Dragon Age: El despertar del Lobo Terrible - Capítulo 21
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21: Le corresponde el cierre del pasado 21: Le corresponde el cierre del pasado Clan Lavellan, interior de los ancestrales bosques de Ferelden, 9:41 del Dragón Flemeth caminaba con paso lento entre los bosques salvajes del reino de Ferelden.
La mayoría del tiempo no era consciente de la esencia de la diosa élfica en su interior porque las dos eran parte de la una.
Sin embargo, desde hacía un año, las penas longísimas del espíritu divino se habían visto azotadas por el despertar del Lobo Terrible.
Solas, el guerrero elegido por la Protectora de los Elfos, había abandonado su milenario letargo…
y desde entonces, ella sentía que su tiempo en este mundo estaba llegando a su fin…
¿Acaso un vaticinio?
Flemeth en el pasado no había sido más que una mujer traicionada llorando en la oscuridad, anhelando justicia.
Entonces, cuando toda esperanza pareció perdida, la voluta de un ser antiguo se presentó frente a ella y le concedió todo lo que quiso…
y más…
Desde entonces, había cargado con Mythal a través de las eras, en pos de la justicia que también le había sido negada.
Mythal había llegado a ella por un ajuste de cuentas que haría estremecer los mismísimos cielos…
Y el cielo lloraba…
el Velo estaba herido…
y el peligro inminente del fin acechaba en la oscuridad más profunda.
Fen’Harel había despertado.
Y Flemeth le temía.
Mythal, aún lo lloraba…
Quizás nunca dejara de hacerlo.
Pero su llanto no era debilidad, era el recuerdo de haber amado a un hombre incapaz de someterse, y aun así, sometido.
Era el recuerdo de anhelos rotos cuando su gran guerrero le había dado la espalda.
Era algo que la vieja bruja nunca comprendería del todo y, quizás, así era mejor…
entender los vínculos entre entidades espirituales exigía un desgaste emocional enorme.
Mayor, incluso, que el de los humanos.
Porque ambas mujeres, tanto Flemeth como Mythal, conocían el sabor amargo e imperecedero de la traición…
A veces (solo a veces) los recuerdos ancestrales de la Gran Mythal eran tan potentes que cosquilleaban en la superficie de su piel y compartía memorias pasadas, tesoros inmortales, de tiempos en los que amó al Gran Lobo y él a ella.
Ese amor había ardido como un incendio forestal fuera de control…
Aunque, posteriormente, había sido sometido.
Ella lo había perdido.
Dando paso a una niebla helada.
A un Lobo Terrible.
Porque Solas, su antiguo elegido, le había dado la espalda.
Había aprendido a morder.
Incluso la mano de quién lo había moldeado.
Había aprendido a través del sometimiento enseñanzas de otros, no de ella.
Como la despiadada enseñanza de Falon’din: La crueldad, a veces, era misericordia para uno mismo…
Y, mucho tiempo atrás, él ya se había vuelto cruel…
El resentimiento atemporal del Gran Lobo volvería a aullar, y su llamado arrastraría la noche aquí también.
La Brecha era el testigo luminoso de aquel aullido suspendido en el cielo.
Era la Flecha Lenta, en pleno vuelo, que anunciaba el cambio.
Porque, aunque nadie lo sabía aún, estaban al borde del precipicio.
Y por eso, ella estaba aquí esta noche, ayudando a que la historia se moviera…
La Bruja de la Espesura mantenía un trato cordial con muchos de los clanes élficos; a varios los había ayudado en más de una ocasión.
Pero con el Clan Lavellan, la situación era distinta.
Su Custodia, Deshanna, era una mujer benevolente, dispuesta al diálogo antes que a la crueldad.
Flemeth sabía perfectamente que la línea entre la ingenuidad y la esperanza era casi invisible…
Y Deshanna…
era, sin duda, una mujer ingenua…
maleable…
peón de su juego.
Y eso era necesario, puesto que Elentari era receptáculo de poder.
Un fuego crepitaba no muy lejos.
Flemeth sorteó raíces nudosas y ramas caídas hasta que el bosque se abrió a ella.
Era un claro circular, bordeado de araveles, donde observó elfos de rostros pintados que comían junto al fuego.
Vestían ropas simples, pero de vivos colores.
También había cazadores distribuidos entre las sombras que portaban vestimentas de pieles oscuras y armados con espadas de corteza de hierro.
Por estos tiempos y en este mundo, los dalishanos eran los únicos que sabían trabajar la madera de la corteza de hierro.
Se trataba de espadas casi más duras que el acero y que solo tenían una fracción de su peso.
Aquello no era más que la sombra de un glorioso pasado que no los salvaría de las desgracias por venir.
Los antiguos elvhen habían conocido tanto la gloria como la atrocidad de Elvhenan…
pero los que vivían hoy caminaban este mundo de verdad.
Lo entendían como los antiguos jamás lo harían…
…
como Solas jamás podría.
Y precisamente ahí yacía la fuerza de los nuevos hijos de Mythal, quien esperaba, algún día, superasen lo que existió antes y se rompió.
No era un vaticinio de la diosa élfica, era un deseo de esperanza de una madre a sus hijos menos allegados, aunque igual de queridos que los que vinieron antes que éstos.
Y Flemeth, en el interior de su pecho, anidaba también aquel calor maternal.
Junto al fuego de la venganza.
Porque si la unión de Solas y Mythal había sido un incendio forestal descontrolado.
La unión de Flemeth y Mythal sería erupción volcánica destinada a reestructurar los cimientos del mundo.
Porque ellas iban a otorgarle justicia.
Justo entonces apareció una figura en el centro del claro.
Era una mujer de larga cabellera rubio-platinada, ojos grises, rodeados por las intrincadas pinceladas en sangre de la marca de Mythal.
Su ropa tenía un diseño más complejo en comparación con el resto, y llevaba sobre sus hombros una pesada capa de piel.
Sobre su cuello portaba un amuleto pulido también de corteza de hierro que brillaba y albergaba runas mágicas.
Era Deshanna.
– Asha’bellanar, tu presencia nos honra profundamente, aunque he de admitir que nos resulta inesperada.
No había sido informada de que estabas aquí.
– oyó a la hechicera élfica murmurar, mientras inclinaba la cabeza en una reverencia.
Flemeth dio una risotada y respondió: – Dime, ¿no es maravilloso cómo puede ser la magia de caprichosa con la información?
Es como pedirle a un gato que te explique el camino a un sitio.
Puedes considerarte afortunada si solo te dice dónde ir…
pero si es el lobo quien te guía…
Oh, en ese caso…
debes ser astuta como un zorro y fuerte como el dragón…
La bruja siempre se había divertido de aquel modo.
Diciendo cosas que podrían encajar perfectamente con la idea de una “vieja demente”, pero entre sus aparentes sinsentidos quiénes eran astutos podían comprender que había mucho…
mucho más que solo un intento por parecer delirante.
Y Deshanna era una mujer que sabía oír los susurros trastornados de la vieja bruja, puesto que había sido entrenada con el paso de los años.
– Asha’bellanar, ¿acaso traes noticias de Elentari?
– La Mujer de Muchos Años había advertido tiempo atrás a la Custodia que cuidara el brillo de las estrellas de las fauces del lobo.
Le había dicho que la niña forastera, a quien Deshanna amaba como a su propia sangre, sería el brillo circundante de la luna, que traería luz y sombra.
– ¡Dime que mi niña se encuentra bien!
– rogó la hechicera élfica a la bruja.
– Me arrepiento tanto de haberle pedido que fuera a aquel maldito Cónclave.
Me la han arrebatado de mis manos…
– El arrepentimiento es algo que bien conozco, Deshanna.
– respondió Asha’bellanar – Procura no aferrarte a él, ni guardarlo tan cerca que envenene tu alma.
Cuando te arrepientas una vez más, recuérdame.
Y ve con cuidado.
Ningún camino es más oscuro que aquel que se recorre con ojos cerrados.
Como siempre, comprender las palabras de la Mujer de Muchos Años era difícil.
Los dalishanos sabían que era un ser vengativo y a veces, caprichoso, por lo que intentaban no buscar su guía a menos que estuvieran desesperados.
Sin embargo, Asha’bellanar siempre pareció interesada en el clan, puesto que no pocas veces había acudido hasta allí sin previo aviso y había compartido enseñanzas con ella.
Fue por esto, que la custodia élfica memorizó cada frase dicha, como siempre lo hacía en cada visita inoportuna.
La vieja bruja habló: – A tu pregunta diré: no, no he venido hasta aquí como portadora de noticias acerca de la Reina de las Estrellas.
Su brillo se intensifica en la distancia, allí donde la Gran Protectora ha puesto sus anhelos.
> Sin embargo, a tu hija diré: cuando estás enamorado, lo estás tanto que no te puedes imaginar que pueda pasar nunca nada malo.
Y antes de que te des cuenta, te han traicionado.
El amor es un juego tramposo…
ella debería tener cuidado respecto a quién otorga su atención.
> Mientras que tú…
Tú no debes albergar pesares en torno a Elentari…
Tus pesares deben albergar el deseo de salvar a tu Clan.
– ¿¡Qué!?
– la custodia del Clan Lavellan se alarmó cuando oyó a Asha’bellanar vaticinar desgracias para los elfos, aún así, atesoró la advertencia que había dado para el corazón de su hija y cultivó el deseo de volver a verla para advertirle.
– ¿Acaso la oscuridad nos ha alcanzado?
– Estamos ante el precipicio del cambio.
El mundo teme la inevitable caída en el abismo.
Espera ese momento, y cuando llegue…
no dudes en saltar.
Es solo cuando caes, cuando ves si sabes volar o no.
– No te entiendo, Asha’bellanar…
– Ha llegado la hora de abandonar el reino de Ferelden.
Dirígete hacia Wycome.
Hay un valle cercano a la ciudad, un lugar discreto.
Lleva a tu clan allí y, quizás, sobrevivan…
– No, no la abandonaré.
No dejaré a mi niña.
– La Reina de las Estrellas ya no es una niña y transita su propio sendero.
Es peligroso…
pero confío en que has sabido cultivar en ella las enseñanzas que te transmití.
– y con estas palabras, la vieja bruja se esfumó con la forma de un oscuro cuervo.
Deshanna sintió una dolorosa punzada en el interior de su corazón, sin embargo, ya había confiado en aquella bruja en el pasado y todo había salido bien…
Si la mujer le decía que había llegado el momento de partir…
pues debía hacerlo.
Aquella noche cuando se durmió Deshanna fue testigo de una visión.
Fue testigo de los ecos de la magia de la Gran Mythal.
Vio la forma circular de sus pensamientos y sintió que su amada hija estaba recorriendo un camino que daba vueltas y vueltas para volver a un mismo sitio.
Y entonces supo que a Elentari le tocaba el cierre del pasado.
Cada uno recibía su destino y el de su preciosa hija se vinculaba con lo que fue, con lo que se había perdido y ahora despertaba roto, herido y cruel…
Vio que el don que su niña había recibido le permitiría enlazar las vidas de todos para estañar heridas y cerrar grietas.
Pero como ecos incesantes, entre las sombras del abismo los aullidos de los lobos retumbaban.
Eran lamentos viejos y profundos.
Era la derrota y el fracaso.
Los lobos aullaban y abrazaban la luz de su hija…
Las sombras se cernían tan inmensas que amenazaban con engullir a Elentari…
y entonces, entre lamentos lobunos, una frase surcó su mente: “Clama al caos bajo la luz de la luna, deja que el fuego de la venganza arda, la causa es clara.” Y Deshanna sintió miedo.
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