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Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Sin diálogo para la fe
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18: Sin diálogo para la fe 18: Sin diálogo para la fe Pueblo de Refugio, Reino de Ferelden, 9:41 del Dragón Cuando el grupo de aventureros arribó al interior del pueblo de Refugio, fueron testigos de una revuelta entre los refugiados.

Elentari enarcó las cejas y observó a Cassandra, la guerrera cuya presencia constante ya se había convertido en un escudo protector para la Heraldo.

La Buscadora, por su parte gesticuló con sutileza, dando a entender que no tenía idea de qué era lo que estaba aconteciendo.

Por ello, empapados en sangre seca, fatigados y adoloridos, el grupo corrió con pasos decididos hasta las grandes puertas de la Capilla, las cuáles se encontraban cerradas y con un buen grupo de revoltosos, entre magos y templarios, enfrentadas ambas facciones.

– ¡Los tuyos mataron a Su Más Sagrada!

– gritaba un soldado ataviado con una desgastada armadura templaria.

– ¡Mentiras!

– cuestionaba un hombre portador de túnica y que sostenía un bastón.

– ¡Los tuyos la dejaron morir!

¿Acaso no servían para protegerla?

– ¡Cierra la boca, mago repugnante!

– fue la respuesta del templario, quien rápidamente desenvainó su espada, dispuesto a cortar en pedazos al otro.

Elentari sintió que los vellos de su cuerpo se erizaban al ser testigo de la facilidad con la que aquellos recurrían a la violencia por un simple desacuerdo.

Sin embargo, antes de entrometerse con el fin de detenerlos, Cullen se le adelantó y se colocó entre medio, separándolos de un empujón bravo y con una determinación incuestionable en su mirada afilada.

– ¡Basta!

– Caballero capitán…

– susurró el templario y depuso su arma.

– ¡Ese no es mi título!

– corrigió muy molesto el shemlen rubio.

– Ya no somos templarios.

Ahora, todos somos parte de la Inquisición.

¡Todos!

¡Magos y templarios!

– Y quisiera saber cómo lo harán…

– la voz que salió entre el gentío del bando templario sonó cínica.

Se trataba del canciller Roderick, un miembro de la Capilla.

– Siento curiosidad, comandante, ¿cómo piensa cumplir con su promesa y restaurar el orden su Inquisición y su “Heraldo”?

Elentari sintió que debía intervenir, ponerse del lado del comandante de sus fuerzas, pero cuando dio un paso decidido hacia el frente, una garra la tomó por el antebrazo, deteniéndola.

Se giró molesta a su captor y se encontró con el apóstata que llevaba la mirada clavada en el conflicto y una expresión alarmada.

Le dedicó solo un segundo a mirarla y negó levemente con un movimiento de cabeza.

Por algún motivo, Solas no consideraba conveniente su intervención y, a pesar de que ella se sentía responsable del alboroto, comenzaba a confiar en el punto de vista de aquel elfo y, con un suspiro, dejó que la sostuviera y se mantuviese tan cerca de ella como si quisiera brindarle su protección.

Solas sostuvo a la “Heraldo” de Andraste porque conocía demasiado bien los beneficios (y los peligros) que la idolatría confería a las figuras de autoridad dentro de cualquier religión.

En su mundo, él no solo había sido Fen’Harel para su pueblo, había terminado convertido en un dios, muy a su pesar y pese a sus incansables intentos por explicar que las deidades no eran más que una mentira útil.

La fe en el dios de la Rebelión había persistido más allá de toda prueba, más allá incluso de la verdad que él había ofrecido.

Durante siglos, Solas había sido comandante de ejércitos, rey de vastas tierras, Evanuri… y, finalmente, una deidad.

Y la elfa que ahora sostenía comenzaba a rodearse, sin saberlo, de los mismos relatos grandiosos, ambiguos y peligrosos que él conocía demasiado bien.

Su figura exótica, su procedencia, su marca… todo podía derivar en tintes de divinidad ante los ojos equivocados.

Y eso era una amenaza en un entorno de fanáticos religiosos que la veían no como un milagro sino como un insulto viviente a sus creencias, incapaces de reconocer la grandeza que él empezaba a detectar en el espíritu de la joven dalishana.

Por eso… y por un impulso que no se permitió analizar del todo, cuando Solas notó que la Heraldo estaba a punto de intervenir, se vio obligado a detenerla, pese a su profunda convicción en el libre albedrío.

Se repitió que lo hacía porque Elentari no comprendía todavía que su intervención habría desatado el caos.

Aquellos templarios no solo creían en un dios cuyo rostro ella desafiaba; también la veían como la encarnación de todo aquello que temían y despreciaban del andrastinismo: una maga, y para colmo, una que no había sido educada en un Círculo.

Sin embargo, cuando percibió la mirada que ella le dedicó (y la confianza casi inmediata que depositó en él) Solas se incomodó.

No solo porque días antes ella lo había enfrentado, sino porque la Heraldo había dado un paso hacia él, buscándolo como resguardo.

No quiso analizar el motivo.

Pero se conocía lo suficiente como para reconocer, en lo más hondo, que aquel voto de confianza había despertado en su interior un deseo naciente de protegerla.

Y Solas, cuando protegía, a veces era incapaz de ver los límites.

Fue Cullen el que se encargó de tranquilizar a las masas y devolverlas a su sitio.

El hombre inspiraba lealtad y respeto, incluso entre los magos, y esa era una característica poderosa en el comandante.

Cuando la revuelta estuvo sublevada, Solas notó que Cullen y aquel hermano de la Capilla permanecieron uno frente al otro discutiendo, mientras que Cassandra se adelantó y se sumó.

Ahora que los aires se habían calmado, era factible que la Heraldo se acercara a aquellos sin peligro.

– Heraldo, por favor, sé más prudente cuando se trata de sublevaciones, ¿de acuerdo?

– intentó decírselo con tono autoritario, sin embargo, su voz salió casi susurrada.

Ella volvió a mirarlo y aquellos ojos tan expresivos parecían mostrar gratitud por su preocupación.

Él decidió soltarla y mantenerse al margen.

Se recordó a sí mismo lo que había dicho a Varric anteriormente, que ella no requería de su consejo y que su camino era en solitario.

No con él.

– ¿Por qué?

– la elfa se dio la vuelta y lo enfrentó.

La actitud de su postura dejaba en claro que Solas acababa de ganarse toda su atención, Elentari ni siquiera parecía interesada en la discusión que se gestaba frente a ellos.

– ¿Qué hubiera pasado si me entrometía, Solas?

– Las religiones afirman que las leyes del mundo que gobiernan son ordenadas por una autoridad absoluta y suprema…

– El Hacedor…

– ella murmuró y Solas asintió.

– Así es.

El Hacedor, en el credo andrastino difundido por la Capilla, funciona como un punto fijo, una fuente de autoridad incuestionable.

Y tú… tú representas una amenaza a esa estructura.

– No solo yo, la Inquisición.

– Exacto.

Además, te consideran la Heraldo de su profetisa… y la Inquisición, como organización naciente encargada de devolver orden al caos, no posee aún el poder suficiente para actuar como escudo frente a lo que tú representas para los creyentes.

– Solas hizo una pausa.

– Por eso, es peligroso que te involucres abiertamente en disputas cuando hay fanáticos religiosos discutiendo verdades aparentes que, en última instancia, ni siquiera responden a realidades objetivas, porque su fundamento es la fe, no la evidencia.

La mujer guardó silencio sopesando sus palabras.

Él se limitó a observarla, mientras en el interior de su mente se recordaba a sí mismo que acababa de decir que no debía entrometerse y era precisamente lo que estaba haciendo: estaba confesando realidades que solo él conocía, debido a su propia condición de elvhen.

– Debo tomar en serio nuestra visita a Val Royeaux para reunirme con las sacerdotisas…

– susurró la Heraldo, comprendiendo la profundidad de lo que él acababa de decirle.

– Efectivamente.

Tan solo recuerda que cuando las leyes se atribuyen al cielo, cualquier disenso se convierte en herejía.

No hay diálogo posible con la fe, solo obediencia…

o rebelión.

– y, para su sorpresa, ella volvió a dirigirle su mirada atenta.

Fue solo un segundo, pero aquellos ojos amarillos parecieron brillar luego de oírle decir aquello, Solas sintió curiosidad y deseó poder ingresar en el interior de sus pensamientos y comprender el motivo de aquel brillo.

Se miraron fijamente…

y el tiempo transcurrió, aunque pareció detenerse.

Entonces, ella le sonrió con calidez.

– Gracias, Solas.

Tus consejos siempre me invitan a la reflexión.

– ahora fue ella quien apoyó una mano sobre su brazo, pero, a diferencia del agarre del apóstata, Elentari le regaló una suave caricia que provocó el recorrido sutil de electricidad en su cuerpo.

Él no le quitó la mirada de encima, simulando control absoluto frente a la mujer…

pero, ¿por qué su piel acababa de reaccionar de aquel modo al contacto con ella?

¿Algo en relación con el vínculo ancestral de su Áncora, quizás?

– Me alegra haber sido de ayuda, Heraldo.

Cuando la dalishana le dio la espalda y se dirigió hacia el comandante, Varric se acercó al elfo y lo miró con una media sonrisa.

Solas desvió la mirada hacia el enano y se sintió muy molesto al ser consciente de que aquel había sido testigo de la conversación con la elfa.

Sin embargo, fiel a su capacidad de autocontrol, disimuló por completo cualquier prueba de desconcierto y enfrentó a Varric con su mirada implacable.

– Hijo de la Roca…

– Excelente, Risitas.

Tu consejo ha sido muy acertado.

Has evitado que la pequeña cometa un error y desencadene un disturbio.

Y con aquella media sonrisa algo burlona, el enano se alejó con aires divertidos.

Solas lo contempló en silencio y comprendió que, a su pesar, había seguido el consejo del enano.

Acababa de involucrarse, cuando no debería hacerlo…

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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