
Preparó lo imprescindible con manos que no temblaron.
Antes de salir, pasó la yema de los dedos por las flores secas de feainnewedd que guardaba en un cuenco; su aroma le dio claridad.
Murmuró una bendición antigua a las hojas y al viento, no para invocar ayuda, sino para pedir que el camino fuera claro.
—Solo en Dol Blathanna y en ese lugar crecen las flores.
Debo ir allí.
.
.
.
Y alli lo encontro, un hombre, mas alto que el resto de los suyos, de cabellos largos y negros, y cuando grio hacia ella, un par de ojos dorados la observaron.
La estrella de ocho puntas descansaba en su pecho.
Traté de ocultar su temblor lo mejor que pudo.
Aquel hombre, aquel ser , sería el causante, la pieza ajena al tablero, aquel que podría cambiar el mundo.
La miraba con tranquilidad, incluso con cansancio.
Desconociendo el peso de su presencia.
Su pulso mágico se alteraba, le tiemblaban las manos, su presencia hacía ecos en el flujo del tiempo.
Reuniendo todo el control que pudo hablar —Parece que estás perdido…
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