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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 13

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13: Quería salvar a todos…

13: Quería salvar a todos…

La Brecha seguía en lo alto del cielo, y Elentari sabía que su marca era lo único que podía cerrarla.

La Inquisición se había formado y ella era conocida como la Heraldo de Andraste, tal como se lo había advertido el enano, días atrás.

Sus consejeros le habían sugerido dirigirse al interior de las Tierras Interiores en el Reino de Ferelden y contactar con una sacerdotisa de la Capilla llamada madre Giselle.

Y allí se encontraba el grupo en estos momentos.

Entre medio de la llanura, a lo lejos, un conjunto de seis niños jóvenes, de quizás unos once o doce años, salieron corriendo en picada, rodeando una meseta y perdiéndose de la vista.

A Elentari le resultó extraño, como todo venía siendo desde que había despertado entre medio de esta pesadilla, pero esta vez se trataba de niños.

Entonces, no esperó.

Sus músculos se tensaron y salió despedida como un fennec.

– ¡Heraldo, espera!

– creyó oír la voz de Cassandra a lo lejos.

Pero no se detuvo, porque entre medio de la corrida, el estruendo del llanto de otro infante cortó el silencio llano.

Eso la obligó a acelerar el paso, muy a su pesar, debido a que los músculos le dolían incesantes desde que había puesto pie en este sitio.

Pero ¿qué otra cosa debía hacer?

En este lugar ella era una extranjera, no pertenecía, y ayudar a los desamparados de esta guerra era lo único que le hacía olvidar dónde estaba y la sensación de encontrarse perdida.

Elentari y el resto, llevaban ocho días acampando a la intemperie y recorriendo vastos terrenos invadidos por magos rebeldes y templarios, facciones que se encontraban en guerra.

El panorama era devastador, tanto como cualquier paisaje bélico.

Solas iba en retaguardia, junto con el enano, que al parecer tenía problemas para mantenerse en silencio.

El elvhen había notado que la Heraldo no había resultado ser una líder fácil de seguir, de hecho, quizás por su origen dalishano, la mujer los obligaba a mantener una marcha forzada durante casi todo el día.

Y, debía admitirlo, lo tenía agotado.

Después de un letargo de mil años y la atrofia muscular que conllevó, así como la disminución profunda de su potencia arcana, Solas se sentía más débil de lo que habría esperado.

O era quizás que él mismo era un elfo ancestral de miles y miles de años…

quizás simplemente ya estaba viejo y le costaba admitirlo.

Sin embargo, por supuesto que el Lobo Terrible no mencionaría aquello, y aunque el sudor perlaba su rostro, corrió tan rápido como la dalishana exigía, dejando por detrás al enano.

Cuando el grupo alcanzó a la Heraldo se encontraron con un niño de unos tres o cuatro años, humano y sucio, con ropas andrajosas, partido en llanto, mientras que aquellos seis niños más grandes se repartían dos zanahorias que, sin duda, le habían robado al que lloraba.

La joven elfa yacía de pie frente a los ladronzuelos, y aunque nada hacía, Solas podía notar la respiración forzada en Elentari, sus puños apretados y el impacto que tenía la imagen frente a ella…

Todos los niños, sin importar la edad, mostraban signos marcados de deshidratación, labios secos, los sitios de sus articulaciones enrojecidos, lo que significaba que se encontraban debilitadas a consecuencia de una alimentación precaria y los costillares marcados bajo una piel que parecía no tener espacio para tejido adiposo.

Era grotesco, sin duda, pero Solas lo había visto incontables veces en otra vida, en otro mundo, en otros tiempos…

Uno nunca debería acostumbrarse… pero lo cierto era que él sí lo hacía.

Durante estos días compartidos al lado de la dalishana, el apóstata había sido capaz de notar una virtud en la Heraldo, que era benevolente.

En contraste, también ingenua.

La mujer aun creía que podía cambiar el destino de todos los desdichados en tiempos de guerra, y eso no solo le quitaba el sueño, sino que le partía el espíritu.

Solas era testigo de la tristeza en la dalishana cada día.

Esta situación no era diferente, así como tampoco lo era la indignación en aquella mirada exótica.

Sabía que la elfa haría algo, que no aceptaría el destino de aquellos niños, que intervendría…

y, en el final, no lograría nada…

solo acrecentar la carga que ella misma ponía sobre sus hombros día a día.

El apóstata tomó su cantimplora y se acercó a los que habían robado al más pequeño, ofreciéndoles bebida, sabía que, al menos, con un poco de agua aquellos niños podrían sobrevivir.

El más pequeño no.

Ya no había nada que hacer por el que lloraba… moriría.

Los jóvenes lo miraron sin rastro de inocencia en el brillo de aquellos ojos cuando se acercó.

Eso tampoco le sorprendía, la guerra, la injusticia, la opresión, obligaban a todos a crecer, sin importar las edades.

Sabía que, posiblemente, estos ladronzuelos ya habían asesinado con armas o sus manos.

Habían perdido la inocencia.

Uno de los niños, el líder del equipo (quizás) sacó una daga de su cinturón y enfrentó a Solas.

– ¡Dame todo lo que llevas encima, calvo!

– No te pases de listo, niño.

– advirtió el elfo para, posteriormente, señalar su bastón de mago y hacer palidecer a los ladrones.

– Mi piedad no se compra con amenazas.

La contienda entre magos y templarios tenía asustado a todo el mundo.

Y los magos solían ser los “malos” del cuento.

Por ello, Solas sabía que aquella amenaza sería tan efectiva como lanzar un hechizo y silenciarlo para siempre.

La última opción habría sido inaceptable.

Ninguno de estos jóvenes eran una amenaza real para el elvhen.

La Heraldo aprovechó la distracción del apóstata y se acercó al pequeño desplomado en el suelo que no dejaba de llorar y lo tomó en brazos, Varric a su lado, ofreció el último pan que quedaba en el grupo, provocando el cese de las lágrimas y la aceptación inmediata de lo ofrecido.

Los ladrones miraron aquel tesoro, sus estómagos crujieron y Cassandra se puso al lado del elfo destilando impotencia a través de todos los poros, pero también como advertencia de que no intentaran tomar aquel bocado.

Solas era consciente de que no había nada por hacer, no al menos en este día.

Ellos no cargaban más alimentos y el pan no saciaría el hambre de todos los niños.

Finalmente, la disputa se resolvió sin violencia, porque los ladronzuelos eran conscientes de que no podrían robar nada más con un mago frente a ellos y se retiraron sin mayor inconveniente.

La Heraldo retomó la marcha, pero se llevó al pequeño.

Solas consideró irracional cargar aquel niño largo y huesudo, en los brazos de una elfa que apenas podía con lo suyo.

– Quizás deberías permitirle caminar a tu lado, Heraldo.

– sugirió.

La dalishana se giró hacia él con una mirada afilada y con aquellos ojos hechiceros le respondió que se metiera en sus propios asuntos.

Horas después, Solas comprendió la reacción que había tenido cuando se detuvieron un instante para descansar.

El niño estaba tan debilitado que habría sido imposible caminar al lado del grupo por su propia cuenta, porque cuando Elentari lo había dejado en el suelo a su lado, las rodillas del niño habían cedido y fue Cassandra quien lo tomó en brazos.

Ese niño moriría, solo faltaba que la Heraldo lo aceptara también.

Elentari se acercó al infante y colocó sus manos frente a él para dotarlo de magia, quizás con la intención de curar.

Solas se incomodó, solo le otorgaría más días de sufrimiento.

Pensó en la posibilidad de intervenir, de explicar a aquella mujer que la guerra era así, infame y cruel, que no le estaba haciendo ningún bien a ese niño, pero sabía que no le correspondía entrometerse.

Después de todo, ella era la elegida del dios humano.

“Quizás manifiesta un milagro”, se burló en el interior de su mente.

De pronto, el aire se inundó de gritos antes de que la Heraldo pudiera obrarlo.

La elfa volvió la mirada en dirección al sonido y Solas vio cuando tensó la mandíbula, siendo consciente de que estaba cargando con un niño y comprendiendo, por fin, que eso había sido un error táctico.

– Iré a ver.

– advirtió Cassandra y, con escudo y espada en manos, corrió al frente.

A lo lejos, los destellos verdosos de alguna grieta que acababa de traer demonios a la superficie centellearon.

La dalishana apretó las manitos huesudas del pequeño y tardó unos segundos en buscar una solución a su problema, que no encontró, por supuesto.

Solas volvió a dar un suspiro resignado y se acercó a la mujer.

Con una mirada glacial la enfrentó y el tono de su voz fue áspero, tal como había deseado que fuera, cuando habló.

– Heraldo, ve a cerrar esa grieta.

Yo me quedaré con el niño.

Solas sabía que no era correcto ayudarla a “salvar a todos”, porque era una tonta ilusión, pero ¿no había sido él mismo de ese modo en el principio de su propia Rebelión?

¿Acaso no había creído que debía salvarlos?

Entonces, el apóstata se inclinó y tomó al niño entre sus brazos.

El pequeño pesaba como una pluma.

Ahora comprendía cómo la dalishana había sido capaz de cargar con su cuerpecito durante horas, y también entendía que no le dejara seguirles los pasos, simplemente había sido imposible.

Lo miró, los ojos saltones parecían florecer desde las cuencas orbitarias.

Demasiado deshidratado, demasiado desnutrido.

Algo en su interior se revolvió…

La guerra era una tragedia.

No había nadie que realmente ganase…

La Heraldo y el enano corrieron a ayudar a Cassandra.

Solas corrió a ocultarse entre árboles con el infeliz, mientras vigilaba al equipo, siendo consciente de que, si era necesario, dejaría oculto a aquel niño, para ayudarlos y bajo la esperanza de que sobreviviera.

Era una tontería cargar con niños o heridos durante tiempos de guerra.

Era un error, uno que podía costar la vida.

Él lo sabía demasiado bien.

Ya había cometido ese tipo de errores no pocas veces en el pasado.

Y ahora…

ahora los cometía también ella.

El niño se aferró a su vestimenta, las manitas pequeñas casi no hicieron fuerza, el tirón fue patético…

ambos se miraron.

El pequeño tan debilitado que daba tristeza.

Algo se removió en él, algo incómodo, algo enterrado bajo enormes cantidades de lógica glacial, algo que Solas no estaba dispuesto a traer sobre la superficie.

Había un abismo de traumas en su interior, y quería que todo continuase de aquel modo…

enterrado bajo el peso del propósito.

En sus tiempos, a medida que la figura del Gran Lobo había adquirido prestigio entre los suyos, habían sido otros los que habían atestiguado estas infamias.

Hacía muchos siglos que Solas no sostenía a los desamparados entre sus manos, y supo en este día, que no deseaba volver a hacerlo.

Porque cuando él mismo era testigo viviente de todo esto, en su interior volvía a arder el deseo de justicia, de rebelión, de proteger a los inocentes, fueran estos seres de Thedas o de Elvhenan.

Y se conocía lo suficiente como para saber que su temperamento era casi indómito, y que el Lobo en su interior sabía morder a sus enemigos con crudeza.

Los ojos esféricos le observaban y parecían suplicar por ayuda.

Casi sin poder evitarlo, el elvhen colocó la palma de su mano sobre la frente de aquel niño y se debatió entre sanar sus heridas o acelerar su muerte.

En conclusión: otorgar ayuda…

En el final, no pudo hacer una cosa o la otra.

Si lo curaba, se traicionaba a sí mismo, si aceleraba su muerte, traicionaba a la Heraldo.

– Supongo que tu vida yace en manos del capricho del tiempo, niño.

Así como la mía desde que he despertado en este mundo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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