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Dovahkiin en "the witcher" - Capítulo 9

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9: Capitulo 9 9: Capitulo 9 El bosque al sur de Tretogor conservaba una quietud antinatural.

Philippa Eilhart descendió de su carruaje con movimientos pausados, asegurándose de que su presencia no perturbara el silencio del lugar.

No venía aquí como la poderosa consejera del rey Heriberto, sino como una mujer de ciencia y magia que buscaba respuestas.

Caminó hacia el centro del claro.

Allí, sentada sobre una roca cubierta de musgo, esperaba Ida Emean aep Sivney.

Philippa se detuvo a una distancia prudencial y realizó una leve inclinación de cabeza, un gesto de respeto que reservaba para muy pocos.

—Aen Saevherne —saludó Philippa en un tono suave—.

Agradezco que hayas accedido a este encuentro.

Tissaia me habló de tu sabiduría mucho antes de que nuestras hermandades cruzaran caminos.

Ida levantó la vista.

Sus ojos, profundos como pozos de historia, evaluaron a la hechicera de Redania.

—Va’esse deireadh aep eigean, Philippa —susurró Ida.

Algo termina, algo comienza.

—Tissaia de Vries es una mujer de orden en un mundo de caos.

Tú, en cambio, eres una mujer que busca el orden dentro del caos.

Pero lo que ocurrió aquí…

desafía ambas cosas.

—Dime, Philipa, ¿sabes dónde nos encontramos?

—¿Se supone que aquí murió Lara Dorren, no?

Fue aquí donde la reina Cerro encontró y acogió a su hija; eso cuentan las historias.

—Ide observaba el cielo.

—Fue aquí donde la Hen Ichaer fue derramada, donde Lara falleció; es algo… curioso que desde este lugar el tejido haya sido perturbado.

Murmuró la Sabia.

Philippa se acercó un paso más, observando el rastro de energía residual.

—Sientes la rotura en el tejido, ¿verdad?

Los portales se han vuelto inestables y las fluctuaciones nacen de este punto exacto.

Como amiga y aliada, te pido claridad.

¿Fue una apertura espontánea de la Ard Gaet?

No había otra causa para tal impacto en el tejido.

Ida se puso en pie con una elegancia que hacía que Philippa se sintiera repentinamente mundana.

—No fue un error del azar, Philippa.

Es un cambio en el destino.

El mundo se ha movido para dar cabida a un extraño…

alguien que no estaba en el tapiz original, pero cuyo hilo es ahora de oro puro.

Philippa procesó las palabras de la sabia elfa con cuidado.

Sabía que Ida no hablaba con ligereza.

—¿Ese “extraño” es la causa del desequilibrio?

Sí representa una amenaza, debo saberlo.

La hermandad no puede permitirse un cabo suelto de tal magnitud.

—Un consejo, joven hechicera —dijo Ida, acercándose hasta que sus miradas se nivelaron—.

No busques controlar lo que no comprendes.

Aquel que posee los ojos dorados no es un peón con el que se pueda jugar.

No busques enemistarte con él, por miedo o ambición.

Philippa apretó ligeramente los labios, asimilando la advertencia.

Si Ida Emean, que rara vez se involucraba en los asuntos de los humanos, le pedía precaución, el peligro (o el potencial) era grande.

—Entiendo —respondió Philippa con sinceridad—.

Si Tissaia confía en tu visión, yo también lo haré.

Buscaré respuestas, pero lo haré con la delicadeza que sugieres.

Gracias por tu guía, Ida.

—Va faill, Philippa.

Ten cuidado.

Hay fuegos que, una vez encendidos, no pueden sofocarse con simple política.

Philippa se quedó sola en el claro.

El respeto por la sabia permanecía, pero su mente ya estaba trazando planes.

Un hombre de ojos dorados.

Un ser que infundía respeto a una Sabia.

El tablero acababa de cambiar, y ella necesitaba encontrar a ese jugador antes que nadie.

.

.

.

El “Jabalí Rojo” era un hervidero de ruido y calor, un refugio necesario tras el frío sepulcral de las alcantarillas.

Jonar y Eskel consiguieron una mesa en un rincón apartado, lejos de las miradas curiosas que despertaban los ojos amarillos del brujo y los dorados del Dovah.

—Por los ahogados —dijo Jonar, levantando una jarra de cerveza oscura—.

Y por no tener que volver a olerlos en una buena temporada.

Eskel chocó su jarra con un gesto seco, pero no carente de camaradería.

Bebió un largo trago, dejando que el alcohol templara sus nervios mutados.

—He cazado con muchos hombres, Jonar.

Soldados, mercenarios.

Pero nunca con un hechicero como tú; lanzaste ese hechizo sin recitar las palabras, y nunca creí que vería a un hechicero utilizar una ballesta y una espada.

¿Te enseñaron algo en Band Ard, o fue por interés propio?

—Band Ard, según el libro de los reinos del Norte, es una academia de magia ubicada en Kaedwen.

—Pensó Jonar.

—En realidad… los dragones me enseñaron —susurró al brujo.

—¿Cómo?

Los dragones, ¿en serio?

—Eskel estaba genuinamente interesado.

Sabía por su formación como brujo que había dragones racionales, capaces de comunicarse, además de poder utilizar la energía del caos.

—Vengo de Nirn, un lugar en lo profundo de las montañas dragón, real de dragones.

Allí aprendí tanto la magia como a luchar.

—Vaya, qué sorpresa, así que un maestro dragón, eh.

—Paarthurnax, así se llama el viejo.

A su salud —y se llevó la jarra a la boca.

El brujo asintió y bebió lentamente.

No era un hombre de preguntas inquisitivas; en su profesión, los secretos eran lo que mantenía a la gente viva.

La conversación fluyó con una facilidad sorprendente.

Hablaron de técnicas de combate, de la anatomía de los monstruos y de la vida en los Reinos del Norte después de que Eskel mencionara su labor como nómada.

Lo más interesante para Jonar fue descubrir el origen de Eskel; no mentiría sabiendo que tenía un interés por saber cómo había llegado a tener aquellos ojos de gato.

Mutantes, eso eran los brujos, humanos alterados biológicamente para forjarlos como guerreros sobrehumanos.

Lo más raro de dicha explicación era saber por qué no había muchos más como él.

Un grupo de guerreros sobrehumanos era lo que todos, señor, tanto para la guerra como para la defensa, quisieran tener.

Los propios relatos del brujo lo dejaban entrever.

Miedo, miedo a lo desconocido; donde él veía potencial, los reyes veían no humanos, extraños, peligrosos.

Y todo lo que el hombre teme, rechaza o elimina.

—Eres eficiente —admitió Eskel, limpiando una mancha de sangre seca de su guantelete—.

Y en este mundo, la eficiencia es rara.

Hay un par de contratos pendientes en el tablón, juntos podemos resolverlos mas rapido.

—Tengo que admitir que me sorprende tu invitación.

¿No te preocupa ganar menos dinero?

—Mientras más contratos haga en menos tiempo, mejor.

Incluso aunque gane la mitad, el objetivo es hacer la mayor cantidad antes de que llegue el invierno.

Además, para la cantidad de brujos que quedamos, los monstruos sobran.

Jonar asintió con comprensión.

—Acepto.

Me vendrá bien el ejercicio.

Además, parece que nuestras habilidades se complementan mejor de lo que esperaba.

Sellaron el pacto con una nueva ronda.

Esa noche, entre el humo de la turba y el murmullo de los borrachos, nació algo que en el Continente valía más que el oro: una alianza basada en el respeto mutuo.

.

.

.

Pasaron los siguientes días cumpliendo contratos, más fáciles que el primero que hicieron juntos.

Un contrato les llevó a eliminar a un grupo de nekkers al oeste del pueblo; eran unos ocho, siendo el más difícil de derrotar el guerrero nekker, más grande, veloz e inteligente que el resto de su grupo.

Les llevó poco menos de diez minutos.

Cuarenta coronas de cobre en total.

Al día después, el trabajo los llevó a una casona abandonada donde un par de espectros se resistía a partir.

La tarea se complicó cuando las apariciones empezaron a desvanecerse a través de muros y suelos tras el primer choque de espadas.

Finalmente, los acorralaron en un sótano en ruinas, cuya entrada el tiempo había sepultado.

Tras disipar a los espectros y reducir sus restos óseos a cenizas, cobraron una generosa recompensa de dos coronas de plata, un precio justo para un propietario ansioso por vender la propiedad.

La cercanía entre ambos creció al ritmo de los contratos.

En las tabernas, Eskel compartía anécdotas de Geralt, Lambert y Vesemir; por su parte, Jonar relataba sus días en las montañas de Nirn junto a los Compañeros, mencionando con nostalgia a Vilkas, Farkas y Aela.

Lo que empezó como una alianza de conveniencia se transformó en una amistad forjada entre acero y cerveza.

.

.

.

Era el quinto día desde que había llegado a Guamez; la mañana había pasado, Jonar regresó a la librería.

El aroma a pergamino viejo y cera de abejas fue un bálsamo para sus sentidos.

Había vuelto a la librería en unas cuantas ocasiones más, adquirió libros, aquellos que trataban de los pueblos antiguos, los brujos, la magia, etc.

Sus charlas con la propietaria del lugar, Denis, se habían vuelto cada vez más comunes.

Era evidente que la mujer tenía intenciones de acercarse a él; por el momento se contentaba con iniciar charlas con él.

Jonar tampoco se negó a sus conversaciones; mentiría si dijera que la mujer no le interesaba.

Claro, no había un verdadero sentimiento romántico, un interés que dos personas maduras podrían sentir entre ellos.

Al entrar, la campana de la puerta anunció su llegada.

Denis, que siempre parecía estar analizando un texto invisible, levantó la vista.

Al reconocer a Jonar, una sonrisa genuina, algo más brillante de lo habitual, iluminó su rostro.

—El viajero que lee más rápido que una centella —dijo ella, apoyando los codos en el mostrador—.

No me digas que ya has terminado con ‘Cuentos populares’.

Si es así, tendré que empezar a cobrarte por hora en lugar de por tomo.

—Entonces adquiriste una pequeña fortuna, lo admito —respondió Jonar con una inclinación de cabeza—.

Pero las buenas historias nunca pierden valor.

Jonar comenzó a hurgar en los estantes, buscando cual quier cosa que llamase su atencion.

Sentía la mirada de Denis siguiéndolo.

No era una mirada de sospecha, como la de los guardias, sino una de curiosidad profunda y una atracción evidente que ella no se esforzaba demasiado en ocultar.

La mujer se había vuelto más vivaz al enterarse de que era uno de los sujetos que se estaban haciendo cargo de los monstruos del pueblo.

—Sabes…

—comenzó Denis, saliendo de detrás del mostrador y acercándose a él—.

Si te interesan las novelas, algunos vecinos y yo nos reunimos el último día de cada semana, aquí mismo.

Se detuvo a apenas un paso de él.

Jonar podía oler el aroma a lavanda que emanaba de su piel.

—Es un “club de lectura”, por así decirlo.

Me gustaría que vinieras este jueves, Jonar.

Alguien como tú debe tener perspectivas interesantes que compartir.

Jonar bajó un tomo de la estantería, pero sus ojos permanecieron fijos en los de ella.

La invitación era clara.

—Será un placer.

—le susurré con una sonrisa.

Denis podía escuchar cómo su corazón se aceleraba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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