Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 8
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8: Capitulo 8 8: Capitulo 8 Philippa estaba agotada, aunque no quería admitirlo.
Llevaba más de una semana encerrada en su torre, hurgando en libros y registros para dar con la causa de las fluctuaciones espaciales que recientemente habían disminuido.
La vela junto a ella se consumía en un charco de cera; pergaminos y notas cubrían la mesa como un mapa de preguntas sin respuesta.
Gracias a una comunicación reciente con su antigua mentora, Tissaia de Vries —posible solo porque las anomalías habían remitido lo suficiente—, Philippa supo que tanto Redania como los demás reinos del Norte también habían sufrido las mismas perturbaciones.
Un trabajo conjunto con las hechiceras de las cortes de sus respectivas cortes había permitido trazar el epicentro: una zona al sur de Tretogor, en el corazón de Redania.
Que las fluctuaciones hubieran alcanzado a los reinos vecinos disipó, en parte, la vergüenza que habría supuesto tener el problema en su propia jurisdicción.
Aun así, la gravedad del fenómeno exigía acción.
Con un suspiro largo, Philippa decidió contactar al jefe del servicio secreto: necesitaba que sus agentes rastrearan el área y confirmaran si algo había ocurrido en torno al epicentro.
Los portales seguían siendo inseguros; no quedaba otra que desplazarse por tierra.
Tendría que perder un carruaje y presentarse en persona.
—No sé qué causa esto —murmuró Philippa, apretando los puños—, pero lo descubriré.
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Tener un cuerpo sobrehumano tenía sus ventajas, eso era innegable.
Desde que despertó la herencia Dovah, el cuerpo de Jonar había sufrido una metamorfosis que ya contaba años.
Más allá de una apariencia que algunos describirían como la de un adonis nórdico, su fisiología había cambiado: necesitaba dormir muy poco, su apetito era escaso y su estómago procesaba con facilidad lo que otros tardaban horas en digerir.
Su fuerza y resistencia se habían duplicado; en sus días en Skyrim había partido la madera de un trill de invierno con las manos y había sobrevivido a jornadas que habrían agotado a tres hombres.
Sus sentidos, además, se habían agudizado hasta convertir lo cotidiano en un mapa de señales.
Ahora mismo tales ventajas le resultaban un pequeño inconveniente, puesto que había devorado los tres libros que había comprado en menos de una hora.
Solo lo aprendido era suficiente para evitar sentir arrepentimiento por no haber comprado una pila de libros de una vez.
La información obtenida era maravillosa para Jonar.
Primero, de ‘Historia de los reinos del Norte’ extrajo lo necesario para poder estar mejor ubicado en su actual realidad.
El libro narraba la formación de los actuales reinos del Norte del Continente, específicamente al norte del Yaruga, que parecía ser la línea que marcara tal división, aunque al finalizar el libro se dejaba en claro que la franja que divide el norte del sur podría ubicarse más al sur.
El libro prácticamente retrataba la conformación de dichas resinas.
Pero lo más llamativo fue lo que encontró al inicio del mismo, puesto que retrataba cómo los reinos habían sido creados desde la llegada de los hombres al continente.
Esto significaba que la humanidad no era procedente de por aquí, algo que confirmaría más adelante.
El siguiente libro también le maravilló; el ‘Bestiario, los monstruos del continente’ era un libro donde se clasificaban todos aquellos seres, denominados ‘monstruos’, que habitaban al continente, según lo sabido hasta la fecha.
Contaba con una útil clasificación: negroides, bestias, insectoides, espectros y otros más.
Cada clasificación agrupa a un número de subespecies, brindando descripciones de su apariencia, hábitat y sus hábitos y comportamientos.
Lo más llamativo fueron las clasificaciones de vampiros y dracónidos.
Los vampiros, según este libro, no eran seres no muertos; estos eran agrupados con los espectros.
Los vampiros eran descritos más como bestias, con cuernos y garras, de una altura superior a los dos metros y poco más, y al igual que aquellos que Jonar conocía, estos se alimentaban de sangre.
También aparecen tres tipos de vampiros: Ekimmara, Katakan y Fleder, aunque el autor dejaba en claro que posiblemente había más.
Por último, de los dracónidos se nombran dos clasificaciones claras; por últimos, los dragones, a los cuales se refería como seres sintientes, con la capacidad de comunicarse y razonar, así como que contaban con la habilidad innata de absorber y hacer uso de la energía del caos, a lo que Jonar supuso que era la forma en que se llamaba al mana.
Luego se refería a los draconoides como los parientes lejanos de estos; incluso se afirmaba que no se estaba del todo seguro de que sí pertenecían a la misma raza, puesto que estos últimos no poseían la capacidad de razonar ni la de utilizar la energía del caos.
El autor suponía que la diferencia entre ambos podía llegar a ser equiparable a la diferencia entre los hombres comunes y los hechiceros, sabiendo que fue la capacidad de utilizar la energía del caos lo que llevó a los dragones a desarrollarse de una manera distinta que la de sus parientes menores.
De estos últimos se mencionaban a los basiliscos, colihendos, eslizones y otros más.
Lo que más llamó la atención de Jonar es que no hay menciones de dragones usando gritos ni nada parecido; eran seres que, si bien eran descritos como poderosos y aterradores, no parecían estar emparentados con sus hermanos Dovah en Nirn.
—Debería intentar contactarlos —murmuró—.
El libro dice que habitan en las montañas del norte, las llamadas “montañas dragón”.
El último libro fue el más importante, ‘La conjunción de las esferas, el choque entre los mundos’.
En los libros anteriores ya había menciones, explícitas o implícitas, que dejaban ver que tanto los hombres como los monstruos habían llegado a estas tierras.
Fue aquí donde todo quedó explicado.
La conjunción de las esferas era el nombre del fenómeno que fue el ‘choque de mundos’ o, más específicamente, la apertura de portales que conectan a distintos mundos, siendo este suceso la razón de por qué tantas especies habitaban estas tierras.
Se dejaba en claro que hubo varias conjunciones, como aquella que trajo la humanidad aproximadamente hace mil quinientos años.
También se mencionan otras conjunciones, tanto anteriores, como aquella por la cual llegaron los elfos y más tarde enanos, así como más recientes, poco más de mil años, desde la cual arribaron ciertos seres denominados ‘monstruos’.
La explicación ofrecía una posible razón para su propia presencia: fenómenos cosmológicos habían acercado su mundo a este, y aquel “faro” —el alma que ahora dormitaba en la Estrella— había actuado como puente.
El libro afirmaba que, aunque la conjunción era un fenómeno natural, también podía forzarse por medios arcanos; los mitos élficos hablaban de ello, aunque el autor no entraba en detalles.
Jonar dejó el libro abierto y apoyó la frente en la palma.
La posibilidad de volver a Nirn existía, pensó, pero era remota.
Aun así, la idea le dio un nuevo propósito: buscar más información, y, si era posible, encontrar a quienes conocieran los secretos de las conjunciones.
Una imagen apareció en su mente, aquella elfa que había aparecido el día después de su llegada, Ida.
—Era una hechicera, la magia estaba impregnada en ella; es probable que haya sentido mi llegada, es posible que salga algo de los portales; en el libro se menciona que los mitos elfos.
—Nos volveremos a ver.
—Le había dicho… —Tendré que seguir buscando, buscar a la elfa de ser posible.
Guardó los libros con cuidado, como quien guarda piezas de un mapa.
Afuera, el sol brillaba; ni siquiera era mediodía.
—Será mejor buscar algo que hacer, no volveré a la biblioteca una hora después de haber comprado… —Frunció el ceño recordando algo que vio en la plaza del mercado.
—Un cartel con anuncios… veremos si hay algo interesante para hacer —dijo con una sonrisa.
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Jonar se encontraba frente a la puerta de la guardia de Guamez.
Una típica fortaleza, rodeada por muros de tres metros y empalizadas, desde la cual podrían observarse dos soldados al lado del portón.
Se acercó al guardia, un hombre que le recordó a Bretón, de cabello castaño, ojos azules, de cara algo redonda y un denso bigote.
—¿Qué necesitas?
—preguntó el soldado con tono alto y claro.
—Vengo por el contrato de los ahogados en las alcantarillas.
El hombre lo miró de arriba abajo con el ceño fruncido, deteniéndose en sus ojos un momento.
—Hmm, ¿vienes solo?
Es una tarea difícil; las alcantarillas están llenas de esos bichos azules.
Jonar estaba por responder cuando alguien más habló detrás de él.
—También vengo por los contratos de los ahogados, pero veo que llegaste primero.
Jonar se giró hacia la voz.
Un hombre, tres características destacaban: un rostro cubierto de cicatrices, ojos amarillos con pupilas de gato y dos espadas en su espalda.
La primera pregunta que vino a la mente de Joran fue: —¿Por qué lleva las espadas en la espalda?
—El contrato dice que la cantidad de ahogados es numerosa, de algunas decenas.
Por lo tanto, no veo por qué podríamos hacer el trabajo juntos.
Dijo Jonar mientras extendía su mano hacia el desconocido.
Este lo miró por unos segundos.
—Eskel, y si no tienes inconveniente con repartir la recompensa, tampoco veo problema.
Dijo mientras le estrechaba la mano.
—Jonar —respondió y se giró hacia el guardia—.
Llévanos hacia el capitán.
El guardia asintió y abrió; condujo al dúo hacia dentro de la pequeña fortaleza.
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El capitán, llamado Falcrad, acompañado de dos guardias más, los había dirigido a Eskel y a él hacia la entrada de las alcantarillas, mientras que en realidad era la salida de las mismas, ubicada fuera del pueblo, hacia el este del mismo.
Antes de partir, el capitán les había explicado que no había una recompensa fija; se les pagaría tres coronas de cobre por cada ahogado que tomaran y que pudieran constatar trayendo sus orejas derechas.
—Una decisión inteligente; estaban obligados sí o sí a matar para obtener el dinero.
Al igual que el mencionado en el tablón, según el capitán, la cantidad de ahogados era de alumnos, un par de decenas, esto por el reciente número de ataques hacia las granjas cerca de las alcantarillas; aproximadamente unas diez cabezas de ganado habían sido robadas.
Y según los registros, un grupo de cinco ahogados normalmente consumía a dos animales.
—Bien, aquí estamos —dijo mientras se paraba frente a unas rejas, sacó unas llaves y abrió la puerta sacando unas pesadas cadenas.
—No sé cómo carajos llegaron los ahogados dentro; es prácticamente imposible que pasen por aquí con estas rejas, pero dado que han robado ganado, lo más probable es que tengan otra entrada; habrá recompensa adicional si logran localizar la otra entrada.
Abrió las puertas y los miró a las manos.
—Por precaución tendré que cerrar las puertas una vez entren, pero dejaré aquí a mis muchachos; eso sí, esperarán hasta poco más de la puesta del sol; más allá de eso, las puertas quedan cerradas hasta que volamos en la mañana, ¿entendido?
—Entendido, capitán —dijo Jonar mientras pasaba junto al capitán.
Eskel asintió al capitán y atravesó las rejas también.
Jonar y Eskel caminaron hacia adelante; ambos se detuvieron donde la luz apenas arañaba la negrura; el aire les golpeó húmedo y rancio, cargado de limo y metal viejo.
Y bien, ¿cómo quieres hacer esto?
—preguntó Eskel sacando su espada de acero (*) Jonar sacó una poción de su morral y se la lanzó a Eskel.
Este lo miró por un momento.
—Poción de visión nocturna —dijo Jonar mientras desabrochaba la suya y la tomaba de trago.
No le hacía falta; aun así, la tomó para darle seguridad al brujo.
—Alquima, así que eres alquimista o… Jonar levantó su mano izquierda y una ballesta apareció.
—Así que un hechicero.
Nunca vi un hechicero con armadura.
Jonar sonrió.
—Llevaba puesta la versión ligera de la armadura de la guardia del Alba.
Me gusta el trabajo de campo; la teoría debe afirmarse con la experiencia.
Explicó sonriendo.
—Hm, bien.
—exclamó Eskel antes de beber la poción ofrecida.
—El efecto se disipará en una hora —dijo Jonar comenzando a caminar hacia la oscuridad.
Como ya han sido informados anteriormente, las alcantarillas no eran un único túnel, sino una red de ramas y cámaras: pasillos estrechos que se abrían en salas donde el agua corría en canales, pozos y charcos negros.
Cada crujido, cada goteo, parecía amplificado por la piedra.
El primer encuentro fue casi un susurro, un chapoteo, un brillo de ojos entre la ahora visible negrura.
Dos ahogados surgieron de un canal lateral, manos y garras húmedas buscando carne.
Jonar disparó un virote que silbó y se incrustó en frente de la primera criatura; la segunda saltó, corrió hacia él y saltó.
Eskel ya se había posicionado para atacar, aunque el abogado nunca llegó; en el aire, un segundo virote se incrustó en su corazón.
El brujo miró la ballesta de Jonar.
—Ballesta de repetición, virotes de penetración, ambos hechos por mí.
—¿De repetición?
—Podrías vender copias, ganarías una fortuna —comentó el brujo.
Y tenía razón; una ballesta capaz de disparar en serio sería un producto muy demandado.
—En un futuro, seguramente.
Eskel asintió y comenzó a caminar por el túnel.
No pasó mucho tiempo hasta que Jonar pudo observar las habilidades del brujo.
Eskel se movía con la economía de un hombre experimentado: un tajo, una esquiva, otro tajo.
No buscaba la gloria; era eficiencia.
En los pasillos angostos, la táctica fue simple y brutal: atraer de a pocos, no permitir que la manada los rodeara.
Jonar disparaba virotes en puntos clave; Eskel cerraba el paso con la espada y, cuando era necesario, utilizaba señales.
Tales habilidades mágicas llamaron la atención de Jonar: hechizos simples, básicos, pero prácticos si se los utilizaba de manera adecuada.
El poder de las señales era de bajo poder, comparable a los hechizos de nivel principiante.
Aun así, Eskel los utilizaba con una maestría que hablaba de su experiencia utilizándolas.
La progresión fue por tramos: un túnel, una cámara, una puerta de hierro derrumbada.
Cada cámara tenía su olor —a pescado podrido, a algas, a hierro— y su patrón de ataque.
A veces los ahogados caían desde arriba; otras, emergían del agua como sombras.
Jonar no desperdiciaba virotes; cada disparo era una baja.
Y cuando los ahogados se agrupaban, una bola de fuego los envolvía en llamas.
Eskel, con movimientos medidos, cortaba cuellos y rompía mandíbulas con la punta de la espada cuando la situación lo exigía.
A medida que se internaban, el túnel se ramificaba.
En una bifurcación, los ahogados les tendieron una emboscada desde tres entradas distintas; figuras húmedas se lanzaron en oleadas.
Jonar retrocedió y disparó dos virotes en rápida sucesión; el primero atravesó la garganta de uno, el segundo alcanzó la sien de otro.
Una bola de fuego menor, convocada con la palma, prendió las escamosas pieles de dos más, obligándolos a retroceder entre alaridos ahogados.
Ninguna hablaba, no hacía falta; ambos sabían lo que hacían.
La pelea se volvió un juego de desgaste.
Jonar y Eskel avanzaban, limpiaban una cámara, cerraban la puerta y marcaban el paso para no perderse.
Encontraron restos de animales, huellas que llevaban a una cámara mayor y, en una pared, marcas de uñas que indicaban que los ahogados podían trepar por lugares que parecían inaccesibles.
Eso explicaba los robos de ganado: los animales eran arrastrados por entradas secundarias que conectaban con corrales.
En una cámara más amplia, el eco cambió.
El agua formaba un estanque central y, en su superficie, algo brilló con un verde enfermizo.
Los ahogados que la custodiaban eran más numerosos y más organizados: formaban semicírculos, como si protegieran algo.
Jonar y Eskel se movieron con cautela, usando la geometría del lugar: Jonar atrajo a un grupo hacia un pasillo lateral, donde Eskel los esperaba con la espada en alto; otro grupo fue empujado hacia una trampa de aceite que Jonar encendió con una chispa.
El canto llegó entonces, bajo y ondulante, una sucesión de notas que no eran palabras, pero que calaban en los huesos.
Los ahogados se detuvieron, como si una voluntad mayor los llamara.
—Una bruja de agua, su líder —murmuró Eskel—.
La bruja no se mostró por completo; su presencia, sin embargo, cambió la dinámica.
Los ahogados se volvieron más agresivos, más dispuestos a sacrificarse.
Jonar y Eskel tuvieron que dividir su atención: contener las oleadas mientras buscaban la ruta que llevara al corazón de la cámara.
En un pasillo lateral, Jonar colocó una pequeña trampa con aceite y una mecha improvisada; cuando la horda pasó, la chispa prendió y una lengua de fuego barrió a cinco criaturas de un golpe, reduciendo su número y rompiendo la formación enemiga.
La táctica de desgaste funcionó: atrapar, quemar, cerrar.
Llegaron a la cámara final.
El estanque central ocupaba casi todo el espacio; columnas de piedra emergían como huesos de una criatura gigante.
La bruja murmuraba en el centro.
Su canto era ahora claro, una melodía que hacía vibrar las aguas.
—No la mires a los ojos —le susurró Eskel—.
Puede llegar a caer en una ilusión.
La bruja no atacó de inmediato.
Sus manos se movían en gestos que parecían tejer la propia agua; tentáculos surgieron de la superficie y golpearon con fuerza, buscando arrancarles el equilibrio.
Jonar disparó un virote que rebotó en la piel viscosa de una de las extremidades.
Eskel lanzó una señal de Aard que desvió un chorro y arrojó a dos ahogados contra una columna.
Jonar combinó espada y ballesta: un corte para abrir paso, un disparo para detener un avance, una llamarada menor para romper el canto.
Eskel, por su parte, se movía con precisión letal, su espada plateada encontrando huecos entre las defensas acuáticas.
La bruja respondió con ataques de barro y agua, Tras eliminar a un ahogado furtivo, Eskel lanzó un frasco de aceite que estalló en una llamarada sobre la superficie; el fuego no quemó a la bruja como a los ahogados, pero rompió su concentración.
Jonar aprovechó y descargó un virote directo a la frente de la criatura; la bruja lanzó un alarido que sonó como conchas rotas.
La superficie del agua se agitó y tentáculos más gruesos se lanzaron contra ellos.
Ambos lograron esquivar su ataque.
Segundos después, la bruja se sumerge en el agua; esta comenzó a agitarse bruscamente.
Jonar miró a Eskel.
—En tres segundos salta.
El brujo asintió mirando cómo una luz gélica comenzaba a formarse en las manos del hechicero; tres segundos después saltó lo más alto que pudo, al mismo tiempo que Jonar disparaba una luz guelia al centro del agua que se arremolinaba.
Instantáneamente, la temperatura del aire se desplomó.
Para cuando los pies de Eskel tocaron el agua, esta ya estaba congelada.
Con un movimiento de su mano, Jonar rompió un bloque del hielo en el centro del estanque; allí la bruja se encontraba congelada, con los ojos abiertos aún, con mirada enfadada, pareciendo que no se había percatado de su final.
Se tomaron su tiempo para respirar.
Jonar se quedó quieto un momento, expandió su conciencia, intentando rastrear todo el lugar.
Descubrió, al oeste de la entrada, en una de las cámaras, la otra salida de la cueva; se encontraba sumergida en el agua, un túnel subacuático que salía al exterior entre las piedras.
—Descubrir la ubicación de la otra salida.
—Espera, ¿puedes rastrear el lugar con magia?
Podrías haberlo hecho antes… —Dijo el brujo.
Jonar sonrió.
—Sí, pero hubiera sido menos divertido.
Una mueca de lo que sería una sonrisa surgió en el rostro cicatrizado del brujo.
—Bien, volcamos, tenemos que recolectar las pruebas de nuestra cacería.
No sin antes de que Eskel fuera hacia la bruja, partiera el hielo y cortara la cabeza de la bruja.
—Esperemos un bono por esto.
De regreso cortaron de cada ahogado las orejas derechas, treinta en total, repartidos en las cámaras y túneles que habían limpiado.
Eskel, por su lado, recolectó materiales orgánicos, partes de cerebro, ojos, garras, escamas, saliva y una célula específica que parecía encontrarse en los cuerpos.
—Mutágenos, sirven para posiciones —dijo el brujo.
—¿Estás seguro de que no quieres alguna muestra?
—No, no tengo equipo para investigar.
Al salir a la luz, la tarde parecía clara.
Los guardias, al ver las pruebas, asintieron con respeto y alivio.
Antes de partir hacia el pueblo, Jonar les mostró a los guardias la brecha por donde los ahogados habían ingresado a las alcantarillas.
Al terminar, fueron hacia la guardia; allí Falcrad los miró con mezcla de sorpresa y gratitud.
—No esperaba que volvieran tan pronto.
—Eliminamos a todos, también descubrimos de dónde salían; ya les mostramos la entrada a sus guardias —respondió Jonar, mostrando las orejas—.
Y algo más, la cabeza de la bruja.
El rostro de Falcrad se arrugó, observando con asco aquella cabeza.
—Una bruja de agua —dijo Eskel—.
Mucho más peligroso que un grupo de ahogados, puesto que ella los engendra.
Y como hemos encontrado la brecha por donde ingresó, ya no debería haber problemas con estas criaturas nunca más.
Jonar asintió mientras miraba al capitán.
El mensaje era claro.
—Bien, han hecho un gran trabajo al servicio de Guamez, se merecen su recompensa con creces.
Dio la vuelta y se dirigió a un cofre, tomó una llave de su cuello y la abrió.
—Cuatro coronas de plata, imagino que dos para cada uno, ¿cierto?
Ambos asintieron y tomaron sus monedas.
Cada corona de plata valía oficialmente treinta coronas de cobre.
Siendo que un campesino ganaba, en promedio, quince cobres por mes, habían obtenido prácticamente el cuádruple.
Aun así, tal paga podría considerarse normal para este tipo de trabajo.
Ya afuera del cuartel, ambos se detuvieron.
—¿Te apetece unos tragos?
Invito.
Propuso Jonar.
—¿Por qué no?
Fue una buena cacería; no vendría mal un buen trago.
Ambos se dirigieron hacia el jabalí rojo.
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