Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 10

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible
  4. Capítulo 10 - 10 Prisionera del relato
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

10: Prisionera del relato 10: Prisionera del relato El cuervo.

Aquella mañana helada, en un pueblo que le habían dicho se llamaba Refugio, Elentari contempló el alto vuelo de la bestia surcando el cielo sobre ella.

Aquel animal era símbolo de poder, visión y conexión con lo divino.

Su vuelo era un presagio, anunciaba un cambio inminente, ya fuera gloria o una prueba difícil de superar.

¿No le habían hablado de ello en el interior de su clan?

¿Los vaticinios de Deshanna no habían mencionado esta catástrofe?

¿No había sido la causa de la persistente reclusión a la que la habían sometido entre los suyos?

¿O era otra cosa?

Elentari resopló sintiendo muchísima frustración por la ironía.

Toda su vida había rezado a los dioses por libertad y ahora venía y la conseguía.

¿Cómo?

Como prisionera de los traicioneros shemlen.

¡Esa no era la libertad por la que había orado!

¡Fen’Harel se los llevara a todos!

La joven dalishana apretó los puños con rabia, sintió la mandíbula muy tensa, y se obligó a perseguir los movimientos del ave majestuosa con su mirada en el afán de soltar la cólera.

El cuervo representa a Dirthamen, el reflejo de Falon’din, los gemelos que transitan entre mundos, capaces de viajar entre lo terrenal y espiritual.

La simple idea de que ella misma parecía conectada entre los dos mundos la hizo estremecer…

¿Cómo había sucedido todo esto?

Justo ese día… el día que se suponía que ella debía tener éxito en su misión… ¿¡Por qué!?

Elentari había despertado el día anterior solo para descubrir que los shemlen la consideraban responsable de una enorme Brecha en el cielo.

La prueba estaba en la marca palpitante en su palma izquierda, cuyo origen les era desconocido.

Todo lo que ella sabía era que había sido enviada a espiar un Cónclave de los humanos con el objetivo de recabar información para el Clan…

y había fallado.

Les había fallado la única vez que le habían confiado una misión a ella.

Y eso la hacía sentir avergonzada.

No quería pensar en lo que le dirían una vez que volviera.

Al final, su madre siempre había tenido razón… no servía para las aventuras.

No era su lugar.

Estaba abrumada.

La única certeza que tenía era que podía hacer algo con aquel poder verdoso, y entonces había acudido en ayuda de sus captores y había logrado sellar una gran grieta…

por lo cual, ahora ya no era prisionera, sino una aliada “necesaria” para ellos.

Su mente era un vacío antes del despertar, un silencio sin respuestas.

Y eso era lo que la enfurecía aún más…

No saber.

No recordar.

No haber tenido elección.

Pero tampoco tenía las fuerzas suficientes para volver con los suyos, no estaba lista para enfrentar su fracaso…

…

Entonces miró su mano con aquel extraño destello verdoso.

Sintió furia.

Cerró la mano.

Luego, observó por delante de ella.

Bosque.

Los bosques eran algo familiar para Elentari.

Caminó entre los árboles en las afueras de la puerta del pueblo, oculta bajo una capa gruesa de pieles que el shemlen rubio entre sus captores le había otorgado, mientras la nieve hundía sus botas de cuero reforzado.

No quería ser reconocida.

La voz de que la única sobreviviente en la explosión del Cónclave era dalishana había corrido con rapidez.

La vallaslin sobre la piel de su rostro la delataba con facilidad, y francamente, se sentía una forastera en estas tierras heladas.

Le habían dicho que era “libre”, pero aquello no era cierto.

Ya no podía volver con su gente…

porque, aunque lo hiciera, ya no era la misma.

Y aunque su corazón anhelaba correr bajo la protección de los bosques, sus árboles, los susurros del viento entre las hojas, o el olor a tierra húmeda después de la lluvia, ya los había perdido.

Ahora era solo un recuerdo, un anhelo que se desvanecía entre las sombras de una responsabilidad que no había solicitado.

Pero que ahí ya estaba.

Y eso la entristecía.

– Ahí estás, pequeña.

Elentari no se sobresaltó.

Su oído ya había captado los pasos en la nieve hacía rato.

Se giró lentamente, con la expresión imperturbable.

El enano con la gran ballesta que había visto el día anterior se apoyaba contra un tronco a unos metros de ella.

No la miraba con juicio, ni con lástima.

Solo con curiosidad.

Varric había dicho que era su nombre.

– Creí que ibas a darnos un susto y desaparecer en el bosque.

– intentó bromear.

Elentari no respondió de inmediato.

Aún tenía la mirada llena de cielo y pensamientos dispersos.

Y furia.

– ¿Y si lo hiciera?

– replicó, con voz tranquila, pero vacía.

Los dioses sabían que desde que había despertado se había planteado aquel escenario, una y otra vez.

Varric se encogió de hombros.

– Cassandra se pondría de mal humor.

Leliana te encontraría.

Y Solas probablemente haría un comentario sobre lo predecible que es la naturaleza de los elfos vagabundos…

ya sabes, los dalishanos como tú.

Elentari hizo una mueca.

Solas.

El único elfo que había visto desde que despertó, pero que tuvo la osadía de burlarse de su pueblo.

– Me sorprende que el mago no haya venido él mismo.

Me han dicho que he sido sujeto de sus experimentos todos estos días.

Varric rio.

– Pues te diré la verdad, pequeña.

No parece muy interesado en hablar contigo.

Eso no debería importarle.

Y, sin embargo, le molestó.

Ella ya había notado el desprecio por parte del mago.

No comprendía sus motivaciones, pero allí estaba…

ese oreja plana tenía el valor de verla con desdén…

cuando ellos eran los cobardes, aquellos que habían elegido vivir bajo el yugo de los shemlen.

– No te preocupes.

No vine a arrastrarte de vuelta – continuó el enano, sacándola de sus pensamientos.

Ella lo miró.

– Solo quería asegurarme de que no ibas a congelarte en este bosque.

Elentari bajó la vista a sus botas, hundidas en la nieve.

No tenía frío.

No más que el habitual.

Era otra cosa lo que la hacía sentir helada.

– No.

– la maga le mostró la capa de pieles.

– El…

¿comandante?

me ha otorgado esta capa.

– Oh, Ricitos.

– molestó Varric y rio, entendiendo solo él aquella broma.

– De todas formas, no tienes que decirme nada, supongo que, si estuviera en tu lugar, también querría respirar aire fresco después de todo lo que pasó.

Elentari soltó una risa seca, sin humor.

– ¿Tienes experiencia despertando en celdas, acusado de crímenes que no recuerdas?

Varric sonrió.

– Te sorprenderías, pequeña.

– molestó, aunque luego agregó.

– Tengo experiencia con gente que sí la tiene.

Elentari lo miró con suspicacia.

– Tú no eres un soldado.

Ni miembro de la Capilla.

– Gracias por notarlo.

Creí que había logrado engañarte.

– ¿Quién eres?

Aparte de “Varric Tethras”, quiero decir.

– Contador de historias, escritor y, en mis tiempos libres, consejero de personas que no me pidieron consejo.

– aquello último casi hizo sonreír a Elentari, pero se lo guardó bien adentro.

No quería mostrarse amigable con estas personas que la habían sometido a Mythal sabía qué.

– Eso último suena como una molestia.

– Oh, lo es.

– Varric le guiñó un ojo.

Elentari no pudo evitar sentir que aquel hombre veía demasiado.

Como si la estuviera analizando entre líneas, leyendo los capítulos que aún no habían sido escritos.

¿Quizás se trataba del don de los escritores?

Ser capaces de ver los matices en las almas de las personas…

de comprender sus intenciones y conocer lo que las mentes de otros albergaban.

Nunca había conocido un “escritor”, la mayoría de los dalishanos no sabía leer ni escribir.

– No te preocupes – continuó él.

– No voy a hacer preguntas que no quieras responder.

Pero hay algo que sí tienes que saber.

Elentari no le dio la satisfacción de preguntar qué.

Varric igual se lo dijo.

– El pueblo te está llamando Heraldo de Andraste.

Entonces sintió cómo su estómago se hundía como una piedra.

No.

– Dicen que te vieron caer del cielo – Varric hizo un gesto con las manos, como si narrara una historia grandiosa.

– Que Andraste en persona te envió para salvarnos de la Brecha.

La elfa cerró los ojos.

Un designio.

Un presagio.

Lo había escuchado tantas veces entre los susurros de su clan.

Y aún así, el simple hecho de que los shemlen fueran quienes la llamaban elegida hacía que su piel se erizara de incomodidad.

– ¿Qué piensas de ello?

– preguntó Varric.

Elentari exhaló lentamente.

– Que el destino tiene un sentido del humor muy retorcido.

Varric rió entre dientes.

– Eso no lo niego.

Ella se pasó una mano por la cara, y pensó en las líneas de su vallaslin.

-Tampoco impedirá que intenten hacer de mí algo que no soy, ¿verdad?

– No – admitió el enano.

– Pero significa que tienes la opción de decidir quién serás para ellos.

La mujer lo miró con los ojos entrecerrados.

– ¿Y si no quiero ser nada para ellos?

– ¿Y si no tienes elección, niña?

Elentari lo maldijo un poco por decir eso.

Porque sabía que era verdad.

En su vida…

las elecciones parecían no pertenecerle del todo.

Inspiró profundamente.

No tenía ganas de enfrentarse a más preguntas.

No tenía ganas de que los shemlen proyectaran en ella sus esperanzas, su miedo o su fe.

No tenía ganas de ser un símbolo.

Pero el destino ya la había escogido.

La elfa echó un último vistazo al cielo.

El cuervo ya había desaparecido.

– Vamos – murmuró, comenzando a caminar.

Varric le lanzó una mirada de aprobación.

– Buena elección.

Elentari se detuvo un segundo.

Bajó la mirada, con la nieve crujiente aún bajo sus pies.

– No hice ninguna.

Varric sonrió.

– Siempre hacemos elecciones.

pequeña.

Incluso cuando creemos que no.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo