Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 16
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- Capítulo 16 - 16 Un acto de resistencia en un mundo quebrado
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16: Un acto de resistencia en un mundo quebrado 16: Un acto de resistencia en un mundo quebrado Durante la noche, el grupo liderado por Elentari estaba retornando hacia el campamento de la Inquisición más próximo.
Este día había sido fatal para ella.
Habían dado con un grupo de mercenarios que habían ocupado una vieja fortaleza y los habían destrozado.
La dalishana había encontrado una satisfacción vaga en desparramar la sangre de sus adversarios y había comprendido que la venganza de poco le valía cuando estaba triste.
Lo peor de este día había sido que había pensado demasiado.
O, más bien, había tenido demasiado tiempo para hacerlo.
Sus únicos adversarios habían sido los mercenarios y el resto del tiempo había oído un silencio arrollador.
No le había gustado aquello.
Había decidido ignorar todos los pensamientos que le asaltaron, porque simplemente la ponían muy triste.
Y había comprendido, muy a su pesar, que cuanto más se resistía a pensar, las horas se volvían más largas.
Era horrible el modo en el que el tiempo se extendía para torturarla cuando anhelaba que el día pereciera… al igual que todas las víctimas a las que no había alcanzado a proteger.
Aun así, finalmente, había caído la noche.
Para estos momentos, el grupo ya caminaba muy lentamente.
Ella no les había permitido quitarse los restos de sangre en ningún lago y, a consecuencia, estaban bastante desmoralizados.
El hedor a sangre comenzaba a apestar.
Anotó mentalmente que la próxima vez no sería tan desconsiderada.
Que ella tuviera ánimos de muerte, no significaba que debía arrastrar a todos ellos al vacío.
A esto, debían sumarle que tropezaban por el hambre, el dolor de espalda y la fatiga.
Solas había considerado el esfuerzo de Cassandra, y para estos momentos, era él quien portaba el pesado escudo.
La guerrera, había dejado su cuerpo entero en la lucha contra los mercenarios y se la notaba algo renga en su andar.
Con una piedra pequeña se había doblado el tobillo y caído.
Era hora de volver a Refugio, Elentari lo sabía.
– Chicos…
gracias por el esfuerzo que ponen de ustedes cada día.
– susurró la elfa sin mirar a ninguno.
Le sentaba fatal ser la “líder”, pero bueno, ella era la marcada, ¿no?
– Es un placer, pequeña.
– oyó al enano.
Cassandra le sonrió, pero la fatiga no le permitió otra respuesta y si Solas hizo algún gesto, Elentari no lo vio.
Tampoco era que esperaba algo más de él.
El mago era muy reservado, pero eficiente.
Sabía darles apoyo durante las batallas.
El recorrido continuó sumido en silencio.
La Heraldo habría preferido oír los relatos de Varric, pero era evidente que el enano también se encontraba exhausto.
De pronto, ella alzó la mirada y a lo lejos vislumbró una casita precaria, solitaria.
Quizás allí encontrarían refugio mucho antes que en el campamento de la Inquisición.
Quizás una buena líder debía velar por el bienestar de su grupo y, dado que ya había fracasado estrepitosamente cuando les impidió darse un baño, ahora podría reivindicarse.
Sin mediar palabra, apretó el paso con la ilusión de encontrar algo de comida, un sitio para quitarse la mugre.
Algo.
Lo que fuera.
Lo que encontró fue peor…
A medida que Elentari se acercaba a la casita, pudo notar la figura de una persona apoyada contra una de las paredes del hogar, con la puerta abierta y, posiblemente, muerto.
Su corazón se estrujó y, lejos de evitarlo, corrió e ingresó al lugar para inspeccionar el cadáver.
Sin embargo, no se trataba de un muerto, mucho peor, era un anciano shemlen, tan pero tan viejito, que apenas se podía mover.
La maga iluminó la extremidad superior de su báculo, justo cuando sus compañeros llegaron y la guerrera cerró la puerta para evitar atraer atención indeseada del exterior.
El grupo pudo observar que el anciano tenía la cara tan arrugada que no parecía vivo, su piel brillaba y hablaba con lentitud.
Al hablar, las venas de la frente se hacían visibles a través de la piel.
– Todos se han marchado al enterarse de que los templarios venían hacia aquí.
Yo no puedo correr y me han dejado.
Nadie quería cargar conmigo y yo no quería ser una carga para ellos.
Solas, al lado de Elentari, apretó los puños, no solo por la injusticia, sino ante la incertidumbre sobre su líder.
¿Acaso la elfa cargaría también con este vejestorio?
– Lo lamento, anciano.
– intervino casi de inmediato el mago.
– ¿Hay algo que podamos hacer por usted antes de continuar nuestro camino?
La Heraldo lo miró rápidamente al comprender el sentido de sus palabras, y el apóstata la reprochó visiblemente cuando entrecerró sus ojos.
No, esta vez no iba a tolerar que cargaran con un hombre que posiblemente moriría en el próximo día.
– Oh, es que deben estar hambrientos.
– dijo el hombre con educación.
– Tengo unas patatas sobre la mesa y un poco de piel de nug.
Si quisieran, podrían cocinar algo para ustedes, y dejar algo para mí.
Solas sintió piedad, pero no había nada por hacer.
Solo asintió y miró a Cassandra.
La guerrera tomó el escudo que el mago había estado sosteniendo, dio un suspiro y miró a Varric.
– He visto un huerto no muy lejos de aquí.
Podríamos buscar algunas especias para darle sazón a un guiso y compartir la comida esta noche.
– el enano asintió.
Solas llevó una mano sobre su rostro y se restregó sangre seca (y maloliente).
Se sentía sucio (por decisión de la dalishana) y estaba bastante cansado.
La Heraldo, a su lado, no pudo ocultar su pesar y no miró a ninguno de sus compañeros.
Le otorgó a él el mando.
El mago asintió a la Buscadora y, junto al enano, partieron.
Cuando lo hicieron, Elentari se sentó sobre la vieja cama del hombre y guardó profundo silencio.
Solas vio cuando los labios de la mujer temblaron y desde los ojos resbalaron unas lágrimas que no pudo contener más.
Entonces, la notó dar un zarpazo rabioso por haber sido derrotada frente al dolor.
Sin embargo, las lágrimas no cedieron y de un instante al otro se transformaron en un sollozo silencioso que la avergonzó, pero que ya no pudo ocultar.
Él no intervino, el orgullo de la joven estaba herido, no iba a ponérselo más difícil.
Al contrario, le dio privacidad sentándose al lado del anciano, en el suelo y entablando una conversación con el objetivo de llenar el espacio con un sonido distinto al de aquellos lamentos.
– ¿Desea que lo acompañe hasta la cama?
¿Se siente cómodo?
– Hijo, este reino ha perdido el buen corazón.
– confesó el anciano.
El mago apóstata supo que el hombre era ciego, porque no se había percatado de que él era un elfo.
Suspiró sonoramente, golpeó suavemente la pared con la cabeza y plantó la vista sobre el viejo techo resquebrado.
– Las guerras suelen tener ese efecto, anciano.
– respondió Solas.
– Las personas pierden la confianza unas de otras.
– Y la educación.
– el elfo asintió.
– Así es, anciano.
Y la piedad, aparentemente, pensó.
Entonces se puso en pie y fue hacia la mesa a buscar las patatas que había mencionado el hombre.
– ¿Cómo se llama usted?
– preguntó solo por cortesía y para ahogar el sonido de las lágrimas de la Heraldo.
Rápidamente, comenzó a acomodar las cosas, para que los otros dos encontraran todo listo cuando llegaran a la vieja casa.
– No hay necesidad de saber mi nombre, hijo.
– confesó el anciano.
– Si un día cuentan este relato a alguien, refiéranse a mi como el anciano que ha sido abandonado.
– Eso es injusto.
– intervino Elentari con los ojos enrojecidos por las lágrimas.
Solas la miró, una vez más con reproche, pero a ella no le importó.
– ¿Por qué debería ser recordado de ese modo cuando usted es mucho más que eso?
¡Que ellos lo hayan abandonado no significa que usted deba abandonar su nombre!
El anciano sonrió con cariño.
– Niña, no viviré para ver el final de esta guerra.
Así que, para que tengan espacios en sus recuerdos para otras cosas, no les diré mi nombre.
Si sobreviven a la guerra, recuérdenme como el anciano que ha sido abandonado.
– Pero…
eso no es justo.
Usted…
– la Heraldo estuvo por quejarse una vez más, pero Solas se colocó delante de ella, dejó que su espalda le arrebata la visión directa del anciano y la tomó del brazo con delicadeza, acercándola a él.
– Heraldo, deja que la dignidad que él quiere mantener no se rompa.
– La joven dalishana se vio obligada a ponerse en pie y lo miró rabiosa, no tanto por su agarre, sino porque el apóstata estaba siendo testigo de sus lágrimas.
– No solo por él…
sino también por ti.
– hizo una pausa.
Los dos enfrentaron sus miradas desafiantes.
Ella era terca, pero Solas intentó explicarse, dejando de lado su propio fastidio para con ella.
– El peso de tus propios sentimientos no tiene que arrastrar la última chispa de su humanidad.
– le susurró tan bajo, que no creyó que aquel hombre lo hubiese oído.
Ella lo miró desilusionada, incapaz de comprender cómo Solas podía ser tan frío.
– Él comprende que sus días están contados, aun así, compartirlos al lado de personas que lo respetan es un tesoro que no todos obtienen durante tiempos de guerra.
Haz que esta noche, para él, sea digna.
– los labios de la elfa temblaron y desvió la mirada.
Unas nuevas lágrimas traicioneras mojaron sus mejillas.
No había nada por hacer.
Solas tenía razón y eso la rompía.
Pero dejó de enfrentarlo.
La tensión en el cuerpo de ella cedió.
No iba a insistir.
Él dio un suspiro y sintió que lo embargó el arrepentimiento por haber sido tan duro.
Quizás todavía podía arreglarlo.
– Heraldo, recuerda, que esto que estamos haciendo aquí…
es un acto de resistencia frente a un mundo que se ha roto.
Elentari se quitó el brazo del agarre del apóstata y asintió, tragándose las lágrimas.
Solas tenía razón, aunque doliese.
Ella iba a darle una noche digna a aquel anciano.
Entonces fue sobre la mesa, tomó las patatas y casi de inmediato se sentó al lado del hombre.
– ¿Le importa si pelo las patatas junto a usted?
– No, hija mía.
Agradezco la compañía.
– y la elfa se concentró en acompañarlo.
Solas sonrió sin que lo viera.
Poco tiempo después, Cassandra y Varric volvieron y se centraron en la tarea de organizar la cena.
El enano rápidamente los envolvió en un ambiente cálido, compartió historias que el anciano disfrutó para, luego, ser éste mismo quién compartió sabios consejos con el grupo de guerreros que le estaban haciendo compañía aquella noche.
Quizás su última noche.
El tiempo transcurrió y, finalmente, Elentari logró volver a sonreír a pesar del dolor.
Podía ver la felicidad en el anciano.
Y aunque a ella la rompía, valía más conservar la dignidad que al desconocido le quedaba.
Cuando el sueño pareció abrazar al grupo, se desparramaron en suelo para descansar (ninguno ocupó la cama, quizás por respeto al anciano que ya no era capaz de moverse).
Elentari se acercó a Solas y se acostó a su lado.
– Tenías razón…
– susurró.
Él no la miró y no dijo nada.
– Es difícil comprenderte para mí, pero he notado que, aunque, no consuelas, tampoco humillas…
y, quizás, eso vale mucho más que otros gestos.
Gracias por haberme frenado.
Una vez más, Solas guardó silencio, pero apoyó una mano compañera en el antebrazo de la Heraldo para que supiera que allí estaría, cuando lo necesitara.
Porque si bien él manejaba su propia agenda, esta joven mujer le estaba demostrando un espíritu extraordinario, y aquello despertaba en su interior ganas de aconsejarla, ser su guía…
y, muy a su pesar, tal como había mencionado el hijo de la Roca, algo en su interior quería ayudarla con el peso de la carga agobiante que sostenía.
Solas no se atrevía a involucrarse más de la cuenta, pero la dalishana parecía ser un reflejo de quién él mismo había sido…
y eso removía demasiadas cosas en su interior.
Por su parte, y tan solo durante un instante, ella creyó sentir ternura cuando él la tocó…
pero fue tan fugaz que no supo si lo había imaginado.
Finalmente, la liberó de su agarre y cerró los ojos.
No dormiría, porque era un somniari, pero visitaría el Más Allá y los viejos recuerdos.
– Descansa, Heraldo.
– Tú también.
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