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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 12

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12: Otra época.

Otro mundo I 12: Otra época.

Otro mundo I “Preciso tu sabiduría, Solas, para resistir a las fuertes voces que irían demasiado lejos, como Elgar’nan.

Te necesito a ti”, Mythal se lo había pedido hacía ya demasiados años cuando él solo había sido el espíritu Ancestral de la Sabiduría que habitó el Más Allá.

Ahora, Solas era un Evanuri, y aquellas palabras resonaban como ecos tenues mientras era testigo de hasta dónde habían llegado sus enemigos.

A lo lejos, sobre un imponente unicornio de guerra, avanzaba Elgar’nan, rey de los elfos y General de los Ejércitos Iluminados.

Montaba su bestia con la arrogancia de quien ha nacido para comandar, resguardado por una armadura magistral forjada en Diamante del Alba, un metal alógeno excepcionalmente resistente que el Domador del Sol y primero de los Evanuris había obtenido al manipular la potencia del propio Sol y fundirla con la corteza terrestre del dorso de uno de los Pilares de la Tierra casi abatido durante la última Gran Batalla contra la Tierra.

Hoy se pretendía concretar aquella hazaña del pasado.

Solas, Portavoz de los espíritus, sostenía con firmeza el Cetro del Lobo, un arma poderosa forjada con la sangre de los dragones de la Gran Reina Mythal y la esencia de un espíritu rey del Valor.

Con él comandaba a sus tropas espirituales.

A su espalda, los espíritus que habían respondido a su llamado formaban filas irregulares, revoloteando con expectación.

No sabía si serían suficientes.

Había entre ellos presencias de Determinación, de Valor, de Lealtad y de Justicia.

Todos ellos (y él también) contemplaban en silencio sombrío el desastre que se extendía ante sus ojos.

Solas, aun así, se sentía agradecido por su compañía.

Después de todo, ¿qué era la Sabiduría sin el sostén de estas otras virtudes?

Eran ellos quienes lo mantenían en pie en tiempos tan oscuros, tiempos que amenazaban con quebrarlo y lo tentaban a errar.

Por eso agradecía con humildad, reconociendo el acto de amor que sus hermanos espirituales realizaban al seguirlo a la guerra pese a sus propias reticencias.

El Portavoz sabía que no todos los espíritus aprobaban unirse al ejército de los elfos.

Él era solo el puente entre dos razas, la voz capaz de vincular a espíritus y encarnados en una causa común…

pero convencerlos no era sencillo.

Muchos no estaban de acuerdo con la matanza de los titanes, y aquella disonancia sembraba en él inseguridades, dudas…

y miedo.

¿Estaba haciendo lo correcto al involucrarlos?

Si bien Mythal y Elgar’nan le habían dado su palabra de honor de que protegerían a los espíritus, no podía evitar preguntárselo.

Era una tontería hacerlo.

Los Reyes de los Elfos eran seres de palabra, pero a él le costaba confiar la vida de los espíritus a cualquier persona.

Entonces, una mano delicada, pero firme, se posó sobre su hombro y lo arrancó de sus cavilaciones.

No necesitó girarse para saber de quién se trataba.

Frente a ellos, centenares de cadáveres élficos yacían destrozados tras el ataque del Pilar de la Tierra, un recordatorio brutal de por qué luchaban.

Los titanes no mostraban piedad hacia aquella sociedad incipiente que peleaba con uñas y dientes por su derecho inherente a existir.

Ni siquiera el Domador del Sol había encontrado un modo de derrotarlos, su poder apenas lograba forzar su retirada, y cada una de esas retiradas se cobraba cientos de vidas élficas.

Estaban desesperados.

– No nos queda otra opción, Solas.

– susurró Mythal a su lado.

– Debes crear el arma.

Él apretó los dientes, deseando por un instante estar cubierto por una armadura pesada como la de los guerreros del ejército, solo para que ella no percibiera sus dudas.

La Reina de los Elfos se volvió hacia él, y aquellos ojos dorados atraparon su mirada.

Las largas pestañas, la piel pálida, los labios rojos…

todo en ella parecía la ilusión de una mujer frágil, cuando en verdad era la más poderosa de todos ellos.

Mythal era excepcional; podía arrebatarle el aliento con solo mirarlo.

Habían compartido eones en sus formas espirituales, pero no fue hasta que adoptaron cuerpos físicos que los consumió un deseo carnal desconocido para ambos.

Se amaban.

Se amaban más que cuando solo eran entidades del Más Allá, y ese amor hacía aún más difícil para él proteger a los suyos.

Pero él era el Portavoz.

Los espíritus confiaban en él…

y lo que ella proponía era terrible.

Un acto de sueños amputados.

A veces, en la privacidad de sus pensamientos, Solas se preguntaba si no sería por eso que tantos espíritus dudaban en seguirlo a la guerra.

Quizás intuían que él había empezado a considerarlo…

A considerar quebrar los espíritus de los titanes solo para permitir una existencia pacífica a los elfos.

– No.

Eso es una locura.

– ¿Acaso no es mayor locura ver a nuestro pueblo morir cuando tú tienes la clave para derrotarlos?

– No lo sabemos con certeza.

– ¡Porque no tienes el valor para intentarlo!

Las palabras de Mythal lo atravesaron.

Sabía que ella no lo creía cobarde, pero también sabía que estaban desesperados.

Mythal había sido un espíritu de la Benevolencia; solo deseaba convertir estas tierras en actos de amor y grandeza.

Pero las injurias que su pueblo había soportado a manos de sus enemigos eran vastas, incontables.

Y ya estaban agotados.

Cansados de guerrear.

Cansados de implorar por un poco de paz.

Y cada vez que lograban fundar una comunidad próspera, los titanes regresaban.

Los atacaban.

Los arrasaban hasta dejarlos al borde de la extinción.

Estaban cansados.

Los elfos merecían algo distinto.

Solas también lo sabía.

– No es tan simple, amor mío.

– susurró, desviando la mirada mientras apretaba con fuerza el báculo.

Un viento potente los atravesó y la túnica de Solas revoloteó en respuesta.

– No es tan simple.

– ¡La muerte de mi gente no me resulta simple, Solas!

– replicó ella, la desesperación filtrándose en su voz.

Se enfrentaron, cada uno aferrado a sus ideales, a su dolor.

– Amor mío, por favor…

– cedió Mythal, al fin.

La corona de Hueso de Dragón Lunar brilló cuando se giró para contemplarlo.

En aquellos ojos dorados había súplica, y a él lo destrozaba no ser capaz de darle lo que pedía.

– Sabes, tanto como yo, que es la única forma de poner fin a esta guerra…

Sabes que lo último que deseo es llevar adelante un acto de maldad…

y sé que incluso tú lo reconoces en la privacidad de tu mente, tanto como lo hago yo en voz alta.

– Solas sintió que el corazón se le estrujaba al escucharla.

– De lo contrario, no me lo hubieras confesado.

Fuiste tú quien vino con esta posible solución, amor sabio, y ahora te niegas a ejecutar el acto que nos traerá paz.

– Pero el costo, Mythal…

– Será nuestro…

– ella casi se giró hacia él por completo, casi tomó su brazo con intimidad, pero se contuvo.

No era apropiado hacerlo allí.

Solas la vio bajar la mirada, tragar saliva, buscar fuerzas en lo más hondo de sí misma.

Si tan solo Mythal supiera que era la más poderosa de todos ellos.

La única realmente capaz de salir ilesa de esta guerra.

Entonces, ella suspiró.

Encontró esa fortaleza que él tanto envidiaba.

Y volvió a erguirse en toda su majestuosidad, convertida otra vez en la regia Reina de los Elfos.

– Tú y yo pagaremos el precio.

No dejaremos que el resto del reino lo sepa.

Será nuestro secreto.

Por ellos.

– Majestad, por favor…

– susurró el Portavoz.

– No es adecuado que perdamos el decoro.

Estamos en guerra.

Vayamos a brindar asistencia a nuestro Rey y dejemos estos asuntos para otro momento.

Mis ejércitos espirituales aguardan mis órdenes.

Mi Rey espera mi ayuda.

Mythal bufó, y su cuerpo se transformó en un Dragón Celestial Magistral que se elevó con fuerza hacia los cielos.

Solas sintió que el peso de la culpa amenazaba con aplastarlo por completo mientras la veía volar hacia Elgar’nan.

Y entonces sucedió.

Una criatura gigantesca se incorporó entre las montañas.

Lo habían estado esperando.

Los Sha-Brytol llevaban tiempo un buen tiempo amasando poder espiritual para sus amos; los elfos, esperando el despertar de uno de sus dioses de piedra.

Y, finalmente, había sucedido.

Desesperación.

Un titán se alzó ante los Ejércitos Iluminados.

A pesar de su tamaño monstruoso, se movía con la agilidad de un asesino condenado, una masa de piedra viva impulsada por odio inabarcable.

Dos peñascos irrompibles (sus brazos colosales) descendieron sobre el Rey con una violencia que hizo temblar la superficie entera.

La meseta que sostenía a los elfos vibró, se resquebrajó, casi se desmoronó…

pero resistió.

Los guerreros élficos cargaron con un grito de guerra.

Los magos tomaron el poder arcano y obligaron a la meseta a mantenerse firme.

El Domador del Sol rugió, un rugido más visceral que cualquier tormenta, y con su Espada Solar arremetió contra el enemigo.

Ver luchar a Elgar’nan siempre era un deleite.

En Solas despertaba fascinación.

Aquel hombre parecía conocer cada secreto de un campo de batalla.

Todos…

excepto cómo destruir un titán.

Ese secreto era suyo.

No: suyo y de ella.

De ellos.

Aun así, Elgar’nan resultaba un incordio por lo temerario que era y cómo se exponía al peligro una y otra vez como si desafiara a la propia muerte.

Los Evanuris poseían cuerpos inmortales, era cierto, pero los titanes eran los únicos capaces de partirlos.

– ¡Espíritus!

¡Protejan al Rey de los Elfos!

– bramó Solas, elevando su cetro antes de lanzarse al precipicio.

Las entidades espirituales lo rodearon, infundiéndole la fuerza necesaria para adoptar la forma del Gran Lobo.

Una bestia lobuna de pelaje oscuro, del tamaño de los Dragones Celestiales, ocupó su lugar y se lanzó a la cacería, devorando la distancia con cada zancada magistral.

A su lado, Mythal (convertida en su imponente forma dragontina salvaje) descendía del cielo, aproximándose a Elgar’nan, quien ya clamaba por la presencia de Lusacan, el Dragón de la Noche, para unirse a la guerra.

El encuentro fue arduo y cruel, hasta que finalmente lograron obligar al titán a replegarse dentro de su propia corteza de piedra.

Una montaña inmensa.

Solo eso.

Ya no latía, ya no bramaba.

Ya no los mataba.

Pero los elfos sabían que seguiría allí, vigilante, aguardando a ser provisto de suficiente poder para volver a alzarse contra el Pueblo de los Elfos.

El resultado de la guerra fue, otra vez, el mismo de siempre.

Elfos y espíritus asesinados.

Ríos de sangre derramados.

Pueblos enteros arrasados.

Solo había hecho falta tres formas salvajes de los Evanuris, el grueso del ejército élfico y los ejércitos espirituales.

¿Lo peor de todo?

Ni siquiera lo habían derrotado.

El ciclo parecía interminable.

Cuando los Sha-Brytol reunían la energía espiritual suficiente, despertaban tres o cuatro titanes a la vez.

Los combatían a todos, sí, pero el costo era cada vez mayor para El Pueblo.

– El Rey de los Elfos ha sobrevivido, Portavoz.

– escuchó a Lealtad sobre su izquierda.

Sí.

Elgar’nan había sobrevivido.

Solas podía oírlo a la distancia, bramando órdenes, intentando recomponer lo que quedaba de su ejército.

Prácticamente nada.

El Gran Lobo gruñó y regresó a su forma de Evanuri.

– ¿Cuántos espíritus se han disuelto en energía, Lealtad?

– Más de los esperados.

– aseguró el espíritu.

– Cada vez son más fuertes tus enemigos, Portavoz.

– Le seguía resultando extraño que, después de tantos años, los espíritus continuaran reconociendo a los titanes como enemigos de los elfos…

pero no suyos.

– Quizás debería considerar la posibilidad de la participación de otras entidades espiritual.

¿Caos?

¿Venganza?

– Demasiado peligroso, Lealtad.

Son…

difíciles de comandar.

Insubordinados.

– Lo entiendo, Portavoz.

Y no dijo más.

Permaneció a su lado, observando cómo las tropas se reagrupaban.

Pero Solas comprendió lo que esas palabras callaban.

Los propósitos más nobles de los espíritus ya no encontraban sentido en esta guerra.

Su lealtad persistía, pero no su convicción.

La batalla contra los titanes había dejado de ser un acto de defensa espiritual para convertirse en una lenta carnicería de cuerpos y voluntades.

Solas no podía continuar pidiéndoles presencia carente de convicción, eso solo trastocaría sus propósitos…

Quizás Mythal tenía razón.

Quizás solo quedaba una alternativa…

por terrible que fuera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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