Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 14
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14: Si no los detenía, era culpable 14: Si no los detenía, era culpable La noche anterior habían llegado a la Encrucijada y se habían encontrado con la “afamada” sacerdotisa, quien les había asegurado que partiría hacia Refugio y se pondría en contacto con Leliana para facilitar un acercamiento con la Capilla.
Lo cierto era que a Elentari no le interesaba demasiado.
Sabía que debería ser una prioridad (o eso le habían dicho los shem), pero su corazón estaba partido.
Jamás había sido testigo de tanta crueldad en toda su vida.
Y lo peor era que todo esto acababa de comenzar.
Ella, que había anhelado la libertad entre los suyos, ahora que la saboreaba por vez primera solo encontraba un gusto amargo y podrido.
Eso la ponía triste.
Aquel niño adelgazado que había tomado en brazos acabó en manos del cabo Vale, la persona encargada de coordinar las operaciones de la Inquisición en la zona.
Había temido por la vida del pequeño durante todo el recorrido porque lo había sentido tan debilitado y desnutrido.
Había rogado a Mythal por misericordia, por protección, le había implorado con fervor a Falon’din para que no lo tomara…
pero luego se había preguntado si era correcto pedírselo a sus dioses, o si debería mirar el cielo partido y exigir al Hacedor una respuesta.
Ahora mismo, quería echarse a llorar y fingir que ésta no era su vida.
Dentro de una hora aproximadamente, amanecería.
Elentari lo sabía, puesto que había sido testigo de incontables amaneceres junto a los pasos armoniosos de su gente cuando migraban a sitios nuevos.
La temporada de siembra se acercaba en los campos de los alrededores.
Habían caído las primeras lluvias y la tierra estaba blanda.
Los pájaros habían empezado a construir sus nidos en los árboles, y sus ojos se concentraban en aquellos pequeños detalles esperanzadores para cargarse de la fortaleza que le exigiría este nuevo día.
Día a día, Elentari.
Día a día.
Tú puedes…
tú puedes con todo esto…
La Heraldo se encontraba muy afectada, anhelaba el abrazo apretado de Desh, la risa de su mejor amiga Idril y las persecuciones nocturnas con Thengal, cuando le enseñaba los secretos del sigilo.
Cada día le costaba más evocar esos recuerdos, el rostro de los suyos parecía lejano en algún rincón de su cabeza, y para llegar a ellos tenía que sacar recuerdos dolorosos.
Porque dolía ser consciente de lo que había perdido.
Mucho antes de la explosión en el Cónclave, pero no estaba lista para pensar en ello.
Dolía mucho, demasiado.
Ella había tenido una familia, amor, seguridad, y ahora estaba sola.
Debía aceptarlo de una vez por todas.
Tenía miedo de plantearse honestamente si alguna vez volvería con su clan…
porque esta guerra, toda esta locura, parecía ser capaz de devorarla.
Y aunque sobreviviera, ¿la aceptarían de regreso?
Entonces, se concentró en el rocío sobre la hierba que dejaba las hojas mojadas y empapadas en el suelo.
Era hermoso de ver, le daba ganas de rodar sobre éste y fingir que volvía a ser feliz bajo el amparo de los elfos…
sin las ataduras de la Capilla ni las exigencias que pesaban sobre su nombre.
Elentari bajó la vista y observó a las hormigas en el suelo acarreando comida hacia sus agujeritos.
Sonrió.
Era la naturaleza viva, la esperanza de un mañana.
Aunque a lo lejos…
una guerra entre dos facciones se gestaba…
Y esa misma guerra se gestaba también en su interior, entre el recuerdo pacífico de los suyos, aquello a lo que se aferraba con el afán de volver, y la muerte incesante de este caos y la marca verdosa en su palma.
¿Qué había sucedido?
No, ¿por qué?
¿Por qué a ella?
Su clan, el Clan Lavellan, se había caracterizado por intentar convivir en paz.
Deshanna siempre había impartido respeto hacia los foráneos y los propios, y aquello era lo que ella misma había mamado.
Para la elfa era extraño observar inactiva la indiferencia que le rodeaba en estos tiempos.
A lo mejor fue por ello por lo que cuando observó a lo lejos a una joven mujer tomar un machete con una mano débil para atacar la maleza de un campo, decidió acercarse.
Pudo notar que no lo estaba haciendo como correspondía, no era que ella lo hubiese hecho mejor en el pasado, de hecho, siempre la habían cuidado como si fuera de cristal, pero la dalishana había sido espectadora del trabajo en los campos incontables veces.
No porque los dalishanos contaran con el privilegio de ubicarse en un solo sitio, sino porque su clan mantenía buenas relaciones con algunas personas que les permitían acampar en las cercanías de sus campos en épocas de cosecha para facilitarles el comercio.
Cuando estuvo cerca de aquella mujer, notó la cautela que acató al relacionarse con ella.
En primer lugar, parecía que no podía dejar de mirar la vallaslin de Ghilan’nain, el sello de “salvaje” en el rostro de Elentari que los shemlen tanto temían.
Pero también notó las palmas de las manos desolladas, hinchadas y llenas de ampollas.
Aquello obligó a la Heraldo a arquear las cejas y desear curar sus heridas, aunque ya le habían advertido que los humanos temían demasiado a la magia y no debía usarla abiertamente.
De cualquier modo, ella era mediocre como maga sanadora, pero conocía los ingredientes de potentes ungüentos medicinales.
La campesina interrumpió sus pensamientos cuando dijo.
– Tú eres a quien llaman Heraldo.
Elentari consideró que aquella joven ni siquiera había alcanzado las veinte primaveras en su vida.
Asintió, pero respondió.
– Mi nombre es Elentari, mucho gusto.
La muchacha la observó en silencio y luego optó por hacer como si no existiera.
Ya había notado que durante los tiempos belicosos la gente parecía dejar de confiar y todos los forasteros se convertían en enemigos.
Especialmente una dalishana.
Torpemente, la shemlen agarró su herramienta y comenzó a dar golpes contra el tronco de un árbol para aprender a manejarla.
La actitud, por supuesto, no le agradó a la elfa.
Aquel árbol era víctima de la incompetencia tan solo por ignorancia.
– Oye, detente.
Puedo ayudarte.
– aseguró la Heraldo.
La mujer la miró con desconfianza.
Entonces ella extendió su mano y cuando obtuvo el machete le mostró cómo cortar la maleza.
Solo en ese momento fue consciente de lo dificultoso que en verdad resultaba, el peso era agobiante y sus manos tampoco estaban acostumbradas al trabajo de campo.
– ¡Por Mythal!
– susurró y rápidamente pensó que no era correcto mencionar a su diosa frente a adoradores de la sacerdotisa de quien ella supuestamente era heraldo.
Aunque, ¿los humanos realmente sabían quién era Mythal?
Lo más probable era que no.
– ¿Cómo haces este trabajo?
– preguntó a la mujer con una risa piadosa.
La shemlen pareció divertida y le sonrió también.
– ¿Habías venido a ayudar?
– Creo que he venido a molestarte.
– bromeó Elentari y la mujer rio.
Ambas se miraron con algo de complicidad, quizás esa confianza que podían tener dos mujeres desconocidas al intentar tender una mano amiga.
– Si quieres ayudarme, podrías pasar un ungüento y vendaje sobre mis manos.
¿Qué te parece?
– la Heraldo asintió con algo de entusiasmo y, justo en el instante que la jovencita sonreía, vio que prestó atención a su vallaslin y preguntó.
– ¿Es cierto que los dalishanos viajan todo el tiempo?
– Sí, no podemos quedarnos en un solo sitio.
– Suena…
extraño.
Pero bonito.
– ojos de la shemlen campesina brillaban con anhelo.
– Yo también quisiera conocer el mundo entero…
y viajar por todos lados.
– y entonces rio con soltura, eso arrancó una pequeña sonrisa en la elfa y se dio cuenta de que no tenía la menor idea de cómo era la vida de una mujer campesina entre humanos.
¿Sería grata?
No tenía forma de saberlo.
Lo que sí notaba, era que se sentía cómoda en esta conversación, y que (al parecer) se le daba mejor hablar con campesinos, personas poco importantes…
-Tú tienes raíces en la tierra.
Nosotros tenemos raíces en el camino.
– confesó la dalishana y la chica rio, una vez más.
– No es lo mismo, pero supongo que también será bonito, ¿verdad?
– Luego la vio agacharse y tomar la herramienta entre sus manos.
– Tienes toda la razón.
¡Oh!, bueno.
Espérame un segundo que iré a buscar las vendas y el ungüento…
me duelen las manos.
– lo dijo como si estuviera confesando un secreto bien guardado.
– ¿Me ayudarás?
– mostró sus manos y la Heraldo asintió, aunque esta vez sin ocultar la alegría en su rostro.
No pasó demasiado tiempo cuando la joven shem avanzó en dirección de su casita y un sonido a gritos y choques de espada invadió la naciente mañana.
El sol apenas apuntaba en la lejanía y un grupo de templarios ataviados en armadura pesada se cruzó por la parcela de tierra que se pretendía desmalezar.
Frente a éstos, dos magos rebeldes huían despavoridos.
O eso creyó la Heraldo hasta que notó que uno de los magos se lanzó contra sus enemigos para brindar el tiempo suficiente al otro mago quien, incapaz de considerar su alrededor, conjuró un hechizo.
No existió advertencia, ni piedad…
Solo el destello de una llama encendiéndose en la palma de un mago rebelde.
Elentari vio la bola de fuego surcar el aire en un instante que se sintió eterno, como si el mundo entero hubiera reducido su ritmo para que ella pudiera contemplar, impotente, el desastre que estaba a punto de ocurrir.
Y, entonces, el cruel impacto llegó demasiado rápido.
El fuego envolvió a la campesina en un abrazo ardiente.
El aire estalló con un sonido seco y voraz.
Un grito desgarró el alba, un sonido inhumano que se clavó en los huesos de Elentari, y fue entonces cuando lo sintió: El calor.
Una oleada abrasadora la golpeó como una bofetada, sofocante y espesa, robándole el aliento.
El olor fue peor.
Primero, un toque dulce y amargo a la vez, como la piel tostándose bajo el fuego.
Luego, el hedor nauseabundo de carne ardiendo, el tufo del cabello chamuscado, el perfume ácido de la desesperación.
La campesina se tambaleó, el machete resbaló de sus dedos ennegrecidos.
Sus gritos se volvieron jadeos, luego susurros.
Y entonces cayó.
Ya no se movió.
Pero el mundo también había dejado de tener movimiento.
Elentari tampoco se movía, solo miraba.
La piel de la mujer se retorcía y se oscurecía ante sus ojos, una pesadilla que no podía dejar de ver.
Porque aquella campesina no había sido ni un demonio, ni un enemigo.
No había sido soldado en el campo de batalla…
Era una chica que minutos atrás le había sonreído, con la esperanza simple de que alguien le vendara las manos…
no, ya no “era”…
había sido.
Posteriormente, los recuerdos de Elentari fueron vagas imágenes de soldados de la Inquisición y de la Encrucijada corriendo sobre los alborotadores, reconoció a sus compañeros también y escuchó a Cassandra discutir con Solas respecto a quiénes eran las verdaderas víctimas de esta situación y quiénes los culpables: ¿magos o templarios?
La respuesta, sin embargo, para la Heraldo era clara.
Las víctimas eran los inocentes, los desprotegidos, los campesinos, aquellos incapaces de sostener un armar y arrebatar vidas.
Y fue durante ese pensamiento que la elfa cayó en la cuenta de una realidad estremecedora: Ella también era una asesina.
No porque hubiera lanzado una bola de fuego.
No porque hubiera blandido un arma.
Sino porque era la Heraldo de Andraste.
Porque era la única con el poder de cerrar la Brecha.
Y aún no lo había hecho.
Y mientras este caos siguiera devorándolo todo, cada vida perdida pesaría sobre su alma.
Ella también era culpable.
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