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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 11

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11: Descuida, pequeña halla 11: Descuida, pequeña halla Las mañanas en el pueblo de Refugio eran frías y a Solas le gustaba, estaba acostumbrado a las tempestades glaciales y se movía con naturalidad entre el hielo.

Después de todo, era experto en el uso de ese elemento para el ataque arcano.

El mago había caminado por las afueras del pueblo durante un buen tiempo y había estado observando cómo se estaba llevando a cabo la organización de este sitio.

Debía admitir que se mostraban bastante competentes…

a pesar de sus dudas iniciales.

A lo lejos, observó cómo el comandante Cullen se presionaba la sien con visible incomodidad.

Debía de tratarse de una molestia física, ya que no parecía ser tan solo una expresión.

¿Había resultado herido durante el enfrentamiento con los seres proveniente de las grietas?

Era poco probable.

Pausadamente, y con la seguridad de un hombre que está por encima del resto, Solas caminó sosteniendo su bastón hacia el rubio.

Era consciente de que no se conocían más allá de las presentaciones formales, pero sabía que aquel había sido templario…

y que había estado en la ciudad de Kirkwall, aquella de la que le habían hablado sus agentes y donde, probablemente, se encontraba su daga.

Oh, sí, y donde un mago rebelde había hecho explotar una Capilla y había dado por iniciada la sumatoria de acontecimientos que culminaron en la rebelión entre magos y templarios…

Un detalle inolvidable.

– Buenos días, comandante.

– surgió la voz del elfo con una claridad casi rítmica.

Era el tono que usaba para sonar sabio y amigable, sin mácula alguna de amenaza.

Notó que Cullen no solo se había estado tocando la frente, sino que estaba perlada y lo que fuera que le aquejaba le había obligado a recostarse contra la gran puerta de acceso al interior del pueblo.

Su mano había temblado con ligereza y las ojeras estaban marcadas por debajo de los ojos del hombre.

Extraño.

– Oh, Solas…

– fue la respuesta de aquel.

El comandante se obligó a tensar sus músculos y liberó su sien para dirigirle la mirada al elfo.

El interior de sus ojos mostraba pequeñas hemorragias sobre la esclerótica.

O había dormido muy mal o no había dormido nada en absoluto.

– ¿Sí?

¿Qué necesitas?

– la pregunta salió de modo descortés, lo que para Solas se tradujo en: irritabilidad.

Por algún motivo, este hombre estaba susceptible esta mañana.

Y él quería conocer la causa…

Fatiga, cansancio, dolores de cabeza, sudoración, posiblemente escalofríos, temblores…

todos síntomas que podrían corresponderse a la abstinencia.

Interesante, no había considerado que el comandante fuese adicto a algo, pero ¿a qué?

De golpe, Solas recordó algo fundamental…

había sido templario.

No le sorprendió en lo más mínimo cuando su mente conectó la posibilidad más lógica: lirio.

Un templario sin acceso a su fuente de poder estaba destinado a quebrarse tarde o temprano.

Bueno, a jugar se había dicho…  – Quería comentarte que no contamos con suficiente abastecimiento de lirio para los magos en este sitio.

Bueno, supongo que el problema se traslada también a los templarios…

…

Y a ti…

Cuando dijo aquello, lo notó tensarse aún más y, sin ser consciente, Cullen llevó una mano sobre su estómago.

Si realmente se trataba de un síndrome de abstinencia, posiblemente se encontraba inapetente y nauseoso.

Aquel gesto solo se lo confirmaba.

– Ah, sí.

El boticario se encarga de ese tipo de cosas, Solas.

– ¿Adan?

He hablado con él.

– mintió.

– Precisamente, fue quien me ha sugerido comentarte este asunto.

– Oh, Risitas.

– la voz del enano resonó en su espalda.

Solas y Cullen se giraron al mismo tiempo.

El enano no estaba solo; la dalishana lo acompañaba.

– ¿Charlando con Ricitos?

Oh, vaya, tienes un aspecto horrible Cullen.

¡Pero si la pequeña ha sellado correctamente la grieta!

¡Y la Brecha en el cielo ha dejado de crecer!

¡Deberías estar alegre!

– Buen día, Elentari.

– dijo el comandante sin prestar atención a Varric.

– Solas ha manifestado un problema real pero no prioritario.

No contamos con abastecimiento de reservas de lirio en estos momentos y estamos dando asilo a algunos magos y templarios.

Sería bueno ocuparse de ello.

¿Crees que podrías ir a ver al boticario Adan y encargarte de este asunto?

El antiguo templario lo escupió así, sin más, sin preámbulos y sin cortesía.

Solas notó lo molesto que le resultó a la dalishana la orden directa que acababa de recibir de su comandante y eso casi le hizo sonreír, aunque claro que, controló su expresión.

Se preguntó qué le molestaba, si el hecho de recibir órdenes de humanos u órdenes de un templario siendo ella una maga…

Los ojos exóticos de la elfa apuntaron con sequedad sobre el hombre.

Solas pensó que tenía una mirada contundente, sus ojos decían más de lo que deberían…

parecía la mirada de una persona honesta, transparente.

Y eso era una ventaja para sus adversarios, era una ventaja para él.

– Sin problemas.

– fue la respuesta árida que otorgó la mujer y miró ahora a Solas directo a los ojos.

Él se la sostuvo con tranquilidad, sin parpadear.

No había desafío en su expresión, solo paciencia, la paciencia de alguien que podía esperar horas, días o siglos sin ceder…

literalmente.

Fen’Harel nunca cedía…

La elfa tampoco no desvió la vista.

No lo adornó con amabilidad ni condescendencia cuando le habló.

Su voz fue una cuchilla bien afilada.

– Si tú eres quien ha planteado el problema, supongo que sabes dónde puedo encontrar al boticario, ¿verdad?

Solas y ella se enfrentaron durante unos segundos.

Él pudo notar que la mujer no estaba intentando endulzar el tono de su voz ni la rigidez en sus ojos.

El mago era consciente de la discusión que habían mantenido el día anterior respecto a la cultura dalishana, y al parecer la elfa no se lo iba a dejar pasar tan fácilmente.

Quiso reír, ella era soberbia, demasiado para alguien cuya gente otorgaba el peso de la historia a un conjunto de relatos ficticios y fábulas.

Y aunque Solas sabía que él tenía razón, decidió que sería quien daría el brazo a torcer.

Después de todo, era ésta quien portaba su Áncora…

y el futuro aún necesitaba de esa mano…

Bien, de acuerdo…

por esta vez, el Lobo Terrible iba a ceder…

– Por supuesto, Heraldo.

Con gusto te mostraré el camino…

Al recorrido se sumó, cómo no, el hijo de la Roca.

Visitaron al boticario, quien los instó a investigar la cabaña de su antiguo maestro en busca de anotaciones.

Algo que sería útil para las pociones de lirio.

Asi lo hicieron.

Varric parloteó todo el camino entre los dos sin intención de nada, tan solo llenar los silencios.

Solas sabía que el enano había habitado Kirkwall y al parecer había sido uno de los primeros involucrados en el descubrimiento de su daga, aunque lo llamaba “Ídolo Rojo”, por lo cual, supuso que era una buena oportunidad para interrogarlo al respecto, pero sin despertar sospechas.

Había oído entre las mujeres que estaban al mando que el enano era muy bueno con la labia, quizás también con el ingenio.

Debía ser cuidadoso.

– Supongo que tú y la Buscadora han tenido muchas conversaciones sobre Kirkwall, hijo de la Roca…

La guerra de magos y templarios fue…

peculiar.

– ¿Peculiar?

– Sí – respondió el elfo con tono distendido, aunque, incapaz de contenerse, dejó entrever la postura que presentaba frente al conflicto de magos y templarios.

– “Peculiar”, porque aquel conflicto terminó decantándose a raíz de los problemas de interpretación que presenta el Cantar de la Luz respecto a uno de sus versos más citados: “la magia debe servir al hombre, pero no gobernarlo”.

– hizo una pausa.

– Curiosamente, ese mismo problema interpretativo inclinó la balanza del poder entre el libro sagrado y la Capilla cada vez más en favor de la institución…

Como dije: “peculiar”.

¿O debería llamarlo…

predecible?

Varric dio una risotada.

– Oye, eso de ser “apóstata” te queda perfecto, Risitas…

encarnas perfectamente el escepticismo.

– Lo tomaré como un cumplido, hijo de la Roca.

El enano volvió a reír.

– ¿Sabes?

Tienes permitido decirme Varric…

– Oh, vaya…

pensé que entre nosotros solo usábamos apodos…

– lanzó Solas en referencia al suyo: Risitas.

El enano rio con liviandad, lo miró como si Solas se hubiera ganado un punto en alguna competencia mental del enano y volvió a hablar.

– Lo de Kirkwall fue una maldita pesadilla, ¿sabes?

Magos matando templarios, templarios matando magos…

y, en el medio, idiotas como yo intentando que la ciudad no explotara.

– Ah, sí.

Y al parecer, también intentaste evitar que tu hermano perdiera la cabeza con un ídolo de lirio rojo.

Fascinante historia.

¿Sabes qué fue de él?

El enano se detuvo en seco y se cruzó de brazos, obligando a Solas a detenerse a su lado.

La elfa, en cambio, prosiguió su camino, pero disminuyó el paso de su marcha.

– ¿Has oído acerca de ello?

¿Por qué lo preguntas?

– Para empezar, tú mismo lo mencionaste en el interior del Templo de las Cenizas Sagradas.

– se apuró en aclarar el mago, para, posteriormente encogerse de brazos y cambiar deliberadamente el tono de su voz para sugerir que sus siguientes palabras sólo sostenían la curiosidad de un académico.

– El lirio rojo es un fenómeno único.

Una corrupción de un material ya de por sí peculiar.

Contiene un poder impredecible, caótico…

y muy peligroso.

– Sí, cuéntame algo que no sepa.

Nada bueno puede salir de su uso.

– el enano retomó la marcha, Solas supo que le creyó el argumento.

– Está sellado en una cámara en Kirkwall construida por una casta de mineros especialmente para guardarlo.

Solas no mencionó lo que sabía al respecto, pero sus agentes le habían informado que posiblemente se encontraba petrificado en una estatua de la mismísima caballero comandante Meredith.

Era probable que el enano estuviera desinformando, solo en el afán de que nadie pudiera acceder al ídolo original por miedo al poder que ostentaba.

Era lógico y prudente.

O, podía ser que no sabía su locación verdadera.

– Pero si el ídolo era tan poderoso como dices, ¿realmente crees que todo su poder se puede contener en una cámara?

– Hasta ahora, así parece…

– respondió Varric con un tono descuidado, dejando en claro que no estaba dispuesto a seguir hablando.

Solas, por su parte, sabía que si insistía mostraría un interés particular, y no quería que estas personas lo descubriesen.

Por obligación, optó por sonreír con simpleza y continuar la marcha al lado del enano.

Cuando el mago volvió la vista al frente, la dalishana sostenía un papel viejo entre sus manos, pero sus ojos no estaban fijos en él.

Observaba a Solas, evaluándolo.

Como si hubiera escuchado lo suficiente como para entender que la conversación con el enano no había mostrado interés alguno por el asunto que los había traído hacia allí.

Un asunto que él mismo había propuesto.

Los ojos exóticos de la dalishana lo veían con prejuicio, y eso le molestaba.

Ya había visto aquella mirada en otros dalishanos…

y había atacado.

– Bien.

Aquí tenemos los datos acerca del lirio azul.

– la escuchó mencionar con sarcasmo en el tono de su voz.

Uno que ni se molestó en ocultar.

– Que es el que nos interesa ahora, ¿verdad?

– Solas asintió.

Ella le sonrió desafiante y entrecerró los ojos.

Las líneas de la vallaslin de Ghilan’nain se movieron junto a la expresión bravucona.

– ¿O es el rojo el de nuestro interés, Solas?

– Creo que haríamos bien en poner atención a ambos, Heraldo…

– contestó el elfo con un tono de voz desenfadado, haciendo uso del ritmo inocente entre sus palabras para parecer un sabio consejero…

aunque preferiría mostrar los dientes a aquella insensata.

Él sabía perfectamente cómo ser un Lobo Terrible…

Sin mediar palabra alguna.

La dalishana sorteó a aquellos dos y se dirigió hacia las puertas del pueblo.

Solas la contempló irse con aquella soberbia que le quedaba enorme a la pequeña halla…

si tan solo supiera quién era él…

se preguntó si lo atacaría como habían hecho los anteriores…

También se preguntó qué percepción tenía ella del dios de la traición y del engaño…

Nada importaba, por ahora, el Gran Lobo no sería terrible…

podía dormir tranquila.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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