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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 15

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15: ¿Ser guía?

15: ¿Ser guía?

La mañana había comenzado sombría.

Caminaron durante horas, guiados por la Heraldo, sin encontrar a nadie en los senderos ni en los pequeños pueblos por los que pasaron.

No había huellas frescas en la tierra.

Los únicos sonidos eran los de sus respiraciones y el crujido de sus pasos.

Ella no habló por iniciativa en todo el recorrido.

Respondía cuando se le dirigían la palabra, sí, pero no buscaba conversación.

Solas no podía culparla.

Aún tenía grabado en la mente el instante en que la explosión los había alertado… y cómo la había visto paralizarse frente a aquel paisaje grotesco.

Fue entonces cuando comprendió que la dalishana todavía era demasiado inocente para tanta crudeza.

Los golpes la moldearían (como habían moldeado a todos), y él solo podía desear que no fueran demasiado duros con ella.

No debería importarle, eso también lo sabía, pero creía que no se trataba de “preocuparse” por la muchacha, sino de ser capaz de ponerse en sus zapatos.

Podía imaginar exactamente cómo se sentía.

Él ya lo había experimentado.

A fuego.

Por eso la comprendía y, quizás también por ello, respetaba sus silencios y el dolor que la embargaba este día.

Incluso, se atrevería a apostar que la atravesaba una capa de pesar que la envolvía y tiraba de ella hacia el suelo.

Seguramente, deseaba llorar, detenerse, sentarse un rato al borde del sendero hasta que cesaran las lágrimas…

y luego volver a caminar.

También debía de sentirse desesperada.

La desesperación era lo primera que embargaba a los novatos.

Y era comprensible.

Había muchas emociones capaces de doblegar el espíritu de un líder que daba sus primeros pasos vacilantes.

Sobre todo cuando todos esperaban que cumpliera su papel con acierto desde el inicio, como si no fuera más que eso: un símbolo.

Aquellos a los que se debía proteger tendía a olvidar que también el líder era una persona, y no lo hacían por maldad, sino por necesidad.

La necesidad de creer en ese símbolo de esperanza.

No era fácil estar en su lugar.

Solas lo sabía demasiado bien.

También sabía que aquel era un camino que se recorría en soledad.

Uno aprendía a caminar justamente cuando ya no quedaban fuerzas; cuando creía que no podía dar un paso más… y aun así lo daba.

Y luego otro.

Y otro más.

Y en cada paso buscaba fortaleza, irónicamente, en las personas que creían en uno incluso más de lo que uno podía creer en sí mismo.

¿Cuándo se vencía a un líder?

Era una pregunta que se había hecho más veces de las que podía contar.

Y a veces se preguntaba si a él ya lo habían derrotado…

y simplemente no se había dado cuenta.

Por eso seguía… incluso aquí.

Incluso en Thedas.

Porque el Lobo Terrible ya no era un líder.

Era apenas la sombra viva del fracaso.

Por ello, no era capaz evitar recordar sus propios comienzos agobiantes al mirarla.

Y eso lo irritaba.

Toda esta situación lo arrastraba hacia el pasado, como una marea sucia que traía consigo dolores que había querido ahogar en aguas demasiado profundas.

Tanto, que temía dejarlos salir y ser, por fin, aniquilado bajo el peso insoportable de la culpa.

Porque aún recordaba…

…

Recordaba, por ejemplo, los pueblos arrasados por el fuego de la infame Andruil, cuando ella había caído rendida ante la locura.

Todavía podía ver los cadáveres de hombres, mujeres, niños y ancianos esparcidos como hojas tras una tormenta.

Y sobre todo…

los ojos.

Los ojos de aquellas víctimas que aún expresaban miedo, como si ni la muerte los hubiera librado de la guerra ni de la diosa a quien veneraban.

Y así había aprendido que, a veces, ni siquiera la muerte borra el miedo que se queda atrapado en los ojos apagados.

También recordaba los ríos.

Ríos tan llenos de sangre entre los siervos de Falon’din, que el agua había dejado de fluir bajo la densidad carmesí.

Y no era una metáfora.

Cada imagen estaba grabada con una literalidad brutal.

Había visto tanta sangre…

que había llegado a sentir repulsión por la magia de sangre.

Odiarla.

Sentir náuseas con solo evocarla.

Solas apretó el bastón con fuerza.

Porque ni esa repulsión…

…

lo había detenido cuando creó el Velo.

Había cientos de atrocidades que podía traer a la memoria si se lo permitía.

Pero no lo hacía.

Y lo peor de todo era que no lo hacía, no por prudencia…

sino por miedo.

Porque con aquellas memorias, afloraban las migrañas agobiantes.

Y le rompían la cabeza.

Él se rompía… y sí, ¡malditos fueran!, ya no se sentía fuerte como en el pasado.

Los años, evidentemente, iban agobiándolo bajo el peso.

El tiempo, finalmente, parecía capaz de doblegarlo.

Solas miró a Elentari y se preguntó cuántas bestialidades más la joven elfa podría atestiguar aún en este sendero que había empezado a recorrer, el sendero del liderazgo.

La trampa estaba allí.

Cuando se lo iniciaba, nadie advertía todo lo que traía oculto…

porque uno trazaba los primeros pasos con ideales y propósito.

Con valores e ilusión…

que, por el camino…

se resquebrajaban hasta convertirse en piedra inerte.

Anhelo sin vida.

Un aliento sin calor.

Y el sendero finalmente se volvía sombrío.

Tanto, que hasta él mismo había sido derrotado.

Dinan’shiral…

El camino de la muerte.

La crueldad, a veces, era misericordia hacia uno mismo.

Y entonces, cayó en la cuenta de que estaba apretando los puños, y que cada vez que recordaba aquellas escenas, aceleraba el paso, como si al hacerlo, pudiera escapar de su pasado.

Era tonto anhelarlo.

Porque Solas sabía que ya lo había atrapado.

El sendero del liderazgo era infame, tortuoso, y para pocos.

Esperaba que la Heraldo fuera capaz de recorrerlo.

Él no había podido.

Vaya que no.

La mirada azulina de Fen’Harel se elevó hacia los cielos y contempló la Brecha.

Sí, aquel testigo burlón de su fracaso.

Aquel agujero en su Velo, ese maldito Velo que él había puesto en su mundo, destrozándolo.

Su fracaso como líder.

Su intento por liberar a los oprimidos, a las víctimas, a los inocentes…

de los Evanuris.

Y entonces volvió a mirar a la Heraldo, la dalishana que impartía falsos relatos acerca de esos mismos enemigos que él había sentenciado y que ella continuaba adorando.

Las malditas ironías de la vida… Los cabellos oscuros de la mujer estaban trenzados y bailoteaban con cada uno de sus pasos.

Él suspiró, porque a pesar de que ella estaba totalmente equivocada con sus creencias, en el fondo de su ser, deseaba que fuera capaz de conocer un final diferente al suyo.

Porque su historia, esa sí que no se la deseaba a nadie.

Ni siquiera a Elgar’nan.

Solo él sabía cuánto había dolido y cuánto dolía aún…

la sentencia de cuánto le quedaba por soportar todavía.

Solas apretó la mandíbula y se obligó a respirar.

Porque a pesar de todo…

él era Fen’Harel, otro Evanuri.

Aquel que iba a destrozar su Velo y desencadenar el caos en este mundo…

En el final, el fracaso del liderazgo de la dalishana estaba sellado bajo la convicción del Lobo Terrible.

La pobre elfa parecía una persona con buenas intenciones…

lástima que se había topado con él en su camino.

Las ironías de la vida, ¿verdad?

Que se lo dijeran a él.

O a ella.

– No suele gustarme meterme en asuntos de magos, pero tengo que decírtelo.

– oyó la voz del enano a su lado y Solas, con lentitud, volvió la mirada hacia éste.

Por primera vez, agradeció al hijo de la Roca que lo hubiera arrebatado del remolino fatalista en el que había entrado.

Cuando nadaba en su mar de penas, solía hundirse hasta sentir que le faltaba el aire.

– Te has mantenido bastante callado últimamente respecto a nuestra Heraldo, Risitas.

Solas curvó sus labios en una media sonrisa, fingiendo ¿qué?

Alguna emoción que no sentía realmente.

Con voz medida, casi indiferente, le dijo.

– ¿Y qué es lo que debería decir, hijo de la Roca?

– No sé.

– el enano sacudió los hombros con desinterés.

– Quizás podrías mantener una charla con ella, de esas tan lógicas que se te dan tan bien.

O, ya sabes, algo más práctico.

Un par de consejos para la chica.

La mirada del elfo fue inescrutable, pero le prestó la atención debida.

– Ella no necesita de mis consejos.

– ¿Ah, no?

Porque desde aquí, te diré que se ve como alguien que está sosteniendo todo el peso del mundo sobre sus hombros.

Y tú…

tú podrías ayudarle a llevarlo.

– No me corresponde.

– ¿Y qué demonios te corresponde, entonces?

Porque hasta ahora solo has estado siguiéndola en silencio, observando desde la distancia, como si con eso la dejaras libre de alguna carga.

Pero yo veo que toda la carga sigue en recayendo en ella.

Solas no entendía por qué el enano se lo pedía a él.

¿Por qué no a Cassandra?

Animar a la Buscadora a tener una charla de mujeres poderosas, encargadas de salvar al mundo.

Y Varric pareció leer entre sus pensamientos porque dio una de sus carcajadas antes de aclarar.

– Ella te ve como uno de los suyos… Y, ¡eh!, antes de oírte negarlo, escúchame.

No seas un incordio.

– él se cruzó de brazos (con algo de dificultad por el bastón que cargaba), el enano volvió a reír.

– Sé que tú y ella no tienen nada que ver.

Que son como… mmh, uno seno de Andraste y el otro.

– Solas arqueó una ceja y no pudo evitar sonreír ante la elocuencia de su compañero.

– Creo que eso nos convertiría en algo muy cercano, ¿no crees?

– Claro, tienes razón.

He elegido mal la analogía.

Porque enterarte de que son de la misma especie a ti te aterraría, ¿verdad?

– Solas comprendió que lo había hecho adrede y puso los ojos en blanco.

Porque no eran lo mismo.

Él era elvhen, y ella… una elfa de estos tiempos.

Solo que el hijo de la Roca no lo sabía.

– Varric.

– susurró el elfo con un tono firme.

Se detuvo y el enano lo imitó.

– Lo que ella necesita es aprender por sí misma.

No a otro elfo.

El camino que le toca es uno muy solitario.

– Sí, eso no voy a negarlo.

– entonces el Varric se cruzó de brazos, sin inmutarse ante la respuesta esquiva de él.

– Pero, me preocupa que, quizás, el aprender por ella misma se traduzca en romperse.

Ya sabes, quebrarse, romper su esencia.

Y la chica tiene buen corazón, eso ni tú puedes negarlo.

Solas no fue capaz de responder de inmediato.

En su mente, la imagen de Elentari corriendo con el niño en brazos, negándose a rendirse, resurgió.

Su determinación le recordó, de pronto, a alguien…

a sí mismo, y sintió piedad.

Porque a él…

…

nadie le había ayudado.

A él le habían dejado correr, correr y correr, hasta enloquecer por el dolor de los muertos y la carga que se fue poniendo por cada vida arrebatada.

¿Dónde había quedado ese Solas algo inocente que había comenzado toda aquella revolución soñando con romper cadenas?

¿Había muerto?

¿Seguía en su interior?

Entonces, hizo una mueca de disgusto cuando la comparación con ella lo hizo sentir esa chispa…

extinta…

tanto tiempo atrás.

El Rebelde.

El indómito.

Fen’Harel.

¿Qué diría el joven Solas si se parara frente a esta versión deteriorada del presente y lo escuchara ser tan cínico?

Se avergonzaría.

El joven Solas nunca había sido capaz de mirar a otro lugar cuando alguien lo había necesitado.

Había sido aquella característica, precisamente, la que acabó por quebrarlo.

Porque él acudió a todos.

Pero nadie a él.

– No puedo decirle cómo recorrer este camino.

Así como nadie se lo había dicho a él, nadie podía decírselo a ella.

– No…

– dijo el enano y se acercó a Solas para darle una amistosa palmada en el brazo.

Acto seguido, sonrió con liviandad y agregó.

– Solo digo…

no está mal recordarle que no tiene que hacerlo sola.

A veces, eso es todo lo que alguien necesita oír.

No te digo que le digas cómo hacerlo, sino que estás a su lado.

Que no está sola.

Y con esas palabras, Varric retomó la marcha, dejando atrás al apóstata, sumido en sus pensamientos.

El mago miró el sitio donde el enano había apoyado su mano…

un pequeño gesto y, aún así, reconfortante, que provocó una traición de su cuerpo sobre sí mismo.

De golpe, como un látigo luminoso, el recuerdo de su viejo amigo Revas se abrió camino hasta su consciencia: “La Rebelión no es solo un acto de resistencia contra un tirano; es una afirmación de nuestra capacidad para elegir nuestro destino.” Quizás…

no había estado solo.

Quizás…

él no había aceptado ayuda.

Solas suspiró y luego llevó la mirada sobre la dalishana.

La pequeña espalda encorvada de la dalishana parecía cargar con algo más pesado que su destino… era el inicio de una historia en la que ella aún no sabía que era prisionera.

Pensó en las palabras de Varric…

pensó en Revas…

y en Felassan…

¿Era posible que un líder no estuviera solo?

¿Debía él acompañarla con su experiencia?

Pero si en el final…

…

entonces el elvhen volvió a mirar la gran Brecha…

En el final rompería su Velo, ¿acaso no sería cruel si la llenaba de esperanzas vanas?

Entonces, sacudió su cabeza…

El enano acababa de confundirlo…

¿Sería muy malo de su parte ayudarla?

¿Ser su guía?

Sus ojos se posaron sobre la mano izquierda de la mujer…

el Áncora, su poder…

el poder perdido de Fen’Harel…

ahora de ella.

Y volvió a caminar sin poder decidirse.

Volvió a seguir a la líder del grupo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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