Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 5
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
5: Capitulo 5 5: Capitulo 5 La sensación tras haber usado su mágico fue… algo notable.
—Una décima parte del maná, no tengo que confiarme.
Era evidente que su estado mágico no se había recuperado del todo.
Menos de una hora después, la empleada de la taberna abrió la puerta de la habitación.
—Disculpe, maese Jonar, la comida está lista.
La casa invita.
La chica lo observaba intentando pasar desapercibido su interés, aunque no podía ocultarlo del todo.
—Celia, así se llama la chica.
El comerciante sabía el nombre de la chica; era evidente que el anciano tenía un interés en ella, aun sabiendo que la chica tenía la misma edad que su hija.
—Entendido, iré en un momento —dijo sonriéndole a la chica.
Esta lo miró un momento más y se retiró con timidez.
.
.
.
Era pasado el mediodía; Willem, el herrero del pueblo, un hombre en sus treinta, robusto, de cabello castaño y sucio por el trabajo, se encontraba caminando hacia la taberna.
Caminaba hacia la posada en búsqueda de la novedad más reciente, el hechicero.
Todo el pueblo hablaba de ello, de cómo había usado su magia sanadora para curar al comerciante que traía mercadería a la posada.
Willem no era de los que se interesaran en los “chismes”, más aún si estos tratan sobre personas extrañas como los hechiceros.
Pero necesitaba la ayuda de este.
Pasó su mano por su cabello, en un intento de verse más respetable, y con un suspiro ingresó a la posada.
A unos metros de él se encontraba Merek hablando con el mago.
Se acercó lentamente, no sabiendo qué cara poner; aun así, caminó con propósito.
Ya estando cerca, ambos hombres detuvieron su charla y lo miraron.
—Merek —saludo al conocido posadero.
—Saludos, Maese… hechicero.
Miró brevemente al hombre; parecía un noble, más noble que el recaudador de impuestos enviado por el Barón.
Lo que más llamó su atención fueron sus ojos dorados.
Willem se recompuso y agachó su cabeza en señal de respeto.
—Disculpe que lo moleste, Maese, pero necesito su ayuda.
—¿Qué ayuda necesita?
Se la brindaré si me es posible, señor… —Ah, Willem, Maese, soy el herrero del pueblo.
—Había olvidado presentarse primero.
—Saludos, Willem —respondió el hechicero.
Willen se encontró sorprendido por lo fácil y accesible que era hablar con él; pensó que sería más difícil, más arrogante.
—Resulta que mi hija ha enfermado, ya ha pasado más de una semana, no hemos podido sanarla, ni siquiera con la ayuda del herbolario.
Usted es un sanador, Maese.
¿Podría usted… —Vayamos ahora mismo, no tengo que hacer nada hasta que me marche mañana; llévame con tu hija.
Y no te preocupes, no hace falta que me pagues nada; soy de los que creen que si tienes poder, debes usarlo para ayudar a otros.
Willem sonrió; no esperaba tal respuesta, incluso había traído sus ahorros para convencer al hombre.
Sin nada más que decir, y con una sonrisa, se dirigió hacia su hogar.
.
.
.
La casa del herrero era humilde, pero de ella emanaba una sensación hogareña, junto con el olor a carbón y hierro.
Willem lo llevó hasta la niña; Clara era su nombre.
Junto a ella estaba su madre, Mirian.
La madre observa a su hija; se sorprende al ver a Jonar entrar junto a su esposo.
Observó al hechicero brevemente.
—Gracias por venir, Maese.
—dijo con gratitud mientras se levantaba de su asiento junto a la cama de la niña.
— De nada, no es una molestia.
Dijo mientras se acercaba a la cama.
La niña, una copia de su madre, salvo por el color del cabello de su padre, se encontraba dormida; respiraba con tranquilidad.
Lo más llamativo a primera vista, su tez pálida, para nada común en alguien sano.
—¿Saben qué causó el estado de la niña?
Preguntó mientras ponía la mano en su frente.
—No hay fiebre.
Pensó —Ella estuvo jugando con otros niños en el bosque… vinieron espantados —comentó la madre observando a su esposo.
—Dijeron que vieron… algo —comentó preocupada.
—¿Qué fue lo que vieron?
—Un fantasma —respondió Willem.
—No le creímos, pensamos que estaba bromeando, pero desde esa noche ha enfermado, pálida, casi no come, ha perdido toda su energía —comentó preocupado.
Había arrepentimiento en su mirada.
Jonar asintió; sin más, observó a la niña con su sentido astral.
Mientras que una luz dorada emanó de su mano sobre la niña.
—No hay heridas físicas, tampoco está enferma.
Entonces el fantasma, la herida, una herida en su vitalidad, algo que lastimó su chispa de vitalidad.
Las heridas espirituales eran comunes tras los contactos con fantasmas o espectros, o cualquier tipo de magia que daña el alma.
Los síntomas más visibles son la pérdida de vitalidad, un decaimiento de la persona; luego vendrían otros tipos de problemas, psicológicos o peores si el alma había sido dañada.
—Por suerte, el daño espiritual en la niña es menor, su alma no fue lastimada, solo rozada con un espectro con energía negativa; se recupera con el tiempo.
—La niña no mintió —comentó Jonar mientras la luz comenzaba a brillar más—.
Con mi percepción mágica (realmente posea tal habilidad; esperaba que los padres lo entendieran), puedo ver que no sufrió ninguna herida física, tampoco está enferma.
Un fantasma, o espectro, es lo más probable que haya causado su estado.
—¿Sanará?
—preguntó preocupada la madre.
—Sí, no fue una herida permanente, probablemente solo tuvo un encuentro con el aspecto y huyó, no tuvo tiempo de ser herida realmente.
—¿Solo por acercarse al espectro resultó herida?
—preguntó el padre.
Jonar asintió.
—Los espectros son seres puramente espirituales, son almas en pena, cargados con energía negativa, rencor, odio, deseos de venganza.
Ellos emiten aura, esa energía.
—Y cualquier lugar donde se encuentren será impregnado de dicha energía —explicó.
Los niños son espiritualmente frágiles, más susceptibles a las energías que los adultos; al haberse acercado al espectro, es probable que su alma haya sido herida, de una manera leve, por la energía del ente.
Ambos padres asintieron con comprensión.
—Como dije, la herida es leve, no es algo permanente; con el tiempo, siempre y cuando se alimente bien, recupera su vitalidad —dijo observando a ambos padres.
Minutos después, la luz restauradora se apagó.
Ambos padres suspiraron de alivio.
—Listo, es cuestión de dejar que el tiempo pase y coma como corresponde —dijo mientras miraba a la madre—.
Dijiste algo de otros niños, ¿hay más heridos con Clara?
—Sí, Maese, son vecinos nuestros, ellos también enfermaron como Clara.
— Bien, llévame con ellos.
Al salir de la puerta se encontró con unas cuantas personas; los padres de los demás niños lo esperaban visiblemente ansiosos.
Ansia que se vio aliviada al mirar los rostros alegres de los padres de Clara.
.
.
.
Era de tarde; Jonar se encontraba en su habitación en la posada.
La tarde había pasado rápido tras haber ido familia en familia a sanar a los demás niños.
Estos se encontraban en la misma situación que Clara, pelados, sin energía, pero sanos físicamente.
Su espectáculo de restauración era suficiente para aliviar a las familias, más aún cuando les había contado que con el tiempo sanaría.
Todos le habían ofrecido recompensa, dinero y mercaderías o artefactos.
Los rechazó con una sonrisa.
Más allá de su actuación del buen samaritano, estaba genuinamente contento; ayudar a los niños le brindó cierta alegría, y la buena fe de los aldeanos era algo que le convenía.
Ahora tenía un nuevo propósito, el espectro.
Debía deshacerse de él.
Tras haber sanado a todos los niños, los padres se habían reunido con él.
Aprovecho el momento para preguntarles sobre el espectro.
—¿Tienen idea del lugar donde los niños se encontraron con el espectro?
—les había preguntado.
Los padres se miraron entre ellos, preocupados, mientras intentaban recordar.
—Debe ser la cabaña de Osval.
—Les dijimos a los niños que no se acercaran allí; ese lugar está embrujado, más frío de lo normal, susurros se escuchan allí —respondió uno de los padres, uno de los leñadores del pueblo.
Los demás asintieron.
—¿Qué sucede allí?
—Era evidente que algo malo había sucedido, supuso Jonar.
—Bandidos —respondió con amargura otro de los padres, el carnicero del pueblo.
—Suelen venir cada tanto, pidiendo dinero por “protección”.
—Escupió la última palabra.
—Siempre pagamos, siempre evitamos tener problemas, Maese Jonar, pero Osval era cazador.
Antes del… ataque, Osval había tenido problemas para recolectar pieles, y se negó a pagarle a los bandidos.
Era evidente lo que había sucedido.
—El día siguiente de la paga los bandidos atacaron la cabaña de Osvald; su esposa y su hija fueron atacadas, Maese, ellas… Jonar lo detuvo con una señal.
—Entiendo, eso puede explicar el rencor que mantiene el alma de Osval en la cabaña.
Los aldeanos asintieron.
Uno habló: —Osval fue asesinado ese mismo día; se ve que los bandidos quisieron que él supiera lo que habían hecho para luego matarlo.
—Comentó con tristeza.
—No puedes hacer nada para detenerlos; la banda de ‘boca negra’ es de una veintena, armados más que suficiente para que nadie quiera enfrentarse a ellos.
—Comento con frustración.
—¿El Barón no hace nada al respecto?
—preguntó Jonar.
—Ni el Barón ni nadie; es más, Maese, los viajeros que pasan por la posada cuentan historias similares.
Desde que asume el rey Heriberto Redania se ha vuelto inseguro; los bandidos campaban a sus anchas, los señores, en vez de hacer su trabajo, luchan por poder; no por nada comienzan a llamarlo el ‘pendenciero’.
Jonar asintió.
—¿Cada cuánto tiempo vienen estos bandidos a pedirles dinero?
—Solían hacerlo cada tres meses, pero las últimas dos veces han sido cada primera semana del mes.
—Entonces es probable que en unos días aparezcan —supuso Jonar.
Todos asintieron.
—Bueno… veré qué puedo hacer.
Por lo pronto, díganme dónde queda la cabaña de Osval; mañana iré para ver qué puedo hacer.
Y así, el leñador le explicó cómo podía llegar a la cabaña del espectro del cazador.
Mañana se haría cargo de él, esta noche descansaría.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com