Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 7
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7: Capitulo 7 7: Capitulo 7 El camino hacia Guamez era tranquilo, rodeado de árboles, malezas y subes colinas.
Había salido de la aldea antes del amanecer.
Ya se había despedido en la noche, tras la celebración por la caída de la banda de Bocanegra.
Hubo comida y alcohol de sobra.
Los aldeanos festejaban de alegría, tanto hombres como mujeres, y más de una soltera intentando festejar con él.
Lástima que eran muy jóvenes, incluyendo la moza de la posada.
Había tomado uno de los caballos de la ahora desaparecida banda de Bocanegra.
Una yegua parda; supuso que pertenecía al propio Bocanegra dado el buen estado en que se encontraba la montura.
Los aldeanos se quedaron con los demás animales; los aldeanos pensaban venderlos para recuperar sus ahorros perdidos que hace un mes la banda les había quitado.
En verdad se encontraba con sentimientos encontrados.
Con los años, y dada su condición como hijo de Akatosh, y siendo el propio emperador, o mejor dicho, era.
Había desarrollado la costumbre de distanciarse de las personas; era raro para él tener vínculos genuinos con las personas.
Más aún cuando sus viejos amigos fueron dejando el mundo a condición de su mortalidad.
Villas, Farkat, Isran, Mjoll, Lydia, todos se fueron, pero él quedó.
La única con la que mantenía contacto era con Serana, otra persona que parecía de la juventud eterna como él.
Era la única amiga genuina que le quedaba.
Su relación, que sufrió cambios a lo largo de los años, fue la única que lograba mantenerla genuinamente con los pies en la tierra.
Ahora se preguntaba qué será de su amiga y del imperio en general.
Después de todo, no había tenido descendientes.
Aun así, había formado un buen consejo, con buenos representantes de cada una de las provincias.
—Ellos sabrán qué hacer, por algo les ofrecí sus puestos.
El tranquilo viaje sobre su yegua, a la que había decidido llamar Galmar, dado que le recordaba al viejo capa de la tormenta con el que había luchado y más tarde aliado, con la memoria fresca de los festejos en el pueblo, le estaba llevando a replantearse ciertas ideas.
Había pensado que lo mejor era permanecer oculto lo mejor posible.
Pero, por otro lado, los deseos de disfrutar lo que podría ser una nueva aventura eran algo que no podía negar.
Ya había tenido años de ser un frío y pragmático político que antepone el bienestar del imperio sobre sí mismo.
Era cierto que actualmente no había recuperado por completo su poder.
Su magia se encontraba por debajo de un mago hábil.
Aun así, estaba seguro de poder hacerle frente a enemigos por encima de su poder.
Tenía experiencia de sobra: Alduin, Harkon, Miraak, los archimagos altmer de Estivalia, etc.
Por ello mismo decidió que disfrutaría de su aventura, en la medida de lo posible, como en los viejos tiempos.
Lucharía contra los malos, salvaría y sanaría a los inocentes, y por qué no disfrutar del calor de alguna damisela.
Siempre evitando perjudicar a otros.
Con una clara resolución, Jonar continuó su viaje con una sonrisa, esperando los desafíos que se impusieran frente a él.
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Decidió acampar en un claro cerca de un bosque antes del anochecer; si bien podría seguir viajando sin problemas, era mejor dejar que la Galmar descanse.
Unos cuantos minutos después, el sol se había ocultado y la luna apenas iluminaba el bosque.
Encendió una fogata pequeña, suficiente para calentar el aire y espantar a los animales, y se acomodó mientras comenzaba a masticar lentamente unas tiras de carne seca.
El silencio del bosque era profundo, interrumpido solo por el crujir de las ramas y el canto lejano de un búho.
Mientras comía tranquilamente, un movimiento llamó su atención.
Escuchó como una serie de pasos cortos, como los de un animal pequeño, se producían en el bosque.
Los pasos sonaban cada vez más rápidos, en un ritmo que no es común en animales.
Entre los arbustos, sombras pequeñas se deslizaban con rapidez.
Jonar extendió su conciencia; no eran lobos ni zorros.
Había algo distinto en su energía, algo primitivo y hostil.
Se incorporó lentamente, curioso.
Escuchó cómo las figuras se acercaban reduciendo la velocidad de sus pasos.
—Inteligentes, me están rodeando.
—Una sonrisa surgió en su rostro.
Eran humanoides pequeños, de piel grisácea, ojos brillantes y garras afiladas.
Sus movimientos eran ágiles, casi felinos, pero su aspecto grotesco los delataba.
Jonar los observó con interés; les recordaba a los Rieklings en Solstheim.
Sabía lo que era; el comerciante había tenido varios encuentros con estos monstruos, Nekkers.
—Así que estos pequeñines son los que infestan los bosques —pensó con calma.
Los nekkers se movían en círculo, emitiendo gruñidos cortos y chasquidos de dientes.
No atacaban de inmediato; parecían medirlo, esperando que mostrara debilidad.
Jonar notó que eran al menos seis, quizá más escondidos en la maleza.
Recordó lo que había extraído de la mente del comerciante: un nekker solitario no era peligroso, pero en grupo podían matar a un hombre armado con facilidad.
Por un instante, decidió observarlos.
Admiró su coordinación, cómo se comunicaban con sonidos guturales, cómo se movían como una manada.
Era casi fascinante; su astucia para la casa era asombrosa; sin duda eran más inteligentes de lo que parecían a simple vista.
Detuvo sus pensamientos cuando uno de ellos se lanzó hacia él.
Segundos después otro saltó desde el costado, garras listas para desgarrar.
Jonar levantó la mano.
Una onda de aire mágico salió disparado, lanzando al nekker contra un tronco.
El resto chilló con furia y se abalanzó.
Jonar retrocedió un paso y chasqueo sus dedos; el fuego brotó se disparó en un instante envolviendo a dos de las criaturas, que se retorcieron en llamas.
Los demás se detuvieron un instante y luego chillaron de ira, la rabia los empujó de nuevo.
—No son muy distintos de los Rieklings —pensó Jonar, mientras invocaba una espada.
El acero brilló bajo la luna.
Con un giro rápido, cortó la cabeza del nekker que saltaba hacia su cuello.
Otro intentó rodearlo, pero Jonar lo atravesó con un movimiento limpio.
La fogata iluminaba la danza de muerte, sombras iracundas cayendo una tras otra, chillidos que se apagaban en la noche.
En pocos minutos, el claro quedó en silencio.
Los cuerpos pequeños y deformes yacían en el suelo, algunos aún humeando por el fuego.
Jonar respiró cómo si nada hubiese pasado, guardó la espada en una vaina recién invocada.
Los nekkers eran astutos, la razón de su peligro era obvia, siempre atacaban en grupo, para cualquiera que esté solo, Incluso un hombre blindado en armadura de placa, ser atacado en manada desde todas direcciones lo llevaría inevitablemente a la muerte.
Decido guardar alguno de los cuerpos, los que estaban en mejor estado en uno de sus anillos.
—Quizás sean útiles en algún momento.
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demasiado grande para ser una aldea, demasiado pequeño para ser ciudad.
El bullicio del mercado, el olor a cerveza y hierro, y las campanas de la iglesia daban la impresión de un pueblo que aspiraba a crecer, pero aún cargaba con la fragilidad de los campos que lo rodeaban.
Al tercer día de viaje, al amanecer, llegó a Guamez.
Desde lejos podía observar, era demasiado grande para ser una aldea, pero pequeña para ser una ciudad.
El muro que la dorada resaltaba desde lejos, de piedra gris, de unos siete metros.
Sobre ella sobresalian las chimeneas que humeaban con los primeros fuegos del día.
Se acercó sin prisa.
Estando cerca de la puerta, de madera reforzada con hierro, a los pocos carros que entraban y salían, no sin antes detenerse frente a los guardias.
Había seis de ellos, parados junto al estandarte de Redania, vestidos con gambeson y cota de malla.
Los guardias lo observaron pero no dijeron nada.
Estaba bien vestido, más como un comerciante que como campesino, y como solo tenía un bolso sobre él y un morral con cargado por Galmar, no representaba nada raro a primera vista.
Aunque tampoco ignoraba el peso de su presencia, la gente común y corriente tendía a quedarse mirándole, sabía que su apariencia era agraciada y masculina, y los ojos dorados siempre llaman la atención.
Al cruzar se detuvo unos momentos, la calle principal, adoquinada, conducía a una plaza y más allá a un mercado.
Las casas que rodeaban la calle delataban la existencia de una pequeña clase media, si es que podría llamársele de aquella manera.
Camino hacia la plaza central, allí lo recibieron con el olor a pan recién horneado, especias y cuero de una diversidad de tiendas.
La mayoría de esta zona eran de ladrillo, amuebladas y limpias, mientras más allá podría verse el mercado común, dónde las tiendas ya estaban abiertas, carnes, pescados, verduras y mercaderías comunes se mostraban a los clientes que comenzaba a aparecer.
Algunos niños corrían entre los puestos, esquivando sacos y cestas.Jonar notó las miradas que se posaban en su espalda, sentían curiosidad.
Algunos pocos con recelos.
Mirando hacia el norte algo llamó su atención, un templo de madera dedicada al Fuego Eterno.
Un sacerdote conversaba con dos mujeres, y su voz se perdía entre el bullicio.
Jonar se detuvo a observar, extendió su conciencia hacia la mente del sacerdote.
—Un hombre humilde, un verdadero creyente, por suerte.
Me gustaría investigar más adelante.
Camino hacia lo que parecía una posada, en el camino los artesanos trabajaban a la vista: un herrero golpeaba el hierro en una fragua abierta, chispas que saltaban como insectos; un carpintero lijaba un travesaño para la empalizada.
Había orden en la actividad, pero también una tensión subyacente: guardias que comenzaban su patrulla en las calles.
Se acercó a la posada, antes de entrar fuera hasta los establos.
El mozo, un chico de unos trece años, se encontraba alimentando a unos caballos.
El chico lo vio y se acercó a él.
—Buen día señor —saludó el muchacho.
Jomar sacó tres coronas de cobre y se las ofreció al chico, que se las aceptó.
—Cuidala bien —Dijo Jonar con una sonrisa mientras le daba las tiendas de compañera.
‘El jabali rojo’, decía el tablero que colgaba en la entrada de la posada y taberna.
Pronto descubrió que la razón de su nombre era el cabello pelirrojo de la familia propietaria del lugar.
Se acercó a la barra, un hombre mayor, más de cuarenta, con cabellos más grises que rojos, se encontraba limpiando unos vasos.
Levantó la vista hacia él —Diez cobres la noche, dos comidas incluidas.
Sacó una corona de plata y la depositó en la barra frente al hombre.
—Me quedaré unos días, Jonar es mi nombre, y me gustaría una de las comidas ahora; no he desayunado nada todavía.
—Folkan, un placer —respondió asintiendo levemente.
—El desayuno estará en diez minutos, señor.
Jonar asintió y caminó hacia una de las mesas, esperando su desayuno.
Quince minutos después, frente a él se encontraba una hogaza grande de pan, otra con queso, un cuento con gachas y carne cortada en cubos.
Le ofrecieron cerveza, pero pidió agua para tomar.
Ya tendría tiempo para beber alcohol.
Se tomó su tiempo para disfrutar de su desayuno; después de todo, no tenía nada que hacer, solamente lo acompañaban sus deseos de probar cosas nuevas.
Aun así, sabía que necesitaba más información por seguridad; por ello decidió que iría a la plaza y vería qué podía encontrar para satisfacer su deseo de información.
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Caminaba por el mercado principal buscando un sitio en particular.
—Espero que haya uno realmente, dado el tamaño de este lugar por lo menos tendría que haber alguno….
Jonar mira a su alrededor, tiendas de productos elaborados, especias, vestimentas y joyas lo rodeaban, se encontraron en la zona del mercado cuyos productos están dirigidos hacia personas adineradas.
—Allí está, una librería Eran una tienda ubicada en la mitad de la calle.
Sobre la puerta de roble un cartel colgaba, una pila de libros estampados con una flor roja.
La obsesión de los redanos con el rojo le recordaba a los imperiales de su tierra.
Tal comparación le sacaba una sonrisa.
Entró al local; el sonido de campanas lo recibió, al igual que un perfume floral.
—Elegante y pequeña.
A su izquierda hacia un mostrador, donde se supone que estaría el vendedor, el resto de local estaba ubicado por unas seis estanterías repletas de libros.
Como no divisaba al propietario del lugar, se tomó la libertad de recorrer el lugar.
¿Qué lugar mejor para adquirir información del mundo en que se encontraba que una librería?
Ojeando las estanterías se encontró con ciertos títulos que llamaban su atención.
—Historia de los Reinos del Norte.
Historia de Redania.
Más allá del Yaruga, los Reinos del Sur.
Bestiario, los monstruos del continente.
Historias de las razas antiguas.
Los antiguos Reinos Aed Seidhe.
Brujos, no son lo que parecen.
Una historia de la Magia del Continente.
Hubo uno en particular que llamó su atención: ‘La confusión de las esferas, el choque entre los mundos’.
El sonido de una puerta abriéndose interrumpió su atención, una puerta que se abrió, ubicada, disimuladamente, cerca del mostrador.
Giró hacia el mostrador, allí una mujer se acomodaba.
Era mayor, cerca de los cuarenta, las canas ya se asomaban en su cabellos negro.
Tenía ojos azules.
Era una mujer bella sin duda.
—Disculpe caballero, tuve una urgencia que atender, lamento mi ausencia.
—Se disculpó la mujer mientras se detenía a arreglar el cabello.
—No hay porque disculparse mi señora, acabo de llegar.
—explicó Jonar mientras tomaba aquellos libros que habían llamado su atención.
Camino hacia el mostrador y depositó tres libros.
La mujer lo miraba en silencio.
—….
—Me llevaré estos tres por ahora —Rompió Jonar el silencio.
La mujer miró rápidamente el mostrador, el rojo apareció en su mejillas por la vergüenza.
—ah, si, disculpe señor… —Jonar, simplemente Jonar — Ah, Denis.
Se presentó aún avergonzada.
Jonar sonreía.
—Adorable.
Dejando la tienda, con la aún avergonzada mujer, Jonar partió hacia la posada donde pretendía ponerse al día con sus compras recién hechas.
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