Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 19
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19: Golpea sin piedad.
Luego, envaina la espada 19: Golpea sin piedad.
Luego, envaina la espada Elentari había pasado el resto del día metiendo las narices en temas religiosos y dándose cuenta de que, cuanto más lo hacía, más evidente se volvía que, en realidad, eran más bien asuntos político-religiosos.
Y de los que ella conocía muy poco.
Durante toda la jornada, había pensado en el mago apóstata, preguntándose cómo habría abordado él cada situación y qué habría hecho al respecto.
Por supuesto, era consciente de que no lo conocía realmente y que cualquier conclusión a la que hubiese llegado no era más que el reflejo de la admiración que le provocaba, pero había resultado dificultoso no pensar en él.
Lo veía tan seguro de sí mismo, sin necesidad de demostrar su valía ante los demás, como si supiera, sin un atisbo de duda, que era indispensable en medio de toda esta locura.
Y para ella comenzaba a serlo…
Solas no lo sabía cosas, sino que su forma de pensar le daba una sensación de seguridad serena que ella había perdido.
Carecía de palabras adecuadas para explicarlo, pero durante mucho tiempo, y no solo ahora, ella se había sentido como “sapo de otro pozo” en diferentes aspectos de fe…
Nunca había podido expresarlos con otro elfo, puesto que las pocas veces que había intentado mencionar sus dudas Deshanna le había explicado que era normal sentirse así y que lo llamativo hubiera sido que no las tuviera.
“¿Por qué nuestros dioses ya no nos hablan?”, recordaba haber preguntado a su madre, años atrás, cuando Deshanna le había contado acerca de Shartan y la cruzada junto a Andraste.
“Porque Fen’Harel los apresó en el Más Allá, mi niña.” Entonces ella había hecho una mueca producto de la confusión.
Si los Creadores eran los dioses más poderosos del panteón élfico, ¿por qué el dios de la traición y del engaño era más poderoso que todos ellos?
¿Cómo era posible que un solo dios silenciara al resto?
¿Acaso, no era factible que, quizás, los Creadores le hubiesen dado la espalda también a ellos, así como se decía del Hacedor con los shemlen?
¿O debía aceptar, sin cuestionamiento, que era solo por culpa del Lobo Terrible?
Recordó la sonrisa tierna de su madre y la caricia que acompañó.
Recordó cuando Deshanna rozó la piel de su mejilla y con una voz maternal, dijo: “No son dudas las que tienes, mi niña, estos son los momentos en los que creces mucho más y tus creencias se fortalecen.
Nuestros dioses nos piden que pongamos el destino de El Pueblo en sus manos y dejemos que ellos obren en nosotros.
Tú, pon tu fe en ellos y verás cómo tus dudas se aclaran.” Pero ¿cómo?
¿¡cómo!?
Deshanna nunca se lo había dicho…
Por eso admiraba a Solas…
A ella le hubiera gustado poder sentirse así.
Muy por el contrario, se sentía tan…
insuficiente.
Nunca lograba hacer las cosas bien.
Para sumar conflicto a este día, Elentari había conocido a la madre Giselle.
Y, al parecer, la obligación que recaía sobre la elfa, así como a la floreciente Inquisición, era cerrar la Brecha, claro, pero también obtener el apoyo de la próxima Divina.
La Heraldo, por supuesto, no era andrastina y poco conocía acerca del credo shemlen, por eso, había dedicado bastante tiempo a instruirse en el tema y había intercambiado ideas no pocas veces con Cassandra y Leliana.
Ahora entendía bastantes conceptos de la religión de los shem.
A diferencia del andrastinismo, Elentari no creía en la fuerza de un solo dios, sino en un mundo controlado por un grupo de poderosas divinidades élficas, a quiénes podían invocar a través de la devoción y el sacrificio a cambio de protección.
Sus creencias no necesariamente inhabilitaban la existencia de otros dioses, para ella, bien podía existir ese Hacedor o Andraste, pero simplemente no le interesaba.
La madre Giselle le había dicho que la Inquisición original se había formado después de la Primera Ruina.
Por aquellos tiempos, los inquisidores habían sido cazadores, fanáticos que habían perseguido y asesinado a sectarios y magos peligrosos.
Sin embargo, cuando Andraste se había alzado en poder, la Inquisición le había servido y comenzaron a propagar el Cantar de la Luz por la fuerza.
Exacto, la madre Giselle le había advertido que lo habían hecho por la fuerza y aquello había revuelto el estómago de Elentari.
¿Eso implicaba que ella representaba una organización que había silenciado a través de la violencia a sus opositores?
Probablemente…
– Pero, no entiendo una cosa, madre Giselle…
– susurró la Heraldo de Andraste a su lado.
– ¿El Cantar de la Luz entonces se encuentra en posesión del mensaje del único dios de Thedas y debe ser compartido en cada rincón de la tierra?
¿No hay lugar para otros dioses?
– Notó cuando la religiosa movió con incomodidad un pie, fue un gesto sutil casi borrado por la falda de la larga túnica, pero la dalishana fue capaz de considerarlo.
Casi curvó sus labios por orgullo propio cuando se vio a sí misma poniendo atención en pequeños detalles que antes, posiblemente, los hubiera pasado por alto.
Y aquel gesto ahora le decía mucho…
era incomodidad, porque ella era dalishana y porque de eso se trataba todo el conflicto ríspido en la historia de elfos contra humanos…
El silencio se escurrió entre Elentari y la madre Giselle.
El interior de la capilla retozaba en murmullos ajenos que iban y venían y hacía eco entre las altas paredes de la edificación.
Leliana estaba a su lado, se había unido a la conversación casi cuando había iniciado y la elfa se había enterado de que su maestra espía era, además, hermana de la Capilla.
– Siempre ha habido un abismo entre las teorías teológicas y las realidades históricas, Elentari.
– sonó con calidez la voz de Leliana.
La elfa la miró y notó cada expresión de la maestra espía.
Eran gentiles, cariñosas y para nada intimidantes.
Una máscara…
Elentari lo supo casi de inmediato, puesto que recordaba perfectamente la dureza no solo en el tono, sino en las palabras que a veces oía en Leliana cuando se dirigía a sus agentes.
La mujer solía ser implacable, y aquí estaba jugando al corderito indefenso.
– Pareciera ser que el poder supremo del cosmos es demasiado distante y ajeno para nuestras necesidades mundanas.
– continuó la maestra espía.
– El Cantar de la Luz comparte con nosotros las palabras del Hacedor…
pero ¿hemos de fingir que no somos conscientes de los versos disonantes que deliberadamente han sido prohibidos del Cantar en beneficio de la Capilla y la expansión de sus enseñanzas?
– ¡Hermana Leliana!
– susurró la religiosa a su lado, pero la maestra espía no se inmutó.
– El Hacedor es el único dios supremo, pero ama a humanos y a elfos por igual.
– entonces giró su rostro y volvió a posarse sobre Elentari, sonrió con calidez, una vez más.
– Tu pueblo es tanto nuestro como de ustedes.
A Sus ojos, somos hermanos.
Como Andraste y Shartan lo fueron.
Elentari guardó silencio, pero no le gustaron las palabras de Leliana.
Habían intentado ser condescendientes, pero habían resultado insultantes.
Los andrastinos siempre habían sido mucho más fanáticos y misioneros que los dalishanos.
Las creencias de los elfos libres reconocían la legitimidad de otras creencias y, además, consideraba que sus dioses no contenían el poder supremo del cosmos ni compartían con El Pueblo toda la verdad de la Creación (después de todo, ahora eran dioses silenciosos).
Pero los andrastinos creían exactamente lo contrario…
“que el Hacedor era el único dios Supremo”, y desde sus inicios habían desacreditado al resto de creencias…
habían intentado fortalecer su poder exterminando con violencia toda competencia, y eso era algo que el pueblo de la dalishana sabía perfectamente.
Antiguamente, el pueblo de los elfos se liberó del yugo del Imperio de Tevinter junto a Andraste, también esclavizada.
Cuando la mujer se levantó contra el imperio, los elfos se levantaron a su lado.
Juntos, elfos y shemlen lucharon por la libertad.
Y, como recompensa justa, Andraste prometió al pueblo élfico una nueva tierra: los Valles.
El antiguo pueblo de los elfos llegó desde los confines de Tevinter para tomar posesión de esa nueva tierra, cruzando océanos, desiertos y montañas.
Su ciudad, la primera urbe élfica desde la mítica Arlathan, la llamaron Halamshiral.
En esas tierras, se prometieron que ningún humano volvería a pisarlos e invocaron a sus verdaderos dioses.
Los dioses de la Creación del panteón élfico.
Y fueron libres.
Fueron libres durante tres siglos, hasta que la nueva Capilla andrastina quiso mover sus fronteras y los atacaron.
La “Segunda Marcha Gloriosa” la llamaron, una masacre hacia los elfos…
una deshonra a la promesa que la profetisa Andraste había dado al pueblo de Elentari.
Y lo peor fue que marcharon en el nombre de aquella mujer que había sido una aliada; levantaron armas contra aquellos que habían sido hermanos de la profetisa a quién los shemlen adoraban.
Y cuando los elfos se negaron al sometimiento y reclamaron lo que les correspondía por derecho, nada más y nada menos que sus tierras…
Los humanos se enojaron.
Y los destruyeron.
En nombre de Andraste, quemaron Halamshiral y olvidaron que, mucho tiempo atrás, los seguidores de la profetisa y los elfos habían marchado juntos.
Olvidaron que Andraste había llamado a Shartan “hermano.” Y ahora…
ella era llamada “Heraldo de Andraste” …
ahora, al parecer, una elfa dalishana era mensajera de la profesita del Hacedor…
¿cómo era posible?
¿Por qué?
Elentari no dijo nada.
No fue capaz de abrir la boca.
Solo se limitó a mirar su palma izquierda, aquella en la que el poder del dios shemlen residía…
La que rompió con el prolongando silencio, fue, la madre Giselle: – Muchos creen que el Cantar de la Luz solo debe ser entonado por humanos – comenzó diciendo, Elentari la miró, pero continuó en silencio.
– Pero lo cierto es que estos conocimientos deberían abrirse a todos aquellos que deseen conocer acerca de Él.
– el tono de voz de la religiosa era apacible y contenido.
Invitaba a la reflexión pacífica.
– Ya sabes que nosotros creemos que fue el Hacedor quién nos creó y que fue el pecado de la humanidad el que hizo que nos diera la espalda.
Sin embargo, con la bendición de Andraste, el Hacedor perdonará a la humanidad cuando el Cantar de la Luz se entone desde todos los rincones del mundo.
A Elentari no se le pasó por alto que la mujer había mencionado que solo salvaría a la “humanidad”, pero prefirió no remarcarlo.
– Debe ser…
difícil seguir el Cantar de la Luz sabiendo cómo se propagó.
– comentó con ironía, sin embargo.
– Eso es más que cierto, Heraldo.
– aseguró la anciana.
– Siempre he creído que el Hacedor quiere que prediquemos con el ejemplo, no con la violencia.
Elentari hizo una mueca de disgusto.
Si el Hacedor quería que se predicara con el ejemplo, no con la violencia, ¿cómo era posible que sus seguidores entendieran acerca del Cantar exactamente lo contrario?
¿Acaso no cabía posibilidad de que, en efecto, los andrastinos entendieran exactamente lo que la Capilla les venía enseñando desde su creación?
Una doctrina enfocada en destruir opositores, culturas hermanas como la élfica, para convertir a la gente por la fuerza…
La Inquisición original parecía ser un ejemplo palpitante de ello…
– ¿Y por qué somos la “nueva” Inquisición?
Ese es un capítulo oscuro de la historia para traerlo sobre nosotros en estos momentos…
– Elentari, esta vez, se giró hacia Leliana.
– Fue una decisión poco popular de Su Perfección Justinia.
– aseguró la pelirroja.
– En los tiempos que se formó la primera Inquisición no existían los círculos y con ello, se justificaron actos aberrantes…
y que no deberían haber encontrado justificación alguna.
Sin embargo, la Inquisición fue creada bajo un propósito, uno que cumplió…
– Fueron tiempos que nosotras no hemos conocido, hermana Leliana.
– intervino con rapidez la sacerdotisa, pero Leliana no se inmutó en su postura.
– No había justicia ni seguridad al peligro de los magos…
o las abominaciones…
– Eso es lo que se conoció a través de la historia.
– dijo, contundente la maestra espía…
y dejando entrever que se encontraba en desacuerdo con el trato que los magos parecían recibir en el interior de la estructura de la Capilla, aquella a la que servía.
Elentari solo observaba a ambas mujeres, comprendiendo cada vez mejor la complejidad entre sus creyentes.
– La magia debe servir al hombre, no gobernarlo, hermana Leliana.
– Sí.
Pero también se le podría dar contexto.
Cuando Andraste alzó aquellas palabras lo hizo en tiempos de tiranía y donde los magísteres de Tevinter se extendían a lo largo y ancho de Thedas.
– Yo estoy de acuerdo con tu punto de vista, hermana.
– aseguró la anciana, mientras Elentari iba y venía con su mirada entre una y otra mujer.
– Andraste ni siquiera entonces pidió dar muerte a todos los magos…
Ella siempre creyó en una coexistencia pacífica.
Y esa mentira casi hizo reír a la Heraldo.
– La Capilla parece ser más estricta…
– susurró la elfa y ahora, las dos mujeres la miraron.
– Quiero decir…
durante la Segunda Marcha Gloriosa no fueron pacíficos con mi pueblo.
La propuesta de una “coexistencia pacífica” de Andraste pareció no importar…
– hubiese preferido morderse la lengua, pero no había podido.
Se le pedía demasiado si además debía añadir a la lista “respetuoso silencio”.
Elentari estaba enojada, no solo con el andrastinismo, sino también la marca sobre su palma.
Pero más que nada: consigo misma.
– Tu gente había conquistado Montsimmard y amenazaba a la propia Val Royeaux.
No fueron víctimas inocentes.
– asestó la madre Giselle.
Los puños de Elentari se cerraron con fuerza y al parecer, en su mirada surcó un brillo rabioso, porque la anciana rápidamente se adelantó en aclarar.
– Pero incluso entonces, Orlais fue la única nación que proporcionó soldados.
Apenas se puede decir que fue una Marcha Gloriosa de todos los fieles…
– No.
Fue una traición al pueblo de los elfos.
La respuesta de la Heraldo fue más contundente de lo que habría deseado, pero la rabia la había dominado.
El silencio se extendió entre las tres mujeres y fue Leliana quien, con una sonrisita sobre los labios, agregó.
– Exacto.
– la madre Giselle se giró hacia la maestra espía y la reprochó con una silenciosa mirada.
– Una Marcha Gloriosa solo tiene éxito si presenta la voluntad del Hacedor…
y, al menos yo, no estoy segura de que aquella haya representado algo de ello.
– Una Marcha Gloriosa solo está justificada contra una amenaza auténtica a todo el mundo.
– aseguró la madre Giselle, Elentari rio por lo bajo.
– Vaya…
no lo tenía tan claro, madre Giselle.
– dijo con sarcasmo.
– Entonces los elfos amenazaban a todo el mundo, pero solo acudió Orlais…
Es…
interesante el punto de vista.
La religiosa dio un suspiro agotado.
– Usar estas marchas como arma política o como medio para propagar el Cantar de la Luz, constituye una ofensa al Hacedor, Heraldo.
– Entonces, podríamos concluir que lo hemos ofendido…
– sentenció Leliana.
– Más de una vez, hermana Leliana.
Sin embargo, yo no soy capaz de embarcarme en aseveraciones tan contundentes cuando no he sido testigo de aquellos tiempos.
– No hemos sido testigo de ninguno de los tiempos que entonamos en cada cántico, madre Giselle.
– contraatacó la maestra espía.
– Y, sin embargo, les damos el peso que les corresponde.
Solamente nos falta, parece ser, dejar de justificar atrocidades pasadas.
– Estoy de acuerdo contigo, hermana.
Los fieles no deben ser convertidos con sangre…
– dio una pausa la religiosa y agregó.
– Estoy de acuerdo con el contenido de tus palabras, no con el contexto.
La Capilla es, sin duda, un barco imperfecto, arrastrado en todas las direcciones por cuántos desean guiar su rumbo.
De hecho, los templarios se rebelaron precisamente porque la Divina Justinia no era lo bastante estricta con los magos.
Solo espero que la Inquisición halle un camino mejor.
Elentari oía a ambas religiosas y comenzaba a notar que aparentemente los “errores” pasados del andrastinismo no tenían que ver con el Cantar de la Luz, o las enseñanzas que el Hacedor había susurrado a Andraste, sino que la responsabilidad recaía sobre sus predicadores, quiénes habían “malinterpretados” las enseñanzas y habían obrado guiados por quién sabía qué…
pero para la elfa existía una posibilidad que parecía descartarse continuamente en este debate…
…
Quizás, solo quizás, los errores yacían precisamente en el interior de las enseñanzas del Cantar.
¿Acaso era imposible?
¿Acaso ese libro no podía contener errores?
¿Era infalible?
Quizás era factible considerar que sus predicadores interpretaban lo que allí estaba escrito, en lugar de simplemente “malinterpretarlo.” La elfa volvió a hacer una mueca que aquellas dos no vislumbraron.
Pensó en la supuesta infalibilidad del Cantar de la Luz y el dogma del andrastinismo, cuyo dios había decidido posarse sobre su palma izquierda y comprendió que no tenía demasiado sentido discutir acerca de la verdad o el error en las escrituras…
La Capilla, al parecer, se había esforzado desde su formación por hacer creer a todos que su mensaje era sagrado y divino, libre de error, y eso lo convertía en algo indiscutible, algo superior…
Personas como la madre Giselle siempre encontrarían el modo de justificar errores religiosos atribuyendo la culpa a la “interpretación” de los miembros…
no había posibilidad de debate frente a una institución que se consideraba “perfecta.” Fue por ello, que prefirió ceder, pero marcar su postura: – Yo espero lo mismo, madre Giselle.
– aseguró la elfa.
– La Inquisición debe hallar mejor camino.
– Ten en cuenta esto, Heraldo.
– la religiosa apoyó una mano cálida sobre el antebrazo de Elentari.
– La Inquisición original libró batallas horribles, mataron y murieron por su causa…
Pero cuando llegó la hora, supieron envainar las espadas.
Eso…
es un ejemplo que, lamentablemente, no siempre es mencionado.
– y entonces la anciana le sonrió.
Elentari no fue capaz de devolver el gesto.
– Me gusta creer que la Divina Justinia pensó precisamente en esto cuando eligió este nombre controversial para esta nueva Inquisición: que cuando es necesaria, golpea sin piedad.
Pero cuando termina el trabajo, envaina la espada.
– Si fue así, – dijo Elentari – puede estar tranquila de que espero lo mismo de esta organización.
– y miró a Leliana.
Resultaba interesante ver cómo la religiosa utilizaba razonamientos inciertos para justificar su fe.
Elentari se preguntó si ella misma no hacía lo mismo cuando pensaba en sus dioses.
Porque para la elfa era evidente cómo esta anciana se esforzaba con convencerle, pero también convencerse, de sus palabras.
La fe siempre había requerido de sus fieles obediencia sin cuestionamiento…
pero solo ahora, escuchando a otros profesar sus propias creencias, ella comenzaba a notar pequeños engaños, mentiras, que parecían susurrarse para ser capaces de seguir creyendo en algo que portaba fisuras por todos lados.
¿Era acaso posible?
¿La fe solicitaba demasiado de sus seguidores?
¿Era fe aquello que los dalishanos profesaban a los Creadores?
¿O existían diferencias en el modo de venerar a cada uno de los dioses?
Y, de pronto, sintió como si uno de los latidos de su corazón le golpearan con fuerza: ¿acaso en este punto radicaba la incomodidad que Solas siempre había mostrado con la gente de Elentari?
Porque él había dicho: “No hay diálogo posible con la fe, solo obediencia…
o rebelión.” ¿Acaso el disgusto del apóstata se apoyaba en una fe incapaz de cuestionar?
Pero, entonces, la voz de Leliana interrumpió sus pensamientos: – Si la Inquisición se convierte en la organización capaz de ordenar el caos que amenaza a Thedas…
no será tan fácil deponer las armas.
Y quizás tampoco sensato.
“Quizás tampoco sensato.” Elentari miró a Leliana y algo en su interior se removió por lo que creyó comprender…
la maestra espía de la Inquisición deseaba acumular poder con la organización…
para conservarlo…
En ese momento, la responsabilidad cayó sobre los hombros de la Heraldo como una carga demasiado real.
La Inquisición, la Brecha, la lucha por el futuro de Thedas…
todo dependía de decisiones que no solo la involucraban a ella, sino al destino de todos.
Y Leliana acababa de confirmar que el legado de esta nueva Inquisición podría trascender por encima de sus deseos o puntos de vistas…
¿Era este el destino que los dioses le habían preparado?
¿Había alguna opción, alguna manera de tomar el control de su futuro?
¿¡Por qué, en el nombre de todo lo incauto, se lo ofrecieron a ella!?
¡¡Ella no pidió salvar a todos!!
Quizás fue por eso que, aunque ya entrada la noche, la Heraldo de Andraste decidió buscar el consejo del apóstata errante.
Necesitaba encontrar tranquilidad en sus pensamientos.
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