Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 20
- Inicio
- Todas las novelas
- Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible
- Capítulo 20 - 20 Una realidad intersubjetiva
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
20: Una realidad intersubjetiva 20: Una realidad intersubjetiva Elentari se acercó a la pequeña casita donde sabía que Solas pasaba las noches.
La caminata nocturna entre medio de la nieve que caía suavemente resultó un acierto para la mente turbada de la dalishana.
La sensación opresiva le había abandonado y ahora solo buscaba respuestas…
respuestas que le proporcionaran algo de consuelo.
¿Por qué había elegido al apóstata para ello?
Pues, eso era algo que la mujer no se había planteado; por un impulso, había corrido en búsqueda de su presencia.
Golpeó con suavidad y se preguntó si no era inconveniente perturbarlo por estas horas.
Lo cierto, para ella, era que no pegaría un ojo con el remolino de ideas que la martirizaba, y ya había descubierto que silenciar sus pensamientos solo prolongaba su agonía.
Aún así, Solas no era responsable de todo lo que a ella le turbaba, aunque le trajera paz.
¿Estaba siendo egoísta al perturbar su descanso?
Posiblemente estaba muy cansado, recién había vuelto del recorrido a través de las Tierras Interiores…
Quizás lo más sensato era retirarse y consultar con él por la mañana.
Hizo un gesto con los labios y volvió a golpear con un poquito más de intensidad que la primera vez.
No obtuvo respuesta de inmediato.
¿Estaría despierto?
A lo mejor era LA señal para retirarse…
Levantó la mano y se dispuso a golpear una vez más, pero entonces, el mago abrió la puerta y notó que, al verla, entrecerró los ojos mostrándose sorprendido.
Ambos se dedicaron una mirada silenciosa, que Elentari no supo interpretar en él, sabía que ella se sentía algo incómoda por molestarlo, pero no lo suficiente para dejarlo en paz.
Estaba perturbada.
– Buenas noches, Solas.
Espero no ser una molestia.
– el mago tardó unos segundos en responder.
Su mano había permanecido tomada por la puerta y su mirada profunda había quedado fija en ella durante ese instante.
– Buenas noches, Heraldo.
Tu presencia no es una molestia, pero sí, he de admitir, inesperada.
Dime, ¿qué puedo hacer por ti?
La frialdad de su respuesta hizo que Elentari se arrepintiera de inmediato por haber sido tan insistente.
Se removió en la nieve bajo sus pies y se debatió entre disculparse, inventar alguna tontería y retirarse, o comentarle el verdadero motivo de su visita.
Justo cuando iba ganando la primera opción, Solas pareció ceder ante su presencia.
– Disculpa mis modales, Heraldo.
Por favor, pasa.
– el mago se hizo a un costado, permitiéndole acceso al interior del hogar.
Algo dubitativa, Elentari ingresó.
Había algo acogedor en la habitación, como si el leve aroma a cera y pergamino le diera a ese espacio el rastro de un hogar construido en silencio.
Estaba su cama que no estaba destendida, por lo que, seguramente, él no había estado durmiendo, y eso le dio algo de tranquilidad.
Después, observó un escritorio con velas encendidas y dos libros abiertos, así como una pequeña biblioteca de madera al costado abarrotada en libros.
Aquello dibujó una sutil sonrisa entre sus labios.
Elentari sabía leer, un privilegio de pocos elfos; por lo cual, los libros eran una fascinación casi prohibida para ella (siempre que no la obligaran a leer una y otra vez lo mismo).
Incapaz de contenerse, se acercó a la biblioteca y dio un vistazo a los ejemplares.
La mayoría eran títulos referentes a magia, estudios arcanos, biografías de magos tevinteranos, religión, andrastinismo, la Inquisición, las Ruinas, relatos de historiadores acerca de viajes por los diferentes reinos de Thedas y el estudio de sus costumbres y dinastías.
Vaya, Solas sí que parecía tener respuesta a todo.
Sin embargo, no encontró un ejemplar del Cantar de la Luz.
– ¿Todo esto has leído?
– No todo.
Elentari pasó su mano sobre el tomo de la Inquisición.
– ¿Ya lo leíste?
– Por supuesto.
– aseguró Solas que se situó a su lado.
– ¿Quieres llevarlo?
Ella lo miró y durante un segundo el tiempo pareció detenerse cuando se vio reflejada en el azul de los ojos del mago.
Ese color, ¿dónde lo había visto antes?
Inmersos en la luz tenue de las velas, se habían oscurecido, y las dos esferas negras permitieran que se dibujara su silueta en él.
Inmediatamente, una electricidad la recorrió y se sintió incómoda.
Incapaz de sostenerle la vista, tomó el libro en silencio y asintió, abrazándose a éste.
Solas era intimidante.
Acababa de notarlo.
– Gracias.
Oye, ¿eres andrastino?
– él dejó escapar una risita burlona a su lado, entonces Elentari volvió a mirarlo también sonriendo.
– ¿Qué?
No es una pregunta tonta, tienes muchos libros religiosos aquí.
– Quizás porque estoy acompañando a la Heraldo de Andraste, ¿no?
– jugó.
Elentari volvió a desviar la mirada y, aunque no esperó que Solas confesara que investigaba para ayudarla en su misión, sintió una calidez en su pecho.
Se abrazó más fuerte al libro.
Entonces, la voz del apóstata volvió a cortar ese momento tan extraño que los había invadido.
– Soy consciente de que la información es el pegamento que mantiene unida las redes de cooperación.
Ella volvió a mirarlo, siendo consciente de que comenzaba a resultarle difícil no hacerlo.
¿Por qué?
Quizás se debía al tono en su voz.
Era…
cautivante.
Además, picó su curiosidad que el mago élfico mencionara la “información.” Eso prometía ser interesante…
Y él pareció notarlo, porque acto seguido, se explicó.
– La Inquisición, como organización, podría conseguir un poder enorme mediante la construcción de grandes redes de cooperación, no solo de humanos, Heraldo, sino de todas las razas de Thedas.
– hizo una pausa, y luego añadió.
– Sin embargo, creo que es sensato considerar la forma en la que dichas redes predisponen a hacer un uso imprudente del poder.
“Uso imprudente del poder.” Aquellas palabras en el apóstata llevaron a la dalishana a momentos atrás, hasta la charla que había mantenido con las religiosas y los aspectos oscuros de la Inquisición original.
Pensó en Leliana y su negativa a ceder poder una vez alcanzado el orden…
– ¿Sabes?
He hablado con la madre Giselle más temprano.
Solas asintió, lo sabía.
Lo había visto, pero no había oído nada de la conversación, por supuesto.
Sin embargo, en los ojos grandes de la mujer, él pudo notar una pizca de desasosiego.
No le correspondía involucrarse, tampoco consolarla, pero no podía negar que hubiera preferido que nada de esto le sucediera a alguien tan…
ingenua como lo era la Heraldo…
Algo en su interior se quejó, como si el adjetivo elegido no fuera el correcto.
Solas sabía perfectamente que la línea entre la ingenuidad y la esperanza era casi invisible, pero ¿acaso ella era tan solo una ingenua o una mujer capaz de infundir esperanza en el resto?
Era difícil decidirlo tan pronto.
La voz de la elfa resonó en el interior de su habitación, y cuando pudo ser consciente, comprendió que se había perdido en el interior de sus pensamientos.
Lo disimuló, por supuesto, era experto controlándose, pero no había esperado que ella lo invitara a reflexiones profundas con tan pocas palabras que le hicieran perder el hilo de una conversación.
– …
me habló de la primera Inquisición – la oyó continuar – y de cómo esparció el conocimiento que Andraste brindó a la humanidad a través de la fuerza…
– Vio a la Heraldo sacudir su cabeza, incómoda y, en su mirada hubo malestar.
Solas no tenía idea de todo lo que le había dicho, por lo que tuvo que improvisar.
– ¿Eso te incomodó?
– Me preocupó, más bien, Solas.
¿Qué es lo que estamos construyendo aquí?
¿Una organización tirana que silencia a sus opositores a través de la fuerza?
– la mirada suplicante de la dalishana golpeó al elvhen.
Una vez más, lo invitó a recordar el Solas del pasado, ese que se había perdido tanto tiempo atrás.
Ella prosiguió.
– ¿Qué?
¿Una mentira para los creyentes acerca de una mensajera de la palabra del Hacedor?
¿Entiendes?
– No, no lo hacía, pero no dijo nada, dejó que ella siguiera hablando.
– Ellos dicen que soy yo la heraldo…
pero ¿hay algo que se pueda debatir de lo que se supone que debo comunicar sobre el Hacedor o todo debe de ser impuesto?
Si durante los días anteriores había tenido dudas acerca de las motivaciones de la mujer, acababan de disiparse.
Elentari era una elfa con un espíritu único, curioso y bondadoso, que no deseaba poder ni alabanzas, solo quería ayudar realmente a todos.
Pero, además, parecía tener una capacidad para “cuestionar” que resultaba en un acierto extraño por estos tiempos…
Bueno, en verdad en todos los tiempos…
Y eso le hizo sentir que un calor lo atravesaba.
Él era capaz de admirar a una líder con esas características, más aún, era capaz de luchar junto a ella por esa causa justa.
– ¿Qué es lo que esperan de mí?
No alcanzo a entender qué es lo que están construyendo cuando dicen que yo soy Heraldo de Andraste.
– finalizó con un suspiro de agotamiento y dejó caer los hombros.
Frunció los labios en una mueca que, por un instante, le recordó a una niña caprichosa…
aunque Solas sabía que aquel pensamiento nacía más de sus propios prejuicios que de ella.
Elentari era dalishana, y él habría preferido aborrecerla antes que admitir las virtudes que, poco a poco, iba descubriendo.
Quizás por ello, Solas no logró contenerse cuando habló simple y llanamente con verdad: – Un relato intersubjetivo es lo que están construyendo.
Elentari lo miró sin ser capaz de comprender sus palabras.
¿Qué demonios era un “relato intersubjetivo”?
Ella pensó que estaban construyendo un símbolo de autoridad para acumular poder y poder traer algo de orden a todo el caos…
pero ¿un relato?
¿De verdad?
Por un instante, creyó que Solas no iba a explicarse, pero después lo vio dar un suspiro y colocarse frente a ella, casi recostado contra la biblioteca para atravesarla con aquella mirada implacable y fría de la que hacía porte.
Cuando la miró de aquel modo, la invadió una sensación abrumadora, como si él quisiera descubrir todos sus secretos o penetrar en el interior de su mente.
Una mirada que, por extraño que fuera, comenzaba a recordarle a la inmensidad del mar…
Ella no pudo apartar la atención del color de aquellos ojos.
Y se dio cuenta de que, por extraño que fuera, no quería hacerlo.
Quería estar allí, quería ver si Solas era capaz de descubrir sus secretos.
¿Podía ser?
Los dos habían acortado la distancia que los separaba y la dalishana se preguntó el motivo por el cual el mago había optado por hacerlo.
Comenzaba a comprender que pocos actos de él carecían de intención.
¿Su cercanía también encerraba una?
¿O había sido una simple coincidencia que solo ella había notado como llamativa?
Que solo a ella le había…
importado.
– Dime, Heraldo…
¿hay algo en lo que pueda ayudarte?
La pregunta de él fue tajante.
Por un instante, ella se sintió como una tonta, pero después lo entendió.
¡Solas quería que fuera ella quien pusiera en palabras sus propias preocupaciones, quizás para guiarla en el entendimiento!
– ¿Qué es un relato intersubjetivo, Solas?
– susurró Elentari, incapaz de desviar la mirada de él.
El mago le generaba curiosidad, le resultaba misterioso, atractivo y eso era innegable ahora para ella.
El elvhen tampoco podía dejar de verla.
La dalishana había tocado fibras sensibles en su interior, había captado su atención de una manera que no esperaba, y eso lo inquietaba más de lo que quería admitir.
Sentía cierto magnetismo al tenerla tan vulnerable, y era consciente de que resultaba demasiado sencillo decir demasiadas cosas cuando estaban mirándose uno frente al otro y ella hacía las preguntas acertadas.
De un modo difícil de explicar, Elentari parecía apelar al lado sabio de Solas, uno que él solía destinar solo a confidentes o allegados íntimos…
ella rascaba las superficies de las verdades que él era capaz de compartir con los espíritus benevolentes del mundo…
¿Acaso la dalishana lo era?
¿Acaso realmente portaba la fortaleza de un espíritu extraordinario?
Había algo en esta mujer, en la forma de mirarlo, de empujar el razonamiento sobre la búsqueda del entendimiento.
Parecía como si Elentari solo deseara construir incluso en la guerra…
y de algún modo incómodo, eso le permitía a él poner su sabiduría al servicio de la vida, no de la destrucción que las guerras demandaban.
¿Era acaso posible?
Entonces, decidió que dejaría que la sencillez de su cercanía obrase sobre él…
le explicaría lo que había mencionado, siempre prudente de su verdadera identidad en este mundo.
Después de todo, no debía ser tonto, no debía dejarse llevar por lo que fuera que estaba experimentando su cuerpo.
Debía ser cauteloso, nadie debía sospechar que Solas era mucho más que un mago errante…
sería peligroso para él que se supiera quien era en verdad.
– La construcción de una identidad, sea la que sea, depende de que muchas personas crean en el relato que le da forma, Heraldo.
– se explicó.
– No importa lo que tú creas o lo que crea yo, individualmente.
Cuando algo, como esta incipiente Inquisición, necesita de la cooperación de mucha gente para existir, debe lograr que todos acepten el mismo relato.
> Y cuando suficientes personas creen en esa misma historia, nace lo que llamamos una realidad intersubjetiva, una realidad que no existe por sí sola, sino porque un gran número de personas la sostiene con su creencia.
Y esa creencia compartida es lo que permite que las masas cooperen.
La notó guardar silencio, pero escrutarlo con aquellos ojos hechiceros.
Sabía que le estaba prestando toda su atención y, casi sin duda, sabía que le estaba entendiendo.
Entonces, él prosiguió.
– Para acumular el poder suficiente para hacer frente a esta nueva amenaza que es la Brecha, la Inquisición necesitará la cooperación de las masas.
A través de un relato intersubjetivo, se pretende armar la identidad de la Inquisición como organización y presentarla al mundo, con el fin de sumar seguidores.
“Y adquirir poder”, esta última parte no se la dijo.
Prefirió no decirlo aún.
La mirada de incertidumbre en la joven dalishana pareció brillar, Solas notó cómo sus ojos se abrieron un poquito más al oírlo y supo que aquella mujer era muy inteligente.
Había comprendido cada una de sus palabras, y por ello comenzaba a sentir miedo.
Porque la nueva identidad que sus consejeros estaban creando para lograr la cooperación de las masas y hacerse poderosos era la de ella: la Heraldo de Andraste, mensajera de la profetisa de un dios.
– Por eso tengo que ir a ver a las sacerdotisas en Val Royeaux…
para lograr su cooperación con la Inquisición y no debo fallar.
Ellas deben creer que yo porto los mensajes de Andraste…
– susurró y descendió su mirada por primera vez de Solas.
Aunque pretendió que no la viera, el apóstata notó la tristeza que la embargó ¿o quizás fue desesperanza?
Algo en el interior del elvhen se removió y sintió un tonto deseo por consolarla, pero no le correspondía hacerlo, no era su lugar ni era conveniente.
– No es fortuito que te comparen con Andraste, Heraldo.
Ni que seas llamada “Heraldo.” – sintió algo de pena al ser tan brutal con la cruda realidad, pero sabía que Elentari era capaz de comprenderlo, más aún, tolerarlo.
– ¿Podrías evitar llamarme, Heraldo, entonces?
– para sorpresa de Solas, cuando la dalishana dijo aquello volvió a enfrentarle con una mirada afilada y cargada de esa magia que parecían portar sus ojos.
– Si eres consciente de que ese título es una identidad que se me impone, al menos ten tú la valentía de llamarme por mi nombre.
– No me corresponde ese lugar, Elentari.
– sentenció, aunque cumplió con su pedido.
– En privado puedo hacerlo, pero frente a los demás, no.
Tú eres el relato vivo que se pretende construir para lograr orden entre medio del caos.
Y aunque ahora estés abrumada, tus actos podrán marcar el rumbo de esta organización.
No menosprecies la importancia que ha recaído sobre ti.
– hizo una pausa, antes de seguir.
– Aunque te sientas atrapada, podrás ser constructora directa del cambio.
Y eso, a veces, puede ser una ventaja.
Ella sonrió con desdén, Solas se reconoció en ella.
Con el tiempo, aprendería a aceptar la envestidura que se le había otorgado, tanto como él había aprendido.
“No está mal recordarle que no tiene que hacerlo sola”, resonaron en el interior del elfo las palabras de Varric.
Solas, aquel día, se había obligado a sí mismo no interferir, pero ahora…
ahora no estaba seguro de que fuera tan imprudente hacerlo.
Porque él había estado solo en su propio camino de liderazgo y, quizás, ella no tenía que estarlo…
Esta vez le tocó al elvhen descender la mirada.
Porque, aunque no fue capaz de decírselo en palabras, se dijo a sí mismo que estaría para guiarla…
al menos hasta derrotar a Corifeus.
El enano había acertado…
…
al menos…
hasta derrotar a Corifeus…
Después de ello…
Solas dejó escapar un poco del aire que había contenido…
Después de ello, volvería a transitar el sendero del dinan’shiral…
su responsabilidad, su obligación…
su…
condena.
Porque, él lo sabía: la crueldad a veces era la única forma de misericordia hacia uno mismo…
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com