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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 17

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17: Otra época.

Otro mundo II 17: Otra época.

Otro mundo II La mano sin guantelete se posó sobre el hombro de Solas y le hizo sentir su autoridad.

Un roce poderoso, intimidante, firme.

Elgar’nan era así, autoridad pura.

Después de todo, ese había sido su propósito cuando aún era un espíritu.

Había sido el primero de los Evanuris, y le encantaba recordar a todos que fue “aquel que despertó en los albores de los elfos”.

Solas, en cambio, era segundo de Mythal.

Había adoptado la forma física por solicitud de ella, lo que lo convertía en uno de los Evanuris jóvenes…

y el Rey no perdía oportunidad de recordárselo.

– Mi sabio Portavoz…

– habló con un tono grave y tronante, dejando entrever (como siempre) que consideraba a Solas como algo que le pertenecía.

– Ambos somos hombres intelectuales, ¿no es así?

– Por supuesto, majestad.

– Majestad Iluminada, Solas.

¿Cuántas veces tengo que recordarte que mi título abarca mucho más que un solo territorio?

Solas contrajo toda su musculatura y controló al máximo sus expresiones para no ofender al Rey, porque la realidad era muy distinta del palabrerío insistente de Elgar’nan.

En verdad, los elfos estaban esparcidos como cenizas al viento.

La Guardia de las Flores (el grupo de élite de Mythal) recorría incansablemente los territorios en busca de sobrevivientes para traerlos al Palacio Iluminado, donde ahora mismo se encontraban.

Precisamente, ese asunto era el que la tenía ocupada este día a la Reina de los Elfos.

Porque lejos estaban de ser un poderoso reino.

Elgar’nan no era el rey de vastos territorios.

Era el rey de grupos desesperados de elfos.

El Palacio Iluminado era una fortificación envidiable…

siempre que uno ignorara el precio con el que había sido levantado.

Había sido construido con el sudor y el sacrificio de los nacientes Evanuris, muchos de los cuales ya habían encontrado la muerte de sus formas físicas en los interminables enfrentamientos contra los titanes.

Y se sostenía, además, gracias al poder constante de los espíritus, que reforzaban sus cimientos con apoyo arcano en cada batalla para impedir que la estructura colapsara.

Un poder que era prestado.

Los espíritus se habían aliado a los elfos desde los primeros despertares, atraídos por la curiosidad.

Solas había sido uno de ellos.

Dotado de la antigua Sabiduría Ancestral, había ofrecido sus consejos a los primeros nacidos y los había impulsado a actuar con rectitud y benevolencia.

Pero con los años, todo había cambiado.

Para los elfos de estos tiempos, ya no era una virtud actuar con la intención de replicar propósitos nobles.

Solo deseaban sobrevivir.

Estaban demasiado arrasados por sus enemigos para aspirar a algo más.

Y las entidades espirituales, sensibles a las emociones y conductas de los despiertos, se veían afectadas por esa desesperación.

Muchos comenzaron a retirarse en busca de la restitución de sus propósitos.

Cada vez eran más los que abandonaban el apoyo prestado.

Y eso enfurecía al Rey…

Iluminado.

Ese era el motivo por el cual presionaba constantemente a Solas para “hacerlos entrar en razón”.

Solo él mantenía un diálogo honesto con los espíritus, y ellos respondían a su liderazgo con una lealtad que no otorgaban a ningún otro.

Eso Solas se lo había ganado a través de la cultivación de un vínculo honesto.

Y no tenía pensado cambiar.

– Es evidente que tu intelecto supera el mío, Majestad Iluminada.

Pido perdón por el error.

– susurró el Portavoz con fingida humildad.

Comunicarse entre Evanuris era siempre un desafío.

Al fin y al cabo, cada uno de ellos había sido un espíritu poderoso, y las emociones se leían con demasiada facilidad.

Elgar’nan no pocas veces había percibido la furia contenida de Solas cada vez que este debía ceder ante su autoridad real…

y aquella rebeldía silenciosa, a su vez, enfurecía al propio Elgar’nan.

Pero el Portavoz era un agente necesario del éxito del Rey, por ello lo toleraba.

– Tu sabiduría, Portavoz, es un don admirable…

– retomó la conversación el Rey Iluminado.

Su tono fue pausado, arrogante e intentaba ser intimidatorio.

Poco intimidaba a Solas.

– Sin embargo, como hombres de intelecto tú y yo, somos conscientes de que se trata de un don inactivo.

¿No estás de acuerdo?

– No lo estoy, Majestad Iluminada.

Elgar’nan dejó escapar una risotada seca.

Luego se giró (sin duda para que Solas no pudiera leer sus emociones) y tomó asiento en su trono.

El asiento real era una obra de belleza imponente, esculpido a partir de un bloque gigantesco de Diamante del Alba y decorado con delicados trazos de Oro Radiante.

Materiales exóticos en Elvhenan y que, según Solas sospechaba, tenían un valor especial para la propia anatomía de los Pilares de la Tierra.

En sus análisis privados, Solas había llegado a creer que el Oro Radiante era un metal líquido que emergía durante el crecimiento de las montañas, algo ligado al renacer de la superficie misma.

Por eso, para los enemigos del Pueblo, les resultaba un insulto que el Rey de los Elfos se sentara sobre algo tan “sagrado” para ellos.

– Bueno, pues Mythal y yo sí que lo estamos.

– aseguró y extendió su mano para que, como súbdito del rey, besara su anillo.

Esta vez, Solas no fue capaz de ocultar su furia y eso arrancó otra risita de Elgar’nan.

– Mi querido Solas…

– descendió la mano, acomodó mejor la Roca y volvió a extenderla.

El Portavoz dio un paso al frente, tomó la mano de su Rey y besó el material.

– No nos encontramos en una época de contemplación, ¿no lo crees?

Estamos en guerra.

Es una época de deber.

– Solas dio un paso hacia atrás y continuó de pie, oyéndolo.

– Tú tienes la llave para silenciar a nuestros enemigos y, sin embargo, te niegas a empuñarla.

¿Por qué?

– Elgar’nan – su voz fue apenas una brisa en comparación con el viento que arremolinaba en su interior.

– No te negaré que la retirada de los titanes es temporal.

Lo sabemos todos, pero ¿crees de verdad que la única forma de vencerlos es arrastrando al Más Allá a una carnicería aún mayor?

– No sé si será la única forma de vencerlos, pero es la única que se me ocurre.

– entonces le clavó la mirada, pero esta vez de forma implacable.

Solas comprendió que el Rey estaba realmente furioso por su negativa constante a trabajar con espíritus más caóticos.

– Y tú me la niegas.

– El costo es alto – respondió Solas, apretando el Cetro del Lobo, símbolo de su rango como Portavoz.

– Corromper la esencia de un espíritu para obligarlo a hacer lo que no quiere es horrible…

Yo soy su voz.

Su guía.

No voy a pedirles nada que vaya contra su naturaleza espiritual.

– No, Portavoz.

Tú eres su pastor, no su igual.

¿Acaso los pastores consultan a las ovejas sobre a dónde deben ir?

¿O las guían hacia el pasto que necesitan?

Eres la mente más brillante que tiene nuestro Pueblo.

Y sin embargo, te comportas como el espíritu más pusilánime que jamás haya caminado bajo nuestros cielos.

– Solas apretó los dientes.

Elgar’nan apretó los puños.

– Yo soy la autoridad entre los elfos…

Dime, ¿por qué me sigues negando mis exigencias?

– La autoridad sin moral es tiranía.

– siseó el Portavoz.

El silencio se apoderó del recinto.

– La moral sin victoria es extinción.

Mira a tu alrededor, Solas.

—El Rey extendió una mano limpia y firme sobre la Sala de Audiencias Reales.

Los presentes contenían el aliento mientras aquellos dos se enfrentaban en un peligroso duelo de palabras.

– Lo que veo en cada batalla son los campos de tu Sabiduría Contemplativa.

– dejó que el silencio ocupara la sala para madurar su punto.

– Pueblos arrasados por el capricho de nuestros enemigos, porque tú prefieres contemplar.

– Oh, ya entendía dónde quería llegar.

Quería hacerlo parecer el culpable del desastre.

– El dolor que sientes por la disolución de tus espíritus, ¿es mayor entonces que el dolor que siente la madre elfa al ver a sus hijos hechos ceniza?

– Solas volvió a apretar los dientes.

– Dime, ¿acaso eso es lo que debo decir a los nuestros?

¿Tus preferencias sobre ellos?

Solas no respondió.

Cualquier cosa que dijera Elgar’nan la usaría en su contra.

– Tú crees que la guerra se gana con justicia, Solas.

Yo te digo que se gana con intimidación y miedo.

Necesito que dejes de lado a tu coro de Lealtad y Valor.

Necesito a esos espíritus que tú desestimas: Ira, Venganza, Caos, Terror.

Los llamaré, los usaré para mostrar a los titanes que la guerra con nosotros es un acto de locura.

Yo seré la Autoridad que se necesita en tiempos aciagos.

Tú solo debes asegurarte de que tu rebaño de Virtudes no se corrompa por mis órdenes.

Solas quiso reír.

Era imposible no corromper nada con su tiranía.

Sin embargo, guardó silencio.

Elgar’nan no le estaba pidiendo que se corrompiera él o los suyos; le estaba pidiendo que tolerara su corrupción en nombre de la supervivencia.

Le estaba dando una excusa de autoridad delegada para hacer lo que Mythal ya le había insinuado.

Elgar’nan no lo sabía, pero existía otra opción que no involucraba a los espíritus…

Pero era horrible.

Crear aquel arma era algo horrible.

– ¿Acaso no es más fácil para ti, Portavoz?

– continuó Elgar’nan, bajando su voz a un tono casi persuasivo.

– Tú nos guías con la Sabiduría, yo con la Autoridad.

En tiempos de paz, hasta podrías estar en desacuerdo.

Pero en tiempos de guerra, la Autoridad es el único propósito puro que mantiene unido a un ejército.

Crees en Mythal, ¿verdad?

– Solas asintió.

– Ella cree en mí, tú también debes hacerlo.

– Hizo una pausa que se prolongó más de lo esperado.

– Haz tu parte.

– lo último fue una amenaza directa.

Solas apretó el Cetro del Lobo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.

– Por supuesto, Majestad Iluminada.

Hablaré con mis hermanos espirituales.

– No, Portavoz.

No hablarás solamente.

Los convertiremos en las herramientas que hoy necesita nuestro Pueblo.

– replicó Elgar’nan, y esta vez hubo una burla evidente en su voz.

– Y no te preocupes, el pueblo recordará que yo, el Rey Iluminado, fui el que se ensució las manos.

Tu nombre seguirá impoluto…

– No se trata de culpas, Majestad Iluminada.

Sino de realizar el acto más honorable que podemos otorgar a los nuestros.

Estamos construyendo un reino, que se construya sobre cimientos que nos enorgullezcan.

– Se trata de lo que tu Rey diga, Solas.

No de lo que tú opines.

– Ambos guardaron silencio.

– Ahora, vete.

Reflexiona…

contempla mis últimas palabras.

Solas se inclinó y se giró furioso al resto de los convocados al comité de guerra.

No miró a ninguno.

No le interesaba deducir cuáles eran sus posturas.

Avanzó con paso firme, preguntándose si salvaría a los espíritus de la corrupción o si, simplemente, les entregaría el permiso para su destrucción futura.

Pero algo en su interior no podía dejar de repetírselo:  Tenía otra opción.

Había otra opción…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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